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Discurso del Papa Pío XII en la inauguración del séptimo año de la Academia Pontificia de Ciencias
(Texto traducido de L'Osservatore Romano del 23 de febrero de 1943)
En esta solemne reunión, honrada por la presencia de señores Cardenales, de ilustres diplomáticos, de altos personajes y de insignes cultivadores del saber, nuestra mirada ve una vez en vosotros, excelentísimos académicos, a los sabios e incansables investigadores de la naturaleza y del universo. Al cuál, sin duda, no cesáis de admirar, pues ya Platón ponía en boca de Sócrates y enseñó a su discípulo Aristóteles que del que ama la sabiduría es principalmente propio el sentimiento de la admiración, porque la filosofía, como quiera que se entienda, no tiene otro principio sino éste (XI). Vosotros admiráis el universo, desde los confines profundísimos del cielo estrellado a la microscópica estructura del átomo, y en la grandiosa magnificencia del mundo creado veis, el templo del orden y del poder divino. Conocéis, admiráis la inconmensurable grandeza de esta máquina del universo, lo menos admirable de la cual es la inmensidad de sus términos, la multitud de los cuerpos y de los elementos, la velocidad de los movimientos, la variedad y belleza de las partes, mientras que -como ya observamos en nuestro último discurso en esta Academia-, lo más admirable de considerar es la disposición del orden, que todo lo distingue y lo une, enlaza y concatena, y armoniza las mismas discordantes naturalezas irracionales con tanta fidelidad y vínculos mutuos que, salvo que alguna obre burlando el instinto de su propia inclinación, todas, en virtud de un principio, sin conocerlo, conspiran a un fin, sin pretenderlo (cfr. Bartoli, “Delle Grandezze di Cristo”, c. 2). Tal orden universal vosotros lo contempláis, lo medís, lo estudiáis, no es ni puede ser fruto de una necesidad ciega absoluta ni siquiera del acaso o de la fortuna: el acaso es un parto de la fantasía; la fortuna, un sueño de la humana ignorancia. En el orden vosotros buscáis una razón que lo gobierne ab intrínseco, un ordenamiento de la razón en un mundo que aun sin vida se mueve como si viviese y obra con designios como si intentase; en una palabra, vosotros buscáis la ley, que es precisamente un ordenamiento de la razón de quien gobierna al universo y la ha fijado en la naturaleza y en los movimientos de su instinto inconsciente.
IMPORTANCIA, DE LA CUESTION,
En esta búsqueda de las leyes que gobiernan al mundo vais al encuentro de Dios e investigáis los planes por El trazados cuando terminó la creación; y Nos admiramos vuestras conquistas en los inmensos campos de la naturaleza. Las investigaciones experimentales de los últimos decenios, que se enlazan con los estudios y trabajos de fin del siglo pasado, se enorgullecen de descubrimientos e invenciones de capital importancia, aunque sólo se piense en las transformaciones artificiales del núcleo atómico, en la fractura del átomo, en las maravillas del microcosmos reveladas por el microscópico electrónico. Los progresos científicos han conducido al conocimiento de nuevas leyes en los fenómenos de la naturaleza y aclarado con nueva luz la cuestión de la esencia y del valor de las leyes físicas. Acaso no hay problema que interese y que ocupe tantos a los más eminentes escrutadores del mundo natural – físicos, químicos, astrónomos, biólogos y fisiólogos – y aun a los modernos cultivadores de la filosofía natural, como el tema de las leyes que rigen el orden y la acción de la materia y de los fenómenos operantes en nuestro globo y en el universo. Se trata de hecho de cuestiones fundamentales, cuya solución es no menos decisiva para el objeto y el fin de toda ciencia natural que importante incluso para la comprensión metafísica, radicada en la realidad objetiva.
CAMBIOS EN EL CONCEPTO DE LEY YISICA. LEYES DINAMICAS Y LEYES ESTADISTICAS.
Una verdadera y rígida ley dinámica representa una estrecha norma reguladora del ser y de la acción de las cosas, de modo que excluya toda excepción de orden natural. Descubierta por inducción de la observación y el examen de muchos casos particulares semejantes, permite prever y con frecuencia hasta calcular anticipadamente de modo deductivo, otros casos particulares en el ámbito de su aplicación; como hacen la ley de la gravedad, las leyes de la reflexión y refracción de la luz, la ley de la constancia, de la relación de los pesos en las combinaciones químicas y tantas otras. Pero él concepto de ley física no ha perdurado el mismo; y es bueno seguir los cambios de su formación y valoración tales como se desarrollaron en el curso de los últimos cien años. Al comienzo del siglo pasado era ya conocida la ley de la conservación de la masa; siguió el conocimiento de importantes leyes de la óptica, de la electricidad y sobre todo de la química física, descubrimientos coronados al fin por el de las leyes generales de la energía. No es por eso de maravillar que al nacer el monismo materialístico de la ley de la mecánica fuese exaltada como diosa sobre el ara de la ciencia y a su dominio absoluto viniese a plegarse como súbdito y vasallo no sólo el mundo de la materia, sino también el reino de la vida y del espíritu. Así, el universo no era sino el imperio medido del movimiento; y según una tal concepción, como expuso plásticamente Du Bois-Reymond, en su discurso “Ubre die Grenzen des Naturerkennens” (Leipzig, 1907), debía existir una fórmula universal mecánica, conociendo la cual un genio universal o mente “laplaciana” sería capaz de comprender plenamente todo cuanto ocurre al presente; y nada sucedería incierto para él, presentándose claro a su mirada lo mismo el pasado sepulto que el futuro lejano. Concepto éste expresado también por el gran matemático francés Henri Poincaré, cuando escribía: "Tout phénomène, si minime qu'il soit, a une cause, et un esprit infiniment puissant, infiniment bien informé des lois de la nature, aurait pu le prévoir dès les commencement des siècles ("Science et Méthode", pàg. 65). El postulado de la “causalidad física cerrada” no admitía, por lo tanto, ninguna excepción ni ninguna intervención en el curso de las actividades físicas, por ejemplo con un milagro. Pero este postulado es semejante al antiguo dicho de que puesta la causa, con tal que sea suficiente, necesariamente se pone el efecto: sentencia que el gran doctor de Aquino, con el filósofo de Estagira, demostró falsa, porque no toda causa es tal aunque sea suficiente, que su efecto no sea posible de impedir al menos por la libre acción humana. En otros términos: todo efecto tiene necesariamente una causa, pero no siempre una causa necesariamente operante, existiendo también causas que obran libremente. (Cfr. "In libros Peri hermeneias" L. 1, cap. IX, lect. XIV, n. 11).
Pues bien, un hombre de la capacidad de Virchow pronunciaba en la XLVII Asamblea anual de los científicos y médicos alemanes, en el año 1874, estás graves palabras: "No es ciertamente una presunción de la ciencia natural si afirmamos que las leyes naturales son absolutamente eficaces en todas las circunstancias y no están sujetas a suspensión en tiempo alguno”. Pero Virchow no había visto todas las circunstancias de los sucesos del pasado ni los del porvenir; y la suya era verdaderamente una presunción como el desarrollo científico de los últimos decenios deja fácilmente reconocer. El craso materialismo de entonces se ha demostrado desde hace tiempo insostenible y ha venido a cambiarse en aquel tenebroso ángel de luz (cfr. Eph. 6, 12; 2 Cor. 11, 14) que se disfraza de espíritu y de panteísmo; y la afirmación de las leyes naturales que no sufren excepción alguna ha quedado tan malparada con el progreso de las ciencias exactas que hoy apenas existe quien no caiga en el exceso opuesto de hablar sólo de reglas medias, de normas estadísticas y de leyes de probabilidad. Tal pensamiento, en tanto es legítimo en cuanto muchísimas leyes del mundo sensible o macrocosmos, manifiestan un carácter estadístico – porque no expresan el modo de comportarse de cada ser singular, sino el proceder medio de un inmenso número de seres semejantes –, y así se prestan a ser tratadas por medio del cálculo de probabilidades.
Pero querer ver sólo leyes estadísticas en el mundo es un error de nuestros tiempos, como es olvidar la naturaleza del ingenio humano – el cual "solo da sensato apprende ció che fa poscia d'intelleto degno". (Par. IV, 41-42), el asegurar que la antigua concepción rígidamente dinámica de la ley natural puede despreciarse del todo y ha quedado vacía de sentido. Y el reciente positivismo ha avanzado tan con exceso al lado del convencionalismo que llega a poner en duda hasta el valor de la ley causal.
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¿QUE COSA ES LA CIENCIA?
Este pensamiento positivístico es rechazado con razón por la filosofía. ¿Qué cosa es, en realidad, la ciencia sino el conocimiento cierto de las cosas? ¿Y cómo es posible adquirir este conocimiento si en las cosas no se investigan los principios, y las causas que hacen posible la demostración de su ser y de su naturaleza y acción? Vosotros observáis, buscáis, estudiáis y experimentáis la naturaleza para comprender sus principios y causas, intrínsecas, para penetrar las leyes que rigen su constitución y su obrar, para ordenar el proceso de tales leyes, para deducir de ellas una ciencia con principios, causas y conclusiones que dimanan por lógica consecuencia. Buscáis, por lo tanto, la regularidad y el orden en los varios reinos de la creación, ¡y cuál y cuánta riqueza no ha descubierto el espíritu indagador del hombre!
EL SISTEMA DE LAS LEYES NATURALES
A) EN EL MUNDO INORGANICO
Pongamos, aunque no sea sino como ejemplos, entre los fenómenos puramente físicoquímicos del macrocosmos las numerosas leyes particulares de la mecánica de los cuerpos sólidos, líquidos y gaseosos; las leyes de la acústica y del calor, de la electricidad, del magnetismo y de la luz; las leyes del proceso de la reacción y del equilibrio químico en la química inorgánica y orgánica; leyes particulares que con frecuencia se pueden reducir a normas más altas y generales que comprenden y agrupan a un gran número de fenómenos naturales que a primera vista parecían privados de toda interna relación y la tienen, como consecuencia de una ley superior. He aquí cómo las leyes del movimiento de los planetas se reducen a la ley universal de la gravitación. Las célebres ecuaciones de Maxwell ¿no han tendido, acaso, un puente entre los fenómenos de la óptica y de la electricidad, y todos los fenómenos naturales en el mundo inorgánico no están sometidos a la ley de la constancia y de la entropia?
Si hasta hace no mucho tiempo se conocían dos leyes constantes: la de la conservación de la masa y la de la conservación de la energía, las más recientes investigaciones han probado con hechos y argumentos cada vez más convincentes que toda masa es equivalente a una determinada cantidad de energía y viceversa. De ese modo, las dos antiguas leyes de conservación son, en rigor, aplicaciones especiales de una ley superior más general que dice: En un sistema cerrado, no obstante todos los cambios, aun allí donde se encuentra una notable transformación de masa en energía o viceversa, la suma de ambas es constante. Esta superior ley de constancia es una de las llaves de que hoy se sirve el físico del átomo para penetrar en los misterios del núcleo atómico.
Un sistema científico del macrocosmos, tan bien trabado y organizado, contiene, sin duda alguna, muchas leyes estadísticas, las cuales, sin embargo, considerada la multitud de los elementos átomos, moléculas, electrones, fotones, etc., no son, en cuanto a la seguridad y exactitud, notablemente inferiores a las leyes estrictamente dinámicas. En todo caso, están fundadas y como ancladas en leyes rígidamente dinámicas del microcosmos, aunque el conocimiento de las leyes microcósmicas nos sea, en cada caso particular, casi totalmente desconocido aún, por poderosos que hayan sido los esfuerzos hechos por las nuevas atrevidas investigaciones para penetrar en la actividad misteriosa del interior del átomo. Poco a poco podrán caer estos velos: entonces, aparecerá el carácter aparentemente no causal de los fenómenos microcósmicos y aparecerá un nuevo reino maravilloso del orden, del orden hasta en las partículas mínimas.
Estos íntimos procesos de la investigación del átomo se nos presentan como una verdadera sorpresa, no sólo porque abren ante nuestra mirada el conocimiento de un mundo hasta ahora desconocido, cuya riqueza, multiplicidad y regularidad parecen, en cierto modo, competir con las sublimes grandezas del firmamento, sino también por los efectos imprevisiblemente grandiosos que la técnica misma puede esperar de ellos.
A este respecto no podemos abstenernos de hacer mención de un admirable fenómeno, del cual el Néstor de la física teórica, nuestro académico Max Planck, ha escrito en un reciente artículo, "Sinn und Grenzen der exakten Wissenschaft" (in "Europäische Revue”, febrero de 1942). Las singulares transformaciones del átomo han ocupado por largos años únicamente a los investigadores de, la ciencia pura. Sin duda era sorprendente la grandeza de la energía que acaso se desarrollaba allí; pero como los átomos son extremadamente pequeños, no se pensaba seriamente que pudiesen adquirir importancia incluso para la vida práctica. En cambio, hoy esta cuestión ha tomado un aspecto inesperado, a consecuencia de los resultados de la radiactividad artificial. Se ha establecido, en efecto, que en la disgregación que sufre un átomo de uranio al ser bombardeado por un neutrón, se liberan dos o tres neutrones, cada uno de los cuales se lanza solo y puede encontrar y fraccionar a otro átomo de uranio. De este modo se multiplican los efectos y puede ocurrir que el choque continuamente creciente de los neutrones sobre átomos de uranio haga aumentar en breve tiempo el número de los neutrones libertados y proporcionadamente la suma de energía que de ellos se desarrolla hasta una medida del todo enorme y apenas imaginable. De un cálculo especial ha resultado que de este modo, en un metro cúbico de polvo de óxido de uranio, en menos de una centésima de segundo se produce una energía suficiente para lanzar a veintisiete kilómetros un peso de un millar de toneladas: una suma de energía que podría sustituir por muchos años la acción de todas las grandes centrales eléctricas de todo el mundo. Planck termina observando que si bien se puede todavía pensar en aprovechar técnicamente un proceso tan formidable, sin embargo éste abre el camino a numerosas posibilidades, de modo que el pensamiento de la construcción de una máquina de uranio no puede ser estimado como una mera utopía. Pero, sobre todo, sería importante que no se dejase efectuar tal proceso a modo de explosión, sino que se frenase su curso con adaptados y cuidadosos medios químicos. De otro modo podría seguirse no sólo en el lugar mismo del trabajo, sino hasta para todo el planeta entero una peligrosa catástrofe.
B) EN LAS ESFERAS DE LA VIDA VEGETATIVA Y SENSITIVA
Si ahora pasamos de los campos inmensos de lo inorgánico a las esferas de la vida vegetativa y sensitiva, encontramos allí un nuevo mundo de leyes en la propiedad, en la multitud, en la variedad, en la belleza, en el orden, en la calidad, y en la utilidad de las naturalezas que llenan el orbe terráqueo. Junto a muchas leyes del mundo inorgánico, volvemos a encontrar también leyes específicamente superiores, leyes propias de la vida, que no pueden reducirse a las puramente fisicoquímicas, del mismo modo que es imposible considerar a los seres vivientes como meras sumas de componentes fisicoquímicos. Es un nuevo horizonte maravilloso que la naturaleza nos presenta; y bástenos sólo recordar como ejemplos las leyes del desarrollo de los organismos, las leyes de las sensaciones externas e internas y, sobre todo, la fundamental ley psicofísica. También la vida superior espiritual está regulada por las leyes de la naturaleza, en su mayor parte de tal modo calificadas que, el definirlas con precisión, se hace tanto más dificultoso cuanto más altas están en el orden del ser.
REALIDAD OBJETIVA DEL CONOCIMIENTO
Este admirable y ordenado sistema de leyes cualitativas y cuantitativas, particulares y generales del macrocosmos y del microcosmos hoy está a los ojos del científico, descubierto y revelado en buena parte en toda su. contextura. ¿Por que decimos descubierto? Porque no está proyectado, ni construido por nosotros en la naturaleza, gracias a una pretendida forma innata subjetiva del conocimiento o del entendimiento humano, o bien construido en beneficio y para uso de una determinada economía de pensamiento y de estudio, es decir, para hacer más fácil nuestro conocimiento de las cosas; ni es tampoco el fruto o la conclusión de pactos o convenciones de sabios, investigadores de la naturaleza. Las leyes naturales existen, por decirlo así, encarnadas y ocultamente operantes en lo íntimo de la naturaleza, y nosotros, con la observación y con el experimento, las buscamos y descubrimos.
No digáis que la materia no es una realidad, sino una abstracción formada de la física, que la naturaleza es en sí incognoscible, que nuestro mundo sensible es otro mundo en sí, donde el fenómeno, o apariencia del mundo exterior, nos hace soñar la realidad de las cosas que oculta. No: la naturaleza es realidad, es realidad cognoscible. Si las cosas parecen y son mudas, tienen, sin embargo, un lenguaje que nos habla, que sale de su seno como el agua de una fuente perenne. Su lenguaje es su causalidad, que llega a nuestros sentidos con la vista de los colores y del movimiento, con el sonido de los metales y de los animales, con la dulzura y la amargura de la miel y de la hiel, con el perfume de las flores, con la dureza, el peso y el calor de su materia, imprimiendo en nosotros una imagen o semejanza que es para nuestro entendimiento el medio que le conduce a la realidad de las cosas. Por eso vosotros no habláis ya de la imagen y semejanza de nuestro entendimiento, sino de las cosas mismas; y sabéis distinguir el fenómeno de nuestro mundo sensible de la sustancia de las cosas, la apariencia del oro, del oro mismo, como la apariencia del pan del pan mismo, de cuya sustancia hacéis alimento para asimilarlo y unificarlo con la sustancia de vuestro cuerpo. El movimiento de las cosas hacia nosotros causa en nosotros una semejanza; sin semejanza no puede existir conformidad de nuestro entendimiento con las cosas reales, y sin conformidad se hace imposible el conocimiento; pues nosotros no podemos decir verdadera ninguna cosa si no tiene alguna adecuación a nuestro entendimiento. Las cosas de donde nuestra mente toma la ciencia son la medida de nuestra mente y de las leyes que encontramos en ellas y de ellas obtenemos, pero son a su vez medidas por aquel eterno entendimiento divino, en el cual están todas las cosas creadas, como en la mente del artífice está toda obra de su arte (cfr. S. Thomas Aquin, de Veritate q. 1, art. 2). ¡Qué hace la mano y el ingenio del científico? Las descubre y las revela, las distingue y las clasifica, no como quien persigue pájaros volantes, sino como quien los posee y busca su naturaleza y sus propiedades intrínsecas. Cuando Lothar Meyer y Mendelejew, en 1869, ordenaron los elementos químicos en aquel sencillo esquema hoy indicado como el sistema natural de los elementos, estaban profundamente convencidos de haber encontrado una ordenación regular, fundada sobre sus propiedades y tendencias internas, una clasificación sugerida por la naturaleza, cuyo progresivo desenvolvimiento prometía los más penetrantes descubrimientos sobre la constitución y el ser de la materia, De hecho, de aquel punto comenzaron las investigaciones atómicas modernas. Al tiempo del descubrimiento, la llamada economía mental no venía en consideración, porque aquel primitivo esquema mostraba todavía muchas lagunas; ni podía tratarse de convención porque las cualidades de la materia misma imponían tal ordenación. Este es sólo un ejemplo entre muchos, de donde los más geniales científicos del pasado y del presente, han venido a la noble persuasión de ser los heraldos de una verdad idéntica y la misma para todos los pueblos y las estirpes que pisan el suelo del globo y miran hacia el cielo; una verdad que se apoya en su esencia sobre una adæquatio rei et intellectus", que no es otra cosa sino la conformidad adquirida, mas o menos perfecta, más o menos completa, de nuestro entendimiento con la realidad objetiva de las cosas naturales, en lo que consiste la verdad de nuestro saber.
REFUTACION DEL FENOMENISMO
Pero no os debéis asombrar como aquellos filósofos y científicos que estimaron que nuestras facultades cognoscitivas no conocen sino los propios cambios y sensaciones, de modo que se vieron obligados a decir que nuestro entendimiento llevaba a tener ciencia únicamente de las semejanzas recibidas de las cosas, y por eso sólo las imágenes de las cosas y no las cosas mismas serían el objeto de nuestra ciencia y de las leyes que formulamos respecto a la naturaleza. ¡Manifiesto error! ¿No son acaso las cosas mismas lo que vosotros buscáis y de las que habla, razona y discute vuestra ciencia? ¿Nos os hablamos a vosotros mismos o a las imágenes que se forman en nuestros ojos al veros aquí presentes? Porque si lo que vosotros buscáis y conocéis fuesen solamente las imágenes de vuestras sensaciones se seguirla de ahí que todas vuestras ciencias físicas, desde las estrellas hasta el átomo, desde el sol hasta la lámpara eléctrica, desde los minerales a los cedros del Líbano, desde los microbios al hombre y a los medicamentos para sus enfermedades, no tratarían de las cosas que están fuera de vuestra alma, sino únicamente de aquellas semejanzas inteligibles que también soñando contempláis dentro de vuestra Alma. La ciencia que exalta a un Copérnico y un Galileo, un Kepler y un Newton, un Volta y un Marconi y otros famosos y beneméritos investigadores del mundo físico que nos rodea exteriormente sería un bello sueño de mente despierta, un bello fantasma del saber físico; la apariencia sustituiría a la realidad y la verdad de las cosas, y tan verdadero sería el afirmar como el negar una misma cosa. No; la ciencia no es de los sueños ni de las semejanzas de las cosas, sino de las cosas mismas a través del medio de las imágenes que de ellas recogemos. Porque, como después de Aristóteles enseña el Doctor Angélico, la piedra no puede estar en nuestra alma, sino la imagen o figura de la piedra que ella produce semejante a sí en nuestros sentidos y después en nuestro entendimiento, para que tal semejanza pueda actuar y actúe en nuestra alma y en nuestro, estudio y nos haga volvernos a ella reduciéndonos a la realidad (Cfr. S. Th., p. 1, q. 76, a. ad 4). También las recientes investigaciones de la psicología experimental atestiguan, o mejor, confirman, que estas semejanzas no son mero producto de una actividad subjetiva autónoma, sino reacciones psíquicas a estímulos independientes del sujeto, que provienen de las cosas mismas, reacciones conformes a las diversas cualidades y propiedades de las cosas y que varían pon el variar del estímulo.
Así, pues, las imágenes que las cosas naturales, ya por el camino de la luz y del calor, ya por el camino del sabor y del olor, o de otro modo cualquiera imprimen en los órganos de nuestros sentidos y a través de los sentidos internos llegan a nuestro entendimiento. no son sino el instrumeto que nos facilitó la naturaleza, nuestra primera maestra del saber, para hacerse conocer de nosotros; pero no es menos verdadero que nosotros podernos examinar, estudiar, indagar, tal instrumento y reflexionar sobre estas imágenes y sobre cuanto ellas nos presenten de la naturaleza y sobre la vía por la cual se hacen nuestras fuentes de conocimiento del mundo que nos rodea. Del acto con que nuestro entendimiento entiende la piedra, nosotros pasamos al acto de entender cómo nuestro entendimiento entiende la piedra, acto que sucede al primero, porque el hombre, naciendo sin ideas innatas y sin los sueños de una vida anterior, entra virgen de imágenes y de ciencia en el mundo y nace, como ya hemos recordado, para “apprendere solo lo sensato ció che fa pescia d'intellecto degno”.
CONCLUSION
Admirad, ¡oh investigadores de la naturaleza y de las leyes que la gobiernan!, en el centro del universo material, la grandeza del hombre, a cuyo primer encuentro con la luz, saludada por él con llanto infantil, Dios tiene abierto el teatro de la tierra, y del firmamento con todas las maravillas que lo encantan y atraen sus ojos inocentes. Este teatro, ¿qué es sino el fundamental y primer objeto de todo conocimiento humano, que se inicia en él con mil y mil imágenes que la maestra naturaleza lanza y vuelve a lanzar a la avidez de nuestros sentidos? Vosotros os admiráis de vosotros mismos, escrutáis vuestros actos interiores, os replegáis en vosotros para buscar sus fuentes y las encontráis en aquellos sentidos internos, en aquellas potencias y facultades que hacéis objeto de una nueva ciencia de vosotros mismos, de vuestra íntima naturaleza racional, de vuestro sentido, de vuestro entendimiento y de vuestra voluntad. He aquí la ciencia del hombre y de sus leyes corporales y psíquicas: he aquí la anatomía, la fisiología, la medicina, la psicología, la ética, la poética y aquella suma de ciencias que, en medio de sus errores, es un himno a Dios, que al plasmar al hombre, le inspiró un espíritu de vida superior a la de los demás vivientes, haciéndole a imagen y semejanza suya. El macrocosmos extrínseco material dice así una gran palabra de sí al microcosmos intrínseco espiritual: el uno y el otro, en su fuerza operante, están soberanamente regulados por el Autor de las leyes de la materia y del espíritu, de las cuales, como del supremo gobierno de Dios en el mundo, para no entretener demasiado largamente vuestra atención, nos reservamos discurrir, si. Así place al Señor, en otra ocasión; pero los procesos del espíritu, que escucha la voz y las maravillas del universo, unas veces son terribles, otras le dan vértigo, otras le exaltan y le hacen dar pasos, aun en el camino de la ciencia, más gigantescos que los movimientos regulares de los planetas y de las constelaciones del cielo, hasta sublimarle del mundo físico material de su estudio al mundo espiritual más allá de lo creado para alabar “al Amor que mueve el sol y las demás estrellas”.
Este amor que ha creado. mueve y gobierna el universo, gobierna y rige también la historia y el progreso de la humanidad entera, y todo lo dirige a un fin oculto a nuestro pensamiento en las tinieblas de los años; pero fijado por El ab eterno para aquella gloria que de El narran los cielos y El espera del amor del hombre, al cual ha concedido llenar la tierra y sujetarla con su trabajo. ¡Que pueda este amor conmover y mudar el deseo y la buena voluntad de los poderosos y de todos los hombres para hermanarse, para obrar en la paz y en la justicia, para inflamarse en el fuego de la inmensa y benéfica caridad de Dios y cesar de inundar de sangre y sembrar de ruinas y de llantos esta tierra, donde todos, bajo cualquier cielo, estamos puestos para militar como hijos de Dios por una vida enteramente feliz!
Pío XII Papa.
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