SOBRE LA FIESTA DE LA INMACULADA
Si Dios escogió a María por Madre desde la eternidad,
convenía a su divina grandeza que fuese preservada del pecado
que condenaba a muerte a toda la raza de Adán.
Repugna a la razón y a la bondad divina, que el Hijo de Dios
que venía a destruir el pecado, hubiera querido revestirse
de una carne manchada en su origen. La pureza y la santidad por ex
celencia no podían habitar ni un solo instante en un tabernáculo-en
que-el-pecado hubiese dejado sus inmundas huellas y donde Satanás
hubiere tenido su asiento y ejercido su imperio. Y ¿cómo
podría ocupar la Reina del cielo el primer puesto entre todas
las criaturas, después de Jesucristo, si habiendo estado sujeta
a la desgracia común, era igual a todas ellas por el pecado
y compañera de todas ellas en la participación de tan
triste herencia? ¿Cómo los espíritus angélicos,
creados y confirmados por Dios en gracia y justicia original habrían
podido reconocer y aclamar por reina a la que había sido esclava
de Satanás, de ese osado enemiga de la gloria de Dios que
ellos habían arrojado del cielo? Y si los ángeles y
nuestros primeros padres fueron creados en gracia, ¿cómo
podría ser concebida en pecado aquella que estaba destinada
a ser la Madre de Dios?
¡Oh triunfo incomparable de la gracia! Dios
necesitaba para su Hijo de una madre digna, y héla ahí ataviada
con todos los dones de la munificencia divina. Ella sola está de
pie, mientras que todos caímos heridos por la maldición
primitiva. Apoyada al árbol de la vida, jamás probaron
sus labios el fruto del árbol de la muerte. Jamás soplo
alguno de esos que empañan el alma, robándole
la inocencia, mancilló ni un instante su virginal pureza.
Ella fue el arca misteriosa que sobrenadó las aguas cenagosas
del pecado, la fuente sellada cuyas corrientes fueron siempre límpidas
y puras, el jardín cerrado que jamás dio entrada a
la antigua serpiente cuya cabeza quebrantó.
Si María fue preservada de toda culpa y si jamás el
pecado entró en su corazón, nosotros debemos imitarla
preservándonos de toda culpa.
Nada hay más bello en el mundo que un alma en gracia; y nada
más abominable a los ojos de Dios y de María que un
alma en pecado.
Un alma pura es la amiga predilecta de Dios; en su seno reside como
en su más rico santuario, derramando sobre ella sus bendiciones,
regalándola con inefables consuelos, inspirándole las
más santas resoluciones. Dios es su esposo, y como tal, le
hace saborear todas las delicias de su amor y toda la dulzura de
sus castísimos abrazos. Mora en esa alma esa paz dulcísima,
hija tan sólo de la conciencia pura, y que en vano se busca
en los mentidos placeres que brinda el mundo a sus adoradores. Los
contratiempos de la vida, sí le arrancan lágrimas no
alcanzan a turbar el sosiego del alma en gracia que busca en Dios
el consuelo en la adversidad. Ella ve en Él a un padre, y
esa persuasión derrama gotas de dulzura en el cáliz
que la desgracia acerca a sus labios; y humilde y resignada bendice
la mano que la hiere.
En el estado de gracia el hombre está íntimamente
unido a Dios y seguro de que, si su vida mortal terminase en ese
feliz estado, esa unión se consumaría en el cielo.
La muerte es para el justo un tránsito de la tierra a la bienaventuranza.
Era un peregrino de estos valles regados con sus lágrimas,
y con la muerte termina su penosa jornada; era un desterrado, y la
muerte le abre las puertas de su patria; era un navegante que surcaba
un mar sembrado de escollos, y la muerte es el momento venturoso
en que arriba al puerto donde encuentra eterno abrigo contra las
tempestades.
Todas las obras buenas ejecutadas en el estado de gracia son para
el justo otros tantos merecimientos que lo hacen acreedor a
mayores grados de gracia y a mayores grados de gloria. Sus acciones,
palabras y pensamientos, referidos a Dios, son preciosas monedas
que van aumentando el caudal con que pueden comprar el cielo.
¡Felices las almas que pueden decir: Dios
está conmigo
y yo con Él, mi amado es para mí y yo soy para mi amado!
Cuando no hay una espina que torture le conciencia, nuestros días
transcurren serenos, es tranquilo nuestro sueño y sin
mezcla de amargura nuestros goces. ¡Horas afortunadas
de gracia y de inocencia, no os alejéis jamás!
(Tomado de "El mes de María”,
del Padre Vergara)