REDONDILLAS, de Fray Pedro de Padilla
Estaba dado un pregón,
que el hombre que se
atreviese
a ver a Asuero, muriese
sin admitir excepción.
Sola entró la bella Ester
donde nadie se atrevió,
y a su intercesión
mudó
Asuero de parecer.
Ester sagrada sois vos,
Virgen en todo sin par,
que nos habéis de aplacar
al Rey Asuero, que
es Dios.
Y pues llegáis a rogar
por un pueblo condenado,
claro está que en
su pecado
no habéis
de participar.
Que no será buen tercero
para con juez indignado,
el que estuvo sentenciado
por sus ofensas primero.
Vos, aunque hija a de Adán,
sois de culpa preservada,
y así no estáis
sentenciada
como los
demás lo están.
Y teniendo esta mejora
que Dios os quiso hacer,
sola sois quien pudo ser
con Asuero intercesora.
Y soislo de tal manera
que nunca Dios se aplacara
si en vos no se aposentara
y vuestra carne vistiera.
Pues carne que había de ser
Traje y vestido
de Dios,
para tomarla de vos
¡cuál la debió de
hacer!
Bella, pura, limpia, santa,
perfectamente perfeta,
de quien el sacro poeta
tantos años antes canta;
que fué de Dios elegida,
preelegida y preservada,
para cubierta guardada
del que a todos nos dio vida.
Y pues tan gran prevención
quiso Dios en vos
hacer,
¡qué pureza,
debe haber
en tan limpia
Concepción!
No son limpias las estrellas
en la presencia de Dios;
pero lo sois, Virgen, vos
porque lo fuisteis más
que ellas.
Hízoos quien pudo tan pura
siendo su gracia
el crisol,
que dice San Juan que
el sol
os sirve de vestidura.
Que por, dar muerte a la muerte
Y los hombres libertar,
quiso Dios carne tomar
de tan bella y limpia suerte.
Que el poderoso adversario
en el mundo tan valido,
cuando quedase vencido
lo fuese con su contrario.
No tuvo el que vos pariste
culpa, ni la cometió,
y de aquí conozco
yo
que nunca vos la tuviste.
Porque si culpa tuviera
la carne que Dios tomara,
con la misma se quedara
si con prevención no
fuera;
Mas como en vos no la hubo,
el Hijo no la sacó,
y lo que de vos tomó
es lo que se tiene y tuvo.
Ninguno del ser humano
como vos se pudo ver;
que a otros dejan caer
y después danles la
mano.
Mas vos, Virgen, no caiste
como los otros cayeron,
que siempre la mano os dieron,
con que preservada
fuiste.
Yo, cien mil veces caído,
os suplico que me
deis
la vuestra, y me levantéis
porque no quede
perdido.
Y por vuestra Concepción,
que fué de
tan gran pureza,
conserva en mí la
limpieza
del alma y del corazón;
para que de esta manera
suba con vos a gozar
del que sólo puede dar
vida y gloria verdadera.