EL BAZAR DE ASIS

Testimonio visto por un periodista

Como lo señaló Mons. Lefebvre en su declaración del 8 de diciembre, en unión con su Ex. Mons. de Castro Mayer, la “reunión de oración” de Asís demostró la ruptura con la Tradición de la Iglesia y con las enseñanzas de once Pontífices que precedieron a Pablo VI. La importancia de tal evento, sin precedentes en la historia de la Iglesia, perturbó a los católicos. El relato de un periodista, testigo ocular de esta escandalosa jornada aumentará su tristeza. Nos pareció sin embargo necesario transcribirlo en el Boletín.

"Las religiones son numerosas y diversas, y ellas reflejan el deseo de los hombres y de las mujeres, a lo largo de sus vidas, de entrar en relación con el Ser absoluto”. Las palabras del Papa, el 27 de octubre, en Asís, marcarán una época en la historia de la Iglesia. Reuniendo a los representantes de las “principales religiones” del planeta para una jornada mundial de oración por la paz, Juan Pablo II arrojó en efecto una luz difícil de digerir sobre las doctrinas conciliares de la libertad religiosa y del ecumenismo. Pues si todos los cultos honran al verdadero Dios, si todos le son agradables, ¿qué queda para la vocación de la Iglesia de ser la única arca de salvación? ¿Que queda de la misión de los apóstoles y del vicario de Cristo?

-“Hagamos de esta jornada una representación anticipada de un mundo en paz”, había recomendado el santo Padre a los jefes religiosos en ocasión de su invitación a la jornada de la paz de las Naciones Unidas.

Forzosamente se comprueba que sobre todo fue una representación de una nueva religión, bien extraña a la religión divina.

"Laudate dominum omnes gentes", cantaron en coro los congresistas. Los pueblos de la tierra, ciertamente, estaban reunidos. Pero en sus bocas que niegan la divinidad de Jesucristo, ¿de cual Señor se trata?

Lunes 27 de octubre, 9 horas: Juan Pablo II recibe en el atrio de la Basílica de Santa María de los Ángeles a las representantes de las “doce grandes religiones”.

¿Doce? Se ignoraba hasta hoy que los diversos cultos se ajusten a una cifra perfecta. Es verdad que católicos, ortodoxos, anglicanos, luteranos, calvinistas, metodistas, bautistas, cuáqueros, armenios, coptos y viejos católicos de Utrecht fueron agrupados para esta ocasión como representantes de una sola religión, la religión cristiana, e igual con las otras once: budistas, musulmanes, hindúes, sikhs, shintoistas, judíos, bahais, jainistas, zoroastrienses (¡pero si!) y, «last but not least», religiones tradicionales del África y de los Indios de América.

Revelación curiosa: en los documentos enviados a los periodistas por los representantes de la sala de prensa de la Santa Sede, los judíos no se encontraban en la lista de las personalidades no cristianas pero sí en las de las delegaciones cristianas no católicos. No había razón de asombrarse: ¿no enseñó el Cardenal Willebrands en junio de 1985, que los judíos esperaban con nosotros al Mesías? Y recientemente el Santo Padre, cuando su visita a la sinagoga de Roma, ¿que ellos eran “nuestros hermanos mayores” y que su religión era “intrínseca a la religión cristiana?”.

Delante de la basílica, un franciscano hace honor a los fotógrafos de la prensa. De rodillas, en traje de sayal, hace corretear las palomas entre sus manos. La muchedumbre no se apabulla por el recibimiento. Unos jóvenes españoles: “¡El Papa, olé!”.

Después de 46 horas, reina en la ciudad de San Francisco el clima de woodstock de los años 60. Un bonzo se instala delante de la basílica al pie de un estandarte violeta. Anuncia desde hace dos días que lloverá o que soplará viento, golpeando con regularidad un pequeño tamboril. Domingo, un eclesiástico de civil se arrodilla algunos instantes con él.

Más tarde dos señoras ancianas colocarán un crucifijo a los lados del retrato de su gourou, para recogerse en silencio. Unos “jóvenes” queman una bandera de la ONU. Otros enarbolan un tee shirt azul cielo donde figura un globo terráqueo rodeado de palomas; con una descripción: “Ante todo la paz”.

Georges Krasnovsky, 71 años, barba blanca, comenta su hazaña: con diez y seis retirados de diversas confesiones (entre ellos algunos agnósticos: ¿la decimotercera religión?) hizo París-Asís en “bici” por la paz del mundo. Un artista pintor vende su última obra: un afiche donde se ve nuestro planeta cortado con una inquietante fisura. El Papa se ocupa de llenarla de tierra con una paleta (sic) que le tiende Sandro Pertiní, el anciano presidente (pacifista) de la República Italiana. En las callejuelas resplandece la piedra rosa bajo la neblina, los comerciantes decoraron el frente de sus tiendas de cartelitos: “Pax et bonum”, la versión latina del famoso “peace and love”. En adelante es inútil ir a Katmandou.

En Santa María de los Ángeles, los dignatarios desfilan ante el Papa que los saluda. El cortejo es variado. Los trajes azafranes de los hindúes contrastan con los solideos esmeraldas, los chéchis, los keffiehs de los imanes musulmanes. Los indios de América enarbolan soberbios adornos de plumas (se creía reservados a los jefes de guerra). Los brujos animistas van descalzos, cubiertos uno con una toga blanca, el otro con un paño multicolor, a la manera de piel de tigre. Otro con el rostro marcado con pinturas de paz. Es “Tintín” del Congo, en América y en el Tibet en un solo volumen.

Juan Pablo II felicita a un "Sacerdote" Voo Doo
L'Osservatore Romano Servizio Fotografico.

El representante sikh, turbante azul brillante, bigotes imponentes, sale derecho, aire fiero y reservado, de Kipling. El Dalai Lama (Su Santidad, determinan los documentos oficiales, que no hacen alusión sin embargo a su calidad de dios vivo) y los monjes de su cortejo, llevan elegantes trajes rojizos con bandas amarillas. La seda multicolor de los saris budistas resplandece. El gran rabino de Roma optó por el borsalino y por debajo azul marino. Siguen los clergymen protestantes, las sotanas malvas de los obispos anglicanos, y la procesión de los patriarcas soviéticos. Cada uno firma en un libro de oro entrando en la basílica. El Papa es el último que entra, entre el representante del patriarcado de Constantinopla, Mons. Methodios y el Arzobispo de Canterbury, el Dr. Runcie:

“Venimos de lejos no solamente por razón de distancias geográficas, dice, sino sobre toda por razón de nuestras procedencias históricas y espirituales respectivas”.

10 horas. Las delegaciones se separan para alcanzar, a través de las calles de Asís, los lugares de culto separados donde cada uno podrá rezar “en su propio rito”. Esto no se aplica por supuesto a los católicos. Ninguna misa será celebrada en toda la jornada. Su plegaria será una ceremonia ecuménica con los representantes de otras confesiones cristianas, en la catedral de San Rufino: una sucesión de lecturas de la Escritura (en swahili, en japonés, en hindú, etc.) y las intenciones de las oraciones terminadas par un Agnus Dei y un Pater.

En el mismo momento, en Santa María-Mayor, los hindúes y los sikhs alternan las estrofas y los discursos. El público desfila, escucha sin comprender, luego enseguida se eclipsa. En una capilla lateral desierta, una lámpara roja indica que se han olvidado de retirar el Santísimo Sacramento de la Iglesia.

En San Pedro son los budistas que celebran el oficio zen. El celebrante, vestido con un traje naranja y con una especie de casulla verde, la cabeza cubierta con una larga capucha, está rodeado de monjes jóvenes con los cráneos rapados (para la mayoría de los occidentales convertidos) que se inclinan hacia él, y acompañan al ritmo de un gong, la ceremonia.

A la izquierda del altar, el Dalai Lama está sentado en un canapé bajo, delante de sus monjes. Balancea la cabeza, incline medio cuerpo, luego vuelve a enderezarse mirando a los fotógrafos que hacen su negocio y se inclina alrededor de altar, con una sonrisa de complicidad.

Los integrantes del coro recitan sus salmos, extienden lienzos blancos sobre el piso, se postran, se descalzan, se vuelven a calzar, se inclinan, se saludan. La asamblea recuerda una sesión de yoga.

La asistencia sigue maravillada este espectáculo pintarrajeado. Los peregrinos mas osados, con las maquinas de foto en el hombro, se mezclan con los periodistas que, para tener mejor lugar de visión, atropellan, incomodando el orden de la ceremonia. Aplastan sin complejo los pies de un viejo para sacar una foto de recuerdo. El Dalai Lama posa con complacencia para su grupo.

En la pequeña iglesia de San Gregorio, es M. John Pretty on Top quien oficia. "Tradicionalista US", dice el programa. “Jerónimo”, entre nosotros, para el neófito. Delante del soberbio altar barroco de la capilla, medita largamente en silencio, luego extiende su pipa hacia la tierra “nuestra madre”, hacia el cielo donde reina el Gran Espíritu, luego en dirección de los cuatro vientos, sus “hermanos”. Invitando a los asistentes con algunas palabras a la fraternidad, enciende su pipa sin cumplimiento. Dos jóvenes exaltados se postran. En otra parte los flashes chisporrotean. En 10 minutos la sesión termina.

Pera los zoroastrienses, adoradores de Ahuramazda, el dios de las Persas que invocaba Xerxes antes de asesinar a los espartanos en las Termópilas, se colocó un trípode de bronce en la sacristía. Ellos hacen chispear algunos leños en honor del dios de la luz.

Los musulmanes, ubicados en el lugar de la Alcaldía, se postran en dirección a La Meca. “El Islam siempre impresiona por la pureza y la sencillez de sus gestos de adoración”, comenta “Le Fígaro”. Los animistas muestran más distracciones. Revestidos de “guardapies” y “taparrabos” bailan al son del tamtam en la sala de bodas del Hotel de Ville.

Los judíos no quisieron celebrar culto. Prefirieron instalarse en la calle, alrededor de una mesa, para comentar la Biblia (La Torá). No lejos de allí, está prohibida la entrada al local donde se aislaron los jainistas. ¡Qué pérdida para el observador!, pues los adoradores de la aurora, tienen costumbre, dicen, de rezar postrándose ante una “cruz gamada”, símbolo del sol.

La jornada de la paz tiene sus extravagancias.

13 horas. Las oraciones finalizan. A pesar de les consignas de ayuno, los restaurantes son tomados por asalto. Los peregrinos más precavidos desembalan su picnic. Luego se ponen en camino a pie hacia San Francisco. Las delegaciones son ovacionadas por la muchedumbre.

Allá, en el atrio de la basílica menor, cada “familia religiosa” va a “rezar” en presencia de las otras. El cardenal Etchegaray, gran organizador de la fiesta, había explicado, dos semanas antes en una conferencia de prensa.

Cardenal Etchegaray.

“Se trata de una iniciativa inédita, sin referencias histórica en escala universal. Exige no solamente la ausencia de sincretismo sino, igualmente, toda apariencia de sincretismo”.

Precisaba:

-“Desde el principio, el Papa orientó la programación de la jornada con una fórmula feliz: no rezar juntos, sino estar juntos para rezar. En ningún momento rezaran unos con la oración de los otros, reduciéndose a una oración común como alineada sobre un pequeño denominador común. Para visualizar la ausencia del sincretismo, en el momento de la ceremonia, cada grupo se separará del cerco común para expresar su propia oración en un espacio reservado”.

De hecho, si las delegaciones toman lugar en un mismo estrado, el Papa ocupa su asiento en el centro, en una silla que no se diferencia de los otros “guías espirituales”, entre Mons. Methodios, representante del Patriarcado de Constantinopla y el Dalai Lama; los grupos suben unos tras otros en una segunda tribuna hasta que llega el momento de tomar la palabra.

Juan Pablo II sentado junto a Mons. Methodios (a suderecha) y al Dalai Lama (a su izquierda).

El Dalai Lama abre la sesión con un canto gutural. Esgrimiendo su pipa, John Pretty on Top pone el tabaco. Explica:

-“Esta pipa es un regalo del Gran Espíritu a mi pueblo”.

El Sintoísta es más reservado. Evidentemente no cree casi en la vida sobrenatural y no dispone de ninguna oración. También se contenta con contar la historia de su religión. Termina recitando un poema de su dios vivo, el em­perador de Japón:

-“Que el viento eche las nubes que estorban las cumbres”.

¡Ay! la tormenta retumba y las primeras gotas de lluvia caen.

Al rabino Toaff no se le escucha. Todo el público se levante durante su discurso y le dan la espalda para aclamar a la Madre Teresa que llega hasta su lugar. Cuando llega el turno de los cristianos, recitan las bienaventuranzas, luego cantan el Kyrie, el Pater y el Magnificat.

Después de cada oración, el cardenal Etchegaray había pedido “tener un tiempo común e intenso de silencio”.

Entre la concurrencia, la charlatanería va a todo tren y los palmoteos saludan las intervenciones mas pintorescas lo mismo que las hazañas de una puesta en escena exótica.

“En cierto momento, observa tristemente un periodista (por otra parte entusiasta), hubiese creído estar de vuelta a la época de los Césares”.

16 horas. Jóvenes judíos reparten a cada jefe de delegación una planta de olivo, mientras que se distribuyen ramas de olivo a los fieles.

La planta de olivo entregada por los jóvenes judíos.

“¿Vamos hacer de la paz del mundo el eje central de nuestra oración y de nuestra acción?” pregunta un animador.

-“Lo haremos”, responden los impetrantes de esta profesión de la nueva fe mientras que con su pote de flores en la mano, los jefes espirituales se levantan y cambian, judíos y musulmanes, amerindiens y bantous, un abrazo fraternal.

El abrazo fraternal entre Juan Pablo II y el Dalai Lama.

Antes del discurso final del Papa todo está dicho. Veintiún años después de las declaraciones de Pablo VI en la O.N.U., su gran sueño de la “civilización del amor” dió su fruto. El movimiento de animación espiritual de los pueblos para la democracia universal, acaba de nacer con la ayuda de este show transmitido por los televisores a todo el mundo.

Por la mañana, en Santa María de los Ángeles, Juan Pablo II parecía preocupado en justificarse por las enérgicas críticas expuestas por Mons. Lefebvre a propósito de Asís en los medios tradicionalistas.

“El hecho que hayamos venido aquí, había declarado, no implica ninguna intención de buscar un consenso religioso entre nosotros. No significa además que las religiones pudiesen ser conciliadas sobre el plan de un compromiso común en un proyecto terrestre que las aventajará a todas. No se trata tampoco de una concesión al relativismo de las creencias”.

Al final de esta jornada tomando la palabra desde el estrado común, en el centro de sus pares, para “resumir le oración de todos”, afirma:

-“Con las religiones del mundo, participamos con un profundo respeto de la conciencia que nos enseña a buscar la verdad, a amar y a servir a todas las personas y a todos los pueblos y, por consiguiente, realizar la paz entre las personas y las naciones”.

17 horas. Friolentamente arropados en sus saris, en sus djellabahs, o en sus túnicas, los jefes religiosos se retiran de la plaza San Francisco bajo la tormenta, en un clima de desbandada general. Alcanzan el self service que los espera, sin protocolos de asientos que hubiesen podido indicar una jerarquía, con una comida reducida al más mínimo denominador común, por respeto a las tradiciones culinarias de cada uno.

¿Signo milagroso? Al pie de su estrado, iluminada par un rayo de luz, yace abandonada sobre una angarilla una estatua de la Virgen de Fátima. Es la misma que prometió la paz del mundo, pidiendo al Papa le consagración de Rusia. ¿Quien la puso allí? Se ignora.

Monseñor Pimene, el patriarca (a las órdenes) de Moscú, fue uno de los primeros en responder a la invitación del Papa. El 27 de octubre, la agencia Tass tuvo a bien felicitarlo por su iniciativa.

C. Legrand

 

Nota: Este artículo fue publicado en el numero 55 correspondiente a Enero-Febrero/87 de la revista "Fideliter" - R.P. 14-Annexe 1, 69110 - Ste Foy-lés-Lynn Francia.­


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