DISCURSO DEL PAPA PÍO XII A LOS MIEMBROS DEL CONGRESO DE POLÍTICA DE INTERCAMBIOS COMERCILAES INTERNACIONALES (1)

 

Nos ha sido sumamente grato, ilustres miembros del Congreso de Política de In­tercambios Internacionales, el deseo por vos­otros expresado de ser recibidos por Nos y de escuchar una palabra nuestra, porque nos da un claro testimonio de la alta idea que tenéis del objeto asignado a vuestros traba­jos y a vuestras deliberaciones. Lo que de Nos esperáis no será ciertamente un consejo de orden puramente técnico, que seria su­perfluo por vuestra competencia, sino más bien algunas consideraciones sobre el aspec­to moral de los problemas que ocupan vues­tro estudio.

Nadie mejor que vosotros está en condi­ciones de conocer y valorar el contraste en­tre el desorden que desde hace tiempo y en muchos países reina en el campo de los intercambios económicos y la ley de orden y de armonía impresa por Dios en toda la creación. Los bienes, cuyo intercambio de­bería servir para establecer y mantener el equilibrio económico entre las naciones, se han convertido en objeto de especulación política; y no sólo los bienes materiales, sino por desgracia, hasta el mismo hombre, humi­llado en muchos casos al grado de un ar­tículo que se explota. Y así asistimos, por desgracia, al juego de una política que no es más que una carrera, cuya meta es el poder y la hegemonía. Las relaciones económi­cas que, además de esto, existen entre los pueblos, muchas veces si quisiéramos hablar con propiedad, se reducen no a un intercam­bio, cuyo flujo y reflujo debería llevar a to­das partes el bienestar, sino más bien a una simple corriente de bienes que, puesta en movimiento por la caridad cristiana o por una benevolencia más o menos desinteresada, se dirige, unilateralmente hacia los pueblos necesitados.

A pesar de estos nobles esfuerzos, estamos todavía bien lejos de un estado normal de cosas, en donde el intercambio internacional es al mismo tiempo complemento necesario pa­ra cada una de las economías nacionales, y señal visible de su florecimiento. En este campo, Italia no se encuentra, por desgracia, en mejores condiciones que otras naciones, aunque se deba reconocer con gusto que en breve tiempo ha hecho mucha en el campo de la industria, de la agricultura, del comercio y de los servicios ferroviarios para sanar un estado de cosas que al principio era desas­troso. Por eso tenemos grande interés en de­mostraros las dificultades y la importancia de vuestra labor.

Estas dificultades no serían tan graves y su solución no seria tan ardua si no se añadiera la incertidumbre y la contrastante discordan­cia de las ideas directrices. Los unos pro­ponen la vuelta a la economía mundial tal como existía en el siglo pasado; los otros sostienen la unidad regional, o sea interes­tatal de cada una de las economías. Unos esperan la prosperidad para todos los pue­blos del restablecimiento del mecanismo del mercado libre en todo el mundo; otros, en cambio, ya no esperan nada de semejante automatismo y piden una dirección, un im­pulso central de toda la vida económica, in­cluso de las fuerzas humanas de trabajo.

No es nuestra intención penetrar en el examen de la parte práctica de estos proble­mas y de sus soluciones. Querríamos solamen­te llamar vuestra atención sobre el hecho de que esta diametral que hemos indicado entre las opiniones, tiene raíces y causas más pro­fundas que la simple consideración de la rea­lidad presente de la economía. Y esas causas son: por una parte, una deplorable falta de reflexión, que lleva a contentarse de un fácil y superficial empirismo; por otra, una verda­dera e intrínseca discrepancia de ideas cuando se trata de «saber lo que es o debe ser la economía social, y cómo el hombre debe con­siderarla y tratarla. Aquí es precisamente donde los principios sociales cristianos han de decir una palabra, y palabra definitiva, si es que los hombres quieren ser verdadera­mente cristianos y mostrarse tales en todo su modo de obrar.

Por eso nos vamos a restringir a poner de relieve algunos conceptos fundamentales:

Primero . Quien dice vida económica, dice vida social. la finalidad a la cual tiende por su misma naturaleza y a la que los in­dividuos están igualmente obligados a servir en las diversas normas de su actividad, no es otra que poner al alcance de todos los miembros de la sociedad, de una manera estable, aquellas condiciones materiales de vida que son necesarias para el incremento de su vida cultural y espiritual. Así, pues, no se puede conseguir ningún resultado sin un orden exte­rior, sin normas sociales que tiendan a la consecución duradera de este fin. Y el re­currir a un automatismo mágico es una qui­mera no menos vana en la vida económica que en los demás campos de la vida en ge­neral.

Segundo . La vida económica, vida social, es vida humana, y, por consiguiente, no se puede concebir sin libertad. Pero esta libertad no puede ser ni la fascinadora y engaño­sa fórmula de hace cien años; es decir, de una libertad puramente negativa de la volun­tad reguladora del Estado, y ni siquiera la pseudo-libertad de nuestros días de someterse a las órdenes de organizaciones gigantescas. La genuina y sana libertad no puede ser más que libertad de hombres que, sintiéndose só­lidamente ligados a la finalidad objetiva de la economía social, están en el derecho de exigir que la ordenación social de la econo­mía, lejos de traer consigo el mismo aten­tado contra su libertad para elegir aquellos medios mejores que le han de llevar a este fin, les garantice y les proteja. Y esto mismo vale, por la misma razón, ya se trate del trabajo independiente o del trabajo depen­diente, porque, por lo que toca al fin de la economía social, todo miembro productor es sujeto y no objeto de la vida económica.

Tercero . La economía nacional, en cuanto que es economía de un pueblo incorporado en la unidad del Estado, es en si misma una unidad natural, que pide el desarrollo más armónico posible de todos sus medios de producci6n en todo el territorio habitado por el pueblo mismo. Por consiguiente, las rela­ciones económicas internacionales tienen una función ciertamente positiva y necesaria; pe­ro solamente subsidiaria. La alteración de es­tas relaciones ha sido uno de los grandes errores del pasado, cuya vuelta podría fa­vorecer fácilmente la situación que a la fuer­za padece hoy un buen número de pueblos. En tales coyunturas, acaso fuese conveniente examinar si una unión regional de diversas economías nacionales no haría posible un desarrollo mas eficaz que el anterior de las tuerzas privadas de Ia producción.

Cuarto . Pero, sobre todo, es menester que la victoria sobre el funesto principio de la utilidad, como base y regia del derecho; la victoria sobre estos gérmenes de conflicto, que consisten en las discrepancias demasiado estridentes y, a veces, determinadas por co­acción en el campo económico mundial, y la victoria sobre el espíritu del egoísmo frío traigan aquella sincera solidaridad, jurídica y económica, que es la colaboración fraternal entre los pueblos, de acuerdo con la Ley di­vina, garantizando su autonomía y su inde­pendencia. Solamente la fe en Cristo y la ob­servancia de sus Mandamientos podrán con­ducir a tan benéfica y saludable victoria.

Tales son los principios fundamentales que nos ha parecido oportuno exponer. No que­rríamos hablar de la fatal incoherencia de quienes, pretendiendo para sus mercancías el libre tráfico mundial, nieguen al individuo esta libertad natural. Igualmente querríamos abstenernos de calificar la conducta práctica de algunos autores del derecho de propiedad privada, que, con su manera de interpretar el uso y el respeto a la propiedad misma, consiguen, mejor que sus adversarios, poner en peligro esta institución tan natural e in­dispensable para la vida de la Humanidad, y especialmente de la familia.

Por ahora nos basta concluir estas pala­bras con un deseo: que en las escuelas pro­fesionales, igual que en las universidades, se inculquen debidamente estos principios de la vida económica social. Lo exige la necesidad urgente de superar cuanto antes el espíritu materialista de nuestro tiempo también en el campo de la economía.

En la misma medida en que contribuiréis a hacer brotar y fructificar en la inteligencia de la juventud, y con eso mismo de las fu­turas generaciones, este sentido espiritual y social, incluso en el campo económico, en esa misma cooperaréis poderosamente al progre­so de vuestra amada patria en la estima y en el amor al trabajo, en la confiada colabora­ción de todos sus hijos, reintegrando su eco­nomía a la vida económica internacional.

Este es, si no nos equivocamos, vuestro ideal. Pedimos a Dios que os ayude con su gracia a realizarlo...

Papa Pío XII

Pronunciado el 7 de marzo de 1948 dirigiéndose a los Miembros del Congreso de Política de Intercambios Comerciales Internacionales, promovido por la Conferencia General Italiana de Comercio (publicado en “L'Osservatore Romano, del 8 de marzo de 1948 (tomado de Anuario Petrus , la Voz del Papa año 1948, ed. Atlantida, Barcelona, añ 1949).

 

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