De
la devoción a la Santísima Virgen.
Jesús es Mediador de justicia, María es Medianera de
gracia; y, según enseñan San Bernardo, San Buenaventura,
San Bernardino de Sena, San Germán, San Antonino y otros, es
voluntad de Dios que por manos de María sean dispensadas todas
las gracias y mercedes que su bondad quiere otorgarnos. En el Divino
Acatamiento, los ruegos de los Santos son ruegos de amigos, pero los
ruegos de María son ruegos de Madre. ¡Dichosos los que
con entera confianza recurren sin cesar a esta Divina Madre!
De todas las devociones la más grata a Nuestra Señora
es invocarla en todo tiempo diciéndole: ¡Oh, María!
Rogad a Jesús por mí.
Así como Jesús es omnipotente por naturaleza, así
lo es María por gracia; por lo cual, alcanza cuanto pide. Es
imposible -escribe San Antonino- que la augusta Madre de Dios pida
algo a su Hijo, en favor de sus devotos, y no sean atendidos sus ruegos
Gózase Jesús en honrar a su Madre no negándole
nada de cuanto le pide.
Por eso, nos exhorta San Bernardo a buscar la gracia, y a buscarla
por medio de María; pues, siendo Madre, no puede quedar desairada:
«Busquemos la gracia -dice el Santo Doctor- pero busquémosla
por mediación de María; porque María es Madre,
y sus ruegos no pueden ser desatendidos. » Si queremos, pues,
salvarnos, no cesemos de recurrir a María pidiéndole
interceda por nosotros, ya que sus ruegos todo lo alcanzan.
Compadeceos de mí, ¡oh, Madre de misericordia!; y, pues
hacéis gala de ser Abogada de los pecadores, socorred a un
pecador, que; en Vos, confía. Ni hay que recelar por ningún
caso que la Celestial Madre no despache favorablemente las súplicas
que le dirigimos; porque cabalmente para alcanzarnos cuantas gracias
deseáremos, complácese la benignísima Señora
en ser tan poderosa cerca de la Divina Majestad. No hay más
que pedir gracias a María, para conseguirlas: si de ellas somos
indignos, la excelsa Reina con su omnipotente intercesión nos
hace dignos, y tiene vivísimos deseos de que acudamos a Ella,
para poder llevarnos a puerto de salvación. ¿Hubo jamás
pecador que, habiendo acudido a María con confianza y perseverancia,
se haya perdido? Sólo se pierde el que no invoca la protección
de María.
¡Oh, María, Madre y esperanza mía! Bajo vuestro
manto me refugio; no me desechéis, como lo tengo merecido.
Miradme y compadeceos de mi miseria. Alcanzadme el perdón de
mis pecados, la santa perseverancia, el amor de Dios, una buena muerte,
el Cielo. De Vos lo espero todo, ya que sois todopoderosa cerca de
Dios. Hacedme santo, pues está en vuestra mano. ¡Oh,
María! Mirad que todo lo fío a Vos, en Vos tengo cifradas
todas mis esperanzas.
San
Alfonso María del Ligorio. "El camino de la Salvación".