A TI LLAMAMOS LOS DESTERRADOS
HIJOS DE EVA
María está pronta para ayudar a quien la invoca
¡Pobres
de nosotros que siendo hijos de la infeliz Eva, y por lo mismo reos
ante Dios de la misma culpa, condenados a la misma pena, andamos agobiados
por este valle de lágrimas, lejos de nuestra patria, llorando
afligidos por tantos dolores del cuerpo y del alma! Pero ¡bienaventurado
el que, entre tantas miserias, con frecuencia se vuelve hacia la consoladora
del mundo y refugio de miserables, a la excelsa Madre de Dios y devotamente
la llama y le ruega! "Bienaventurado el hombre que me escucha
y vigila constantemente a las puertas de mi casa" (Pr 8,34).
"¡Dichoso -dice María- el que escucha mis consejos
y llama constantemente a las puertas de mi misericordia, suplicando
que interceda por él y lo socorra!"
La santa Iglesia nos enseña a sus hijos con cuánta atención
y confianza debemos recurrir a nuestra amorosa protectora, mandando
que la honremos con culto muy especial. Por esto cada año se
celebran muchas fiestas en su honor; un día a la semana está
especialmente consagrado a obsequiar a María; en el Oficio
divino, los sacerdotes y religiosos la invocan en representación
de todo el pueblo cristiano; y todos los días a la mañana,
al mediodía y al atardecer los devotos la saludan al toque
del Angelus. En las públicas calamidades quiere la santa Iglesia
que se recurra a la Madre de Dios con novenas, oraciones, procesiones
y visitas a sus santuarios e imágenes. Esto es lo que pretende
María de nosotros, que siempre la andemos buscando e invocando,
no para mendigar de nosotros esos obsequios y honores, que son bien
poca cosa para lo que se merece, sino para que al acrecentarse nuestra
confianza y devoción pueda socorrernos y consolarnos mejor.
"Ella busca -dice san Buenaventura- que se le acerquen sus devotos
con veneración y confianza; a éstos los ama, los nutre
y los recibe por hijos".
Dice el mismo santo que Ruth quiere decir "la que ve y se apresura",
y ella fue figura de María porque viendo nuestras desgracias
se apresura a socorrernos con toda su misericordia. A lo que se añade
lo que dice Novarino: que María, viendo nuestras miserias,
ansiosa y llena de amor y deseo de hacernos bien, se dispone a socorrernos;
y como no es tacaña en derramar las gracias, como madre de
misericordia, no se demora en desparramar entre sus hijos los tesoros
de su generosidad.
¡Qué pronta está esta buena madre a ayudar a quien
la invoca! Explicando Ricardo de san Lorenzo las palabras de la Sagrada
Escritura: "Tus pechos, como dos gamitos mellizos", dice
que María está pronta a dar la mística leche
de su misericorida al que la pide, con la celeridad con que van los
gamos veloces. Y dice: "A la más leve presión de
un Ave María, derrama sobre quien la invoca oleadas de gracias".
Así que, dice Novarino, María no corre, sino que vuela
en auxilio de quien la invoca. Ella, dice el mismo autor, al ejercer
la misericordia es semejante a Dios; como el Señor, al instante
alivia al que le pide ayuda, porque es fiel a la promesa con que se
ha comprometido: "Pedid y recibiréis", así
María, en cuanto se siente invocada, al instante se presenta
con su ayuda. Por esto mismo podemos entender quién es la mujer
del Apocalipsis a quien se le dieron las alas del águila grande
para volar al desierto (Ap 12,14). Ribera entiende que estas alas
son el amor con que María voló a Dios. Pero el beato
Amadeo dice a nuestro propósito que esas alas del águila
son la celeridad con que María, superando la velocidad de los
serafines, socorre siempre a sus hijos.
Por eso se lee en el Evangelio de San Lucas que cuando María
fue a visitar a santa Isabel y a colmar de gracias a toda aquella
familia no anduvo con demoras, sino que, como dice el Evangelio: "Se
levantó María y se marchó con prontitud a la
montaña" (Lc 1,39). Lo cual no se dice que hiciera a la
vuelta. Por eso también se lee que las manos de María
son como torneadas, porque, como dice Ricardo de San Lorenzo, así
como labrar a torno es la manera más fácil y rápida,
así María está más pronta que los demás
santos a ayudar a sus devotos. Ella tiene supremos deseos de consolar
a todos, y en cuanto se siente invocada, al instante, con sumo placer,
acepta las plegarias y socorre al instante. Con razón, san
Buenaventura llamaba a María "salvación de los
que la invocan", queriendo decir que para salvarse basta invocar
a esta Madre de Dios. Ella, al decir de San Lorenzo, se manifiesta
siempre pronta a ayudar a quien la llama. Y es que, como dice Bernardino
de Busto, más desea tan excelsa Señora darnos las gracias
de lo que nosotros deseamos recibirlas.
Ni la muchedumbre de nuestros pecados debe disminuir nuestra confianza
de ser oídos por María. Cuando ante ella nos postramos,
encontramos a la madre de misericordia, y para la misericordia sólo
hay lugar si encuentra miserias que aliviar. Por lo que como una amorosa
madre no siente repugnancia de curar al hijo leproso, aunque la cura
fuera molesta y nauseabunda, así nuestra maravillosa Madre
no nos abandona cuando recurrimos a ella, por muy grande que sea la
podredumbre de nuestros pecados que ella tiene que curar. Esta idea
es de Ricardo de San Lorenzo.
Esto mismo quiso dar a entender María apareciéndose
a santa Gertrudis con el manto extendido para acoger a todos los que
a ella acudían. Y vio la santa, a la vez, que todos los ángeles
se dedican a defender a los devotos de María de las tentaciones
diabólicas.
Es tanta la piedad que nos tiene esta buena Madre y tanto el amor
que siente, que no espera nuestras plegarias para socorrernos: "Se
anticipa a quienes la codician, poniéndoseles delante ella
misma" (Sb 6,14). Estas palabras san Anselmo se las aplica a
María y dice que ella se adelanta a ayudar a los que desean
su protección. Con lo cual debemos comprender que ella nos
impetra de Dios innumerables gracias antes de que se las pidamos.
Que por eso dice Ricardo de San Víctor que María, con
razón, es asemejada a la luna: "Hermosa como la luna",
porque no sólo es veloz cual la luna para ayudar a quien la
invoca, sino que además está tan ansiosa de nuestro
bien que en nuestras necesidades se anticipa a nuestras súplicas
y está presta a socorrernos antes que nosotros listos para
invocarla. De esto nace, dice el mismo Ricardo de San Víctor,
el estar tan lleno de piedad el pecho de María que, apenas
conoce nuestras miserias, al instante derrama la mística leche
de su misericordia, pues no puede conocer las necesidades de cualquiera
sin acudir al punto a socorrerlo.
Esta inmensa piedad que tiene María de nuestras miserias, que
la impulsa a compadecerse y aliviarnos aun antes de que la invoquemos,
bien lo dio a entender en las bodas de Caná, como lo refiere
el Evangelio de San Juan en el capítulo segundo. Se dio cuenta
esta piadosa Madre de la confusión y vergüenza de aquellos
esposos que estaban del todo afligidos al ver que faltaba el vino
en el banquete; y sin que nadie se lo pidiera, movida solamente de
su gran corazón que no puede ver las aflicciones de nadie sin
compadecerse, fue a pedir a su Hijo, exponiéndole la necesidad
de aquella familia para que los consolara. Y le dijo simplemente:
"No tienen vino". Después de lo cual el Hijo, para
consolar a aquella buena gente, pero mucho más para contentar
el corazón tan compasivo de su Madre que así lo deseaba,
hizo el conocido milagro de transformar el agua de las ánforas
en el mejor de los vinos. Y argumenta Novarino: "Si María,
aunque nadie se lo pida, está tan pronta a adivinar y socorrer
nuestras necesidades, cuánto más lo estará para
socorrer a quien la invoca y suplica que le ayude".
Y si alguno aún dudase de ser socorrido por María cuando
a ella acude, vea cómo lo reprende Inocencio III: "¿Quién
la invocó y no fue por ella escuchado?" ¿Dónde
hay uno que haya buscado la ayuda de esta Señora y María
no lo haya escuchado? "¿Quién -exclama ahora Eutiques,
oh bienaventurada, acudió en demanda de tu omnipotente ayuda
y se vio jamás abandonado? ¡Nadie,jamás!"
¿Quién, oh Virgen la más santa, ha recurrido
a tu materno corazón que puede aliviar a cualquier miserable
y salvar al pecador más perdido y se ha visto de ti abandonado?
De verdad que nadie, nunca jamás. Esto no ha sucedido ni nunca
ha de suceder. "Acepto -decía san Bernardo- que no se
hable más de tu misericordia ni se te alabe por ella, oh Virgen
santa, si se encontrara alguno que habiéndote invocado en sus
necesidades se acordara de que no había sido atendido por ti".
Dice el devoto Blosio: "Antes desaparecerán el cielo y
la tierra que deje María de auxiliar a quien con buena intención
suplica su socorro y confía en ella". Añade san
Anselmo para acrecentar nuestra confianza que cuando recurrimos a
esta divina Madre no sólo debemos estar seguros de su protección,
sino de que, a veces, parecerá que somos más presto
oídos y salvados acudiendo a María e invocando su santo
nombre que invocando el nombre de Jesús nuestro Salvador. Y
da esta razón: que a Cristo, como Juez, le corresponde castigar,
y a la Virgen, como madre, siempre le corresponde compadecerse. Quiere
decir que encontramos antes la salvación recurriendo a la Madre
que al Hijo, no porque sea María más poderosa que el
Hijo para salvarnos, pues bien sabemos que Jesús es nuestro
exclusivo Redentor, quien con sus méritos nos ha obtenido y
él únicamente obtiene la salvación, sino porque
recurriendo a Jesús y considerándolo también
como nuestro Juez, a quien corresponde castigar a los ingratos, nos
puede faltar (sin culpa de él) la confianza necesaria para
ser oídos; pero acudiendo a María, que no tiene otra
misión más que la de compadecerse como madre de misericordia
y de defendernos como nuestra abogada, pareciera que nuestra confianza
fuera más segura y más grande. "Muchas cosas se
piden a Dios y no se obtienen, y muchas se piden a María y
se consiguen porque Dios ha dispuesto honrarla de esta manera".
Y eso ¿por qué? Y responde Nicéforo que esto
sucede no porque María sea más poderosa que Dios, sino
porque Dios ha decretado que así tiene que ser honrada su Madre.
Qué dulce promesa la que hizo el Señor a santa Brígida.
Se lee en el libro primero de sus Revelaciones, capítulo 50,
que un día oyó la santa que hablando Jesús con
su Madre le decía: "Madre querida, pideme lo que quieras
que nada te negaré; y bien sabes que a todos los que me buscan
por amor a ti, aunque sean pecadores, con tal que deseen enmendarse,
yo prometo escucharlos". Lo mismo fue revelado a santa Gertrudis
cuando oyó que nuestro Redentor decía a María
que él, con su omnipotencia, le había concedido tener
misericordia con los pecadores que la invocaban y tenía licencia
para usar de esa misericordia como le pareciere.
Que todos los que invoquen a María con total confianza, como
a madre de misericordia, le hablen como san Agustín: "Acuérdate,
oh piadosísima María, que jamás se ha oído
decir que nadie de los que han implorado tu protección se haya
visto por ti abandonado". Y por eso perdóname si te digo
que no quiero ser este primer desgraciado que recurriendo a ti se
vaya a ver abandonado.
Párrafo 2
María tiene poder para defender a los que la invocan en las
tentaciones del demonio
No sólo María santísima es reina del cielo y
de los santos, sino que también ella tiene imperio sobre el
infierno y los demonios por haberlos derrotado valientemente con su
poder. Ya desde el principio de la Humanidad, Dios predijo a la serpiente
infernal la victoria y el dominio que había de ejercer sobre
él nuestra reina al anunciar que vendría al mundo una
mujer que lo vencería: "Pondré enemistades entre
ti y la mujer... Ella quebrantará tu cabeza" (Gn 3,15).
¿Y quién fue esta mujer su enemiga sino María,
que con su preciosa humildad y vida santísima siempre venció
y abatió su poder? "En aquella mujer fue prometida la
Madre de nuestro Señor Jesucristo", dice san Cipriano.
Y por eso argumenta que Dios no dijo "pongo", sino "pondré",
para que no se pensara que se refería a Eva. Dice pondré
enemistad entre ti y la mujer para demostrar que esta triunfadora
de Satán no era la Eva allí presente, sino que debía
de ser otra mujer hija suya que había de proporcionar a nuestros
primeros padres mayor bien, dice san Vicente Ferrer, que aquellos
de que nos habían privado al cometer el pecado original. María
es, pues, esa mujer grandiosa y fuerte que ha vencido al demonio y
le ha aplastado la cabeza abatiendo su soberbia, como lo dijo Dios:
"Ella quebrantará tu cabeza". Cuestionan algunos
si estas palabras se refieren a María o a Jesucristo, porque
los Setenta traducen: "El quebrantará tu cabeza".
Pero en cualquier caso, sea el Hijo por medio de la Madre o la Madre
por virtud del Hijo, han desbaratado a Lucifer y, con gran despecho
suyo, ha quedado aplastado y abatido por esta Virgen bendita, como
dice san Bernardo. Por lo cual vencido en la batalla, como esclavo,
se ve forzado a obedecer las órdenes de esta reina. "Bajo
los pies de María, aplastado y triturado, sufre absoluta servidumbre".
Dice san Bruno que Eva, al dejarse vencer de la serpiente nos acarreó
tinieblas y muerte; pero la santísima Virgen, venciendo al
demonio nos trajo la luz y la vida. Y lo amarró de modo que
el enemigo no puede ni moverse ni hacer el menor mal a sus devotos.
Hermosa es la explicación que da Ricardo de San Lorenzo de
aquellas palabras de los Proverbios: "En ella confía el
corazón de su marido que no tendrá necesidad de botín"
(Pr 31,11), y dice: "Confía en ella el corazón
de su esposo, es decir, Cristo; y es que ella enriquece a su esposo
con los despojos que le quita al diablo". "Dios ha confiado
a María el corazón de Jesús a fin de que ella
corra con el cuidado de hacerlo amar de los hombres". Así
lo explica Cornelio a Lápide. Y de ese modo no le faltarán
despojos, es decir, almas rescatadas que ella le consigue despojando
al infierno, salvándolas de los demonios con su potente ayuda.
Ya se sabe que la palma es señal de la victoria; por eso nuestra
reina está colocada en excelso trono a vista de todas las potestades
como palma signo de victoria segura, que es lo que se pueden prometer
todos los que se colocan bajo su amparo. "Extendí mis
ramos como palma de Cadés" (Ecclo 24,18), es decir, para
defender, como añade san Alberto Magno. "Hijos, parece
decirnos María, cuando os asalta el enemigo recurrid a mí,
miradme y confiad, porque en mí que os defiendo veréis
también lograda vuestra victoria". Y es que recurrir a
María es el medio segurísimo para vencer todas las asechanzas
del infierno, porque ella, dice san Bernardino de Siena, tiene señorío
sobre los demonios y el infierno, a quienes domeña y abate.
Que por eso María es llamada terrible contra las potestades
infernales como ejército bien disciplinado. "Terrible
como ejército en orden de batalla" (Ct 6,3), porque sabe
combinar muy bien su poder, su misericordia y sus plegarias para confundir
a sus enemigos y en beneficio de sus devotos, que en las tentaciones
invocan su potente socorro.
"Yo, como la vid, di frutos de suave aroma" (Ecclo 24,23).
"Yo, como la vid -le hace decir el Espíritu Santo-, he
dado frutos de suave fragancia". "Dicen -explica san Bernardo
referente a este pasaje- que al florecer las viñas se ahuyentan
los reptiles venenosos". Así también tienen que
huir los demonios de las almas afortunadas que tienen aromas de la
devoción de María. También por esto María
es llamada "cedro": "Como cedro me he elevado en el
Líbano" (Ecclo 24,17). No sólo porque así
como el cedro es incorruptible, así María no sufrió
la corrupción del pecado, sino también porque, como
dice el cardenal Hugo a este respecto, como el cedro con su penetrante
olor ahuyenta a las serpientes, así María con su santidad
pone en fuga a los demonios.
En Israel, por medio del arca se ganaban las batallas. Así
vencía Moisés a sus enemigos. "Al tiempo de elevar
el arca decía Moisés: Levántate, Señor,
y que sean dispersados tus enemigos" (Nm 10,35). Así fue
conquistada Jericó, así fueron derrotados los filisteos.
"Allí estaba el arca de Dios" (1Sm 14,18). Ya es
sabido que el arca fue figura de María. "El arca que contenía
el maná, o sea, Cristo, es la santísima Virgen que consigue
la victoria sobre los malvados y los demonios". Y como en el
arca se encontraba el maná, así en María se encuentra
Jesús, del que igualmente fue figura el maná, por medio
de este arca se obtiene la victoria sobre los enemigos de la tierra
y del infierno. Por eso dice san Bernardino de Siena que cuando María,
arca del Nuevo Testamento, fue elevada a ser reina del cielo, quedó
muy débil y abatido el poderío del demonio sobre los
hombres.
"¡Cómo tiemblan ante María y su nombre poderosísimo
los demonios en el infierno!", exclama san Buenaventura. El santo
compara a estos enemigos con aquellos de los que habla Job: "Fuerzan
de noche las casas... y si los sorprende la aurora la ven como las
sombras de la muerte" (Jb 24,16-17). Los ladrones van a robar
las casas de noche; pero si en eso les sorprende la aurora, huyen
como si se les apareciera la sombra de la muerte. Lo mismo, dice san
Buenaventura, sucede cuando los demonios entran en un alma si ésta
se encuentra espiritualmente a oscuras. Pero en cuanto al alma le
viene la gracia y la misericordia de María, esta hermosa aurora
disipa las tinieblas y pone en huida a los enemigos infernales como
se huye de la muerte. ¡Bienaventurado el que siempre, en las
batallas con el infierno, invoca el hermosísimo nombre de María!
Dios reveló a santa Brígida que ha concedido tan gran
poder a María para vencer a los demonios, que cuantas veces
asaltan a un devoto de la Virgen que pide su ayuda, a la menor señal
suya huyen despavoridos, prefiriendo que se le multipliquen los tormentos
del infierno a verse dominados por el poder de María.
"Como lirio entre espinas, así es mi amiga entre las vírgenes"
(Ct 2,2). Comentando estas palabras en que el esposo divino alaba
a su amada esposa cuando la compara con la azucena entre espinas,
que así es su amada entre todas, reflexiona Cornelio a Lápide
y dice: "Así como la azucena es remedio contra las serpientes
y sus venenos, así invocar a María es remedio especialísimo
para vencer todas las tentaciones, sobre todo las de impureza, como
lo comprueban quienes lo practican".
Decía san Juan Damasceno: "Oh Madre de Dios, teniendo
una confianza invencible en ti, me salvaré. Perseguiré
a mis enemigos teniendo por escudo tu protección y tu omnipotente
auxilio". Lo mismo puede decir cada uno de nosotros que gozamos
la dicha de ser los siervos de esta gran reina: Oh Madre de Dios,
si espero en ti jamás seré vencido, porque defendido
por ti perseguiré a mis enemigos, y oponiéndoles como
escudo tu protección y tu auxilio omnipotente, los venceré.
El monje Jacobo, doctor entre los padres griegos, hablando de María
con el Señor, así le dice: "Tu, Señor mio,
me has dado esta Madre como un arma potentísima para vencer
infaliblemente a todos mis enemigos".
Se lee en el Antiguo Testamento que el Señor, desde Egipto
hasta la tierra de promisión, guiaba a su pueblo durante el
día con una nube en forma de columna, y por la noche con una
columna de fuego (Ex 13,21). En esta nube en forma de columna y en
esta columna en forma de fuego, dice Ricardo de San Lorenzo, está
figurada María y sus dos oficios que ejercita constantemente
para nuestro bien; como nube nos protege de los ardores de la divina
justicia, y como fuego nos protege de los demonios. Es ella como columna
de fuego, afirma el santo, porque como la cera se derrite ante el
fuego, así los demonios pierden sus fuerzas ante el alma que
con frecuencia se encomienda a María y trata devotamente de
imitarla.
"¡Cómo tiemblan los demonios -afirma san Bernardo-
con sólo oír el nombre de María!" "Al
nombre de María se dobla toda rodilla. Y los demonios no solo
temen, sino que al oír esta voz se estremecen de terror".
"Así como los hombres -dice Tomás de Kempis- caen
por tierra espantados cuando oyen el estampido de un trueno cercano,
así caen derribados los demonios cuando oyen que se nombra
a María". ¡Qué maravillosas victorias han
obtenido sobre sus enemigos los devotos de María con sólo
invocar su nombre! Así lo venció san Antonio de Padua;
así el beato Enrique Susón; así tantos otros
amantes de María. Refieren las relaciones de las misiones del
Japón que a un cristiano se le presentaron muchos demonios
en forma de animales feroces para amenazarlo y espantarlo, pero él
les dijo: "No tengo armas con que asustaros; si lo permite el
Altísimo, haced de mí lo que os plazca. Pero, eso sí,
tengo en mi defensa los dulcísimos nombres de Jesús
y de María". Apenas dijo esto cuando a la voz de estos
nombres tremendos se abrió la tierra y se tragó a los
espíritus soberbios. San Anselmo asegura con su experiencia
haber visto y conocido a muchos que al nombrar a María se habían
visto libres de los peligros.
"Glorioso y admirable es tu nombre, ¡oh María! -exclama
san Buenaventura-. Los que lo pronuncian en la hora de la muerte no
temen, pues los demonios, al oírlo, al punto dejan tranquila
el alma". Muy glorioso y admirable es tu nombre, oh María;
los que se acuerdan de pronunciarlo en la hora de la muerte no tienen
ningún miedo al infierno, porque los demonios, en cuanto oyen
que se nombra a María, al instante dejan en paz a esa alma.
Y añade el santo que no temen tanto en la tierra los enemigos
a un gran ejército bien armado, como las potestades del infierno
al nombre de María y a su protección. "Tú,
Señora -dice san Germán-, con la sola invocación
de tu nombre potentísimo aseguras a tus siervos contra todos
los asaltos del enemigo". ¡Ah! Si las criaturas tuvieran
cuidado de invocar el nombre de María con toda confianza, en
las tentaciones, ciertamente, nunca caerían. Sí, porque
como dice el beato Alano, al oír este sublime nombre huye el
demonio y se estremece el infierno. "Satán huye y tiembla
el infierno cuando digo: Ave María". También reveló
la misma reina a santa Brígida que hasta de los pecadores más
perdidos y más alejados de Dios y más poseídos
del demonio huye enseguida el enemigo en cuanto siente que ellos invocan
en su ayuda con verdadera voluntad de enmendarse el poderosísimo
nombre de ella. Pero añadió la Virgen que los demonios,
si el alma no se enmienda y no arroja de sí el pecado con la
contrición, pronto retornan y siguen poseyéndola.
San
Alfonso María de Ligorio. Las Glorias de María.