PREFACIO

"STAT VERITAS, continuación de IOTA UNUM"

En estas páginas nos encontraremos tanto las palabras del Verbo Divino, increadas e inmutables, como las palabras del verbo humano, creadas y mutables como creada y mutable es nuestra existencia humana.

En sentido estricto, la palabra no es solamente un medio, es decir, algo mediante lo cual atrapamos (como con un gancho) las cosas del mundo para nuestro servicio, o mediante lo cual le ofrecemos a un mundo sediento (como en un vaso) nuestro pensamiento. La palabra es también, y aún antes que un medio, una cosa en sí, un significado subsistente, un valor vigente por sí mismo.

La palabra proferida por quien habla es algo diferente del hombre que la profiere, y superior a él. Sin duda la palabra tiene su origen en quien habla, porque una palabra la pronuncia alguien que habla; en ese sentido, quien habla (el autor, la mente) es causa de la palabra (de la obra, de la idea): se trata de una línea estrictamente causal. Pero el ser humano que profiere esa palabra no es la causa primera de esa palabra en cuanto tal, porque ésta, antes de ser pronunciada por el hombre que habla, lo ha sido por el Verbo Divino, Palabra increada.

Debe tenerse clara la siguiente distinción. Por un lado, existen palabras que puede decir el Verbo, pero el hombre ni las dice ni puede decirlas. No cabe duda de que estas palabras pueden examinarse en sí mismas sin ninguna consideración ni atención a la persona humana que las re-hace o las refiere. Ése es el origen de su independencia respecto al hombre y de su superioridad sobre el hombre.

Por otro lado, existen también las palabras mendaces, jamás pronunciadas ni pronunciables por el Verbo. Lo que hay de mendaz en la palabra depende del hombre que habla, y sólo de él. Por el contrario, lo veraz es sólo de Dios, y es totalmente sobrenatural.

Ésta es la razón por la cual la palabra es más que el ser humano que la pronuncia, y no tiene que confrontarse, medirse ni verificarse con nada fuera de sí misma.

Podrá parecer paradójico todo esto que decimos, pero es una verdad muy común y universalmente admitida. Es una verdad que se encuentra en la base cíe todos nuestros conocimientos sobre las expresiones más remotas del espíritu humano. Conocemos a la perfección, o casi, las palabras pronunciadas por el hombre en el curso de la historia, pero no sabemos nada de quienes las pronunciaron, como si jamás hubiesen existido ni existiesen.

Se puede conocer la palabra e ignorar al hablante, y se puede también hacer o no hacer abstracción de una y otra cosa.

El pensamiento del hombre tiende a identificar la autoridad de la palabra con la autoridad de quien la dice. Pero nosotros, tras haber tomado en consideración dicha tendencia teñida de subjetivismo, la impugnamos devolviéndole a la palabra el valor que tiene por sí misma. El hablante es importante, porque lo que se salva de la crítica es precisamente el hablante, y no la palabra pronunciada. El valor de la persona humana permanece (y como se ve, es el valor fundamental), pero el valor de la persona humana no debe prevalecer sobre el valor de la palabra divina, sino someterse a ella.

Tal vez quien habla sea sapientísimo. Tal vez quien habla sea elevadísimo. Tal vez quien habla (si su intención es aplicar dicho carisma) sea incluso infalible. Pero, incluso en este caso, la palabra vivirá con independencia de quien la ha pronunciado: ella dirá—o no dirá lo que ella diga o no diga, sea lo que sea lo que diga o no diga quien habla.

La trinitaria Autoridad del Texto Sagrado afirma sabiamente que "en el principio era la Palabra" (Jn. 1,1). No dice que en el principio era el Pensamiento, porque la Autoridad de Dios quería poner de relieve tres cosas: en primer lugar, la causalidad sobrenatural del Verbum sobre la palabra verdadera pronunciada por el hablante humano; en segundo lugar, su consustancialidad con el Padre, que expresa en sí mismo el Verbum, la Palabra; y en tercer lugar, su coeternidad con el Padre, que el Verbum expresa desde el principio.

Nuestro deber consiste en confrontar las palabras creadas y mutables con la palabra increada e inmutable expresada por el Verbum divino, principio de toda verdad. Esta tarea nos la sugirió la intención de ponernos, en la forma en que seamos menos incapaces y con espíritu de caridad, al servicio del venerable Magisterio de la Iglesia. El carácter venerable de este Magisterio (venerable incluso cuando parece desdecir en parte las palabras que debería decir) requiere de nosotros, sus sencillos y últimos fieles, la donación de toda inteligencia, a fin de que con el servicio ordenado de todas las inteligencias obedientes al Señor, las palabras creadas y mutables proferidas por la Iglesia se correspondan siempre en todos sus extremos con la Verdad que deben revelar.


Romano Amerio


Extraído del libro "STAT VERITAS, continuación de IOTA UNUM" Editorial Criterio Libros, Madrid 1998.

STAT VERITAS