“LA
PASION” DE MEL GIBSON

Son múltiples las lecturas e interpretaciones que de esta obra
artística (no siempre necesariamente histórica) se pueden
efectuar. De todos modos me parece que el común denominador
de todo el film es éste: es una brillante (aunque a veces un
poco hollywoodense) iconografía clásica
de la autentica Pasión de Jesucristo Ntro. Señor, centrada
plenamente en la correlación entre el sacrificio cruento de
la Cruz y el sacrificio incruento de la Santa Misa. En este sentido
el hallazgo del director es no solamente digno de todo encomio sino
sencillamente magnífico y sublimemente trágico y que
demuestra hasta el hartazgo que en los crudos inviernos que corren
los grandes teólogos no están necesariamente en el Vaticano.
En relación a la reiterada violencia de la película
diré que: a) mucho más violentos son los pecados que
han engendrado los horrores del Calvario. Claro que el hombre moderno
no está dispuesto a asumir que es un pecador y este punto es
crucial para entender la totalidad del drama que se desarrolla ante
sus ojos azorados que, valga decirlo, no son los de un espectador
pasivo; b) para quienes alguna vez meditamos con las obras del jesuita
barroco Padre La Puente las escenas violentas del Mel Gibson son cine
para niños. Dígase lo mismo de cualquier meditación
seria en ejercicios espirituales; c) de todas maneras es absolutamente
preciso resaltar que la violencia de la Pasión real
no es describible cinematográficamente; d) las crudas escenas
que se aprecian no alcanzan con todo la significación sacramental
de los iconos orientales y están más próximas
al realismo vital de la imaginería española de la contrarreforma.
En punto a los desgarradores dolores de la Pasión histórica
no estará de más evocar el relato que de ella efectúa
el profeta Isaías en su capítulo 53 (denominado el quinto
Evangelio): “no tiene apariencia ni belleza para atraer
nuestras miradas, ni aspecto para que nos agrade.
Es un hombre despreciado, deshecho de los hombres, varón
de dolores y que sabe lo que es padecer, como alguien de
quien uno aparta su rostro, lo deshonramos y lo desestimamos... Ha
tomado sobre sí nuestras dolencias y nosotros lo refutamos
como castigado, como herido por Dios y humillado. Fue traspasado
por nuestros pecados, quebrantado por nuestras culpas; el castigo,
causa de nuestra paz, cayó sobre él y a través
de sus llagas hemos sido curados (V. 5)... Fue maltratado,
y se humilló, sin decir palabra; como cordero que es llevado
al matadero; como oveja que calla ante sus esquiladores, así
él no abre la boca...” o bien las pavorosas palabras
del rey David, en su salmo 22 (Vg. 21) que Jesucristo recitó
colgado ya del árbol de la cruz: “Pero es que yo
soy gusano, y no hombre, oprobio de los hombres y deshecho de la plebe...
soy como agua derramada, todos mis huesos se han descoyuntado; mi
corazón, como cera, se diluye en mis entrañas... me
has reducido al polvo de la muerte” (versión de
Straubinger).
Maravillosa aparece la participación esencial de la Virgen
María presentada en todo momento con el aspecto tan conocido
para los hispanoamericanos de Ntra. Sra. de la Compasión y
de cuya intensa colaboración en el sacrificio expiatorio retratado
por Gibson podría desprenderse que éste se propuso mostrar
a las claras la doctrina teológica de la Corredención
mariana (tan resistida por el modernismo).
Asimismo es notoria la semejanza intencional en la
escena del Descenso con la Piedad de nuestros retablos eclesiásticos
y, particularmente, con la “pietà” vaticana de
Michelangelo y aún, si bien se mira, con el gesto del Inmaculado
Corazón de María en la visión de Sor Lucía.
Es innegable, asimismo, que el director ha centrado su atención
en los textos de los cuatro Evangelios canónicos, con más
algunos datos provenientes de María de Agreda (S.XVII) y Ana
Catalina Emmerich (S. XIX) y, naturalmente la visión subjetiva
del autor que, no puede olvidar (ni tiene por qué hacerlo)
sus orígenes cinematográficos. Así, por ejemplo,
el tentador afeminado (verdadero flagelo contemporáneo captado
por Gibson) y su horroroso bebé, absolutamente deforme,
que no es otra cosa que la manifestación gráfica del
pecado.
También en este orden es ciertamente feliz el paralelo de la
agonía en el huerto con la caída de Adán en el
paraíso terrenal, así como la presencia del tentador
vencido y la serpiente masacrada.
Pese al imputado antisemitismo del film es de notar que el director
se escapa del esquema tradicional de un Judas "judaico"
y unos apóstoles "no judaicos". En esta película
por el contrario el más judaico es Pedro y en este sentido
digno de notarse es que el apóstol encuentre el perdón
por la mediación de María. Por lo demás la dolorosa
María que la cinta presenta es el paradigma de la “mujer
fuerte” (libro de los Proverbios) inscrito en la más
pura tradición hebrea.
San Juan apóstol y la Magdalena parecen simplemente (y esto
dicho en tono elogioso) sacados de una "estampita", tanto
como la conmovedora escena de la Verónica recogida por nuestro
tradicional vía crucis. Se nota también que Gibson en
el tema de la Magdalena se ha solidarizado con la exegesis más
antigua y popular (que sigue entre nosotros Castellani) identificando
a la arrepentida de la Cruz con la mujer sorprendida en flagrante
crimen de adulterio.
En síntesis: que Gibson brinda un hermoso cuadro catequístico
que, por supuesto, no todos podrán entender. Se necesita un
mínimo de formación bíblica y religiosa.
Sin perjuicio de ello debe notarse que es falso lo que algunos críticos
han manifestado respecto a que la película está fuera
de un contexto salvífico y que solo muestra los dolores físicos
del Salvador. Desde la cita inicial del profeta Isaías, pasando
por la proclamación de la palabra del Buen Pastor “que
da la vida por sus ovejas”, hasta los gestos oblativos de la
última cena es innegable que el hombre que en la pantalla entrega
voluntariamente su vida es un Redentor.
La “pornografía del dolor físico” (mencionada
por algunos críticos del “New York Time” y repetida
como bobalicones por ciertos clérigos locales) carece de todo
sustento toda vez que tales dolores físicos son sólo
expresión visible (y más obviamente retratable) de los
tormentos espirituales que padeció “tan
excelso Salvador” (Pregón pascual).
Tales escenas pavorosas se siguen repitiendo a lo largo de la historia
(hoy también) en el Jesucristo histórico,
su Cuerpo místico, sin que podamos ante ellas darnos el lujo
de hacer un “zapping del dolor”.
(Quizás corresponda notar en este paréntesis las limitaciones
naturales que la proyección cinematográfica implica
de por sí, dada la fugacidad y precariedad
contemplativa de las imágenes que presenta, tal como
hace ya varias décadas lo notó el destacado filósofo
Romano Guardini. Pero esta limitación no impide una proximidad
con el misterio si dichos límites son conocidos
y asumidos por el director y los espectadores).
Mención aparte merece la elección del ofertorio de la
Misa romana como ofrecimiento del Pan en dicha última cena
así como las reconocibles connotaciones gregorianas de toda
la banda musical, particularmente de la escena que acabo de comentar.
Por supuesto que la película no es antisemita en ninguno de
los sentidos que se quiera dar a la palabra y a la historia del antisemitismo.
Simplemente se limita a plasmar en coloridas e, insisto no siempre
rigurosas imágenes históricas, el relato ya nombrado
de los textos canónicos, extremo éste, es innegable,
que cierta tilinguería clerical no está dispuesta a
soportar.
Impresionante la elección de las lenguas originales, aunque
quizás corresponda notar que la lengua común de ocupantes
y ocupados (en la Palestina romana) no era el latín sino el
griego "koiné" o griego común. De todas formas
Gibson ha preferido la pronunciación no del latín tenido
por clásico sino la litúrgica, destacando aún
de este modo la ya notada proximidad de su interpretación de
la Pasión con la Misa católica.
Excelente la interpretación de los personajes de Jesús
y de María. Cuidadosa también la recreación de
época (aunque sin modificar los estereotipos esperados por
el creyente: v.g. los ladrones que portan sólo el patíbulo,
en tanto Cristo toda la cruz al estilo de nuestros venerables Nazarenos).
Debe además resaltarse la calidad de la fotografía y
de la ya notada banda musical, bien que con buscados toques efectistas
que acompañan la dramaticidad de las imágenes en un
contrapunto bastante “hollywood”).
En fin, que se trata de una obra que todos los cristianos con
fe debieran ver, e incluso tener un video en sus hogares.
El reparo apuntado por el musicólogo francés Roland
Manuel es también aplicable a nuestro tema: “no hay por
qué separar al artista cristiano de pintar o evocar las cosas
de Cristo, sino ponerle en guardia contra los arrebatos de su celo;
contra la tentación de mezclar voluntariamente su emoción
de creyente a su industria de artista”; pero incluso en este
aspecto la fe arraigada supera los escrúpulos de la gazmoñería.
Gibson ha actuado con “la santa libertad de los hijos de Dios”
(san Pablo) y ante el emotivo “despojo total” de la Madre
en favor del hijo pecador (María Santísima confiada
al evangelista san Juan) caen todos los hipócritas ataques
de quienes, ante una obra de sólido testimonio apostólico,
tan solo se hacen eco de los ancestrales enemigos de la Fe.
Empero, no debe olvidarse que se trata, en primer lugar, de una bella
producción cinematográfica: nuestra fe no descansa en
el arte sino en la roca indestructible de la Palabra de Dios; aunque
será bueno recordar (con Platón) que la belleza es uno
de los insondables nombres de la Divinidad.
Por supuesto que es una obra especialmente para niños
y en este orden el Estado argentino ha demostrado ser más sabio
y poderoso que Dios al prohibírsela (ya que esta prohibida
para menores de 16 años). Los niños argentinos sí
pueden ser corrompidos impunemente en programas televisivos tales
como el reciente escándalo de "Agrandadytos". Otro
fue el criterio de la Virgen en Fátima al revelarle a tres
pequeños inocentes los horrores certísimos del infierno
de los cuales nos quieren librar los horrores salvíficos de
la Pasión. Dos de esos pastorcitos han sido recientemente beatificados
por el Papa Juan Pablo II. Su aterradora visión del S.XX (contenida
en el tercer mensaje de Fátima) no es apta para los delicados
ojos y oídos de los "delicados" promotores del aborto.
Tampoco la película de Mel Gibson.
Ricardo
Fraga.