CONDENA DE LA “NUEVA MORAL DE SITUACION”

Discurso del Papa Pío XII al Congreso Internacional de la Federación Mundial de la Juventudes Femeninas Católicas

 

EL TEMA DEL CONGRESO

Bienvenidas seáis, amadas hijas de la Federación Mundial de las Juventudes Femeninas Católicas. Os saludamos con el mismo afecto con que hace cinco años os recibimos en Castelgandolfo con ocasión de la grande asamblea Internacional de las mujeres católicas.

Los estímulos y las sabias directivas que os proporcionó ese Congreso, lo mismo que las palabras que Nos os dirigimos entonces («Discorsi e Radiomessaggi»), IX, págs. 221-223), no han quedado, en verdad, sin fruto. Nos sabemos los es­fuerzos que en este intervalo habéis desarrollado para realizar los objetivos precisos de los cuales teníais clara visión. Esto también Nos lo prueba la memoria impresa que con ocasión de la preparación de este Congreso Nos habéis hecho llegar: «La foi des jeunes. Problemes de notre temps». Sus 32 páginas tienen el peso de un grueso volumen, y Nos lo hemos examinado con gran atención, porque resume y sintetiza las enseñanzas de numerosas y variadas encuestas sobre el estado de la fe en la juventud católica de Europa y cuyas conclusiones son altamente instructivas.

De muchas de las cuestiones allí tocadas, Nos mismo hemos tratado en Nuestra alocución del 11 de septiembre de 1947, a la que asistíais vosotras, y en muchas otras alocuciones de antes y después. Hoy querríamos aprovechar la oportunidad que Nos ofrece esta reunión con vosotras para decir lo que Nos pensamos acerca de cierto fenómeno que se manifiesta algo por todas partes en la vida de fe de los católicos y que afecta un poco a todos, pero de una manera particular a la juventud y a sus educadores, y del que en vues­tra memoria también hay huellas en diversos sitios, como cuando decís (pág. 10) : « Confun­diendo el cristianismo con un código de precep­tos y prohibiciones, los jóvenes tienen la im­presión de ahogarse en ese clima de «moral im­perativa», y no es una ínfima minoría la que echa por la borda «el embarazoso fardo» .

 

UNA NUEVA CONCEPCIÓN DE LA LEY MORAL

Podríamos llamar a este fenómeno «una nueva concepción de la vida moral», dado que se trata de una tendencia que se manifiesta en el campo de la moralidad. Ahora bien, en las verdades de la fe es donde se basan los principios de la moralidad y vosotras sabéis bien de qué capital im­portancia es para la conservación y el crecimiento de la fe el que la conciencia del joven y de la joven se forme cuanto antes y se desarrolle según normas morales justas y sanas. De este modo la «nueva concepción de la moralidad cristiana» toca muy directamente el problema de la fe de los jóvenes.

Nos hemos hablado ya de la «nueva moral» en Nuestro radiomensaje del 23 de marzo último a los educadores cristianos. Lo que hoy vamos a tratar no es sólo una continuación de lo que en­tonces dijimos; queremos descubrir los profun­dos orígenes de esta concepción. Se podría califi­carla de «existencialismo ético», de «actualismo ético», de «individualismo ético», entendidos en el sentido restrictivo que vamos a explicar y tal como se les encuentra en lo que en otras partes se ha llamado «Situationsethik» «moral de situa­ción».

 

LA «MORAL DE SITUACIÓN», SU CARÁCTER DISTINTIVO

El signo distintivo de esta moral es que ella no se basa en manera alguna sobre las leyes morales universales, como, por ejemplo, los diez mandamientos, sino sobre las condiciones o cir­cunstancias reales y concretas en las cuales se debe obrar y según las cuales la conciencia indi­vidual ha de juzgar y elegir. Este estado de cosas es único y vale una sola vez para toda acción humana. Por esto es por lo que la decisión de la conciencia, afirman los defensores de esta éti­ca, no puede ser imperada por las ideas, los prin­cipios y las leyes universales.

La fe cristiana basa sus exigencias morales en el conocimiento de las verdades «esenciales» y de sus relaciones; así hace San Pablo en la Carta a los Romanos (1, 19-21) para la religión en cuanto tal, sea ésta cristiana o anterior al cristianismo: a partir de la creación, dice el Apóstol, el hombre entrevé y palpa de algún modo al Creador, su poder eterno y su divinidad, y esto con una evidencia tal que él se sabe y se siente obligado a reconocer a Dios y a darle algún culto, de manera que desdeñar este culto o de­pravarlo en la idolatría es gravemente culpable para todos y en todos los tiempos.

Esto no es, de ningún nodo, lo que afirma la ética de que Nos hablamos. Ella no niega, sin más, los conceptos y los principios morales gene­rales (aunque a veces se acerque mucho a seme­jante negación), sino que los desplaza del centro al último confín. Puede suceder que la decisión de la conciencia muchas veces esté de acuerde con ellos. Pero no son, por decirlo así, una colección de premisas, de las que la conciencia saca las consecuencias lógicas en el caso particular, el caso «de una vez» ¡De ningún modo! En el centro se encuentra el bien, que es preciso actuar o conservar en su valor real e individual; por ejemplo, en el campo de la fe, la relación personal que nos liga a Dios. Si la conciencia seriamente formada establece que el abandono de la fe católica y a la adhesión a otra confesión lleva más cerca de Dios, ese paso se encontraría «justificado», aun cuando generalmente se le califica de «defección en la fe». O también, en el campo de la moralidad, la donación de sí mis­mo, corporal y espiritual, entre los jóvenes. Aquí la conciencia seriamente formada establecería que por razón de la sincera inclinación mutua están permitidas las intimidades de cuerpo y de sentidos, y que éstas, aunque admisibles solamente entre esposos, podrían ser manifestaciones per­mitidas. (La conciencia abierta de hoy estable­cería así porque ella deduce de la jerarquía de valores ese principio, según el cual los valores de la personalidad, siendo los más altos, podrían servirse de los valores inferiores del cuerpo y de los sentidos o bien descartarlos, según lo sugiera cada situación). Se ha pretendido con insistencia que, precisamente según ese principio, en mate­ria de derechos de los esposos seria necesario, en caso de conflicto, dejar a la conciencia seria y recta de los cónyuges, según las exigencias de las situaciones concretas, la facultad de hacer directamente imposible la realización de los valores biológicos a favor de los valores de la per­sonalidad.

Los dictámenes de una conciencia de esta na­turaleza, por muy contrarios que parezcan a pri­mera vista a los preceptos divinos, valdrían, sin embargo, delante de Dios, porque, se dice, la conciencia sincera seriamente formada es más importante delante de Dios mismo que el «precep­to» y la «ley».

Tal decisión pues, es «activa» y «productora», no «pasiva» y «receptiva» de la decisión de la ley, escrita por Dios en el corazón de cada uno, y menos todavía de la del Decálogo, que el dedo de Dios ha esculpido en tablas de piedra, en cargando a la autoridad humana el promulgarla y conservarla.

 

LA «MORAL NUEVA» EMINENTEMENTE «INDIVIDUAL»

La ética nueva (adaptada a las circunstancias), dicen sus autores, es eminentemente «individual» En la determinación de la conciencia cada hom­bre en particular se entiende directamente con Dios y delante de El se decide sin intervención de ninguna ley, de ninguna autoridad, de ningu­na comunidad, de ningún culto o confesión, en nada y de ninguna manera. Aquí lo único que hay es el yo del hombre y el Yo del Dios per­sonal; no del Dios de la ley, sino del Dios Pa­dre, al que el hombre debe unirse con amor filial. Vista de este modo, la decisión de la con-ciencia es, pues, un «riesgo» personal, según el conocimiento y la valorización propias, con plena sinceridad delante de Dios. Estas dos cosas, la intención recta y la respuesta sincera, son lo que Dios considera; la acción no le importa. De ma­nera que la respuesta puede ser la de cambiar la fe católica por otros principios, de divorciarse, de interrumpir la gestación, de rehusar la obediencia a la autoridad competente en la fa­milia, en la Iglesia, en el Estado, y así en otras cosas.

Todo eso sería perfectamente conforme con la condición de «mayor edad» del hombre y, en el orden cristiano, con la relación de filiación, en virtud de la cual, según las enseñanzas de Cristo, rezamos «Padre nuestro...». Esta visión personal ahorra al hombre el deber medir a cada momento si la decisión que se ha de tomar corres­ponde a los artículos de la ley o a los cánones de las normas y reglas abstractas; ella le pre­serva de la hipocresía de una fidelidad farisaica a las leyes; ella le preserva tanto del escrúpulo patológico como de la ligereza o de la falta de conciencia, porque hace recaer personalmente so­bre el cristiano la responsabilidad total delante de Dios. Así hablan los que predican la «moral nueva».

 

ESTÁ FUERA DE LA FE Y DE LOS PRINCIPIOS CATÓLICOS

Expuesta de esta forma la ética nueva, ella está totalmente fuera de la fe y de los principios católicos, que incluso un niño que sepa su cate­cismo lo verá y se dará cuenta de ello. No es, pues, difícil de advertir cómo el nuevo sistema moral deriva del existencialismo, que o hace abs­tracción de Dios o simplemente lo niega y en todo caso abandona al hombre a sí mismo. Puede ser que las condiciones presentes hayan inducido a intentar el trasplantar esta «moral nueva» al terreno católico para hacer más llevaderas a los fieles las dificultades de la vida cristiana. De hecho, a millones de ellos se les exigen hoy, en un grado extraordinario, firmeza, paciencia, cons­tancia y espíritu de sacrificio, si quieren perma­necer íntegros en su fe, bien sea bajo los golpes de la fortuna o bien bajo las seducciones de un ambiente que pone al alcance de su mano todo aquello que forma la aspiración y el deseo de su corazón apasionado. Pero un intento semejante no podrá jamás tener éxito.

 

LAS OBLIGACIONES FUNDAMENTALES DE LA LEY MORAL

Se preguntará en qué modo puede la ley mora, que es universal, bastar e incluso ser obligatoria en un caso particular, el cual, en su situación concreta, es siempre único y de «una vez». Ella puede y ella lo hace, porque, precisamente a causa de su universalidad, la ley moral comprende necesaria e «intencionalmente» todos los ca­sos particulares en los que se verifican sus con­ceptos. Y en estos casos, muy numerosos, ella lo hace con una lógica tan concluyente, que aún la conciencia de un simple fiel percibe inmediatamente y con plena certeza la decisión que debe tomar.

Esto vale especialmente para las obligaciones negativas de la ley moral, de aquellas que exi­gen un «no hacer», un «dejar de lado». Pero de ninguna manera para estas solas. Las obligacio­nes fundamentales de la ley moral están basadas en la esencia, en la naturaleza del hombre y en sus relaciones esenciales, y valen, por consiguien­te, en todas partes en que se encuentre el hom­bre; las obligaciones fundamentales de la ley cristiana, por lo mismo que sobrepasan a las de la ley natural, están basadas sobre la esencia del orden sobrenatural constituido por el divino Re­dentor. De las relaciones esenciales entre el hom­bre y Dios, entre hombre y hombre, entre los cónyuges, entre padres e hijos; de las relacio­nes esenciales de comunidad en la familia, en la Iglesia, en el Estado, resulta, entre otras cosas, que el odio a Dios, la blasfemia, la idolatría, la defección en la verdadera fe, la negación de la fe, el perjurio, el homicidio, los falsos testimo­nios, la calumnia, el adulterio y la fornicación, el abuso del matrimonio, el pecado solitario, el robo y la rapiña, la sustracción de lo que es ne­cesario a la vida, la defraudación del salario justo (cfr. Sant. 5, 4), el acaparamiento de los víveres de primera necesidad y el aumento in-justificado de los precios, la bancarrota fraudu­lenta, las injustas maniobras de especulaciones. todo ello está gravemente prohibido por el divino Legislador. No hay motivo para dudar. Sea cual sea la situación del individuo, no hay más remedio que obedecer.

Por lo demás, Nos oponemos a la ética de si­tuación tres consideraciones o máximas. La pri­mera: concedemos que Dios quiere ante todo y siempre la intención recta; pero ésta no basta. El quiere, además, la buena obra. La segunda: no está permitido hacer el mal para que resulte el bien (cfr. Rom. 3, 8). Pero esta ética obra — tal vez sin darse cuenta de ello — según el principio de que el fin santifica los medios. La tercera: puede haber circunstancias en las cuales el hom­bre, y en especial el cristiano, no pueda ignorar que debe sacrificar todo, incluso su vida, por sal­var su alma. Todos los mártires nos lo recuerdan. Y éstos son muy numerosos aún en nuestro tiem­po. La madre de los Macabeos y sus hijos, las santas Perpetua y Felicidad, no obstante sus re­cién nacidos, María Goretti y otros miles, hom­bres y mujeres, que venera la Iglesia, ¿habrían, pues, contra la «situación», incurrido inútilmente o incluso equivocándose en la muerte sangrien­ta? Ciertamente que no, y ellos, con su sangre, son los testigos más elocuentes de la verdad contra la «nueva moral».

 

EL PROBLEMA DE LA FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA

Donde no hay normas absolutamente obliga­torias, independientes de toda circunstancia o eventualidad, la situación «de una vez» en su unicidad requiere, es verdad, un atento examen para decidir cuáles son las normas que se han de aplicar y en qué manera. La moral católica ha tratado siempre y con extensión este proble­ma de la formación de la propia conciencia con el examen previo de las circunstancias del caso que se ha de resolver. Todo lo que ella enseña ofrece una ayuda preciosa para las determinacio­nes de la conciencia tanto teóricas como prác­ticas. Baste citar las enseñanzas, no superadas, de Santo Tomás sobre la virtud cardinal de la prudencia y las virtudes relacionadas con ella (S. Th., 2-2, q. 47-57). Su explicación revela un sentido de la actividad personal y de la actuali­dad, que contiene todo lo que hay de justo y de positivo en la ética según la «situación», evitando todas sus confusiones y desviaciones. Bastará, por lo tanto, al moralista moderno continuar en la misma línea, si quiere profundizar los nuevos problemas.

La educación cristiana de la conciencia está muy lejos de descuidar la personalidad, incluso de la joven y del niño, y de matar su iniciativa. Porque toda sana educación tiende a hacer al educador más innecesario poco a poco y al edu­cando independiente dentro de los justos lími­tes. Y esto vale también en la educación de la conciencia por Dios y la Iglesia: su objetivo es, como dice el Apóstol (Efes. 4, 13 ; cfr. 4, 14) el «varón perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo»; por consiguiente, el hombre adulto, que tiene también el brío de la responsabilidad.

¡Solamente es necesario que esta madurez se coloque en el plano justo! Jesucristo permanece como el Señor, el Jefe y el Maestro de cada hom­bre, de toda edad y de todo estado, por medio de su Iglesia, a través de la cual Él continúa obrando. El cristiano, por su parte, debe asumir el grave y grande cometido de hacer valer en su vida personal, en su vida profesional y en la vida social y pública, en cuanto de él dependa, la verdad, el espíritu y la ley de Cristo. Esta es la moral católica, la cual deja un vasto campo libre a la iniciativa y a la responsabilidad per­sonal del cristiano.

 

LA MORAL NUEVA HACE CORRER GRANDES PELIGROS PARA LA FE DE LA JUVENTUD

He aquí lo que Nos os queríamos decir. Los peligros para la fe de nuestra juventud son hoy extraordinariamente numerosos. Todos lo sabían y lo saben, pero vuestra memoria es particularmente instructiva a este respecto. Sin embargo, Nos pensamos que pocos de esos peligros son tan grandes y tan llenos de consecuencias como los que la «moral nueva» hace correr a la fe. Los extravíos a que conducen tanto tales deformaciones como la debilitación de los deberes morales, que fluyen naturalmente de la fe, terminarían con el tiempo por corromper a la fuente misma. Así muere la fe.

 

FE ORANTE Y SACRIFICADA

De todo lo que hemos dicho sobre la fe vamos a sacar dos conclusiones, dos directivas que Nos queremos dejaros al terminar, para que ellas orienten y animen toda vuestra acción y toda vuestra vida de cristianas valientes:

La primera: la fe de la juventud debe ser una fe «orante». La juventud debe aprender a orar. Que ello sea siempre en la medida y en la forma que corresponden a su edad. Pero siempre te­niendo conciencia de que sin la oración no es posible permanecer fiel a la fe.

La segunda: la juventud debe estar orgullosa de su fe y aceptar que le «cueste» algo; ella debe acostumbrarse desde la primera edad a hacer sa­crificios por su fe, a caminar delante de Dios con rectitud de conciencia, a reverenciar sus órdenes. Entonces crecerá espontáneamente en el amor de Dios.

Que la caridad de Dios, la gracia de Jesucristo y la comunicación del Espíritu Santo (cfr. 2 Cor. 13, 13) estén con vosotras todas es lo que os deseamos con el afecto más paternal. Y para testimoniároslo damos de todo corazón a cada una de vosotras y a vuestras familias, a vuestro movimiento, a todas sus ramas en el mundo en­tero, a todas vuestras compañeras que a ellas pertenecen la Bendición Apostólica.

Papa Pío XII

Publicado en L'Osservatore Romano, 19-IV-1952: AAS vol. 44, páginas 413. Los subtítulos están en el orginal. Tomado del Anuario Petrus, ed. Atlantida, año 1953, España.

Volver al índice