VUELVE A NOSOTROS ESOS
TUS OJOS MISERICORDIOSOS
María
es toda ojos para compadecerse de nosotros y socorrernos
San Epifanio llama a María "la de los muchos ojos";
la que es todo ojos para ver de socorrer a los necesitados. Exorcizaban
a un poseído por el demonio; y al preguntarle el exorcista
qué hacía María, respondió el poseso:
"baja y sube". Quería decir, que esta benignísima
Señora no hace otra cosa más que bajar a la tierra para
traer gracias a los hombres, y subir al cielo para obtener el divino
beneplácito para nuestras súplicas. Con razón
san Andrés Avelino llama a la Virgen la administradora del
Paraíso que de continuo se ocupa de obtener misericordia, impetrando
gracias para todos, tanto justos como pecadores. "El Señor
tiene los ojos sobre los justos" (Sal 33,16). Pero los ojos de
la Señora, dice Ricardo de San Lorenzo, están vueltos,
tanto hacia los justos como hacia los pecadores. Y es porque los ojos
de María son ojos de madre, y la madre no sólo mira
porque su hijo no caiga, sino para que, habiendo caído, lo
pueda levantar.
Bien lo dio a entender el mismo Jesús a santa Brígida
cuando le oyó que hablando a su Madre le decía: "Madre,
pídeme lo que quieras". Esto es lo que siempre le está
diciendo el Hijo a María, gozando en complacer a esta su amada
Madre en todo lo que pide. Y ¿qué le pide María
al Hijo? Santa Brígida oyó que ella le decía:
"Pido misericordia para los pecadores". Como si dijese:
"Hijo, tú me has nombrado Madre de la misericordia, refugio
de los pecadores, abogada de los desgraciados y me dices que te pida
lo que quiera. ¿Qué he de pedirte? Te pido que tengas
misericordia de los necesitados". "Así que, oh María
-le dice con ternura san Buenaventura- tú estás tan
llena de misericordia, y tan atenta a socorrer a los necesitados,
que parece que no tienes otro deseo ni otro afán más
que éste". Y porque entre los necesitados, los más
desgraciados de todos son los pecadores, afirma Beda el Venerable,
María está siempre rogando al Hijo en favor de los pecadores.
Aun viviendo en la tierra, dice san Jerónimo, fue María
de corazón tierno y piadoso con los humanos, que no ha habido
persona que sufra tanto con las penas propias, como María con
las de los demás. Bien demostró la compasión
que sentía por las aflicciones ajenas en las bodas de Caná,
como lo recordamos en anterior capítulo, cuando al ver que
faltaba el vino, sin ser requerida, como escribe san Bernardino de
Siena, tomó el oficio de piadosa consoladora. Y por pura compasión
de la aflicción de aquellos recién casados, intercedió
con su Hijo y obtuvo el milagro de la conversión del agua en
vino.
Contemplando a María, le dice san Pedro Damiano: "¿Acaso
por haber sido ensalzada como Reina del cielo te habrás olvidado
de nosotros los miserables? Jamás se puede pensar semejante
cosa. Nada tiene que ver con una piedad tan grande como la que hay
en el corazón de María, el olvidarse de tan gran miseria
como la nuestra". No va con María el proverbio "Honores
mudan costumbres". Esto sucede a los mundanos que, ensalzados
a cualquier dignidad, se llenan de soberbia y se olvidan de los amigos
de antes que han quedado pobres; pero no sucede con María,
que es feliz de verse tan ensalzada para poder así socorrer
mejor a los necesitados. Considerando esto mismo san Buenaventura,
le aplica a la Virgen las palabras del libro de Ruth: "Has sobrepujado
tu primera bondad con la que manifiestas ahora" (Rt 3,10), queriendo
decir, como él mismo lo declara, que si fue grande la piedad
de María para con los necesitados cuando vivía en la
tierra, mucho mayor es ahora que ella reina en el cielo. Y da la razón
el santo diciendo que la Madre de Dios muestra ahora su total misericordia
con las innumerables gracias que nos obtiene, porque ahora conoce
mejor nuestras miserias. Por lo que, como el sol con su esplendor
supera inmensamente al brillo de la luna, así la piedad de
María, ahora que está en el cielo, supera a la piedad
que tenía de los hombres cuando estaba en la tierra. ¿Quién
hay en el mundo que no disfrute de los rayos del sol? Y ¿quién
hay, sobre el que no resplandezca la misericordia de María?
Por eso ella fue llamada "elegida como el sol" (Ct 6,9),
porque no hay nadie que quede excluido del calor de semejante sol,
como dice san Buenaventura. Esto le reveló santa Inés,
desde el cielo a santa Brígida, al decirle que nuestra Reina
ahora que está unida a su Hijo en el cielo, no puede olvidarse
de su innata bondad, aun para los pecadores más perdidos; de
modo que, como los cuerpos se ven iluminados por el sol, así,
por la dulzura de María no hay en el mundo quien, si se lo
pide, no participe gracias a ella de la divina misericordia.
Un gran pecador, en el reino de Valencia, desesperado y, para no caer
en manos de la justicia, había resuelto hacerse turco; y ya
estaba para embarcarse, cuando pasó providencialmente ante
una iglesia en la que predicaba acerca de la misericordia de Dios
el P. Jerónimo López, jesuita; al oírlo, se convirtió
y se confesó con el mismo padre. Este le preguntó si
había tenido alguna devoción con Dios, que le hubiera
merecido aquella gran misericordia. Le respondió el penitente
que no había tenido más devoción que la de rezar
todos los días a la Santísima Virgen pidiéndole
que no lo abandonase. El mismo padre vio en el hospital a un pecador
que desde hacía cincuenta años no se había confesado,
y que sólo había tenido esta pequeña devoción
de saludar a cualquier imagen de la Virgen que encontraba rogándole
no lo dejara morir en pecado mortal. Y le contó además
que, en una riña se le rompió la espalda. Entonces le
rezó a la Virgen: "Ahora me mata y me condeno; Madre de
los pecadores, ayúdame". Y dicho esto, se encontró,
sin saber cómo, lejos y en lugar seguro. Hizo confesión
general y murió lleno de confianza en Dios.
Escribe san Bernardo que María se hace todo para todos y que
abre los senos de su misericordia, para que todos reciban de su plenitud;
el esclavo la redención, el enfermo la salud, el afligido consuelo,
el pecador perdón de sus culpas, Dios su gloria; de tal forma
que no hay nadie que no participe de su calor, siendo el sol celestial.
Dice san Buenaventura: "¿Habrá en el mundo quien
no ame a esta amabilísima Reina? Ella es más hermosa
que el sol, más dulce que la miel; ella es un tesoro de bondad
llena de amor para todos, y con todos cariñosa y llena de atenciones.
Por eso yo te saludo -dice el santo enamorado- oh Señora y
Madre mía, mi corazón y mi alma. Discúlpame,
oh María, si te digo que te amo, porque si no soy digno de
amarte, tú sí que eres digna de ser amada por mí".
Se le reveló a santa Gertrudis que, cuando se dice a María
con devoción esta plegaria: "Ea pues, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos", no puede María
dejar de inclinarse en favor de la súplica de quien le ruega.
"Gran Señora -le habla así san Bernardo- es tan
enorme tu misericordia, que todo el mundo está lleno de ella".
Y dice san Buenaventura que nuestra Madre tiene tanto deseo de hacer
bien a todos, que se siente como ofendida por quienes no le piden
nada. "Tú, Señora -le dice san Ildeberto- nos enseñas
a esperar gracias mayores de las que merecemos, ya que no cesas de
darnos constantemente gracias que superan con mucho lo que pudiéramos
merecer".
Ya anunció el profeta Isaías que, con la gracia de la
Redención de los hombres, había de establecerse para
todos ellos, un trono de divina misericordia. "Su trono se ha
de fundar sobre la misericordia" (Is 16,5). ¿Cuál
es este trono?, pregunta san Buenaventura, y responde: Este trono
es María, junto al cual, justos y pecadores, encuentran el
consuelo de su misericordia. Así como el Señor está
lleno de piedad, así también lo está nuestra
Señora; y lo mismo que el Hijo, así también la
Madre no sabe negar su misericordia a quien la invoca. El abad Guérrico
hace hablar a Jesús de este modo dirigiéndose a su Madre:
"Madre mía, en ti he colocado el trono de mi imperio,
pues por tu medio concederé todas las gracias que se me pidan.
Tú me has dado el ser hombre, y yo te doy el ser como Dios,
o sea, todo el poder para ayudar a salvar a los que quieras".
Un día en que santa Gertrudis rezaba con afecto a la Madre
de Dios aquella oración: "Vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos", vio que la Santísima Virgen le indicaba
los ojos del Hijo que tenía en brazos, y le decía: "Estos
son los ojos misericordiosos que yo puedo inclinar para salvar a todos
los que me invocan". Lloraba una vez un pecador ante una imagen
de María, pidiéndole que le obtuviera el perdón
de Dios; y oyó que la Virgen, vuelta hacia el niño que
tenía en sus brazos le dijo: "¿Se perderán
estas lágrimas, Hijo mío?" Y se le dio a entender
que Jesucristo le había perdonado.
Y ¿cómo podrá perderse jamás el que se
encomienda a esta buena Madre, cuando el Hijo, que es Dios, ha prometido
por su amor, y porque a él así le place, tener misericordia
con todos los que a ella se encomiendan? Esto le reveló el
Señor a santa Brígida, haciéndole oír
estas palabras que le decía a María: "Por mi omnipotencia,
Madre venerada, te he concedido el perdón de todos los pecadores
que invocan con piedad tu auxilio, de la manera que a ti te agrade".
Considerando el abad Adán de Perseigne, el gran poder que tiene
María para con Dios, y su gran piedad para con nosotros, desbordando
confianza le dice: "¡Madre de misericordia, tan grande
es tu poder, como tu piedad! Tan piadosa eres para perdonar, como
poderosa para alcanzar perdón. ¿Cuándo se ha
dado el caso de que no hayas tenido compasión de los desdichados
siendo la Madre de la misericordia? Y ¿cuándo se ha
visto que no puedas ayudar, siendo la Madre del Todopoderoso? Con
la misma facilidad con que conoces nuestras miserias, las remedias
cuando quieres". Alégrate -le dice el abad Ruperto- alégrate,
excelsa Reina, de la gloria de tu Hijo, y por compasión, no
por nuestros méritos, danos de lo que te sobra a nosotros tus
humildes siervos e hijos.
Y si tal vez nuestros pecados nos hacen desconfiar, digámosle
con Guillermo de París: Señora, no presentes mis pecados
en mi contra, porque yo les opondré tu misericordia. Y jamás
se diga que mis pecados pueden competir y vencer a tu misericordia,
que es más poderosa para obtenerme el perdón, que todos
mis pecados para condenarme.
San
Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.