Somos un grupo de católicos apostólicos romanos fieles a la Tradición católica, a su doctrina bimilenaria y al papado. Nos sentimos perplejos ante las novedades que se han desatado, gracias a la infiltración de doctrinas novedosas de un extraño sabor a modernismo religioso dentro del seno mismo de la Santa Madre Iglesia, hiriéndola en sus cimientos más profundos. Por eso, sentimos la obligación, de afirmarnos en la Tradición tanto en su doctrina como en su liturgia, al “depósito de la Fe”, fuente viva e inagotable de la Sabiduría Divina.
Nuestra posición frente a los errores y novedades.
Como católicos nos vemos en el deber de resistir, de advertir y de proclamar los errores que se han desatado de manera sistemática como consecuencia, de los textos, ambiguos, que prestan a confusión e incertidumbre entre los católicos, emanados en el concilio Vaticano II, que han abierto las ventanas al mundo para que -como profetizaría el Papa Pablo VI- “el humo de Satanás ha penetrado en el templo de Dios” convirtiéndolo todo en confusión y división.
Dichos errores son: la libertad religiosa, el indiferentismo religioso o falso ecumenismo, la colegialidad o destitución de la autoridad del papado paulatina y democratizante, y la nueva liturgia o Novus Ordo (nuevo orden) desacralizada, de cariz protestante y actualizada al espíritu del concilio, son los errores modernistas que han desmembrado la actual jerarquía, que la han dividido y la han postrado frente a un mundo hostil al cristianismo. Frente a un mundo laico, ateo y materialista que detesta con odio conocer la Verdad, el Camino y la Vida, que, en sus fibras más íntimas, desea la destrucción de la Iglesia católica apostólica romana portadora única del mensaje de Jesucristo Nuestro Señor.
Así que es esta la misión que humildemente nos hemos propuesto cumplir con éste sitio: recordar a todos los católicos la sana doctrina del Magisterio Eterno de la Santa Madre Iglesia. No buscamos agradar a nadie con algún tipo de “aggiornamiento” o puesta al día como se propone actualmente con muchos de los documentos que actualmente se publican, sino, recordar y tener presente, ante todo, la Verdad del Evangelio trasmitido desde los apóstoles hasta el Magisterio tradicional de los Papas, porque como también decía San Pablo: “¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aún tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos que el Evangelio predicado por mí no es de hombre.” (Gal. 10-11)
La Misa Tradicional y la liturgia corrompida.
Como católicos fieles a la tradición, sabemos que el Santo Sacrificio de la Misa según el rito de siempre, el rito Tradicional, el rito codificado por el Papa San Pío V, contiene toda la fe y la teología que ha profesado la Iglesia desde sus tiempos apostólicos hasta hoy. “Lex orando, lex credendi” (“La ley de la oración es la ley de la fe”). Se ora lo que se cree, y se cree lo que se ora.
En cambio, divisamos, en las modificaciones sustanciales que se han realizado en la nueva liturgia Novus Ordo, el mismo espíritu del Concilio Vaticano II: la destrucción y desacralización paulatina, el relativismo, tanto en las rúbricas como en la composición de algunas oraciones importantes de la nueva Misa. El espíritu secularizado y protestantizado. La exacerbación desmedida del Misterio Pascual sobre el Misterio de la Cruz que siempre fue el centro de predicación católica. “Yo predico a Cristo, y a Éste crucificado” (San Pablo). Omisiones graves todas. “Lex orando, lex credendi”.
Por eso, nos vemos obligados a llamar al Novus Ordo, un rito corrompido:
“El que quiera ser fiel al dogma, en obediencia al principio de salvación enunciado por nuestro Señor Resucitado: “Se fiel hasta la muerte y Yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2, 10), no puede aceptar las novedades destructoras surgidas de Vaticano II y debe, al contrario, dudar de la validez de éste último.
Cimientos ambiguos sobre los cuales pesa una fuerte sospecha de invalidez porque han sido ordenados con una intención ilegítima (el “agiornamiento” = la puesta al día o la modernización, y la apertura al mundo), intención que no ha sido jamás la de la Santa Iglesia; porque esa asamblea se auto-declaró solamente pastoral (y no también dogmática, lo que, al contrario, la hace obligatoria) y por consiguiente titular de un magisterio bastardo; porque, salpicada de graves ambigüedades y errores en la doctrina, comenzando por la definición “ecuménica” de la Iglesia católica (que se rehusa hacer coincidir con la única Iglesia de Cristo) para terminar con la “colegialidad”, de tipo democrático o semiconciliar y en la libertad de conciencia de tipo liberal-jacobino(1), es en el “espíritu” de este último Concilio que fue a continuación concebido y realizado el Novus Ordo Missæ, la “Misa de Pablo VI”, pensada sobre el papel para ser teológicamente aceptada por los protestantes herejes, y tan cierto es, que seis de ellos participaron de hecho en su elaboración. Se trata de un rito teológicamente incierto, necesariamente ambiguo, ya que no debía desagradar a los herejes.”(2)
¿“Lefebvristas”?
Gracias a la prensa mentirosa, sensacionalista y amarillista, fiel servidora de los intereses de los grandes poderes del dinero internacional, somos catalogados con el mote malicioso de “lefebvristas”. No pertenecemos a ninguna secta ni a ningún nombre vinculado a hombre alguno “pues debajo del cielo no hay otro nombre dado a los hombres, por medio del cual podemos salvarnos”, (Hechos 4, 12) y éste nombre es el de Jesucristo Señor Nuestro. Parafraseando a San Pablo, podríamos decir también: “Ni de Pablo, ni de Apolo, ni de Cefas, ni de Lefebvre, sino de Cristo”.
Y decimos “pretendidos lefebvristas” porque no existe ni ha existido jamás un “lefebvrismo”. En efecto, no existe una “doctrina” de Monseñor Lefebvre. Se ha intentado y se intenta hacerlo pasar por “cismático” o resueltamente “hereje”, como a todo “excomulgado” que se respete, pero todas estas acusaciones, destinadas a impresionar la imaginación colectiva, son totalmente falsas, como bien lo saben aquellos que han estudiado los hechos.
Y para escándalo mayor de estos, quienes cometen este craso error y en honor a la verdad, citaremos las mismísimas palabras de Monseñor Lefebvre con respecto a éste tema: “Ante todo debo disipar un malentendido, para no tener luego que volver a él: no soy un jefe de movimiento y aún menos el jefe de una iglesia en particular. No soy, como no dejan de escribir, "el jefe de los tradicionalistas". Hasta se ha llegado a decir que ciertas personas son “Lefebvristas", como si se tratara de un partido o de una escuela. Aquí hay un equívoco verbal. No tengo doctrina personal en materia religiosa. Toda mi vida me atuve a lo que me enseñaron en el seminario francés de Roma, es decir, la doctrina católica según la transmisión que de ella hizo el magisterio de siglo en siglo desde la muerte del último apóstol, que marca el fin de la Revelación.
“En esto no debería haber un alimento apropiado para satisfacer el apetito de lo sensacional que sienten los periodistas y a través de ellos la actual opinión pública. Sin embargo, toda Francia se conmovió el 29 de agosto de 1976 al enterarse de que yo iba a decir misa en Lille. ¿Qué había de extraordinario en el hecho de que un obispo celebrara el Santo Sacrificio? Tuve que predicar ante una gran cantidad de micrófonos y cada una de mis palabras era saludada con estrépito. Pero, ¿decía yo algo que no hubiera podido decir cualquier otro obispo?”.(3)
Cambios doctrinales.
Contemplamos, en muchos miembros de la jerarquía oficial, que estos cambios han sido efectivos y son practicados con firmeza casi dogmática. Han cambiado su manera de hablar, su manera de enseñar, inclusive, su manera de creer. Los términos utilizados, bajo una retórica ambigua, parecen desear, tanto el favor del mundo, como el favor de Dios. Y no se puede servir a dos señores. Desean antes quedar bien con los poderes que con la Verdad. Desean ser políticamente correctos antes que proclamar a Nuestro Señor. La política, la diplomacia antes que las verdades que pueden sonar “políticamente incorrectas” y, gracias a estas consecuencias, se omiten verdades sustanciales y se predica, en esencia, otra cosa.
Porque sabemos también que el demonio se reviste de ángel de luz, y como nos advierte San Pablo previendo justamente las herejías que habrían de venir “aún cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo decimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema.” (Gal. 1, 8-9)
Terminamos con unas palabras del Doctor de la Iglesia San Atanasio de Alejandría:
“¡Que Dios os consuele!... Lo que os entristece es el hecho de que otros hayan tomado las iglesias mediante la violencia, mientras que vosotros estáis fuera. Es un hecho que ellos tienen los edificios, mas vosotros tenéis la Fe Apostólica. Podrán ocupar nuestras iglesias, pero están fuera de la Fe verdadera.
Permanecéis fuera de los lugares de adoración, mas la Fe mora dentro de vosotros. Permítasenos considerar qué es más importante, ¿el lugar o la Fe? La Fe verdadera, obviamente. ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en esta batalla? ¿El que ocupa los edificios o el que guarda la Fe?
Verdad es que los edificios son buenos cuando la Fe Apostólica allí se predica: son sagrados si todo lo que ocurre allí se lleva a cabo de manera sagrada.
Vosotros sois los que estáis felices: vosotros los que permanecéis dentro de la Iglesia a causa de vuestra fe; los que os mantenéis firmes en los fundamentos de la Fe, la cual habéis heredado de la Tradición Apostólica. Y si una envidia abominable ha tratado de perturbarla en varias ocasiones, no ha tenido éxito. En la crisis presente, ellos son los que se han alejado de la fe.
Amados Hermanos, ninguno, nunca, prevalecerá contra vuestra fe. Y creemos que Dios nos regresará algún día nuestras iglesias.
Así, tanto más violentamente traten ellos de tomar los lugares de adoración, tanto más se separan a sí mismos de la Iglesia. Aseguran representarla, pero en realidad son ellos los que se expulsan y se extravían de ella.
Aun si los Católicos, fieles a la Tradición, son reducidos a un puñado, ellos son la verdadera Iglesia de Jesucristo.”(4)