“La
Pasión de Cristo”, una película de Mel Gibson

Fotograma
del encunetro de Jesús y la Verónica en el camino al
Calvario
Ver un film del cual ya uno ha escuchado o leído demasiados
comentarios, suele producir una impresión desfavorable o, al
menos, una especie de desencanto ante lo que uno ya se había
forjado interiormente de ella. Al menos me ha sucedido a mí
con algunos filmes. Pero, también, luego, me ocurre que, revisando
y recordando la película en mi memoria, comienzo a darme cuenta
de su real valor y de lo que he visto y oído realmente en ella.
La primera impresión desfavorable que tuve de “La Pasión”
fue la música, que remarcaba, a mi modo de ver y sentir, la
acción del relato, en algunos momentos, de un modo “demasiado
cinematográfico” o, más precisamente, demasiado
“holywoodense”, quiero decir, que la música quitaba
profundidad, hacía demasiado exterior y “espectacular”
algunas cosas que merecían más bien un llamado a la
reflexión y a la contemplación más bien silenciosa,
o realista. Realista en el sentido de algo que si bien se percibe
con los sentidos nos debiera empujar a la profundización del
hecho sobrehumano que estamos viendo en la escena. Pero esto, en realidad,
no puede ser tenido demasiado en cuenta en una obra de esta naturaleza,
una obra que ha de ser vista en los cines, no en una iglesia y, además,
el mundo se ha apartado de tal modo de toda contemplación intelectual
y espiritual, incluso aún de toda normal reflexión,
que haría imposible para muchos el acceso a una película
que sostuviera férreamente esta posición. El mundo,
la “gente”, no está preparada aún para eso,
al menos todavía - y no sé si lo podrá estar
más adelante, dada la dirección que van tomando todas
las cosas en la realidad que nos toca vivir. El hombre parece haber
perdido su capacidad para el misterio; parece haber perdido su capacidad
de ver más allá y más adentro de las cosas.
Pero, precisamente, uno de los grandes méritos que posee esta
obra de arte que es el film de Gibson, es tocar al hombre moderno
en su sensibilidad para despertarlo violentamente a una realidad que
se le hace más y más lejana e imposible de alcanzar
con la pobreza de medios interiores con que cuenta y con el bombardeo
constante y diario de un mundo artificial y cada vez más lejano
de todo lo misterioso que encierra la naturaleza; del enigma de que
está preñada toda la creación; del misterio que
significa nuestra propia naturaleza y destino, y no solo el destino
de la humanidad toda, sino también el destino concreto y personal
de cada uno de nosotros. Que Dios se haya encarnado, se haya hecho
un hombre como nosotros, y esto por amor, es algo que no cabe en la
mente de ningún filósofo, qué digo, de ningún
ser humano. Pero que ese Dios, además, se haya entregado a
la muerte, y a una muerte espantosa, para redimirnos de nuestros pecados
(otro misterio y otra realidad abismalmente lejana ya del mundo y
el hombre moderno) eso colma ya la medida de todo cuanto nos podamos
humanamente imaginar. No imaginar como una fantasía sino como
algo absolutamente real, algo que ocurrió realmente en la historia.
Y, un hecho tan real y poderoso, que partió en dos a la mismísima
historia, es decir, el mismísimo rumbo que llevaba la historia,
cosa que aún no ha concluido, mal que les pese a muchos. Precisamente
un signo muy llamativo a favor de esta película es las reacciones
acaloradas que ha suscitado en el mundo a favor y en contra. Cristo,
el Cristo real e histórico, sigue siendo piedra de escándalo
y contradicción. A tal punto es esto que, creemos que, si Cristo
apareciese otra vez en el mundo, sería nuevamente crucificado.
Tal vez con otro rótulo de condena más “al gusto
del día y los tiempos”, pero ciertamente como “enemigo
de la humanidad” y, el nuevo Barrabás, se libraría
otra vez en nombre de “los derechos humanos”.
¿Película
“historicista?
Un
amigo me dijo: “No pienso ir a ver esa película porque
seguramente es una película historicista y que pondrá
el acento en los sufrimientos del Cristo, con una mentalidad tridentina,
es decir, dejando de lado lo simbólico y significante del mensaje
de Cristo”- esto me dijo, más o menos mi amigo, a quien
respeto, por otro lado, en su calidad intelectual.
Pero he aquí que Cristo no vino para los sabios y letrados
del mundo, tampoco los excluyó por su calidad de tales, sino
solamente cuando ellos, inflados de su pretendida sapiencia humana,
juzgaran que ésta sería suficiente para salvarlos o
“liberarlos”, por sí misma, de
la esclavitud de las pasiones, de la real ignorancia, y del pecado.
Realidad esta última (la del pecado, digo)
ya muy lejana de sus especulaciones gnósticas. Pero, nuestro
Señor tiene una terrible palabra para quienes se ufanan de
poder llegar al completo conocimiento de la verdad sin su auxilio:
“Yo te alabo Padre porque escondiste estas cosas a los sabios
y los prudentes y las revelaste a los pequeños”. Y, por
boca de San Pablo: “Yo no hago otra cosa sino predicar a Cristo
y, a Éste, crucificado. Escándalo para los judíos
y locura para los gentiles.” “Porque la sabiduría
de Dios para el mundo es locura, y la ciencia del mundo para Dios
es necedad.” Y, “para que nadie se gloríe de haber
alcanzado a Dios por su propia “sabiduría humana”.
Porque Cristo nació, vivió y murió dentro
de la historia humana. “No tuvo a mal rebajarse y hacerse semejante
a nosotros, y tomar la forma de esclavo (siendo la Divinidad) para
salvarnos a todos” (San Pablo). Sí. La película
es historicista porque narra algo que realmente ocurrió
en la historia, en un momento determinado, como recalcan escrupulosamente
los Santos Evangelios, especialmente el de San Lucas: “En el
año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo
Poncio Pilato procurador de la Judea, y Herodes tetrarca de Galilea,
y Filipo, su hermano, tetrarca de la Iturea y de la Traconítide,
y Lisanias tetrarca de la Absinia, al tiempo del sumo sacerdote Anás
y Caifás” (Lc. 3,1-2).
Y el Cristo sufrió por nosotros lo que sufrió, hasta
la muerte de cruz, realmente, y porque Él
mismo lo quiso así. “Tengo el poder de entregar
mi vida y de volverla a tomar” – como pone muy bien Gibson
en un racconto evangélico del film. Y, además, cómo,
con cientos de años de anticipación, lo anunciaron las
profecías de Isaías, de David, de Daniel, y de otros
profetas.
En cuanto a las posibles elucubraciones simbólicas que pudieran
hacerse de los dichos y hechos del Cristo (pues todos los hechos de
Cristo nos hablan de muchas maneras) están siempre allí
para descubrirlos, pero sin apartarnos ni relegar a un segundo plano
los actos y las enseñanzas reales que eligió nuestro
Señor para rescatarnos en su infinita sabiduría. A no
ser que nosotros podamos ser capaces de enseñar a Dios cómo
hay que hacer realmente bien las cosas.
Además, este film está produciendo frutos buenos, y
esa es la manera más segura de conocer a las personas y a las
cosas, como nos lo enseñó Jesucristo mismo: “Por
sus frutos los conoceréis”.
Se cuenta que aún en la filmación de la película
se produjeron conversiones y algunos hechos muy significativos que
no repetiré ahora pues han sido difundidos por otros. Personas
que han visto el film se han convertido también. Las polémicas
mismas que se han levantado alrededor de él son también
una muestra de la profundidad teológica e histórica
del film. El film, curiosamente ha sido tachado de falsamente histórico,
no solo por judíos sino aún por algunos “católicos”
modernistas. ¿En que se basan para ello? No lo dicen. Sin embargo
los únicos documentos históricos que existen sobre estos
hechos son los Evangelios. Hay alguna que otra mención sobre
lo que ocurrió en aquel tiempo y en aquel lugar, por ejemplo,
en el historiador judío Flavio Josefa, como también
hay menciones de Jesús en el Talmud, pero no creo que éstas
mismas los hebreos quieran darlas a conocer a todo el mundo. Sin embargo
ellas certifican, sin sospecha ni suspicacia alguna, que aquellas
cosas realmente ocurrieron. Se conocen aún los nombres y algunas
noticias de personas particulares que actuaron, por ejemplo, en el
juicio de Jesús. Hay un libro al respecto escrito por los hermanos
Lenmann, de origen judío, que estudiaron profundamente el caso
según los códigos y las leyes judías y, además,
se documentaron profusamente en libros y documentos judíos
de la época. El libro se llama “La asamblea que condenó
a Jesucristo”.
Pero, alguno dirá: ¿en dónde está la crítica
artística de la película? Respondo: las objeciones que
se le hacen a esta película no son precisamente artísticas.
Incluso la falsa acusación de antisemitismo que se le hace
está promovida en realidad por una cuestión más
profunda, la cual hasta es posible que aún los propios acusadores
la ignoren realmente. Aquí hay en realidad otra cuestión
y de un orden que podríamos calificar de “misterio”.
Misterio en el sentido de que escapa a las razones puramente humanas.
Esta cuestión no terminó con la muerte y la resurrección
de Cristo. Y la cuestión e ésta: ¿Cristo,
era lo que dijo ser, o no? Ese es un problema que tienen
que resolver aquellos a quienes Cristo se dirigió primeramente
y le rechazaron, y, mientras no la resuelvan vagarán como Esaú
buscando venganza sobre Jacob. Ahora, si este problema lo consideraran
realmente resuelto ¿a qué reaccionar de ese modo? Sería
mucho más razonable mostrar con argumentos la veracidad de
su posición con respecto a esta cuestión y probándolo
con documentos históricos y aún con las mismísimas
Escrituras - si es que siguen siendo Sagradas para ellos. No es con
gritos o insultos y mentiras como se corrige algo que se cree equivocado.
Están los hechos históricos y las Sagradas Escrituras
para escudriñar honestamente y, sacar luego,
las conclusiones que salten a la luz. Sin honradez y rectitud de corazón
es imposible llegar al conocimiento de la verdad. Además un
hecho histórico no se puede borrar por decreto, como se le
presionó al Vaticano durante el Concilio Vaticano II para que
quitara a Israel toda responsabilidad en la muerte de Jesús,
cosa que ellos mismos asumieron con la famosa frase que hicieron quitar
a Mel Gibson del film: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre
nuestros hijos” (Mat. 27,25), cosa que ellos asumían
como que estaban ajusticiando a un blasfemo. A no ser que estemos
próximos ya a los tiempos que anuncia proféticamente
el escritor inglés George Orwell en su novela apocalíptica
“1984”, en la cual se anuncia la creación de un
“Ministerio de la verdad”, creado por el Gran Hermano,
en donde se va “revisando periódicamente” la historia,
y aún las obras clásicas de la literatura, para hacerlas
coincidir con los planes de un gobierno mundial, o “global”,
como se dice hoy día.
Al modo del arte antiguo cristiano
La
película de Mel Gibson fue realizada con oración y sacrificio,
al modo de los antiguos iconos, y fundamentalmente, con aquel dicho
del católico pintor, el Beato Angélico: “Para
pintar a Cristo hay que hacerse uno con Él”. Es un film
amasado en el corazón de sus realizadores. Es un film que nos
invita y ayuda a la contemplación del Misterio de la Redención.
Es un film que destaca magníficamente la corredención
de María Santísima.
Alguién me dijo que María era demasiado “humana”
en el film. María, para comenzar, era realmente
humana. Criatura como todos nosotros, solo que “sin el pecado
original” por una gracia especialísima de Dios. Además,
aún no había sido glorificada, como lo está hoy.
No debemos confundir la imagen que tenemos hoy de
nuestra Madre y aquella de Ella misma en el mundo
padeciendo con su hijo. Otra cosa: la escena hogareña en que
Jesús salpica jugando con agua a su madre, a una dama que yo
conozco le pareció “incorrecta”, porque le quita
a María y a Jesús la seriedad hierática que debieran
tener. En realidad, es una delicadísima forma de mostrar que
Jesús, verdaderamente hombre, amaba también humanamente
a su madre y, a tal punto de demostrarle su cariño-
como lo haría cualquier hijo- con esa pequeña “broma”.
Y, como dice Santa Teresita de Lisieux: “Se nos presenta a la
Santísima Virgen inaccesible, se nos debería presentar
imitable, practicando las virtudes ocultas; decir que vivía
de la fe, como nosotros, y dar las pruebas que se leen en el Evangelio,
donde dice: “Y no comprendía lo que les decía”…
“Su padre y su Madre se admiraban de las cosas que se decían
de Él”. Ésta admiración denota cierta extrañeza…”.
“Cosa buena es hablar de sus prerrogativas, pero no conviene
quedarse en esto. Es preciso hacerla amar. Si al oír un sermón
sobre la Santísima Virgen, uno se obligado a exclamar en sí
mismo y decir desde el principio al fin: ¡Ah!... ¡Ah!...
y nada más, se fatiga y por éste camino no llegará
ni al amor ni a la imitación. ¡Quién sabe si alguna
alma no llegaría a sentir, desde éste momento, hasta
cierto alejamiento de una criatura tan extraordinaria!...
El único privilegio de la Santísima Virgen es el haber
sido preservada del pecado original y ser Madre de Dios. Y aún
en cuanto a este último punto, Jesús nos dijo: “El
que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, éste
es mi hermano, mi hermana y mi madre” (“Novísima
verba”, Santa Teresita del Niño Jesús, págs
118, 119, Ed. Apostolado Mariano, España, 1998)
La actuación y algunas escenas
La
actuación de los actores está realizada de una manera
muy digna, considerando lo “difícil”, por no decir
“casi imposible” de realizar, dirigidos sabiamente
por Gibson, que muestra, sin pretenderlo, su calidad de artista y
católico. Toda obra artística que se interna en el terreno
de lo sobrenatural y lo divino siempre nos parecerá imperfecta,
precisamente por lo inalcanzable de la meta, y, al artista, solo le
corresponde la humildad en la aplicación de su oficio y, lo
hizo también Mel Gibson, entregarse a la oración, o,
lo que es lo mismo, entregarse a las manos de Dios.
La actriz que representa a María es una de la más lograda,
por ser la más cercana a nosotros, en el sentido de que no
es Ella, María, el Hijo de Dios. El actor que encarna a nuestro
Señor conserva cierta distancia con el espectador, como no
podría ser de otro modo, comparado con María.
Aunque se recalca el amor con que le habla a sus discípulos
(como me resaltó acertadamente un sacerdote) y también
el amor conque predica.
También María Magdalena ocupa un lugar lleno de significaciones
acompañando a María.
San Pedro, casi no podría imaginarse de otro modo, de cómo
está actuado y encarnado por el actor.
La presencia, casi constante, de Satanás acechando a Cristo
y tratando de descifrar quién era en realidad, está
realizada de un modo teológico y artístico muy bien
logrado. Y, cuando lo vemos pasearse durante la flagelación
con un monstruoso bebé, nos viene a la mente el nacimiento
del hijo de perdición, el Anticristo, que, por muchos, será
tomado como el Mesías esperado, como lo profetizó el
mismo Cristo-Jesús.
La escena de la Verónica, tan cara a la tradición católica,
es no solo conmovedora sino que es una referencia casi directa al
Santo Sudario, reliquia y testimonio de la resurrección de
nuestro Señor para nosotros, los hombres de hoy. Sí,
pues esta reliquia ha quedado especialmente para nosotros, hombres
de estos tiempos turbulentos y confusos, en donde el hombre intenta
erguirse como amo absoluto de su destino, puesto que recién
ahora, paradójicamente, estos adelantos tecnológicos
que pretenden suplir de algún modo las profunda dependencia
del hombre ante Dios, se nos ha mostrado, esta Santa Reliquia, en
su origen “acheïropoïetos” es decir, en su origen
“no humano”.
En suma son numerosos los aciertos artísticos y teológicos
(si puede hablarse así de la teología) de este film.
Recomendado para todo público, no como nos manda la calificación
oficial, tan celosa cuando se trata de censurar… lo realmente
bueno y tan permisiva y enemiga de ella cuando se trata de lo corrupto,
destructivo, gratuitamente y morbosamente violento, etc. etc.
Nuestras oraciones para Mel Gibson y su equipo que tuvieron el coraje
de dar el testimonio católico de su fe y que sufren persecución
por ello. No es precisamente el mundo quién les dará
el galardón.
Carlos
Pérez Agüero