LA INFLUENCIA DE MARÍA
MEDIADORA
Al ocuparnos de los fundamentos de la vida interior, no es posible
tratar de la acción de Jesucristo, mediador universal,
sobre su cuerpo místico, sin hablar igualmente de la influencia
de María mediadora.
Hay muchos ilusos, decíamos, que pretenden alcanzar la unión
con Dios, sin recurrir constantemente a Nuestro Señor
que es el camino, la verdad y la vida. Otro error sería querer
llegar a Nuestro Señor sin pasar , por. María a quien
la iglesia llama, en una fiesta especial, Mediadora de todas las
gracias. Los protestantes cayeron en este error. Sin llegar a esta
desviación, hay católicos que no. comprenden la necesidad
de recurrir a María para conseguir la intimidad con el Salvador.
El B. Grignion de Montfort habla también de "Doctores
que no conocen a la Madre de Dios, sino de una manera especulativa, árida,
estéril e indiferente; que temen abusar de la devoción
a la Santísima Virgen, hacer injuria a Nuestro Señor
honrando demasiado a su santísima Madre. Si hablan de la devoción
a María, no es tanto para recomendarla como para reprobar
las exageraciones" (l); dan la impresión de creer
que María es un impedimento para conseguir la unión
con Dios.
Hay, dice el Beato, una gran falta de humildad, en menospreciar
a los mediadores que Dios nos brinda, teniendo en cuenta nuestra
debilidad. La intimidad con Nuestro Señor nos es grandemente
facilitada mediante una verdadera y profunda devoción
a María.
Para formarnos idea exacta de esta devoción,
veremos qué se
entiende por mediación universal y cómo María
es la medianera de todas las gracias; según lo afirma
con la Tradi ción, el Oficio y Misa de María Mediadora
que se reza el 31 de mayo. Mucho se ha escrito sobre el asunto en
estos últimos tiempos; consideraremos esta doctrina en sus
relaciones con la vida interior (2).
¿Qué se entiende por mediación
Universal?
"Al oficio de mediador", dice Santo Tomás (3), "corresponde
el acercar y unir a aquéllos entre quienes ejerce tal oficio;
porque los extremos se unen por un intermediario". Ahora bien,
unir los hombres a Dios es propio de Jesucristo que los ha reconciliado
con el Padre, según las palabras de San Pablo (II Cor., v
19): "Dios reconcilió al mundo consigo mismo en Cristo.
Por eso sólo Jesucristo es el perfecto mediador entre Dios
y los hombres, cuanto por su muerte reconcilió con Dios al
género humano." Igualmente, después de decir San
Pablo: "Uno solo es el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús
hecho hombre", continúa: "que se ha
entregado en rehén por todos. Nada impide, sin embargo,
que, en cierto modo, otros sean dichos mediadores entre Dios y los
hombres, en tanto cooperan á la unión de los
hombres con Dios, como encargados o ministros."
En este sentido, añade Santo Tomás (4) los profetas
y sacerdotes del Antiguo Testamento pueden llamarse mediadores;
y lo mismo los sacerdotes de la nueva Alianza, como ministros del
verdadero mediador.
"Jesucristo", continúa el Santo (5), "es mediador
en cuanto hambre; porque en cuanto hombre es como se encuentra
entre los dos extremos: inferior a Dios por naturaleza, superior
a los hombres por la dignidad de su gracia y de su gloria.
Además, como hombre unió a los hombres a Dios enseñándoles
sus preceptos y dones, y satisfaciendo por ellos." Jesús
satisfizo como hombre, mediante una satisfación y un mérito
que de su personalidad divina recibió infinito valor. Estamos
pues ante una doble mediación, descendente y ascendente,
que consistió en traer a los hombres la
luz y la gracia de Dios, y en ofrecerle, en favor de los hombres,
el culto y reparación que le eran debidos.
Nada impide pues, que, como acabamos de decir, haya otros mediadores
secundarios, como lo fueron los profetas y los sacerdotes
de la antigua Ley para el pueblo escogido. Por eso podemos preguntarnos
si no será María la mediadora Universal para todos
los hombres y para la distribución de todas y cada una de
las gracias. San Alberto Magno habla de la mediación de
María como superior a la de los profetas, cuando dice: "Non
est assumpta in ministerium a Domino, sed in consortium et
adjutorium, juxta illud: Faciamus el adjutorium simile sibi" (6);
María fue elegida por el Señor, no como ministra,
sino para ser asociada de un modo especialísimo y muy íntimo
a la obra de la redención del género humano.
¿No es María, en su cualidad de Madre de Dios, naturalmente
designada para ser mediadora universal? ¿No es realmente intermediaria entre
Dios y los hombres? Sin duda, por ser una criatura, es inferior a
Dios y a Jesucristo; pero está a la vez muy por encima de
todos los hombres en razón de su maternidad divina, "que
la coloca en las fronteras de la divinidad" (7), y por la plenitud
de la gracia recibida en el instante de su concepción inmaculada,
plenitud que no cesó de aumentar hasta su muerte.
Y no solamente por su maternidad divina era María la designada
Dará esta función de mediadora, sino que la recibió y
ejercitó de hecho.
Esto es lo que nos demuestra la Tradición (8), que le ha
otorgado el título de mediadora universal (9), aunque
subordinada a Cristo; título por lo demás consagrado
por la fiesta especial que se celebra en la Iglesia universal.
Para bien comprender el sentido y el alcance de este título,
consideremos que le conviene a María por dos razones
principales: 1º, por haber ella cooperado por la satisfacción
y los méritos al sacrificio de la Cruz; 2º, porque
no cesa de interceder en favor nuestro y de obtenernos y
distribuirnos todas las gracias que recibimos del cielo.
Tal es la doble mediación, ascendente y descendente, que
debemos considerar, para aprovecharnos de ella sin cesar.
María mediadora por su cooperación
al Sacrificio de la Cruz.
Durante todo el curso de su vida en la tierra, hasta el Consummatum
est, la Virgen cooperó al Sacrificio de su Hijo.
En primer lugar, el libre consentimiento que dio el día de
la Anunciación era necesario para que el misterio de la Encarnación
fuera una realidad; como si Dios, dice Santo Tomás (111, q.
30, a. 1), hubiera esperado el consentimiento de la humanidad por
la voz de María. Por aquel libre fiat, la Virgen cooperó al
sacrificio de la Cruz, pues que, así nos dio el sacerdote
y la víctima.
Cooperó asimismo al ofrecer su Hijo en el templo, como una
hostia purísima, cuando el viejo Simeón, ilustrado
por luz profética, veía en este infantito "la
salud dispuesta por Dios para todos los pueblos, la luz de la revelación
para los gentiles, y la gloria de Israel" (Luc., II, 31). María,
más iluminada que el mismo Simeón, ofrendó su
Hijo y comenzó a sufrir dolorosamente con él, al oír
al santo anciano anunciar que aquel niño sería "un
signo expuesto a la contradicción", y que "una
espada traspasaría el alma de su madre". (Ibid.)
Pero fue sobre todo al pie de la Cruz, donde María cooperó al
sacrificio de' Cristo, al unirse a él en la satisfacción
y en los méritos, más íntimamente que lo que
lengua humana pueda expresar. Algunos santos, particularmente
los estigmatizados, han estado excepcionalmente unidos a los sufrimientos
y á los méritos del Salvador; un San Francisco dé Asís,
por ejemplo, y una Santa Catalina de Sena. Pero fué muy poca
cosa en comparación con la unión de la Virgen.
¿Cómo ofreció María a su Hijo? De la
misma forma que su Hijo se ofrendó. Jesús hubiera podido
fácilmente, por milagro, impedir que los golpes de sus verdugos
le causaran la muerte; pero se inmoló voluntariamente. "Nadie
me quita la vida, ha dicho él mismo, sino que soy yo
quien la da; pues tengo el poder de darla y el de volverla a recuperar" (Juan,
x, 17). Renunció Jesús a su derecho a la vida y se
ofrendó entero por nuestra salvación.
Y de María se dice en San Juan, XIX, 25 : "Stabat
juxta crucem Jesu mater ejus", junto a la Cruz de Jesús
se hallaba de pie su madre, e indudablemente muy unida a él
en sus dolores y oblación. Como dice el Papa Benedicto XV: "Renunció a
sus derechos de madre por la salvación de todos los hombres" (10).
La santísima Virgen aceptó el martirio de Jesús
y lo ofreció por nosotros; todos los tormentos que él
sufrió en su cuerpo y en su alma, sintió los ella en
la medida de su amor. Como ninguno, padeció María los
sufrimientos mismos del Salvador; sufrió por el pecado
en la medida de su amor a Dios, a quien el pecado ofende; del
amor a su Hijo a quien el pecado crucificó, y del
amor a las almas, a las que el pecado estraga y da la muerte.
Y la caridad de la Virgen era incomparablemente superior a la
de los mayores santos.
Así cooperó al sacrificio de la Cruz a guisa de satisfacción o
reparación, ofreciendo a Dios por nosotros, con gran
dolor y amor ardentísimo, la vida de su Hijo bien amado, más
precioso para ella que su propia vida.
En aquel instante, el Salvador satisfizo por nosotros en estricta
justicia, mediante sus actos humanos que, por su pero tonalidad
divina, tenían valor infinito, suficiente a reparar la ofensa
de todos los pecados mortales juntos y aun más. Su amor
complacía a Dios más que lo que todos los pecados
pudieran desagradarle (11). Ésta es la esencia del misterio
de la Redención. En el Calvario, y en unión con su
Hijo, María satisfizo por nosotros, con una satisfacción
fundada, no en la estricta justicia, sino en los derechos
de la íntima amistad o caridad que la unía
a Dios (12).
En el momento en.,que su Hijo iba a morir crucificado, aparentemente
vencido y abandonado, ella no cesó un solo instante de creer
que él era el Verbo hecho carne, el Salvador del mundo
que, tres días después, resucitaría como lo
había predicho. Fue éste el más grande acto
de fe y de esperanza; y fue igualmente, después del amor de
Cristo, el mayor acto de amor. Él hizo de María la Reina
de los mártires, siendo ella mártir, no sólo
por Jesús, . sino juntamente con él, en tal forma que
una sola cruz bastó para hijo y madre, ya que en cierto modo
María fue en ella -clavada por su amor a Jesús. Así fue corredentora,
como dice Benedicto XV, en el sentido de que con Jesús,
en él y por el, rescató al género humano (13).
Por la misma razón, todo lo que Jesucristo en la Cruz nos
ha merecido en estricta justicia, María nos lo ha merecido
con mérito de conveniencia fundado en la caridad que
a Dios la unía. Sólo Jesucristo, como cabeza de la
humanidad, pudo merecer estrictamente transmitirnos la vida divina,
pero S. S. Pío X confirmó la doctrina de los teólogos
cuando escribió: "María, unida a Cristo en la
obra de la Redención, nos mereció de congruo (con
mérito de conveniencia) lo que Jesucristo nos mereció de
condigno" (14).
El primer fundamento tradicional de esta enseñanza común
de los teólogos y sancionada por los soberanos Pontí fices,
es que María, en toda la tradición griega y latina,
es llamada la nueva Eva, Madre de todos los hombres para
la vida del alma, corno Eva lo fue para la vida corporal: Y la.
Madre espiritual de los hombres debe, pues, darles esa vida espiritual, no
como causa física principal (que es Dios solo) sino moralmente, por
mérito de congruo, ya que el otro mérito pertenece
a Jesucristo.
El oficio y la misa propios de María mediadora reúnen
los principales testimonios de la Tradición y su fundamento
escriturario, particularmente los clarísimos textos de San
Efrén, gloria de la iglesia seria, de San Germán de
Constantinopla, de San Bernardo y de San Bernardino de Sena.
Aun en el segundo y tercer siglo, San Justino, San Ireneo y Tertuliano
insistían en el paralelo entre Eva y María, y enseñaban
que si la primera concurrió a nuestra caída, la segunda
colaboró a nuestra redención (15).
Estas enseñanzas de la Tradición descansan, en parte,
en las palabras de Jesús narradas en el Evangelio de la misa
de María mediadora: El Salvador estaba a punto de expirar,
y "viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que
amaba, dijo a su Madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo. Luego
dijo al discípulo: Ahí tienes a tu madre. Y desde aquella
hora el discípulo la tomó por tal" (Juan, XIX,
27).
El sentido literal de estas palabras: "he ahí a tu hijo",
se refiere a San Juan; pero para Dios los sucesos y las personas
significan varias cosas (16); y en este lugar, San Juan designa espiritualmente
a todos los hombres rescatados por el sacrificio de la Cruz.
Dios y su Cristo hablan no sólo mediante las palabras que
emplean, sino a través de los sucesos y personas que
les están sujetos, y por ellos dan a entender lo que les place
dentro de los planes de la Providencia. Al tiempo de morir, al dirigirse
Jesús a María y a Juan, vio en este último la
personificación de todos aquéllos por quienes derramaba
su sangre. Y como estas palabras crearon, por decirlo así,
en María una profundísima afección maternal,
que incesantemente envolvió al alma del discípulo amado,
ese afecto sobrenatural se hizo extensivo a todos nosotros, e hizo
realmente de María la Madre espiritual de todos los hombres
siglo VIII, más tarde San Bernardino de Sena, Bossuet, el
B. Grignion de Montfort y muchos otros. No hacen sino seguir lo que
la Tradición nos dice de la nueva Eva, madre espiritual de
todos los hombres. Si se estudian, en fin, teológicamente,
los requisitos para el mérito de congruo o de conveniencia, mérito
fundado no en la justicia sino en la caridad o amistad sobrenatural
que nos une a Dios, en nadie podremos encontrarlo mejor realizado
que en María. Si, en efecto, una buena madre cristiana,
por su virtud, gana méritos para sus hijos (17), ¿con
cuánta más razón María, incomparablemente
más unida a Dios por la plenitud de la caridad, no podrá merecer
en favor de los hombres?
Tal es la mediación ascendente de María, en cuanto
ofreció con Nuestro Señor, en favor nuestro, el
sacrificio de la Cruz, haciendo obra de reparación y mereciendo
por nosotros.
Consideremos ahora la mediación descendente, por la que nos
distribuye los dones de Dios Nuestro Señor.
María nos obtiene y nos distribuye
todas las gracias.
Es ésta una doctrina cierta, según lo que acabamos
de decir de la Madre de todos los hombres; como Madre, se interesa
por su salvación, ruega por ellos y les consigue las gracias
que reciben.
En el Ave, maris Stella se canta:
Solve vincla reis,
Prof er lumen coecis,
mala nostra pelle,
bona cuneta poste (18).
Rompe al reo sus cadenas,
Concede a los ciegos ver;
Aleja el mal de nosotros,
Alcánzanos todo bien.
León XIII, en una Encíclica sobre el Rosario (19),
dice: "Por expresa voluntad de Dios, ningún bien nos
es concedido si no es por María; y como nadie puede llegar
al Padre sino por el Hijo, así generalmente nadie puede
llegar a Jesús sino por María.
La Iglesia, de hecho, se dirige a María para conseguir gracias
de toda suerte, tanto temporales como espirituales,
y, entre estas últimas, desde la gracia de la conversión
hasta la de la perseverancia final, sin exceptuar las necesarias
a las vírgenes para guardar su virginidad, a los apóstoles
para ejercer su apostolado, a los mártires para permanecer'
invictos en la fe. Por eso, en las Letanías lauretanas, universalmente
rezadas en la Iglesia desde hace mucho tiempo, María es llamada: "salud
de los enfermos, refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos,
auxilio de los cristianos, reina de los apóstoles, de los
mártires, de los confesores y de las vírgenes. Su mano
es la dispensadora de toda suerte de gracias, y aun, en cierto sentido,
de la gracia de los sacramentos; porque ella nos los ha merecido
en unión con Nuestro Señor en el Calvario, y nos dispone
además con su oración a acercarnos a esos sacramentos
y a recibirlos convenientemente; a veces hasta nos envía el
sacerdote sin el cual esa ayuda sacramental no nos sería otorgada.
En fin, no sólo cada especie de gracia nos es distribuida
por mano de María, sino cada gracia en particular. No es otra
cosa lo que la fe de la Iglesia declara en estas palabras del Ave
María: "Santa María, madre de Dios, ruega
por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte; amén." Ese "ahora" es
repetido; cada minuto, en la iglesia, por millares de fieles que
piden de esta manera la gracia del momento presente; y ésta
es la más particular de todas las gracias, varía con
cada uno de nosotros y para cada uno en cada minuto. Aunque estemos
distraídos al pronunciar esas palabras, María, que
no lo está, y conoce nuestras necesidades espirituales
de cada momento, ruega por nosotros y nos consigue las gracias que
recibimos.
Tal enseñanza, contenida en la fe de la Iglesia,
y expresada
por la oración colectiva (lex orarsdi, lex credendi), está fundada
en la Escritura y en la Tradición. En efecto, ya en su vida
sobre la tierra, aparece María en la Escritura como distribuidora
de gracias. Por ella santifica Jesús al Precursor, cuando
visita a su prima Santa Isabel y entona el Magnificat. Por
ella confirma Jesús la fe de los discípulos de Caná,
concediendo el milagro que pedía. Por ella fortaleció la
fe de Juan en el Calvario, diciéndole: "Hijo, ésa
es tu madre." Por ella, en fin, el Espíritu Santo descendió sobre
los apóstoles, ya que María oraba con ellos en el Cenáculo
el día de Pentecostés, cuando el divino Espíritu,
descendió en forma de lenguas de fuego (Act., r, 14).
Con mayor razón, después de la Asunción, desde
su entrada en la gloria, es María distribuidora de todas
las gracias. Como una madre bienaventurada conoce en el cielo las
necesidades espirituales de los hombres todos. Y como es muy
tierna madre, ruega por sus hijos; y como ejerce poder omnímodo
sobre el corazón de su Hijo, nos obtiene todas las gracias
que a nuestras almas llegan y las que se dan a los que no se obstinan
en el mal. Es María como el acueducto de las gracias y, en
el cuerpo místico, a modo de cuello que junta la cabeza con
los miembros.
A propósito de lo que ha de ser la oración
de los avanzados, trataremos de la verdadera devoción
a María,
según el B. Grignion de Montfort. Pero ya desde este momento
se comprende cuán necesario es hacer con frecuencia la
oración de los mediadores, es decir, comenzar esta conversación
filial y confiada con María, para que nos conduzca a la intimidad
de su Hijo, y a fin de elevarnos luego, mediante la santísima
alma del Salvador, a la unión con Dios, ya que Jesús
es el camino, la verdad y la vida (20).
R. P. Garrigou-Lagrange O. P.
NOTAS:
(1) B. Grignion de Montfort, Tratado
de la verdadera devoción t la Santísima
Virgen, c. II, a. I, § I. El secreto de María, resumen
del anterior
(2) San Bernardo , Serm. in Dominic. infra oct. Assumpt., n.
1 (P. L., t. 183, 429). Serm. in Nat. B. M., De aquaeductu, n.
6-7 (P. L., t. 183, 440). Epist. ad Canonicos Lugdunenses de
Conceptione S. Mariae, o. 2 (P. L., t. 182, 333).
San ALBERTO MAGNO, Mariale sive quaestiones super Evangelium: Missus
est (ed. Borgnet, París, 1890-1899, t. XXXVII, q. 29). SAN
Buena-ventura Sermones de B. V. Maria, De Annuntiatione, serm.
V (Quaracchi, 1901, t. IX, p. 679). Santo Tomás, In
Salut. ang. expositio. Bossuet, Sermon sur la Sainte Vierge. Terrien,
S. J., La Mire de Dieu et la Mire des hommes, t. III. Hugon, O.
P., Marie pleine de grâce. Bittremieux, De mediatione universal¡ B.
Miarie V. quoad gratias,1926. léon Leloir, La Médiation
mariale dans. la Théologie contemporaine, 1933, ibid.
P. R. Bernard, O. P., Le mystire de Marie, Desclée
de Brouwer, 1933. Excelente libro, digno de meditarse. P. G. Frietoff,
O. P., De alma Socia Christi mediatoris, 1936. El sagrado
Corazón de María, de Bainvel, S. J. Le . Rosaire
de Marie, trad. de la Enc. de León XIII sobre el Rosario,
por el P. Joret.
(3) III, q. 26, s. 1.
(4) lbid, a. i, ad i.
(5) Ibid., a. 2.
(6) Mariale, 42.
(7) Cajetanus.
(8) J. Bittremieux, op. cit.
(9) G. FRIETOFF, O. P., Angelicum, oct. 1933, pp. 469-477.
(10) Litt. Apost. "Inter sodalicia", 22 de marzo de 1918
(Act. Apost. Sedis, 1918, 182; citado en Denzinger, ed. 16, nº 3034,
nota 4.
(11) Santo Tomás, III, q. 48, a. 2 : "Ille
proprie satis f acit pro of f ensa, qui exhibet offenso id
quod aeque ve¡ magis diligit, quam oderit of fensam. Christus
autern et caritate et obedientia patiendo majus ali- Deo exhibuit,
quam exigeret recompensatio totius offensae humani generis...
propter magnitudinem caritatis..., dignitatem vitae suae, quam pro
satisfactione ponebat, quae erat vita Dei et hominis..., et propter
generalitatem passionis et magnitudinem doloris assumpti."
(12) "Satisfactio B. M. Virginis fundatur, non in
stricta justitia, sed in jure amicabili." Que es lo que comúnmente
enseñan los teólogos.
(13) Benedictum xv, Litt. Apost. citat.: "Ita cum
Filio patienti et morienti passa est et paene commortua, sic materna
in Filium jura pro hominum salute abdicavit placandaeque Dei justitiae,
quantum ad se pertinebat, Filium immolavit, ut dici merito queat, ipsam
cum Christo humanum genus redemise." Denzinger, Enchiridion,
n 4 3034, nota 4.
(14) Cf. Pium X, Encyclica "Ad diem illum", 2
de febrero de 1904 (Denzinger, Ench., n4 3034) : "Quoniam
universis sanctitate praestat conjunctioneque cum Christo atque a
Christo ascita in humanae sa lutis opus, de congruo, ut
aiunt, promeruit nobis, quae Christus de condigno promeruit,
estque princeps largiendarum gratiarum ministra." Hay que notar
que el mérito de congruo, que se funda in jure
amicabili seu in caritate, es ciertamente un mérito
propiamente dicho, aunque inferior al de condigno; la
palabra mérito se dice de los dos según una analogía
de proporcionalidad propia y no sólo metafórica.
(15) San Ireneo, que es el representante de las iglesias de Asia,
donde se había educado, de la Iglesia de Roma, donde había
vivido, y de las de las Galias, donde había enseñado,
escribía (Adv. Haeres, V, XIX, 1): "Como Eva,
seducida por las palabras del ángel rebelde, se alejó de
Dios e hizo traición a su palabra, así María
oyó de boca del ángel la buena nueva de la verdad;
llevó a Dios en su seno por haber obedecido a su palabra...
El género humano encadenado por una virgen, por otra virgen
fué liberado..., la prudencia de la serpiente cede a la simplicidad
de la paloma, y quedaron rotas las ligaduras que nos encadenaban
a la muerte."
San Efrén, en una oración que se reza en el Oficio
de María mediadora, concluye de e e paralelo entre Eva
y la Madre de Dios, que "María - es, después de
Jesús, mediador por excelencia, la mediadora del mundo entero, mediatrix
totius mundi, y que por ella obtenemos todos los bienes espirituales
(tu creaturam replesti omni genere bene. ficii, caelestibus laetitiam
attulisti, terrestria salvasti).
San Germán de Constantinopla (Oratio 9,
P. G., t. 98, 377 y ss., citada en el mismo nocturno del Oficio) dice
igualmente: "Nullus, nisi per te, o sanctissima, salutem consequitur.
Nullus, nisi per te, o immaculatissima, qui a malis liberetur.
Nullus nisi per te, o castissima, cui donum indulgeatur." "Nadie
se salva sino por ti, oh santísima; nadie queda libre de sus
males sino por ti, oh inmaculada; nadie recibe los dones de
Dios sino por ti, oh purísima."
San Bernardo dice: "Oh medianera y abogada nuestra, reconciliadnos
con vuestro Hijo, encomendadnos y presentadnos a él." (Segundo
sermón de Adviento, S.) Es voluntad de Dios que todo lo recibamos
por María, sic est voluntas ejus qui totum nos habere
voluit per Ma riam (De nat. B. IM. V., nº 7). Está llena
de gracia, y lo que tiene de más nos lo da a nosotros: plena
sibi, superplena nobis (Serm. sobre la Asunc., n. 2).
(16) Santo Tomás, 1, q. 1, a. 10: "Auctor sacrae Scripturae
est Deus, in cujus potestate est, ut non solum voces ad siguificandum
accommodet sed etiam res ipsas."
(17) Santo Tomás, I, II,
q. 114, a. 6: "Merito condigni nullus
potest mereri alteri primam gratiam nisi solus Christus..., in quantum
est caput Ecclesiae et auctor salutis humanae... Sed mérito
congrui po test aliquis alteri mereri priman gratiam. Quia
enim homo in gratia constitutus implet Dei voluntatem, congruum est
secundum amicitiae proportionem, ut Deus impleat hominis voluntatem
in salvatione alterius; licet quandoque possit habere impedimentum
ex parte illius, cujus aliquis sanctus justificationem desiderat"
(18 ) Los jansenistas habían modificado este verso, para
evitar el afirmar esta mediación universal de María.
(19) Encycl. Octobri mense, de Rosario, 22 sept. 1891 (Denzinger, Enchiridion, 3033): "Nihil
nobis, nisi per Mariam, Deo sic volente, impertiri, ut, quo modo
ad summum Patrem nisi per Filium nemo Po . test accedere, ita fere
nisi per Mariam accedere nemo possit ad Christum.»
(20 ) Muchos teólogos tomistas admiten que, siendo la humanidad
de Jesús causa instrumental física de todas las gracias
que recibimos, existen todas las razones para pensar que María,
de una manera subordinada a Nuestro Señor, es también
causa instrumental física, y no sólo moral, de la transmisión
de estas gracias. No creemos que esto pueda afirmarse con certidumbre,
mas los principios formulados por Santo Tomás, a propósito
de la humanidad de Cristo, inclinan a pensar así.