LA
PASIÓN SEGÚN MEL GIBSON
Dr.
Ricardo D. Rabinovich-Berkman
Yo
ya no me esperaba gran cosa de Mel Gibson en un tema histórico,
porque había visto Corazón Valiente. Ante mis ojos atónitos,
Guillaume de Wallais, descendiente de normandos, como Robert de Bruce
(a quien se endilga la narración), aunque no de la alta nobleza
como éste último, se había transformado en un
campesino escocés de pura cepa. Para mi sorpresa, el rumorcillo
aquel que, según semeja, se difundió con muy poco sustento
en la primera mitad del siglo XIV (seguramente en un intento de jaquear
los derechos hereditarios de Eduardo III), de que éste era
en realidad hijo de Wallace, se transformaba en una verdad reconocida
por la propia reina inglesa.
El tiempo, para Gibson, es una magnitud elástica al servicio
de la escena, porque en nada le mosquea, por ejemplo, hacer morir
al mismo tiempo al caudillo del norte y a Eduardo I, aunque hasta
la Enciclopedia Encarta, que es de consulta tan sencilla, indica que
éste sobrevivió a aquél dos años... Y
le gusta al cineasta jugar con los idiomas. Los highlanders del siglo
XIII, hablan para él inglés con acento, exactamente
igual que ahora, y ni una palabra de gaélico. Los normandos
de la corte inglesa desconocen el francés, que era aún
su lengua corriente, y la reina Isabel, en cambio, se expresa en un
parisino perfecto de nuestros días...
Así que, cuando supe que Mel Gibson preparaba un filme sobre
las últimas horas de Cristo, me dije “sálvese
quien pueda”, y me hice a la idea de que el Señor se
hallaba a punto de sufrir una pasión nueva y distinta, ésta
no ya contra su cuerpo y su espíritu, sino en desdén
de su memoria. Me preguntaba si el director tendría siquiera
el prurito exhibido al comienzo de Corazón valiente, donde
(al estilo de lo que hizo nuestra María Luisa Bemberg en su
Camila), aclaró que no se trataba de la historia, sino de una
versión libre, subjetiva y creativa, de ésta. Es decir,
una pieza de ficción, sin veleidades científicas.
Yo, en tal sentido, prefiero a George Lucas, porque La guerra de las
galaxias transcurre “en un tiempo muy remoto, en una galaxia
muy lejana”, y no en la Inglaterra del siglo XIII, la Argentina
del XIX o la Palestina de Herodes Antipas. Me quedo con las sagas
de Tolkien, donde estoy tranquilo, y puedo dedicarme a disfrutar de
las escenas y los paisajes, porque sé que Gandalf no existió,
ni Frodo, ni Aragorn el hijo de Arathorn, y que nadie se va a levantar
enojado en el cine porque es súbdito de Rohan, la de los hábiles
jinetes, o ciudadano del orgulloso Reino de Góndor. Ahí,
no se engaña a nadie. Pero cuando se pretende hacer historia
en el cine, se debe andar con pie de plomo. Todos: el cineasta, y
los críticos.
De allí que me asombrara hasta la estupefacción, al
enterarme del beneplácito, al parecer en un primer momento
ardoroso, del Santo Padre. Luego, según se dice, esa salutación
gloriosa, que Gibson se ocupó de difundir como fuego en pasto
seco, fue desmentida, o revisada, o callada. En buena hora. Pero,
semeja, que no en razón de las debilidades históricas
del filme, sino como reacción a las quejas de varias comunidades
judías, que lo tildaron de antisemita. Yo venía coincidiendo
en gustos cinematográficos con Su Santidad, porque a ambos
nos había resultado magnífica La vida es bella, e igual
que él, la vi muchas veces y lloré todas ellas. Así
que me quedé bastante helado.
Luego escuché las observaciones moderadas de algunos sacerdotes
europeos, y respiré con más alivio. Pero el filme llegó
a la Argentina, y la recepción de nuestros obispos fue apoteótica,
casi como si los mismísimos Evangelios hubieran sido llevados
al cine por primera (y definitiva) vez. Crecía mi asombro.
Dignatarios de las entidades comunitarias israelitas locales reiteraron
la acusación de antisemitismo, pero, menester es reconocerlo,
con mucho menos vigor que sus pares estadounidenses. Otras voces hicieron
referencia al dechado de violencia gratuita, y eso en nada me admiró,
porque ya en Corazón valiente había tenido oportunidad
de ver escenas de un grado de sadismo y carnicería tal, que
escandalizan al estómago más plúmbeo. Pero, en
general, aquí como en su país de origen, la polémica
no se centraba en el cristianismo de la cinta, sino en su supuesto
antijudaísmo.
Capté un programa televisivo norteamericano, dirigido por una
aguda periodista, donde Gibson se enfrentaba, por así decirlo,
con varias personalidades especializadas, desde diversos ángulos,
en temas cristológicos. Ninguno de ellos parecía ser
hebreo. Algunos, como el reconocido investigador irlandés John
Dominic Crossan, eran fervientes católicos. No había
uno que estuviera de acuerdo con la versión del filme. Me llamó
la atención que Crossan, Profesor Emérito de Estudios
Religiosos (DePaul University, Chicago), ex catedrático del
Seminario de Jesús y de la Sección Histórica
sobre Jesús de la Sociedad para la Literatura Bíblica,
autor de obras esenciales, como The Historical Jesus (1991), Jesus:
A Revolutionary Biography (1994), Who Killed Jesus (1995), y The Birth
of Christianity (1998), resumiera su impresión de la película
en una palabra: “horror”.
Luego, Crossan se explicó mejor. Hizo notar la falta de sustento
científico de numerosas secuencias, la casi total ausencia
del mensaje de Cristo en el filme (“se supone que venga usted
sabiéndolo”, le respondió Gibson), lo inexplicable
de las actitudes asumidas por los sacerdotes y por Poncio Pilato,
al ser sacadas completamente de su contexto, y la sobreabundancia
gratuita de sangre y atrocidad. Todo eso, sí, me sonaba al
Mel Gibson de Corazón valiente. Lector que soy, y admirado,
de las obras de Crossan, cuya solidez histórica me parece notable,
esperé interesado la reacción del cineasta.
Cero. Cero de respuesta a Crossan, y cero de respuesta a los demás
presentes. Otro, un profesor universitario de Historia Bíblica,
atacó la imagen de Poncio Pilato trazada por la película.
Reacción cero. Gibson respondía con humoradas, con chistes
(algunos francamente malos), con sonrisitas cómplices a la
periodista (que no entraba en el juego). Me defraudó. Sinceramente,
esperaba algo más profundo. Esperaba contestaciones fundadas,
defensas de sus puntos de vista, huellas de haber estudiado la cuestión.
Nada. Una superficialidad patética. Y nótese que del
tema tan reiterado del antisemitismo, casi no se habló, con
gran beneficio del programa, porque así se pudo ingresar al
verdadero meollo del asunto. Pasado el primer momento de euforia,
el clero católico argentino se llamó a más meditadas
reacciones. El Arzobispado de Mendoza, por ejemplo, en mensaje a su
feligresía, si bien entendió que “Para los cristianos
es la ocasión de un nuevo acercamiento a la Persona de Jesucristo
y al acontecimiento central de nuestra fe: su pasión, muerte
y resurrección”, aclaró que “Con las enormes
posibilidades expresivas del cine, esta nueva aproximación
artística a Cristo está también abierta a distintas
interpretaciones. En este sentido, conviene recordar que se trata
sólo de una película”. Y recomendó “leer
detenidamente los Evangelios, porque en ellos se funda la fe cristiana
y a ellos remiten las escenas del filme” (AICA on line, 7/4/2004).
Se escucharon voces más discordantes, por fin. El presbítero
José Guillermo Mariani, de la Parroquia Nuestra Señora
del Valle, en la Provincia de Córdoba, publicó un artículo
sin desperdicio, intitulado Festín de crueldad (http://www.lacripta.org.ar/002actualidad.htm
, 6/4/04). “La taquillera película de Mel Gibson, puede
ser considerada desde varios enfoques. Si se trata simplemente de
una creación de la fantasía de un cineasta realizando
una película de terror, el objetivo se ha logrado. Los golpes
de efecto y las imágenes tétricas están utilizados
magistralmente”, dice este sacerdote.
Y agrega, a renglón seguido: “El brazo dislocado brutalmente
para hacerlo llegar al lugar del clavo en la cruz. El cuervo personificando
el castigo divino que picotea cruelmente el rostro y cabeza del “mal
ladrón”. El demonio femenino espiando sigiloso y engendrando
a un monstruito El látigo encajado en la piel de la espalda
que arranca con descarado sadismo. Como en las mejores películas
del género hay, además, asociaciones de los momentos
más intensos de dolor y crueldad con recuerdos tiernos del
pasado, que ablandan la sensibilidad, bajan las defensas, y hacen
penetrar más profundo la tragedia. Una excelente película
de terror”.
Entrando ya al tema cristológico en sí, añade
el padre Mariani: “Si se pretende presentar la historia de la
pasión, es decir el modo más probable en que sucedieron
los hechos, todo resulta muy discutible. Valiéndose sólo
de datos evangélicos, que Gibson ha seleccionado de acuerdo
a sus objetivos, no se puede pretender un relato histórico.
Se trata de redacciones muy posteriores, afectadas necesariamente
por las circunstancias de las disputas internas en las comunidades
integradas por judíos y paganos, y resentidas por las graves
persecuciones sufridas Toda recopilación de datos es interpretación.
Y, en este caso, fundamentalista”.
Veremos, sin embargo, que tanto el Arzobispado de Mendoza como este
sacerdote cordobés, están errados en punto al sustento
evangélico del filme. No es necesario, como lo hace el padre
Mariani (y lo hubiera hecho Crossan, sin dudas), poner en cuestión
la veracidad histórica de los Evangelios. Basta leerlos para
ver que Gibson, además de haberles regalado esos detalles macabros
de pésimo gusto que con corrección refiere el párroco
de Nuestra Señora del Valle, los ha adornado de sangre hasta
el éxtasis, como si el sufrimiento de Jesús, tal como
parece que fue, no hubiese sido suficiente como para despertar la
compasión y el arrepentimiento, y fuera necesario agregarle
más violencia, más dolor, más golpes y gritos,
a ver si así llega el mensaje del Hijo del Hombre al escuálido
siglo XXI...
Traté el tema en varios de mis cursos universitarios, con resultados
asombrosos. En un curso, una señorita lanzó, muy convencida:
“Es exacta, es tal cual el Evangelio”. “¿Cuál
de ellos?”, le pregunté. La joven dudó. “Bueno,
el Evangelio de la Muerte de Cristo”, me dijo. “¿Cuántos
Evangelios hay?”, pregunté al grupo, unos cuarenta, la
inmensa mayoría de los cuales se confesaron católicos.
Silencio. Le pedí a la señorita anterior que respondiera.
“Son doce”, me espetó, nerviosa. Y ante mi gesto
de estupor, me aclaró: “Yo fui doce años a un
colegio católico”. Y le creo, que es lo peor del caso.
Uno de sus compañeros saltó, solidario, y me enfrentó
decidido: “Profesor, si el mismísimo Vaticano ha dicho
que la película muestra los hechos tal como fueron, ¿quién
es usted para poner eso en duda?” Los demás me miraron
desafiantes (otro agregó, por lo bajo: "además,
si los judíos se quejan...") Le pregunté si, acaso
fuera verdad esa discutida afirmación pontificia (cuya autenticidad
no me consta, y la dudo mucho), ello sería suficiente para
él, y le impediría someter a crítica el filme,
con el simple expediente de leer los Evangelios (aún no había
leído el mensaje del Arzobispado mendocino). Convencido, me
respondió que sí, por ser católico.
Otra señorita, en una universidad distinta, tras escuchar a
una compañera que, espantada por esas escenas de violencia
atroz, al salir del cine había corrido a buscarlas (en vano,
es claro) en la Biblia católica de su casa, agregó,
entristecida, que una amiga de ella, al ver la película, había
dicho, asombrada: “¡Qué horror! ¡Yo no tenía
ni idea de que le habían hecho todo eso!”...
LA
CONDUCCIÓN DE JESÚS A CASA DE ANÁS
Por
todas aquellas razones, resolví escribir estas líneas.
Del tema del aducido antisemitismo, no me ocuparé. Verdaderamente,
no lo he hallado en la película. En todo caso, lo que sí
se nota es un anti-romanismo, si se quiere, porque los latinos son
tratados con un rencor y una desconsideración increíbles.
Hebreos, hay buenos y malos, y hasta se nota un cierto cuidado por
no herir susceptibilidades. Dos sacerdotes se oponen al juicio, no
se traduce la asunción pública de la culpa por la crucifixión,
se destaca el carácter israelita del Cireneo, y hasta el hecho
de poner a Cristo y su gente hablando en algo que se supone arameo,
son todos factores compensatorios, que diluyen el elemento antisemita.
Parece que Gibson, que vive en los Estados Unidos y se mueve en Hollywood,
es lo suficientemente inteligente como para tratar de no ofender a
la comunidad hebrea. En cambio, como no hay antiguos romanos en Los
Ángeles, y los herederos de la tradición latina no solemos
ser muy denodados defensores de nuestra herencia, a ellos les dio
duro, mal y gratis. Los dejó como seres sin límites
jurídicos ni morales, como sádicos de una crueldad sin
fondo, de una bajeza sin precedentes. Pero sobre esto volveremos en
el acápite siguiente.
Ahora quiero ir a la primera escena regalada. En realidad, la presencia
de ese Satán hermafrodita (Mariani lo ve femenino, pero me
parece que es neutro, y anda con la pobre serpiente a cuestas), ya
es un invento de Gibson.Pero dejémoslo, porque, digamos, podría
haber sido... Pasemos a la caminata de Getsemaní a la casa
de Anás (en la película, no queda claro si es la de
este poderoso sacerdote y político, o la de su yerno Caifás,
o de ambos). Ahí es cuando la violencia gratuita empieza. A
Jesús, los guardias del templo le dan de golpes, lo muelen
a palos (un ojo le queda ya inutilizado). No conformes con esto, lo
arrojan por una muralla hacia abajo, de tal modo que queda colgado
(allí aparece Judas nuevamente), y después lo suben
de regreso, tipo yo-yo, para seguirle pegando.
Mel Gibson ha declarado a los cuatro vientos que se basó en
los Evangelios para hacer su obra de arte. Veamos, pues, qué
dicen estos textos acerca de aquella triste marcha nocturna. Emplearé
la versión católica publicada como El Libro del Pueblo
de Dios, la Biblia (Madrid, Paulinas, 1992), para evitar suspicacias.
Mateo (26,57-58) narra: “Los que habían arrestado a Jesús
lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se
habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía
de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó
con los servidores, para ver cómo terminaba todo”. Marcos
(14,53-54) cuenta: “Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote,
y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos
y los escribas. Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior
del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores,
calentándose junto al fuego”. Bueno... ¿estará
en Lucas? “Después de arrestarlo, lo condujeron a la
casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron
fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro
se sentó entre ellos” (22,54-55). Tampoco. Nos queda
Juan: “El destacamento de soldados, con el tribuno y los guardias
judíos, se apoderaron de Jesús y lo ataron. Lo llevaron
primero ante Anás, porque era suegro de Caifás, Sumo
Sacerdote aquel año” (18,12-13).
De modo que nos quedan dos alternativas. O buscamos los restantes
ocho evangelios mentados por mi alumna (tal vez se refiriese a los
apócrifos), o concluimos que, por lo menos en lo que hace a
los cuatro textos canónicos, lo más que tenemos es que
Jesús fue atado, lo cual es humillante y soez, no caben dudas,
y marca el inicio de la Pasión física del Señor,
pero no tiene nada que ver con la dantesca escena gibsoniana. Ignoro,
en este caso, en qué fuentes abrevó el cineasta, si
es que lo hizo en otra más que su fértil imaginación.
Pero de algo estoy seguro: los Evangelios NO fueron...
LA
FLAGELACIÓN DE JESÚS
Diferente
es el caso de la más truculenta parte de este festival de sangre:
las escenas de la flagelación. Acá sí, la fuente
es fácil de detectar, como veremos. Empecemos por descartar
los Evangelios, viendo lo que ellos asientan al respecto:
Mateo (27): “26 Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás;
y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó
para que fuera crucificado. 27 Los soldados del gobernador llevaron
a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor
de él. 28 Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo.
29 Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza,
pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla
delante de él, se burlaban, diciendo: "Salud, rey de los
judíos". 30 Y escupiéndolo, le quitaron la caña
y con ella le golpeaban la cabeza. 31 Después de haberse burlado
de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras
y lo llevaron a crucificar”.
Marcos (15): “15 Pilato, para contentar a la multitud, les puso
en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de
haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
16 Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron
a toda la guardia. 17 Lo vistieron con un manto de púrpura,
hicieron una corona de espinas y se la colocaron. 18 Y comenzaron
a saludarlo: "¡Salud, rey de los judíos!".
19 Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían
y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. 20 Después
de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura
y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para
crucificarlo”.
Lucas (23): “13 Pilato convocó a los sumos sacerdotes,
a los jefes y al pueblo,14 y les dijo: "Ustedes me han traído
a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión.
Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré
ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;15
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal.
Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. 16 Después
de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad". 18 Pero
la multitud comenzó a gritar: "¡Qué muera
este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!". 19
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición
que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio. 20 Pilato volvió
a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad
a Jesús. 21 Pero ellos seguían gritando: "¡Crucifícalo!
¡Crucifícalo!". 22 Por tercera vez les dijo: "¿Qué
mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca
la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré
en libertad". 23 Pero ellos insistían a gritos, reclamando
que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez
más violento. 24 Al fin, Pilato resolvió acceder al
pedido del pueblo.25 Dejó en libertad al que ellos pedían,
al que había sido encarcelado por sedición y homicidio,
y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos”.
Juan (19): “1 Pilato mandó entonces azotar a Jesús.
2 Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre
la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo,3 y acercándose,
le decían: "¡Salud, rey de los judíos!",
y lo abofeteaban”.
Esta edición católica, con nota de presentación
de Su Eminencia el Cardenal Raúl Francisco Primatesta, quien
también otorga el permiso de impresión (18 de diciembre
de 1986), presenta interesantes notas a pie de página. Una
de ellas, la número 26 de la página 1457, referente
a Mateo 27,26, dice: “Entre los romanos, la flagelación
solía preceder a toda crucifixión, para debilitar al
reo y abreviar sus tormentos”. A su vez, en la nota a Lucas
23,16 (p 1526), se lee: “Lo mismo que en el versículo
22, se trata de una flagelación, que Lucas y Juan presentan
como un escarmiento antes de la liberación, mientras que Mateo
y Marcos la describen como una práctica habitual, que precedía
a la crucifixión”.
Uno de los más famosos biógrafos de Jesús, minucioso
en su empleo de los textos bíblicos, y en el uso crítico
de su vastísima cultura clásica general, fue el francés
Ernest Renan (1823-1892). Es bien sabido que su Vida de Jesús
(1863) despertó severas objeciones, por su rechazo a considerar
los aspectos milagrosos como objeto del historiador. Sin embargo,
su rigor científico en punto a las reconstrucciones, no merece
mayores reparos en general. Escuchemos su versión de estos
sucesos (París, Calmann-Lévy, 1925, pp 420/421, traducción
nuestra del francés):
“Pilato se creyó obligado a hacer alguna concesión;
pero, hesitando aún de derramar la sangre para satisfacer a
gente que detestaba, quiso tornar la cosa en comedia. Afectando reírse
del título pomposo que le daban a Jesús, le hizo azotar
(Mat., 27,26; Marc., 15,45; Juan, 19,1). La flagelación era
la preliminar ordinaria del suplicio de la cruz (Josefo, La guerra
de los judíos, 2,14,9; 5,11,1; 7,6,4; Tito Livio, 33,36; Quinto
Curcio, 7,11,28). Puede ser que Pilato quisiera dejar creer que esta
condena ya estaba pronunciada, esperando que bastaría la preliminar.
Entonces tuvo lugar, según todas las versiones, una escena
repulsiva. Los soldados pusieron sobre la espalda de Jesús
un manto rojo, sobre su cabeza una corona formada de ramas espinosas,
y un bastón en su mano. Así ataviado lo llevaron a la
tribuna, de cara al pueblo. Los soldados desfilaban delante de él,
lo abofeteaban cada cual a su turno, y decían, arrodillándose,
salud, rey de los judíos (Mat. 27,27 y ss; Marc. 15,46 y ss;
Luc. 23,11; Juan 19,2 y ss). Otros escupían sobre él
y golpeaban su cabeza con el bastón”.
Hasta allí, la versión evangélica. Pero Renan,
conocedor de la civilización latina, se apresura a agregar:
“Difícilmente se comprende que la gravedad romana se
haya prestado a actos tan vergonzosos. Es verdad que Pilato, en calidad
de procurador, no tenía más que tropas auxiliares bajo
sus órdenes (ver Renier, Inscripciones romanas de Argelia,
n° 5, fragmento B. La existencia de esbirros y de verdugos extranjeros
en el ejército, sólo se muestra claramente más
tarde. Sin embargo, ver Cicerón, Sobre Verro, II, varios pasajes,
y las Epístolas al hermano Quinto, I,1,4). Los ciudadanos romanos,
como eran los legionarios, no hubiesen descendido a tales indignidades”.
O sea que los Evangelios de ninguna manera narran las atroces escenas
que Mel Gibson pone al aire. Dos de ellos (Mateo y Marcos) dan a entender
que se trató de la mera flagelación de rigor para debilitar
al condenado a la cruz. Terrible y cruel, sin dudas, pero nada que
ver con el cuadro del filme. Lucas y Juan la presentan como un escarmiento
(en el primero de ellos, parecería ni siquiera haberse llevado
a cabo finalmente). Pero sin ninguno de los caracteres sádicos
y atroces de la película. E incluso respecto de las burlas
de la soldadesca, en las que sí coinciden los cuatro textos,
Renan se permite sus serias dudas, que yo comparto plenamente. Con
tanta mayor razón, todo lleva a pensar que los legionarios
cumplieron con la flagelación, porque era su triste deber militar,
pero sin odio añadido (que difícilmente lo tuvieran).
Tal vez burla, sorna para con ese pueblo tan extraño de profetas
y ungidos, un Dios solo e invisible, y sacerdotes celosos, tan diferente
de Roma y de Grecia. Pero una cosa son chanzas e insultos, aún
duros y violentos, y otra, muy otra, la pintura gibsoniana.
Nótese que Renan se hace cargo de la hipótesis, que
desde época temprana plantearon los estudiosos, asombrados
ante semejantes conductas en legionarios del Principado temprano,
de que las tropas de Jerusalén estuvieran compuestas de provinciales,
no de romanos ni italianos. Es una posibilidad, como se ha visto,
muy discutible. Pero lo cierto es que Mel Gibson la ha descartado
de cuajo, porque pone a los legionarios, con uniforme de tales, hablando
entre sí en latín, que no era el idioma de los sirios
(que, en el mejor de los casos, hubieran empleado el griego). Es cierto,
se dirá, que le inventa al oficial de confianza de Pilato el
nombre semita de Abenader, como dando a entender que no es romano.
Pero tan alambicada elucubración cae por la base, porque, en
todo caso, ese Abenader resulta ser el único militar que se
interpone en defensa del Cristo, y hace cesar su ordalía...
¿De dónde sacó Gibson esta escena, de lejos la
más espeluznante (y taquillera) de su festival de terror? La
respuesta la debo a mi querida amiga (y madrina de bautismo, además),
la hermana franciscana seglar Silvia Tosti, que me llamó la
atención sobre un libro llamado Jeschua, y subtitulado, nótese
por favor, “Pensamientos sobre la pasión, muerte y resurrección
de nuestro Señor Jesucristo”. Es decir, que se trata,
como su autor lo confiesa sin tapujos, de “pensamientos”,
no de un trabajo historiográfico, ni con pretensiones de ajustar
reconstrucciones a los hechos tal cual fueron. Se trata de meras disquisiciones
(“Bilder und Gedanken”, dice el original alemán,
"imágenes y pensamientos"). Sólo eso...
Su autor es un tal Paul Spülbeck, de quien, debo admitirlo, desconozco
más datos. En el buscador Google, el más potente del
mundo (hasta yo estoy), con ese nombre sólo aparece un personal
trainer, que no debe ser el mismo, calculo. El libro está datado
en Buenos Aires, en 1996, pero sin mención de editorial (dice:
“IMPRESO COMO MANUSCRITO”). Lleva el “puede imprimirse”
de Monseñor Jorge Novak, obispo de Quilmes (Provincia de Buenos
Aires), con fecha 31 de diciembre de 1996 (es decir que la edición
ha de ser, por lo menos, de 1997).
“Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Esto
debía significar: si el Nazareno es inocente, si se ha de derramar
sangre inocente, entonces que Dios exija de nosotros esa sangre como
venganza y castigo sobre nosotros y nuestros hijos. El Cielo ha escuchado
la maldición del pueblo. La terrible automaldición se
cumplió.
Cuarenta años tuvo paciencia Dios con este pueblo enceguecido
y dio tiempo para la conversión y la reparación. Los
apóstoles obraron en nombre de Jesús grandes milagros
y signos y con sus prédicas estimularon al pueblo judío
a un cambio interior, pero sólo pocos volvieron en sí;
sólo unos pocos abrazaron la fe en el Hijo de Dios. La gran
masa del pueblo permaneció empedernida.
Así llegó el año 70d.C. y un día cayó
la orgullosa y magnífica ciudad con el Templo en escombros
y cenizas, elevándose el sol rojo de sangre sobre las humeantes
ruinas”, y sigue (pp 130 y ss.).
Spülbeck relata entonces su versión, notablemente anti-histórica,
de la Guerra Judaica (leer un poquito a Flavio Josefo no le hubiera
hecho daño, pero él no cita fuentes...). Se lo nota
indudablemente feliz, porque su dios (que no me parece ser el mismo
mío) se ha vengado a muerte y fuego sobre esos pérfidos
hebreos. Y concluye, en un verdadero clímax: “Nunca ha
sido pronunciada una maldición tan terrible, y jamás
una maldición se ha hecho realidad tan literalmente. Si aquellos
que gritaron en aquella mañana junto al Lithóstrotos
hubieran podido ver cuarenta años hacia adelante, se les hubiera
helado la sangre en sus venas” (p 132).
Sin embargo, para Spülbeck, ni siquiera la terrible asunción
de la sangre de Cristo (que está, digámoslo de paso,
solamente en Mateo, un texto unánimemente aceptado como principalmente
dirigido a los cristianos de origen judío –El libro del
pueblo de Dios, p 1413- y no aparece en los otros Evangelios) era
necesaria para articular la desgracia física de Israel. En
efecto, al elegir “el Consejo y el pueblo de la calle”
a Barrabás en lugar de Jesús, “Israel decide excluirse
del Reino de Dios, decide su destrucción y muerte, se decide
por los escombros de su magnífico Templo y las ruinas de la
ciudad, a la pérdida de su patria, a la pérdida de la
unidad nacional y la independencia. En ese momento cayeron los dados,
pero hasta hoy no se han superado las esperanzas y los propósitos
de un Barrabás” (Jeschua, p 109).
Yo no sé si la película de Gibson es o no es antisemita.
Creo realmente que no. Pero que este librejo, que recibió el
permiso de impresión de un obispo católico de la jerarquía
humana de Monseñor Novak, que seguramente lo habrá leído
de cabo a rabo antes de brindar tal autorización, es de un
antijudaísmo flagrante, de un racismo acendrado y virulento,
que hubiera regocijado a Adolfo Hitler (ignoro si lo hizo), sí
estoy en condiciones de afirmarlo, porque sólo alguien ajeno
del todo al espíritu cristiano del Concilio Vaticano II, pudo
haber dado a luz tan tenebrosos y falaces párrafos. Estas páginas
no deberían ostentar un imprimatur católico, y menos
tan reciente. Es muy bochornoso que lo lleven, y de poco servicio
a la causa ecuménica.
Ahora, veamos cómo describe este autor la flagelación
de Cristo. Quien haya visto la película, hallará que
se trata de poco menos que el libreto, con mínimas diferencias.
No estoy en condiciones de afirmar que Gibson se inspiró en
este libro. Pero, si no es así, por lo menos ambos tuvieron
fuentes comunes, porque la similitud es, lo repito, pasmosa:
“Por lo tanto, los soldados conducen al Señor a un patio
del castillo Antonia, hacia una columna de piedra, donde colocan desde
arriba una cadena con esposas. Exigen a Jesús que se desvista
[...]
Estos sirios paganos [Spülbeck sostiene la idea de que las tropas
romanas estaban integradas por sirios: en eso no lo siguió
Gibson], para quienes hasta el culto divino está realizado
con perversidades sexuales, no saben nada de pudor y moral [...]
Jesús no puede defenderse. Manos sucias lo toman de sus brazos,
lo colocan con el rostro contra la columna y cierran las esposas de
hierro en sus muñecas. La tortura puede iniciarse.
Los soldados comienzan. Con el primer golpe sordo del azote el Señor
se contrae bruscamente y se retuerce de dolor; pero ya silba el segundo
golpe. Jesús tira de sus cadenas involuntariamente, inclinándose
hacia adelante. Entonces los golpes continúan, uno tras otro.
Se forman al principio rayas blanco-amarillentas, que pronto se hacen
rojas. Con nuevos golpes, las rayas hinchadas revientan y comienzan
a hacerse hilos de sangre que corren interminables por el cuerpo.
Por último se desprenden trozos de piel y carne Las riendas
del azote se colorean en bandas rojas.
Podemos pensar cómo serian los gritos que traspasaban muros
y techos por la desesperación de los así castigados.
También Jesús se retuerce de dolor y gime, sin embargo
ni un grito sale de sus labios. Pero como los dolores son tan inhumanos
no puede evitar las lágrimas, de modo que sus ojos ya no ven
con claridad. Pero su boca permanece cerrada, lo cual hace que el
verdugo golpee con mayor fuerza. Ellos toman la silenciosa paciencia
del Señor como una provocación: el grito de la victima
es siempre la prueba para los presentes y para el centurión
del éxito del trabajo del verdugo. Como Jesús calla
y sólo llora suavemente se animan mutuamente para actuar con
mayor furia y violencia.
Pronto está el piso enrojecido de sangre y de trozos de piel
y en toda la espalda del Señor hay apenas un lugar sano. Jesús
continúa moviéndose brusca e involuntariamente y retorciéndose
bajo los golpes. Con cada azote que se descarga sobre él gime
y suspira por el suplicio, lagrimea y emite algún quejido.
Finalmente se desmaya. Como muerto, cuelga de las cadenas. Los soldados
dejan de golpear. El centurión se acerca para mirar qué
pasó con el castigado y ve que sólo se trata de un desmayo.
Entonces bien, se hará una pausa.
Pero no por mucho tiempo y el suplicio comienza nuevamente. Con un
puntapié es levantado el Señor. Los soldados sueltan
por un instante las cadenas y lo dan vuelta: nuevamente se cierran
las esposas y se da comienzo a la flagelación de la parte delantera
del Santo Cuerpo. Naturalmente, los soldados deben calcular cuidadosamente
sus golpes para no lesionarlo mortalmente, aunque esto no significa
misericordia. También sobre los muslos y piernas se descargan
los golpes. Todo esto va acompañado de sucias blasfemias de
boca en boca. La fantasía rehúsa hablar y se resiste
a describir las imágenes [!!!], pero una vez han sido realidad.
Después de un cuarto de hora esta todo el cuerpo desde los
hombros hasta los pies sangrientamente golpeado. Por segunda vez el
Señor se desploma. El centurión da la orden de parar
y aclara que da por finalizada la flagelación porque está
el peligro de que el prisionero quede sin vida. Eso estaría
en contra de la orden del procurador y seria proceder contra su voluntad,
lo que implicaría para él y los soldados un castigo
severo.
Jesús cuelga de las cadenas en la columna de la flagelación.
Está con las rodillas dobladas, la cabeza recostada sobre su
pecho, como muerto. Los brazos están estirados v sostenidos
por las cadenas. A una señal del centurión los soldados
abren las esposas v el Señor cae desmayado sobre la dura piedra,
enrojecida por su sangre.
Aquel que un día fue alabado como ...el más hermoso
de los hijos de Adán... (Salmos 45,3), que salió del
seno de la Virgen María, el más noble de todos, el que
lleva la imagen de Dios, está tendido sobre el empedrado; está
allí completamente herido bajo crueles golpes de hombres sin
sentimiento” (pp 114-116).
Menos mal que la fantasía de Spülbeck rehúsa hablar
y se resiste a describir las imágenes, porque de lo contrario,
sólo Dios sabe adónde llegaría. Menos mal que
reconoce que es su fantasía la que discurre. Lástima
que de ella derive, con nihil obstat episcopal, apocalípticas
condenas contra el pueblo judío, por los siglos de los siglos,
y “hasta hoy” (el genocidio nazi incluido, seguramente).
Pero que estamos en la pista de la “fuente” de Gibson,
no caben dudas. Porque el detalle de las esposas en la columna, la
descripción morbosa de la decoloración de las llagas
y los pedazos de piel desparramados por el piso, los movimientos convulsivos
involuntarios, y hasta el estrambótico pormenor de la dada
vuelta boca arriba de Jesús, para así seguirle dando
azotes salvajes, son demasiado coincidentes como para no hallarse
emparentados...
Empero, con todo lo truculento que es Spülbeck, debe reconocérselo
superado por Gibson. Porque la mesa con las herramientas de tortura,
que los verdugos van seleccionando cual cirujanos que eligen instrumentos,
reconoce su obvio precedente en la escena final del tormento público
de Wallace en Corazón valiente. De modo que es cosecha del
propio director. Y el uso de un látigo con puntas que se entierran
en la carne y la arrancan al ser retiradas, es otra generosa donación
gibsoniana a la capacidad de espanto del público.
Como alegato contra la tortura, de cualquier clase y aplicada a cualquier
sujeto, sea el Mesías o el último de los criminales,
el filme es insuperable, y sólo se podría comparar con
El crimen de Cuenca de Pilar Miró. Como supuesta reconstrucción
evangélica, es un dechado de imaginación gratuita. Como
obra histórica, es un zafarrancho del nivel de las anteriores
producciones de Gibson. Como película de terror, adhiero a
los dichos del padre Mariani, es espectacular.
BARRABÁS
Y OTRAS BARRABASADAS
No
quiero seguir. Sólo voy a dedicar un párrafo veloz a
Barrabás, que en esta película aparece como un monstruo
asqueroso, soez y libidinoso, grosero y sucio, una verdadera escoria
humana. A la vista de semejante fenómeno, la elección
de los jerosolimitanos en desmedro de Jesús parece aún
más atroz, más incomprensible, más estúpida.
Uno sólo puede llenarse de inquina contra personas que prefieren
la libertad de tal esperpento moral en lugar del ensangrentado Cristo.
¿Hay antisemitismo en esto? No sé, puede ser... Pero
lo que sí campea es una deformación flagrante de las
Escrituras.
“En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad
a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno
famoso, llamado Barrabás” (Mateo 27,15-16), “arrestado
con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante
la sedición” (Marcos 15,7; Lucas 23,19 y 25), “que
tuvo lugar en la ciudad” de Jerusalén (Lucas 23,19).
Sólo Juan dice, escuetamente, que “Barrabás era
un bandido” (18,40). Así que la recreación de
este sujeto con las características atroces que le endilga
Gibson, corre por cuenta de éste, y no tiene asidero bíblico
alguno. Mateo, Marcos y Lucas dan a entender, más bien, que
se trataba de algo semejante a lo que nosotros llamaríamos
un “preso político”, autor, junto “con otros
revoltosos”, de un homicidio, en oportunidad de una sedición
en Jerusalén. Mateo dice que era famoso, y probablemente no
resultase antipático a los jerosolimitanos, mientras que Jesús
era un galileo, extraño en la Ciudad Santa (máxime en
el marco del conflicto campo-ciudad que con toda corrección
destaca Crossan, donde la fértil Galilea se enrolaba en contra
de la alianza romana, y los saduceos de Jerusalén a favor).
Nada nos permite pensar que Barrabás no fuera un buen judío,
observante y respetuoso de la Ley, y hasta tal vez se acabase tornando
cristiano con el tiempo (una tradición posterior, recogida
en la película Barrabás, protagonizada por Anthony Quinn,
así lo sostenía). Una persona tal, jamás hubiera
mostrado el aspecto espeluznante que le pone Gibson en su película,
ni hubiese hecho al soldado romano los juegos lúbricos de lengua
que le marca este libreto asombroso. Semejantes actitudes hubiesen
sido contrarias al comportamiento de un rebelde nacionalista israelita.
Como sea, nada nos cuentan al respecto los evangelistas...
La gente reunida allí, que no debía ser mucha, porque,
como se ve en el filme, eran espacios modestos, atizada por los sacerdotes,
que mantenían, como es natural, un gran poder moral sobre el
gentío, eligió mal. Prefirió a un subversivo
homicida, por sobre el Hijo del Hombre. Es cierto. Pero hay que reconocer
que, poniéndose en las circunstancias, la opción fue
equivocada, mas no incomprensible ni maligna, como parece serlo en
la película. En todo caso, Jesús, en su suprema bondad,
los perdonó. Algunos de sus supuestos seguidores actuales,
todavía no.
Compartir una elección, es una cosa. Entenderla, otra muy diferente.
En 1933, los votantes alemanes eligieron democráticamente a
los nazis para el gobierno, allanando el camino al poder para Adolfo
Hitler. Ninguna persona decente puede considerar que optaron bien.
Pero, sin embargo, cerebros como el de Erich Fromm, el de Joseph Wulf,
el de Leon Poliakov, más modernamente Detlev Peukert, Pierre
Ayçoberry, Daniel Goldhagen, y muchísimos otros (gran
proporción de ellos, de origen hebraico) han dedicado importantes
investigaciones a tratar de entender las razones de esa decisión
atroz. Y una conclusión es de hierro: sólo acercándose
sin miedos ni prejuicios, sin mentiras ni estereotipos, al problema,
se podrá luchar contra las causas que lo originaron, y así
evitar que esas raíces malignas den retoños nuevos en
contextos futuros.
Mostrar una imagen horripilante y perversa, sucia y lasciva, de Barrabás,
es tan torpe como crear un modelo al estilo Hollywood de los nazis
estúpidos y obcecados, torpes y sin ideas ni principios. Uno
no puede entender jamás cómo los jerosolimitanos eligieron
al primero, ni cómo los alemanes votaron a los segundos. Así,
no se avanza, no se aprende, no se mejora. Sólo se fomentan
las ideas fijas, se echa leña seca a la hoguera de los odios,
y se alimenta la cerrazón y la violencia.
Renan recuerda que, si bien este dato fue excluido “en la mayor
parte de los manuscritos”, el sujeto se llamaba también
Jesús (un nombre bastante común entre los judíos
de entonces), y el Evangelio de los hebreos (uno de los apócrifos),
le da el patronímico de Bar-Rabán (más lógico
que el que le quedara en los textos bíblicos, Bar-Abbá,
“hijo del padre”). San Jerónimo, en sus comentarios
a Mateo, destaca la popularidad de este sedicioso de Jerusalén.
Jesús Bar-Rabán, en efecto, parece haber tenido más
las características de un Robin Hood o un Che Guevara que las
del monstruo horripilante y amoral pintado por Gibson.
Las otras bellezas que recuerda el padre Mariani, las dejaré
pasar, para no aburrir al ya muy paciente lector. El brazo que se
disloca adrede para clavarlo en la cruz, el diablo hermafrodita con
una especie de bebe horrible, el cuervo que le saca los ojos al ladrón
recalcitrante... Éste último detalle basta para mostrar
la idea pagana de la divinidad, del castigo y de la redención,
que insufla la cosmovisión de Gibson. Es tan patéticamente
infantil, que subleva. El delincuente se burla de Jesús, no
entra en razón como su compinche, y entonces... Dios le manda
un pájaro para lastimarlo, para que sufra más todavía,
antes de morir. ¡Qué dios, Dios mío!
Al padre Mariani se le pasaron otros detalles. Los permanentes golpes
y latigazos durante la ascensión al Gólgota, la caída
de la cruz con Jesús ya clavado en ella... Da la sensación
que Gibson estudió las cintas, para cuidar que no quedase cuadro
sin sangre, sin violencia, sin horror, sin tortura, sin faltas de
respeto a los Evangelios y a los espectadores.
Nada diré, por fin, sobre la nueva versión del viejo
deporte de este director para con los idiomas. Poco es lo que puedo
observar del arameo, aunque algunas frases me hacen abrigar serias
dudas sobre la pronunciación. Pero lo que sí noté
es que todos lo hablan igual. Es claro, sacar los acentos hubiera
sido demasiado trabajo. Sin embargo, las diferencias deben haber sido
muy obvias entonces, porque a Pedro lo reconocieron los sirvientes
de los sacerdotes por su forma de hablar, que lo delató como
Galileo: “hasta tu acento te traiciona”, le dicen en Mateo
26,73 (conformes Marcos 14,70; Lucas 22,59).
Pero estas serían minucias frente a los crasos defectos anteriores.
Del latín, ni hablemos. La fantochada de poner a los romanos
hablando latín eclesiástico contemporáneo, todos
el mismo, sin diferencias de pronunciación ni de forma de expresarse,
merecería un trabajo aparte. Obviamente, no sabemos cómo
se pronunciaba el latín en esa época, pero todos los
estudios serios llevan a presumir que, por ejemplo, la “c”
ante “e” o “i” era una “k”, no
una “ch” (como en el italiano). O sea que, por ejemplo,
“ecce homo” se debe haber pronunciado “ekke homo”
y no “eche homo”. Otro tanto puede decirse de varias letras
y combinaciones (el grupo “gn”, la “g” antes
de “e” o “i”, etc.). Además, es de
creer que el latín que empleaban en sus conversaciones el procurador
y su esposa (que se ligó el nombre de Claudia, ni más
ni menos que el de las mujeres de la familia imperial de entonces),
ambos de cierto nivel cultural, era uno, y el del centurión
con los legionarios (o de éstos entre sí), muy otro.
Gibson los hace expresarse a todos igual. Algo del latín popular
de la época conocemos, a través de las comedias. Vemos
que se declinaba poco, que se apocopaban palabras, que se dejaban
frases sin terminar, que el verbo se desplazaba hacia adelante en
las oraciones... Demasiado pedir para Mel Gibson. Arameo, latín
y basta. Como los highlanders del siglo XIII hablando en inglés
con acento escocés actual...
Termino con los idiomas, que tanto le gustan a este director como
objeto de juego (tal cual la historia en general). Sólo agregaré
que, puesto a buscar las lenguas de la época, se olvidó
de la principal, ni más ni menos. De la que era vínculo
entre judíos y romanos, conocida por los soldados, por los
gobernantes, por los sacerdotes. De la lengua en que se formularon
los Evangelios, y aquella en que, junto al hebreo y el latín,
se escribió el ignominioso cartelito que proclamaba irónicamente
a Jesús como “rey de los judíos” (Juan 19,20).
El griego, por supuesto, el gran ausente idiomático de esta
parodia.
CIERRE
Espero, con estas humildes líneas, haber arrojado algo de luz
sobre un debate que, al fin y al cabo, está generando millones
de dólares a este nuevo evangelista, en lo cual, sin duda alguna,
y como era de esperarse, ha superado a los pobres Mateo, Marcos, Lucas
y Juan, que estaban más preocupados por la verdad y por el
mensaje del Maestro, y no tenían problemas de taquilla. Presumo
que mi efecto será paradojal, porque tal vez mueva a más
de un remiso a ver el filme, y quizás alguno que ya fue al
cine, regrese. Con lo que habré favorecido, sin quererlo, a
Mel Gibson, que no precisaba de mi ayuda para enriquecerse.
Creo que la cultura estadounidense ya tiene su evangelio. Superficial,
violento, rebosante de sangre, de obviedad, de escenas impactantes.
Desprovisto de ideas, de contenido trascendente, de mensaje, de divinidad.
El evangelio amarillo de un mundo orwelliano, o bradburyano si se
quiere (para mostrar que en Norteamérica también se
piensa, y mucho), donde ya no se lee, ni siquiera la Biblia, donde
no se procuran las fuentes, no se investiga, y sólo se sufre
y se goza, física e intensamente...
En lo personal, el sufrimiento del Señor, según se lo
relata en los Evangelios bíblicos, me resulta suficiente. Menos,
me hubiese bastado también. No creo que la grandeza del Cordero
de Dios se mida en la sangre que le derramaron, ni en los latigazos
que le dieron. Pablo no quiso morir en la cruz, y no dudó en
hacer valer su privilegio de ciudadano romano para evitar el suplicio
del Maestro, y no pienso que eso lo haga menos santo. A mí
me parece que la mayor Pasión del Cristo fue espiritual, no
física. Que su dolor ante la carga del pecado humano ha de
haber sido mucho más demoledor que el de la pesada cruz. El
pobre Cireneo podía ayudarlo con ésta, y lo hizo, pero
nadie, nadie, nadie, podía compartir con Él el lastre
inmenso de los hijos de Eva.
Mi momento de llanto, antes y después de la película,
será el de la noche de Getsemaní. Ahí, en esa
velada oscura y fría, con los compañeros que se quedan
dormidos, con esa “tristeza de muerte” (Mateo 26,38) en
el alma, el Señor se me hace hermano, se me hace amigo, se
me hace grande, más grande que las montañas y los mares,
más grande que el universo. Muchos no necesitábamos
la sangre gratuita de Mel Gibson para creer en Él.
Lamento que, al parecer, otros sí...
Muy cordialmente,
Ricardo D. Rabinovich-Berkman
NOTA: Terminado este Editorial, me comentaron fuentes amigas, y no
he podido verificar esa versión, que la "tradición"
de la flagelación brutal y sádica de Jesucristo, al
estilo de la narrada por Spülbeck y filmada por Gibson, es corriente
en círculos pre-conciliares. Ello sería coherente con
el declarado rechazo por parte de este director de las instituciones
del Concilio Vaticano II. Es público y notorio que, durante
la filmación, hizo celebrar en forma cotidiana, en el sitio,
la Misa en latín. Personalmente lo escuché decir, en
un reportaje televisivo, que los ritos, en los idiomas vernáculos
"habían perdido la magia" que les confería
la vieja lengua romana...
Respuesta
del Dr Antonio Caponnetto al Sr Rabinovich
Dr.
Ricardo D. Rabinovich-Berkman:
A juzgar
por una referencia que leo al pasar en el nº 29 de Persona,
invita Usted a sus lectores a expresarse con libertad sobre su Editorial
del nº 28 titulado El Evangelio según Mel Gibson.
Recojo el guante por cuenta propia, no sin reservas, y columbrando
con aflicción que las susodichas razones me obligarán
a ocupar un tiempo mayor que el suyo, desacatando así el prudencial
aforismo de Hipócrates: ars longa, vita brevis, que
para evitarle los enredos fonológicos que le han traido los
latinazgos fílmicos, deberá pronuciar ars longa,uita
breuis, sorteando macarrónicos acentos.
Intentaré pues, en la ocasión, la vía del modesto
croquis.
1.-Se “asombra” Usted “hasta la estupefacción”
al enterarse “del beneplácito, al parecer en un primer
momento ardoroso, del Santo Padre” dado a La Pasión de
Gibson. “Salutación gloriosa” la llama, que “en
buena hora” habría sido “desmentida, o revisada,
o callada” después, aunque “no en razón
de las debilidades históricas del filme, sino como reacción
a las quejas de varias comunidades judías, que lo tildaron
de antisemita”.
No hay nada en la tal conducta pontificia que justifique su estupor,
mas si algo que debería mover su docilitas. El “beneplácito”
del Santo Padre no fue nunca presentado como “ardoroso”
ni como “salutación gloriosa”; antes bien como
un lacónico y significativo dicho: “es como fue”
(Agencia Zenit, 18-12-03) que avalaba precisamente el meollo del punto
en discusión: la veracidad de los relatos gibsonianos. Al decir
“es como fue”, Juan Pablo II no sólo salía
al cruce de quienes acusaban a la película de antisemita, sino
de quienes como Usted creen que está llena de “debilidades
históricas”. Que tan sintética pero substancial
declaración pontificia haya sido “desmentida, revisada
o callada”, prueba el volumen de la campaña en contra
que tuvo que soportar esta iniciativa, mas no la inautenticidad de
las palabras del Papa, a las que las agencias oficiales vaticanas
tuvieron siempre por genuinas. Bastaría cotejar al respecto
el despacho entregado a los medios por Monseñor Stanislaw Dziwisz,
secretario personal de Juan Pablo II (cfr.AICA,nº 2454, p.571)
Me dirá Usted –y lo sigo- que las opiniones cinematográficas
del Santo Padre no comprometen la doctrina de la infalibilidad, ni
siquiera la filial cortesía de tenerlas en cuenta. Es lo que
me pasa con su admirada La vida es bella, insostenible trivialización
de un drama sostenida en los clichés de la propaganda
aliadófila, y que si su coherencia fuera un poco más
exigente debería Usted rechazar en vez de ponderar. Porque
es Usted quien dice, y dice bien, que “cuando se pretende hacer
historia en el cine, se debe andar con pie de plomo”. Como
también son suyas las justificadas reprobaciones de aquellos
que “crean un modelo al estilo Hollywood de los nazis estúpidos
y obcecados, torpes y sin ideas ni principios”. Pero la diferencia
a mi favor es que, en el caso que nos ocupa, el laconismo pontificio
–esas menos palabras que puedan ser, como fatblaba
el Infante Juan Manuel- no encierra un juicio cinematográfico
sino más bien histórico y teológico. Vio la pasión
del Señor llevada a la pantalla y sentenció: es
como fue.
2.-Le asisten a Usted los proverbiales derechos para declararse “lector
y admirado, de las obras de Crossan, cuya solidez histórica”
le “parece notable”. Y tan apodíctica confesión
me permite conocer fácilmente la raíz de los yerros
que desgrana en su Editorial. No parece atinado en cambio
que, ante lectores eventualmente no especializados en el tema, lo
llame Usted al arbitrario Crossan “reconocido investigador”
y “católico fervoroso”, no siendo ninguna de ambas
cosas, sino mas bien un discutido personaje que se ha caracterizado
por sus explícitas y reiteradas heterodoxias, lo que le ha
valido entrar en colisión con el Magisterio Tradicional de
la Iglesia. Su Jesus: A Revolutionary Biography, por citar
uno de sus trabajos, agrega a la audacia de sus conjeturas un tono
que linda calculadamente la irrespetuosidad. No es el suyo, por cierto,
ni el único ni el principal caso de un biblista revulsivo,
pero conviene saber de quién estamos hablando.
En junio de 2003 el vocero de la Conferencia de Obispos Católicos
de Estados Unidos (USCCB), Mark E. Chopko, ofreció disculpas
a la productora Icon de Mel Gibson, por una serie de infundios que
circuló en torno a la película The Passion.
Entre esos difamadores se contaba “el círculo de intelectuales
del controvertido Jesus Seminar” –con Crossan
a la cabeza- que “están trabajando fervientemente en
reescribir el Nuevo Testamento”, dice News Max y recoge oportunamente
ACI (Agencia Católica Internacional) en su edición del
16-6-03. “El Jesus Seminar” –prosigue advirtiendo
el Informe- “es un auto nombrado equipo de ‘intelectuales
biblistas’ que se han dedicado a releer los Evangelios a partir
de un sistema subjetivo de especulaciones racionalistas y de votaciones
entre sus miembros, con el cual dicen determinar la ‘veracidad’,
separándola de lo que consideran ‘leyenda’. Según
el Jesus Seminar, menos del 20 por ciento de lo que dicen
los Evangelios es cierto”. Bien puede verse entonces, que no
han faltado recientes voces de alerta sobre el “fervoroso católico”
y “reconocido investigador”.
Por su parte, los miembros del Seminario de Jesús
le han dicho muy seriamente a Richard Hays, en una entrevista que
publicara el nº 43 de First Things , que ellos son los
titulares de “la erudición que prevalece en las grandes
universidades del mundo”. Lo que no condice, ya no con
la modestia y el tino exigibles a todo exégeta, si no con la
confesa criteriología del Seminar, en virtud de la cual,como
apuntábamos, se deciden por mayoría de votos afirmaciones
tan temerarias como la cuasi apocrificidad del Pater. Es por eso que
el mencionado Richard B. Hays, Profesor Asociado del Nuevo Testamento
en la Escuela de Divinidad de la Universidad de Duke (Estados Unidos),
les ha replicado con palabras que vale la pena conocer : “ni
un solo miembro de las cátedras neotestamentarias de Yale,
Harvard, Princeton, Duke, University of Chicago, Seminario Teológico
de la Unión, Vanderbilt, SMU o de la Universidad Católica
ha participado en este proyecto [el Seminario de Jesús].
Es innecesario decir que los facultativos de los seminarios evangélicos
no han participado. Tampoco han participado estudiosos reconocidos
de Inglaterra o de otras partes del Continente Europeo. De hecho –
quiero expresar esto claramente – la mayoría de los estudiosos
bíblicos reconocidos sienten un profundo escepticismo al contemplar
los métodos y las conclusiones de este grupo académico
seccionado de la comunidad de estudiosos. El punto es que éste[se
refiere aquí a un trabajo en conjunto,dirigido por Crossan]
es un libro de imaginación que ha sido producido por un grupo
de autodeclarados ‘eruditos’ que declaran puntos de vista
no convencionales sobre Jesús y los Evangelios. Ellos, por
supuesto, son libres de publicar estos puntos de vista. Sin embargo
su intento de presentar estas opiniones como si fueran ‘los
resultados establecidos firmemente luego de un análisis crítico
erudito’ es, uno debe decirlo, un engaño condenable”.
Junto a estas sugestivas declaraciones de Hays, téngase además
por dato interesante, que de los 74 miembros nucleados por Crossan
en el Jesus Seminar, muchos de ellos, amén de no ser
biblistas, eran intelectuales de extracción conocidamente anti-religiosa
provenientes mayoritariamente de las universidades norteamericanas
de Harvard, Claremont y Vanderbilt. Tal el caso del cineasta de origen
holandés Paul Verhoeven –para quien la pasión
de Jesús puede compararse a un “accidente de tránsito”-
director de películas de violencia como Robocop y
Total Recall, o decididamente pornos como Showgirls.
Sobre ninguna de las cuales he leido comentarios críticos desde
las digitales páginas de Persona.
No, Dr. Rabinovich; para que el debate televisivo que lo defraudó
hubierá sido parejo, no tendrían que haber enfrentado
a Gibson con Crossan,sino a éste con Ratzinger, o con la Comisión
Bíblica Pontificia, o tal vez con Rafael Aguirre, que supo
salirle al cruce en una notable ponencia organizada por la Complutense
en El Escorial, hacia agosto del 2001. Por aquello que decía
Jauretche haciendo un símil con las cuadreras: ”igualá
y largamos”. Remitir a Crossan para evaluar La Pasión
de Jesucristo, la real y la fílmica, es como recomendar
el Facundo de Sarmiento para conocer la vida de Quiroga,
o como preguntarle a Bush por las armas químicas de Saddam.
3.- Tiene Usted también todo el derecho a preferir la interpretación
de Renán y hasta a “compartir plenamente” sus “serias
dudas”. Poco conforme con los textos evangélicos sobre
la flagelación, que le resultan escuetos, y en todo disconforme
con la descripción gibsoniana, acude al renombrado racionalista,
al que encomia como “conocedor de la civilización latina”,
subrayando que “su rigor científico en punto a las reconstrucciones,
no merece mayores reparos en general”. Pero entonces, pongámonos
de acuerdo en que no estamos de acuerdo, como dice Chesterton.
Porque si su enojo contra Gibson es por su supuesto apartamiento de
los sacros textos, no puede luego Usted, ya no apartarse de los mismos,
sino contradecirlos de la mano de un apóstata, enemigo declarado
de la Iglesia y miembro activo de la masonería. Que esto fue
Renán y no el genio que no habría merecido “mayores
reparos”. Juicio que si lo sobresalta podrá corroborar
leyendo a José Manuel Groot –no el ciclista, antes de
que el Google le juegue una mala pasada- sino al converso
colombiano que refutó la impía Vida de Jesús
del incrédulo franchute. Porque si algo recibió Renán
desde que dio a conocer sus páginas sobre Jesucristo, fueron
reparos a granel. Y hasta el postrer, paradójico y significativo
reparo de un nieto heroicamente católico, el inolvidable
Ernesto Psichari.
Tras Crossan primero; tras Renán después. Ahora falta
que nos recomiende entender la cuestión judía leyendo
Nous autres racistes de Amaudruz, Die Juden de Gottfried
Feder, o ¿por qué no? Das Wesensgefüge des
Nationalsozialismus, del equitativo Rosenberg.
Podrá Usted conforme al gusto de esta época, preferir
una pasión ligth, con algunos coágulos estéticamente
extendidos sobre el cuerpo de la víctima, casi desodorizada
y sanitaria, con precauciones leguleyas para evitar los excesos y
controles médicos de rutina. Podrá Usted con Renán,
imaginar una soldadesca llena de equilibrio y señorío,
verdugos mesurados, profiriendo chanzas e insultos a reglamento. Podrá
Usted asimismo, huero de una seria perspectiva teológica, despojar
al drama mayor de la historia del odium fidei que lo consumó
hasta trasponer el umbral mismo del misterio de iniquidad. Podrá
omitir la presencia desatada del Demonio entre aquellas furias rugientes
de la sangre del Justo. Pero muy otra es la historia.
Marcos usa el término griego mástix que equivale
al latino flagellum. El flagellum ,como suplicio
y como instrumento, tenía dos nombres y dos formas. El loris
uno –fuste con correas- y el flagrum, aún más
cruel si cabe, con sus variantes scorpiones y plumbata,
cargados de cadenas retorcidas, bolas de plomo, puntas de hueso (astragaloté)
y otros instrumentos cortantes. Lo propio del flagellum era
cedere (herir), secare (cortar), scindere
(desgarrar). Y lo propio del flagrum era rumpere
(romper), pinsere (machacar), forare (agujerear)
y fodere (cabar,excavar). Sabemos éstos y tantos o
más tristes datos por el concurso de las fuentes, como Ciceron,
Tito Livio, Filón o Plutarco. Por los descubrimientos arqueológicos,como
los de Perret en las Catacumbas de Roma. Por las Actas de los
Mártires, por los grandes biógrafos de Jesucristo
–Lebreton, Prat, Vilariño, Buil, Berthe, de Niubo,etc-,
por los especialistas en sindonología, y porque hasta el mismo
Flavio Josefo cuenta que hizo azotar a un enemigo suyo en la ciudad
de Tariquea, hasta “que se le vieron los huesos”. Así
como cita el caso de Bar Hanan, al que mandó flagelar el procurador
Albino, hasta llegar “a la denudación de los huesos”
(Bell.jud VI,5,3). De acuerdo Dr Rabinovich: “leer
un poquito a Flavio Josefo no hace daño”.
Nada ha inventado Gibson al respecto, ni “es cosecha del propio
director” el conjunto de las desgarradoras escenas. No se trata
de “una generosa donación gibsoniana a la capacidad de
espanto del público”, ni de morbosas descripciones que
pueden tener su correlato en las peripecias cinematográficas
de Wallace. Mas bien se ha quedado corto el cineasta como se lo ha
objetado el Centro Español de Sindonología,
con sede en Valencia y dedicado al estudio de la Santa Sábana.
Ha sido su Vicepresidente, Jorge Manuel Rodriguez, el que recordando
el texto de Isaías, según el cual –y como consecuencia
de la flagelación- ya no tenía el Señor aspecto
humano, señaló –pruebas en mano- mayores
y más sugestivos detalles de los tormentos a los que fue sometido
Jesucristo. (cfr. ACI, Madrid,6-4-04).
Que a la vista de estos irrecusables testimonios, Usted prefiera la
versión renaniana, libre “de caracteres sádicos
y atroces”, procurando atemperar por todos los medios el drama
cruento e impar del deicidio. Que insista arbitrariamente ,y contra
las profecías veterotestamentarias, en que no pudieron darse
“actos tan vergonzosos” ni llegarse a “tales indignidades”.
Que sostenga,minimizándola, que se trató de “una
mera flagelación de rigor”, cuando justamente por serlo
resultaba una feroz carnicería. Que crea que el “dechado
de violencia” y el “festín de crueldad” en
que se convirtió aquel martirio, sólo pertenecen al
magín de un cineasta monotemático y no a la ingrata
realidad de los sucesos. Que rechace al fin –también
Renán mediante- los escarnios y los vituperios mencionados
en los Sinópticos, puede ser el fruto de una sensibilidad
extrema que se defiende de dolores propios negando los ajenos. Ningún
hijo quiere ver sufrir al Padre. Y esto pensando primero bien, como
enseña San Ignacio. Pero que ridiculice y menosprecie la veraz
pasión recreada por Gibson –veracidad que sufre por defecto
no por exceso- y que la descalifique como si se tratara del recurso
mórbido analogable al de las películas de terror, se
aproxima mucho a la blasfemia y al pecado contra el segundo mandamiento
¿Qué extraña pasión prefiere e imagina
Usted, doctor Rabinovich, en la que la soldadesca no viola la temperancia,
los látigos no penetran la piel, la sangre no salpica y los
cuervos que acechan cadáveres inminentes se retiran respetuosos
durante la agonía de sus víctimas? ¿Qué
extraña pasión confecciona Usted, con un Barrabás
convertido en un guevarista avant garde, y unos judíos que
lo votan “sin malicia”, apenas equivocándose en
elecciones democráticas, como los germanos de 1933?¿Qué
nueva versión nos ofrece Usted del drama cruento del Calvario,
con un Cristo que más que mortal parece biodegradable? ¿Cómo
es posible que piense Usted que una película y un director
han podido “agregarle más violencia, más dolor,
más golpes y gritos” a la realidad del que fuera el primer
y mayor holocausto de la Historia Universal? ¿No cree y no
teme que el “desdén por la memoria” de Jesucristo
que le atribuye a Gibson sea su propio y personal renuncio con este
artículo plagado de equívocos, de desinformaciones y
de alusiones tendenciosas?
4.-Su “querida amiga y madrina de bautismo” sabe menos
que los chicos que –en concordancia con estos tiempos crepusculares
y sombríos- le respondieron disparates en las aulas universitarias.
Ella lo ha inducido a hallar en el libro de Paul Spülbeck “la
fuente” y “las fuentes comunes” que, como en una
oscura trama, existirían entre Gibson y la Internacional Antisemita
enquistada aún en la Iglesia. Y con tanta fuerza que hasta
un conocido pastor progresista como Novak habría caido en sus
malévolas redes. De pronto, el Eje Alemania- Los Angeles -Quilmes
entra en acción, y retrotrae el curso de los hechos hasta el
día anterior al de la Convocatoria al Concilio Vaticano II,
con el cual como se sabe, empieza la Historia de la Iglesia.
¡Ay, Dr. Rabinovich! Spülbeck no es un entrenador personal.
Su libro se llama Jeschua. Bilder und Gedanken zum bitteren
Leiden unseres Herrn Jesus, y hasta lo encontrará en internet
si lo busca en su idioma original (www.gebraucht-buecher.billigerkaufen.com/1092313-1347919107
201645844_-Spuelbeck-Paul-Jeschua-Bilder-und-Gedanken-zum-bitteren-Leiden-unseres
Herrn-Jesus-Christus.html) Lo primero
que ha dicho este libro de su sobresalto está en San Mateo.
Lo segundo –sobre la caida de Jerusalén- en cualquier
manual de historia antigua, incluyendo la por Usted mencionada Enciclopedia
Encarta. Y lo tercero –el tardío y costoso aprendizaje
de los judíos por causa de su perfidia- en infinidad de sermonarios
y devocionarios de los que se ha nutrido tradicionalmente la Iglesia
en veinte siglos; en infinidad de preciosos textos de los grandes
maestros de la vida espiritual. Como está todo dicho en ese
fecundo y maravilloso movimiento apologético que Usted parece
ignorar redondamente, conocido como Patrística. Y que no hizo
las delicias de Hitler ni la felicidad de los antisemitas, sino de
los santos, de los estudiosos, de los creyentes y de los pontífices
de todos los tiempos. Pero mucho me temo que Usted tendrá todo
este riquísimo patrimonio eclesiástico por “tenebrosos
y falaces párrafos”.
No son “los círculos preconciliares” los que han
inventado “una flagelación brutal y sádica de
Jesucristo”. Fueron los pecados de los hombres -y todo ello
según el Plan de Dios- los que coadyuvaron para que tan brutal
holocausto se consumara. Lo que ha hecho la Iglesia, que es semper
idem, una antes y después de Spülbeck o del Concilio,
ha sido pedirle a sus bautizados fieles que contemplen penitencialmente
este misterio. Misterio central de nuestra Fe, para cuya recreación
el buen arte ha sido siempre un eficaz aliado. Desde la Hypótesis
dramatiké de San Gregorio Nacianceno hasta La Pasión
de Mel Gibson. Pero si de este último se trata, no están
en Paul Spülbeck sus fuentes inspiradoras, sino en Anne Catherine
Emmerick, enorme monja estigmatizada del siglo XVIII, y en Sor María
de Jesús de Agreda, una religiosa franciscana del siglo XVII
.“Ellas” –dijo Gibson- “ me suministraron
la materia en la que yo nunca habría pensado. ” (Cfr.
El Neoyorquino, el 15 de septiembre de 2003). Coménteselo
a su madrina, que es “hermana franciscana seglar”,así
en la próxima lo rumbea un poquito mejor. Y sépalo Usted
mismo, ya que declara ignorar ” en qué fuentes abrevó
el cineasta”.
Esto de Ana Catalina de Emerick que le comento, no es un tema menor.
Es todo un tema, y no debería Usted desconocerlo, aún
para oponerse, si le cuadra. No debería ignorar que Gibson
declaró en infinidad de ocasiones basarse en las revelaciones
privadas de esta religiosa, cuyo proceso de beatificación se
encuentra abierto desde 1899 ,a quien la Santa Sede reconoció
un milagro el 7 de julio de 2003, y a quien el próximo 3 de
octubre beatificará Juan Pablo II, según acaba de anunciar
la Agencia Zenit, el viernes 28 de mayo de 2004. Precisamente
la alborozada noticia que trae la mencionada agencia de la próxima
beatificación, incluye una referencia expresa a que “en
las páginas” de esta “religiosa se inspiró
el director de cine Mel Gibson para rodar su película La
Pasión de Cristo”. Sus escritos incluso, a propósito
de la película en cuestión, han sido recientemente reeditados,
en España por la Editorial Surgite y la revista Cristiandad
(que planean reeditar también los inconseguibles escritos de
la franciscana Agreda), y entre nosotros,en la Argentina, por la Editorial
Guadalupe y Agape. Hasta una publicación católica
popular y dominguera, como Cristo Hoy, los viene reproduciendo en
entregas semanales, haciéndoles notar didácticamente
a sus lectores los pasajes concurrentes con el filme.
Si conociera Usted estos escritos se hubiera evitado varios gazapos.
Como buscar las “coincidencias” entre Gibson y Spülbeck,
mientras cree que fue el cineasta de “fértil imaginación”
quien inventó el nombre de Abenader, o la escena del brazo
dislocado del Señor, o la paliza tétrica cuando lo llevan
a Jesús a la casa de Anás, o los delirios posesos de
Judas, o la facha patibularia de Barrabás,o el ojo inutilizado
de Cristo, o el protagonismo de la esposa de Pilatos, que no “se
ligó el nombre de Claudia, ni más ni menos que el de
las mujeres de la familia imperial de entonces” por un capricho,
sino porque aparece en el Apócrifo de Nicodemus; y
porque podía portarlo tranquilamente sin ser de la familia
imperial, sino “un miembro pobre de la gens Claudia”,
como lo ha estudiado Renato Llanas de Niubó(Cfr. su La
pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Barcelona,
Luis de Caralt, 1953)
No, Dr. Rabinovich; de nuevo no. Todo esto y tantísimos otros
detalles están en la Beata Ana Catalina, a quien como le digo,
Gibson declaró haber leido con fruición en decenas de
ocasiones. Como está en Ana Catalina, y expresamente dicho,
que la soldadesca que maltrato a Jesucristo, se componía de
“hombres pequeños y robustos, que tenían cara
de extranjeros y los cabellos erizados, parecían animales feroces,
servían a los romanos y a los judíos por dinero”
(Cfr.Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección
de Jesús, Buenos Aires, Guadalupe-Agape, 2004, p.138).
Fíjese hasta qué punto es gratuita su afirmación
de que Gibson “descartó de cuajo” la posibilidad
de una extranjería ominosa encargada de torturar a Jesús.
5.-Otro que sabe menos que sus alumnos de la Universidad, es su recomendado
curita Mariani.Y se entiende; no sólo porque habrá estudiado
“doce años en un colegio católico”, sino
porque encima, en el Seminario, se habrá pegado una buena indigestión
de Bultmann, Sitz im Leben, Formgeschichte o Monseñor
Rivas. El Padrecito José Guillermo Mariani es “columnista”
(sic) de la revista digital masónica Argenpress, fundada y
dirigida por el recientemente fallecido masón Emilio Corbiere,desde
la cual ha escrito artículos explícitamente lanzados
contra la autoridad de Juan Pablo II, como ¡Cállese!,
publicado el 22/01/2003. Pero mire, no es necesario que él
y Usted vayan, verbigratia, a las Actas del Congreso de Eichsttät
de 1991 o a las altísimas cumbres eruditas de la bibliografía
especializada, sino apenas a Vittorio Messori y su ¿Padeció
bajo Poncio Pilato?, que le publicara Rialp en castiza lengua, hacia
1998. Y un esfuercito más: a los escritos de O’Callaghan
sobre El papiro de Marcos en Qumrám, para que no sigan repitiendo
–más él que Usted, lo admito- que los Evangelios
son históricamente poco seguros porque “ se trata de
redacciones muy posteriores” a los hechos.
A ambos les molesta la escena del cuervo que castiga a Gestas. En
la Sagrada Escritura, aparecen cuervos enviados por Dios para alimentar
al profeta Elías (I Reyes 17,2-4). Cuervos en Génesis
8:7 ,Job 38:41 , Isaías 34:11 o Sofonías 2:14 . ¿Por
qué ese mismo Dios no podría valerse de idéntico
animal para aplicar un castigo? ¿O por qué, dado que
perros, gatos, chacales, lechuzas, cuervos, cangrejos, escorpiones,
serpientes venenosas, leones, panteras, cabros, reptiles y rapaces,
aparecen personificando al demonio en los mismos sacros textos, no
podría ser este animalejo un símbolo de la posesión
demoníaca que atenazaba al mal ladrón?. ¿Por
qué no podrá ser un cuervo el signo de una falta que
no consistió, como Usted subestima, en “no entrar en
razón como su compinche”(es santo, Dimas, Rabinovich,
no lo llame compinche;hizo algo más que “entrar en razones”,entró
en la Fe) sino en pecar contra el Espíritu, que es el pecado
que no se perdona? En su reciente libro La Passione. I Vangeli
e il film di Mel Gibson (Piemme, Casale Nonferrato, 2004), su
autor, Andrea Tornielli, dice al respecto: "Il disonore per un
crocifisso e la sua famiglia raggiungeva il vertice nel frequente
abbandono del cadavere insepolto alla fame degli uccelli". Infatti
lo scrittore greco Artemidoro afferma cha la dovizia del crocifisso
è di ‘nutrire i corvi’, mentre Petronio, nel suo
Satyricon, gli fa eco: crucis offla, corvorum cibaria
(‘cio che pende dalla croce è cibo dei corvi’).
Cicerone, invece, ci informa che il corvo colpisce prima gli occhi
e quindi il ventre del condannato appeso sulla croce. All' epoca,
nella terra di Gesù, questi uccelli potevano raggiungere anche
due metri di apertura alare" (cfr. p. 94).
A ambos les molesta el demonio hermafrodita, cuando ha sido un hallazgo
de Gibson asociarlo a la contranatura, cargando sobre sus brazos al
Anticristo, parodiando la maternidad de María, ya que para
eso es el mono de Dios, sin contar la cantidad de ocasiones
en que el demonio aparece hermafroditizado en las tradiciones gnósticas,
ocultistas, rosacruceanas y alquímicas. A ambos les molesta
“el látigo encajado en la piel de la espalda”,
cuando ése era el efecto que producía el flagrum plumbata
que se usaba en las flagelaciones reglamentarias, como las que Usted
supone. Y lo más patético, en tanto revela una nueva
insipiencia, es que ambos atribuyen con idéntico disgusto las
“asociaciones de los momentos más intensos de dolor y
crueldad con recuerdos tiernos del pasado”, a un recurso típico
de las películas de terror (flash back), cuando en
realidad fue la vivencia constante que tuvo Ana Catalina, al modo
de una confortación espiritual con que Dios aliviaba sus intensos
sufrimientos. A ambos al fin, les molesta la efusión de sangre.
Esperemos que sólo sea la falsa del celuloide, porque la real,
la de Cristo crucificado –que fue mayor que toda la que pueda
imaginar Gibson y el equipo entero de Ikon- debe ser amada y venerada,
como decía Santa Catalina de Siena. Y hasta tal extremo, agregaba,
que debemos estar dispuestos a “dar nuestra sangre por amor
a la Sangre”. Perdone que Catalina y yo no usemos cauterizantes
químicos para escribir.
Tras Crossan primero,le decía; tras Renán después.
Ahora tras un presbítero explícitamente colaboracionista
de la masonería. ¿Hay alguna posibilidad, Dr.Rabinovich,
de que acuda Usted algún autor católico?
6.-Celebro que se constituya Usted en un defensor de la latinitas
y quiebre espadas por las honras y el decus de los legionarios romanos.No
sabe hasta qué punto cuenta en esto con mi adhesión.
Mas no tema. No es a los latinos a los que Gibson “les dio duro,mal
y gratis”, sino a la humana natura degradada por el pecado,
encarnada en este caso en la runfla de la soldadesca. La romanitas
y aún el honor de sus soldados quedan bastante a salvo en las
hermosas escenas del guerrero extático ante la reposición
de su oreja, en la súbita mansedumbre del milicote ante la
proximidad de María dispuesta a besar los pies clavados de
su hijo, en la conversión del centurión a quien le cae
el agua del costado de Cristo, en el señorío del Oficial
que llama al orden a la caterva de subordinados, y sobre todo en la
entrega de los paños que hace Claudia a María y a la
Magdalena para que recojan la preciosísima sangre derramada.
Lea a Ana Catalina, Dr. Rabinovich. Cierre a Crossan y a Renan hasta
nuevo aviso.
No puedo celebrar en cambio su defensa de Barrabás, del que
Mateo nos cuenta que era un preso famoso, Marcos un revoltoso y homicida,
Lucas un sedicioso y Juan un ladrón. Para usted en cambio era
un respetable “rebelde nacionalista israelí”, posiblemente
“un buen judío, observante y respetuoso de la Ley”,
incapaz de “los juegos lúbricos de lengua” con
que el malévolo Gibson ha querido retratarlo, y al que si no
hubiera sido por la ausencia del proverbial carcaj o del camperón
verde oliva, cualquiera hubiera podido confundir con el arquero del
bosque de Sherwood o el Dr. Guevara de la Serna. Vuelvo al tono interrogativo
para mover su reflexión. ¿Por qué un ladrón
y un homicida, encerrado en una lúgubre cárcel, con
la angustia horripilante de saberse destinado a un suplicio atroz,
y que de pronto, imprevistamente, se ve gozando de una impensada libertad,
por qué, digo, no podría estar un poquitín desencajado
y salírsele un mohín espantoso de la boca? ¿Esperaba
Usted acaso que el desventurado recogiera aristocráticamente
su túnica cual César ante Bruto, según lo pinta
Suetonio, y se marchara sereno a disfrutar el favor de la primera
encuesta de la historia?
7.-No soy un gibsoniano de estricta observancia, ni siquiera un gibsoniano
a secas. Mucho me han molestado los errores históricos de Corazón
Valiente, en especial el mito grosero de la prima noctis
y el desdibujamiento de la personalidad de Eduardo I. Tanto más,
se imagina, su mensaje penoso en la comedia Lo que ellas quieren.
Se sorprendería Usted incluso si le dijera que puedo llegar
a tener reparos sobre el mismísimo film La Pasión. Pero
están lejos de ser los suyos.
Dice Usted y termino, que este film está “desprovisto
de ideas, de contenido trascendente, de mensaje, de divinidad”.
Todos estos elementos tiene y en abundancia, pero Usted ha sido miope
para verlos, preocupado por medir los “orinocos de sangre”,
como decía León Bloy, o detectar la pronunciación
de los latinazgos. Por ejemplo, la triple proclamación de Cristo
como Dios, Rey y Hombre, la condición corredentora de María,
la teología católica de la Misa-Sacrificio y de la Eucaristía
Sacramento y no mero ágape. Precisamente por estos elementos
que con fidelidad evangélica muestra la película, es
que ha sido casi unánimemente ponderada por los obispos. Pero
no diga “apoteóticamentre recibida” (apoteósicamente
es lo correcto, de apoteósis, del griego por cuya ausencia
en el filme tanto protesta) sino quiere quedar como los highlanders
cuya fisonomía lingüística le reprocha a Gibson.
Aunque para quejarse de la marginación del noble idioma gaélico
no tiene Usted necesidad de cargar contra Mel sino contra Jacobo IV.
Porque déjeme decirle ésto, ya que estamos enemistándonos:
hay un proverbio en gaélico que reza "Am fear a chailleas
a chànain, chaill e a shaoghal", algo así
como que "el hombre que pierde su lengua, pierde su mundo";
y en tal sentido, bien estará que salga Usted por los fueros
del viejo lenguaje. Pero tras la muerte de Malcolm Canmore, no creo
que quedaran muchos gaélicos parlantes, y reprochar su ausencia
en Braveheart –cuando estamos hablando de La Pasión-
forma parte de lo que ya colijo es en Usted el empedernido deporte
de buscar el quinto pie al gato. Deporte con cuyo trofeo parece querer
quedarse al sostener que “poco es lo que puedo observar del
arameo, aunque algunas frases me hacen abrigar serias dudas sobre
la pronunciación”. Si le molesta el rito tridentino por
considerarlo injustísimamente como “preconciliar”,
no creo que esté tan familiarizado con el rito maronita como
para poder “abrigar serias dudas sobre la pronunciación
del arameo” gibsoniano. Si brega Usted por el respeto cinematógrafico
a los matices de algo tan incognoscible hoy como cada acento idiomático
del mundo antiguo, debería saber que el arameo también
tuvo sus dialectos, y que no debieron sonar del mismo modo el de Judea
sudoriental, el de Samaría de Galilea, el de Transjordania,
el de la zona de Damasco o el del Valle del Orontes. ¿En cuál
hubiera hecho pronunciar Usted: ABUNA DI BISHEMAYA, ITQADDASH SHEMAK,
TETE MALKUTAK, TIT'ABED RE'UTAK KEDI BI SHEMAYA KAN BA AR'A. LAJMANA
HAB LANA SEKOM YOM BEYOMA, U SHEBOK LANA JOBEINA, KEDI AF ANAJNA SHEBAKNA
LEJEIBINA, WEAL TA'ALNA LENISION, ELA PESHINA MIN BISHA.?
Sea como fuere, si vuelvo a ver el film y en atención a sus
prevenciones, no llevaré a la sala mis crocantes pochoclos
sino el Diccionario Hebreo-Arameo de Fohrer. Para los matices
de la fonología latina en cambio, que Usted objeta aunque reconoce
que “no sabemos cómo se pronunciaba el latín en
esa época”, haría falta que Dios nos resucitara
a Batistesa, siquiera para una velada. Lo que juzgo improbable.
Y ya que hablando de integridades idiomáticas hemos terminado,
olvídese de citar como un desdoro para Gibson su asistencia
a la misa en latín. Dicha misa –rito tridentino para
ser más exactos- no sólo no ha sido abolida por Roma,
sino que por su custodia y preservación brega con especial
énfasis, aún últimamente, y hasta tal punto que
toda una Comisión Pontificia, la Ecclesia Dei, valora
su celebración y resguardo como un tesoro inamovible de la
Santa Madre Iglesia.
Si a esta Iglesia semper idem se ha incorporado Usted con
el bautismo al que alude en buena hora, sepa que ella no es la mera
“confraternidad entre los hombres y los credos”, que para
eso está la ONU, sino la Esposa nacida de la Sangre del Cordero.
De esa sanguis Christi, ante la cual rezaba San Ignacio:
“inebria me”. Sangre generosísimamente derramada,
no en un estudio fílmico, mezcla de jugos, esmaltes y pinturas,
sino en la soledad del Gólgota, brotada de las venas y la carne
del Rey de los Cielos. Sangre abundante y fructífera, que a
otro israelita converso y habitante de esta patria, como lo es Usted,
llamado Jacobo Fijman, le hizo exclamar estos hermosos versos, cuyo
bien en ellos retratado le deseo de todo corazón: “Paz,
paz, en el camino delante de mis ojos. Reza la sangre, la sangre de
mi cuerpo en esperanza. Eternidad en los caminos. Espero en Cristo,
regocijado de muerte y alegre de muerte. Paz, paz en tierra, donde
corren los soles amorosos del Monte Santo”.
Dr.Antonio
Caponnetto