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Doctrina... acerca del santísimo
sacrificio de la Misa
El sacrosanto, ecuménico y universal Concilio de Trento, legítimamente
reunido en el Espíritu Santo, presidiendo en él los mismos
legados de la Sede Apostólica, a fin de que la antigua, absoluta
y de todo punto perfecta fe y doctrina acerca del grande misterio de
la Eucaristía, se mantenga en la santa Iglesia Católica
y, rechazados los errores y herejías, se conserve en su pureza
; enseñado por la ilustración del Espíritu Santo,
enseña, declara y manda que sea predicado a los pueblos acerca
de aquélla, en cuanto es verdadero y singular sacrificio, lo
que sigue
Cap.
1. [De la institución del sacrosanto sacrificio de la Misa]
Como quiera que en el primer Testamento, según testimonio del
938 Apóstol Pablo, a causa de la impotencia del sacerdocio levítico
no se daba la consumación, fué necesario, por disponerlo
así Dios, Padre de las misericordias, que surgiera otro sacerdote
según el orden de Melquisedec [Gen. 14, 18; Ps. 109, 4; Hebr.
7, 11], nuestro Señor Jesucristo, que pudiera consumar y, llevar
a perfección a todos los que habían de ser santificados
[Hebr. 10, 14]. Así, pues, el Dios y Señor nuestro, aunque
había de ofrecerse una sola vez a sí mismo a Dios Padre
en el altar de la cruz, con la interposición de la muerte, a
fin de realizar para ellos [v. l.: allí] la eterna redención
; como, sin embargo, no había de extinguirse su sacerdocio por
la muerte [Hebr. 7, 24 y 27], en la última Cena, la noche que
era entregado, para dejar a su esposa amada, la Iglesia, un sacrificio
visible, como exige la naturaleza de los hombres [Can. 1], por el que
se representara aquel suyo sangriento que había una sola vez
de consumarse en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de
los siglos [1 Cor. 11, 23 ss], y su eficacia saludable se aplicara para
la remisión de los pecados que diariamente cometemos, declarándose
a sí mismo constituido para siempre sacerdote según el
orden de Melquisedec [Ps. 109, 4], ofreció a Dios Padre su cuerpo
y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos
de esas mismas cosas, los entregó, para que los tomaran, a sus
Apóstoles, a quienes entonces constituía sacerdotes del
Nuevo Testamento, y a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, les
mandó con estas palabras : Haced esto en memoria mía,
etc. [Le. 22, 19; 1 Cor. 11, 24] que los ofrecieran. Así lo entendió
y enseñó siempre la Iglesia [Can. 2]. Porque celebrada
la antigua Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel inmolaba
en memoria de la salida de Egipto [Ex. 12, 1 ss], instituyó una
Pascua nueva, que era Él mismo, que había de ser inmolado
por la Iglesia por ministerio de los sacerdotes bajo signos visibles,
en memoria de su tránsito de este mundo al Padre, cuando nos
redimió por el derramamiento de su sangre, y nos arrancó
del poder de las tinieblas y nos trasladó a su reino [Col. 1,
13].
Y esta es ciertamente aquella oblación pura, que no puede mancharse
por indignidad o malicia alguna de los oferentes, que el Señor
predijo por Malaquías [1, 11] había de ofrecerse en todo
"lugar, pura, a su nombre, que había de ser grande entre
las naciones, y a la que no oscuramente alude el Apóstol Pablo
escribiendo a los corintios, cuando dice, que no es posible que aquellos
que están manchados por la participación de la mesa de
los demonios, entren a la parte en la mesa del Señor [1 Cor.
10, 21], entendiendo en ambos pasos por mesa el altar. Esta es, en fin,
aquella que estaba figurada por las varias semejanzas de los sacrificios,
en el tiempo de la naturaleza y de la ley [Gen. 4, 4 ; 8, 20; 12, 8
; 22 ; Ex. passim], pues abraza los bienes todos por aquéllos
significados, como la consumación y perfección de todos.
Cap. 2. [El sacrificio visible es propiciatorio
por los vivos y por los difuntos]
Y porque en este divino sacrificio, que en la Misa se realiza, se contiene
e incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció
Él mismo cruentamente en el altar de la cruz [Hebr. 9, 27] ;
enseña el santo Concilio que este sacrificio es verdaderamente
propiciatorio [Can. 3], y que por él sé cumple que, si
con corazón verdadero y recta fe, con temor y reverencia, contritos
y penitentes nos acercamos a Dios, conseguimos misericordia y hallamos
gracia en el auxilio oportuno [Hebr. 4, 16]. Pues aplacado el Señor
por la oblación de este sacrificio, concediendo la gracia y el
don de la penitencia, perdona los crímenes y pecados, por grandes
que sean. Una sola y la misma es, en efecto, la víctima, y el
que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el mismo
que entonces se ofreció a sí mismo en la cruz, siendo
sólo distinta la manera de ofrecerse. Los frutos de esta oblación
suya (de la cruenta, decimos), ubérrimamente se perciben por
medio de esta incruenta: tan lejos está que a aquélla
se menoscabe por ésta en manera alguna [Can. 4]. Por eso, no
sólo se ofrece legítimamente, conforme a la tradición
de los Apóstoles, por los pecados, penas, satisfacciones y otras
necesidades de los fieles vivos, sino también por los difuntos
en Cristo, no purgados todavía plenamente [Can. 3].
Cap. 3. [De las Misas en honor de los
Santos]
Y si bien es cierto que la Iglesia a veces acostumbra celebrar algunas
Misas en honor y memoria de los Santos; sin embargo, no enseña
que a ellos se ofrezca el sacrificio, sino a Dios solo que los ha coronado
[Can. 5]. De ahí que «tampoco el sacerdote suele decir:
Te ofrezco a ti el sacrificio, Pedro y Pablo» 1, sino que, dando
gracias a Dios por las victorias de ellos, implora su patrocinio, para
que aquellos se dignen interceder por nosotros en el cielo, cuya memoria
celebramos en la tierra [Misal].
Cap, 4. [Del Canon de la Misa]
Y puesto que las cosas santas santamente conviene que sean 942 administradas,
y este sacrificio es la más santa de todas; a fin
de que digna y reverentemente fuera ofrecido y recibido, la Iglesia
Católica instituyó muchos siglos antes el sagrado Canon,
de tal suerte puro de todo error [Can. 6], que nada se contiene en él
que no sepa sobremanera a cierta santidad y piedad y no levante a Dios
la mente de los que ofrecen. Consta él, en efecto, ora de las
palabras mismas del Señor, ora de tradiciones de los Apóstoles,
y también de piadosas instituciones de santos Pontífices.
Cap. 5. [De las ceremonias solemnes del
sacrificio de la Misa]
Y como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede
fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas,
por eso fa piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos,
como, por ejemplo, que unos pasos se pronuncien en la Misa en voz baja
[Can. 9], y otros en voz algo más elevada; e igualmente empleó
ceremonias [Can. 7], como misteriosas bendiciones, luces, inciensos,
vestiduras y muchas otras cosas a este tenor, tomadas de la disciplina
y tradición apostólica, con el fin de encarecer la majestad
de tan grande sacrificio y excitar las mentes de los fieles, por estos
signos visibles de religión y piedad, a la contemplación
de las altísimas realidades que en este sacrificio están
ocultas.
Cap.
6. [De la misa en que sólo comulga el sacerdote]
Desearía ciertamente el sacrosanto Concilio que en cada una de
las Misas comulgaran los fieles asistentes, no sólo por espiritual
afecto, sino también por la recepción sacramental de la
Eucaristía, a fin de que llegara más abundante a ellos
el fruto de este sacrificio; sin embargo, si no siempre eso sucede,
tampoco condena como privadas e ilícitas las Misas en que sólo
el sacerdote comulga sacramentalmente [Can. 8], sino que las aprueba
y hasta las recomienda, como quiera que también esas Misas deben
ser consideradas como verdaderamente públicas, parte porque en
ellas comulga el pueblo espiritualmente, y parte porqué se celebran
por público ministro de la Iglesia, no sólo para sí,
sino para todos los fieles que pertenecen al Cuerpo de Cristo.
Cap. 7. [Del agua que ha de mezclarse
al vino en el cáliz que debe ser ofrecido]
Avisa seguidamente el santo Concilio que la Iglesia ha preceptuado a
sus sacerdotes que mezclen agua en el vino en el cáliz que debe
ser ofrecido [Can. 9], ora porque así se cree haberlo hecho Cristo
Señor, ora también porque de su costado salió agua
juntamente con sangre [Ioh. 19, 34], misterio que se recuerda con esta
mixtión. Y como en el Apocalipsis del bienaventurado Juan los
pueblos son llamados aguas [Apoc. 17, 1 y 15], [así] se representa
la unión del mismo pueblo fiel con su cabeza Cristo.
Cap. 8. [Que de ordinario no debe celebrarse la Misa en lengua vulgar
y que sus misterios han de explicarse al pueblo]
Aún cuando la Misa contiene una grande instrucción del
pueblo fiel; no ha parecido, sin embargo, a los Padres que conviniera
celebrarla de ordinario en lengua vulgar [Can. 9]. Por eso, mantenido
en todas partes el rito antiguo de cada Iglesia y aprobado por la Santa
Iglesia Romana, madre y maestra de todas las Iglesias, a fin de que
las ovejas de Cristo no sufran hambre ni los pequeñuelos pidan
pan y no haya quien se lo parta [cf. Thr. 4, 4], manda el santo Concilio
a los pastores y a cada uno de los que tienen cura de almas, que frecuentemente,
durante la celebración de las Misas, por sí o por otro,
expongan algo de lo que en la Misa se lee, y entre otras cosas, declaren
algún misterio de este santísimo sacrificio, señaladamente
los domingos y días festivos.
Cap. 9. [Prolegómeno de los cánones
siguientes]
Mas, porque contra esta antigua fe, fundada en el sacrosanto Evangelio,
en las tradiciones de los Apóstoles y en la doctrina de los Santos
Padres, se han diseminado en este tiempo muchos errores, y muchas cosas
por muchos se enseñan y disputan, el sacrosanto Concilio, después
de muchas y graves deliberaciones habidas maduramente sobre estas materias,
por unánime consentimiento de todos los Padres, determinó
condenar y eliminar de la santa Iglesia, por medio de los cánones
que siguen, cuanto se opone a esta fe purísima y sagrada doctrina.
Cánones
sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa.
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