Santo Rosario en las
familias.
En
otra de sus habituales alocuciones a los recién casados el
Papa Pío XII desgrana la espiritualidad del Santo Rosario imbricándola
en los misterios de gozo, de dolor y de gloria que vivirán
las nuevas familias a lo largo de los años. Llama particularmente
la atención sobre la importancia de la espiritualidad mariana,
resumida en este salterio de la Virgen, y el buen curso que su rezo
cotidiano y devoto imprime a la vida familiar.
16
de Octubre de 1940. (DR. 11, 255.)
De
todo corazón os damos la bienvenida, queridos recién
casados, a quienes parece haber conducido a Nos la Virgen del Santísimo
Rosario, en este mes consagrado a ella. Nos place mirarla con los
ojos del espíritu -como la han visto algunos santos privilegiados-
inclinada hacia vosotros con una sonrisa (para ofreceros aquel simple
y devoto objeto que, a través de una cadena de anillos flexibles
y ligeros que no recuerda sino una servidumbre de amor, reúne
por decenas sus pequeños granos, Ilenos de un invisible jugo
sobrenatural, mientras que en vuestro canto, arrodillados ante ella,
prometéis honrarla, ofreciéndose con la mayor frecuencia
posible, en todas las vicisitudes de la vida familiar, el tributo
de vuestra piedad.
1
- El rosario, según la etimología misma de la palabra,
es una corona de rosas, cosa encantadora que en todos los pueblos
representa una ofrenda de amor y un símbolo de alegría.
Pero estas rosas no son aquellas con que se adornan con petulancia
los impíos, de los que habla la Sagrada Escritura (1). "Coronémonos
de rosas -exclaman- antes de que se marchiten". Las flores del
rosario no se marchitan; su frescura es incesantemente renovada en
las manos de los devotos de María; y la diversidad de la edad,
de los países y de las lenguas, da a aquellas rosas vivaces
la variedad de sus colores y de su perfume.
En
este rosario universal y perenne, habéis tomado parte desde
vuestra infancia. Vuestras madres os enseñaron a hacer correr
lentamente entre vuestros dedos infantiles los granos del rosario
y a pronunciar al mismo tiempo las sencillas y sublimes palabras de
la oración dominical y de la salutación angélica.
Un poco más tarde, con ocasión de vuestra primera comunión,
fuisteis consagrados a vuestra Madre celestial, recitando el rosario,
recibido en regalo como recuerdo de aquel gran día, con un
fervor ingenuamente aumentado por la delicada belleza de sus perlas.
iCuántas veces, después, habréis renovado vuestra
doble ofrenda, a Jesús y a su Divina Madre, ante el tabernáculo
eucarístico o en la Congregación Mariana! Y ahora, con
el sacramento del matrimonio celebrado en este mes dedicado a María,
nos parece que toda vuestra vida por venir será como una mata
de rosas, un rosario cuyo rezo perseverante y concorde comienza cuando
a los pies del altar habéis unido vuestros corazones, obligados
así por deberes nuevos y más graves, que con vuestro
consentimiento nupcial bendito por Dios habéis libremente contraído.
Vuestro
"si" sacramental, tiene en realidad algo del "Pater
noster" por el compromiso que implica de santificar el nombre
de Dios en la obediencia a sus leyes ("sanctificetur nomen tuum"),
de establecer su reino en vuestro hogar doméstico ("adveniat
regnum tuum") de perdonar todos los días, el uno a la
otra, las mutuas ofensas o faltas ("et dimitte nobis... sicut
es nos dimittimus..."), de combatir las tentaciones ("et
ne nos inducas in tentationem"), de huir del mal ("sed libera
nos a malo"), y sobre todo el "fiat" resuelto y confiado
con que os presentáis al encuentro de los misterios del porvenir.
Aquel
"si" es también como un reflejo de la salutación
angélica, porque os abre una nueva fuente de gracia, de la
que María, "gratia plena", es la soberana dispensadora,
y que es la habitación de Dios en vosotros ("Dominus tecum");
es una prenda especial de bendiciones no sólo para vosotros,
sino también para los frutos de vuestra unión; un nuevo
título de remisión de los pecados durante la vida y
de asistencia materna en la hora suprema ("nunc et in hora...").
Así pues, permaneciendo fieles a los deberes de vuestro nuevo
estado, viviréis en el espíritu del santo rosario, y
vuestras jornadas se desenvolverán como una concatenación
de actos de fe y de amor hacia Dios y hacia María, a través
de los años, que os deseamos numerosos y ricos de favores celestes.
Pero
un rosario, queridos hijos e hijas, significa también que los
misterios de vuestro porvenir no serán siempre y únicamente
hechos de alegrías; tendrán también acaso providenciales
dolores. Es la ley de toda vida humana, como de todo ramo de rosas,
que las flores están mezcladas con las espinas. Vosotros vivís
ahora los misterios gozosos, y os auguramos que gustéis largamente
su dulzura, porque la felicidad se ha prometido a quien teme al Señor
y pone todas sus delicias en sus mandamientos (2), está prometida
a los mansos, a los misericordiosos, a los puros de corazón,
a los pacíficos (3), y vosotros esperáis que la Providencia,
cuyos secretos designios os han traído el uno hacia la otra,
derramará sobre vuestro hogar la bendición prometida
a los patriarcas, cantada por la Iglesia en la liturgia del matrimonio;
la bendición alegre de la fecundidad: "matrem filiorum,
laetantem" (4).
De
igual manera que habéis recibido y recibiréis las alegrías
-las de hoy y las de mañana- con filial reconocimiento y prudente
moderación, acogeréis con espíritu de fe y sumisión
los misterios dolorosos del porvenir, cuando llegue su hora. ¿Misterios?
Es el nombre que el hombre da con frecuencia al dolor, porque si no
acostumbra a buscar una significación a sus gozos, querría,
en cambio, con su corta vista, saber la razón de sus desventuras,
y sufre doblemente cuando no ve aquí abajo su por qué.
La Virgen del Rosario, que es también la del "Stabat"
en el Calvario, os enseñará a estar en pie bajo la cruz,
por muy densa que pueda ser su sombra, porque comprenderéis
con el ejemplo de esta "Mater dolorosa" y reina de los mártires,
que los designios de Dios superan infinitamente los pensamientos de
los hombres, y que aun cuando hieren el corazón, están
inspirados por el más tierno amor de nuestras almas.
¿Podréis
esperar, deberéis desear que haya también en el rosario
de vuestra vida misterios gloriosos? Sí, si se trata aquí
de la gloria que sólo la fe puede percibir y gustar. Los hombres
se paran con frecuencia ante los resplandores humeantes del nombre
que se dan o se disputan entre ellos con altisonantes palabras o acciones.
Ser alabados, ser célebres: he aquí en lo que consiste
para ellos la gloria. "Gloria est frequens de aliquo fama *****
laude", escribía Cicerón (5). Pero los hombres
no se cuidan con frecuencia de la gloria que sólo Dios puede
dar, y por eso, según la palabra de nuestro Señor, no
tienen la fe: "¿Cómo es posible, decía el
Redentor a los judíos, que creáis, vosotros que andáis
mendigando gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria
que de sólo Dios procede?" (6) . La gloria del mundo se
marchita, como las flores del campo, exclamaba Isaías (7);
y por boca de este mismo Profeta, anunciaba el Dios de Israel que
humillaría a los grandes de la tierra (8). ¿Qué
hará, pues, el Dios encarnado, aquel Jesús que se decía
"humilde de corazón" (9) y que no había jamás
buscado su propia gloria? (10).
Elevad,
pues, vuestra mirada más arriba, o mejor aún, penetrad
más profundamente con los ojos de la fe, y a la luz de las
Sagradas Escrituras, en lo íntimo de vuestras almas. "Es
una gran gloria, os dirá el Espíritu Santo, seguir al
Señor" (11). En una familia donde Dios es honrado, "corona
de los ancianos son los hijos e hijas, y gloria de los hijos son sus
padres" (12). Cuanto más puros sean vuestros ojos, jóvenes
madres de mañana, tanto más veréis en los queridos
pequeñines confiados a vuestros cuidado almas destinadas a
glorificar con vosotros el único objeto digno de todo honor
y de toda gloria. Entonces, en lugar de perderos, como tantas otras,
en sueños ambiciosos sobre la cuna de un recién nacido,
os inclinaréis con mente devota sobre el frágil corazón
que comienza a palpitar, y pensaréis, sin vanas inquietudes,
en los misterios de su porvenir, que confiaréis a la ternura
¡más maternal todavía y cuánto más
poderosa que la vuestra! de la Virgen del Rosario.
De
este modo, el santo Rosario os enseña que la gloria del cristiano
no tiene lugar en su peregrinación terrestre. Interrogad la
serie de los misterios: gozosos y dolorosos, desde la anunciación
a la crucifixión, dibujan como en diez cuadros toda la vida
del Salvador; los misterios gloriosos no comienzan sino el día
de Pascua, y ya no cesan; ni para Jesús resucitado, que sube
a la diestra del Padre y envía al Espíritu Santo a presidir,
hasta el fin de los siglos, la propagación de su reino; ni
para María que, arrebatada al Cielo sobre las alas ardientes
de los ángeles, recibe allí de las manos del Padre celestial
la corona eterna.
De
este mismo modo os ocurrirá a vosotros, queridos hijos e hijas,
si permanecéis fieles a las promesas hechas a Dios y a María,
y observáis lealmente las obligaciones que habéis adquirido
el uno respecto de la otra. No os avergoncéis del Evangelio
(15); y en un tiempo en que muchas almas débiles y vacilantes
se dejan vencer por el mal, no imitéis su extravío,
sino triunfad del mal, según el consejo de San Pablo, haciendo
el bien (16) . Así, el rosario de vuestra vida, continuado
por una cadena de años, que os deseamos largos y benditos,
tendrá su término feliz cuando caiga para vosotros el
velo de los misterios en la glorificación luminosa y eterna
de la Santísima Trinidad: "Gloria Patri et Filio et Spiritui
Sancto, Amen!".
S.S.
Pío XII Papa.
NOTAS:
(1) Sap., 11, 8.
(2) PS., CXII, 9.
(3) Matth., V, 4-9
(4) Ps. CXII, 9
(5) De inventione, 1. 11, c. 55, § 166.
(6) Io. V, 44.
(7) Is., XL, 6.
(8) Is., XLV, 2.
(9) Matth., XI, 29.
(10) Io, VIII, 50.
(11) Eccli., XXIII, 33.
(12) Prov., XVII, 6.
(13) Cfr. Rom., 1, 16.
(14) Cfr. Rom., XII, 21.