Discurso del Papa Pío XII
A la Academia Pontificia de Ciencias (1)
(22-XI-1951).
LAS PRUEBAS DE LA EXISTENCIA DE DIOS A LA LUZ DE LA CIENCIA NATURAL MODERNA
Esta reunión de la Academia Pontificia de Ciencias nos ofrece una hora de serena alegría, que agradecemos al Omnipotente, y nos da al mismo tiempo la agradable oportunidad de conversar con un selecto grupo de eminentes purpurados, de ilustres diplomáticos y de eximios personajes, especialmente con vosotros, académicos pontificios, tan dignos de la solemnidad de esta Asamblea, ya que, al indagar y descubrir los secretos de la naturaleza, y al enseñar a los hombres a dirigir sus fuerzas en su provecho, predicáis al mismo tiempo, con el lenguaje de las cifras, de las fórmulas, de los descubrimientos, las inefables armonías del Dios sapientísimo.
En realidad, la verdadera ciencia, en contra de las arriesgadas afirmaciones del pasado, a medida que avanza va descubriendo más claramente a Dios, como si El estuviese alerta, esperando detrás de cada puerta que la ciencia abre. Más aún, queremos indicar que de este progresivo descubrimiento de Dios realizado por el avance del saber, no solamente se aprovecha el científico, cuando piensa como filósofo - ¿y cómo podría dejar de hacerlo?-, sino que se benefician también todos los que participan de los nuevos hallazgos, o los toman como objeto de su consideración; de manera especial sacan provecho los genuinos filósofos que, tomando como base de sus especulaciones racionales las conquistas científicas, sacan de ellas mayor seguridad en sus conclusiones, más clara ilustración en las posibles oscuridades, ayudas más convincentes para dar a las dificultades y objeciones una respuesta cada vez más satisfactoria.
Naturaleza y fundamentos de las pruebas de la existencia de Dios
Guiado o impulsado de esta forma, el entendimiento humano se enfrenta con aquella demostración de la existencia de Dios que la sabiduría cristiana halla en los argumentos filosóficos cribados a través de los siglos por los gigantes del saber, y que vosotros conocéis bien en la modalidad de las “cinco vías" que el Angélico Doctor Santo Tomás ofrece como itinerario seguro y expedito de la mente hacia Dios. Argumentos filosóficos hemos dicho; mas no por eso apriorísticos, como los tacha un mezquino e incoherente positivismo. Porque operan sobre realidades concretas y afirmadas por los sentidos y por la ciencia, si bien adquieren fuerza probatoria por el vigor de la razón natural.
De tal forma, filosofía y ciencia se desarrollan con actividades y métodos análogos y conciliables, valiéndose de elementos empíricos y racionales en diversa medida y conspirando, en unidad armónica, al descubrimiento de la verdad.
Pero si la primitiva experiencia de los antiguos pudo ofrecer a la razón suficientes argumentos para la demostración de la existencia de Dios, ahora, al amplificarse y profundizarse el campo de esta misma experiencia, brilla más deslumbrante y más nítida la huella del Eterno en el mundo visible. Nos parece, por tanto, provechoso reexaminar, sobre la base de los nuevos descubrimientos científicos, las clásicas pruebas del Angélico, especialmente aquellas que se toman del movimiento y del orden del universo (2); investigar si el conocimiento más profundo de la estructura del macrocosmos y del microcosmos contribuye, y en qué medida, a reforzar los argumentos filosóficos; considerar después, por otra parte, si es verdad y hasta qué punto lo es, que aquéllos hayan sido rebatidos, como se afirma no pocas veces, al haber formulado la física moderna nuevos principios fundamentales y abolido o modificado conceptos antiguos, cuyo sentido era, quizá, antiguamente juzgado como fijo y definitivo; como, por ejemplo, el tiempo, el espacio, el movimiento, la causalidad, la sustancia, conceptos sumamente importantes para la cuestión que ahora nos ocupa. Más que de una revisión de las pruebas filosóficas, se trata, por tanto, aquí de escrutar los fundamentos físicos -y por razón del tiempo nos limitaremos necesariamente a algunos- de los que aquellos argumentos derivan. Y no hay que temer sorpresas: la ciencia misma no pretende salirse de aquel mundo que hoy, como ayer, se presenta con aquellos cinco “modos de ser” de donde arranca y toma vigor la demostración filosófica de la existencia de Dios.
Dos notas esenciales características del cosmos
De estos “modos de ser” del mundo que nos rodea, puestos de relieve con mayor o menor comprensión, pero con igual evidencia, por el filósofo y por el sentido común, hay dos, maravillosamente sondeados, estudiados y profundizados por las ciencias modernas, mucho más de cuanto se podía esperar: 1º, la mutabilidad de las cosas, comprendidos su nacimiento y su fin; 2º, el orden de finalidad, que brilla en todos los rincones del cosmos. La contribución prestada de esta forma por las ciencias a las dos demostraciones filosóficas que sobre ellas se apoyan, y que constituyen la primera y quinta vía, es verdaderamente notable. A la primera, la física especialmente, le ha proporcionado una mina inagotable de experiencias, revelando el hecho de la mutabilidad en los más profundos rincones de la Naturaleza, donde antes de ahora ninguna mente humana era capaz de sospechar siquiera su existencia y su amplitud, y suministrando una multitud de hechos empíricos, que constituyen una valiosísima ayuda al razonamiento filosófico. Ayuda decimos; porque la dirección de estas transformaciones descubiertas por la física moderna nos parece superar el valor de una simple confirmación y llega casi a conseguir la estructura y el grado de argumento físico, en gran parte nuevo, y, para muchas mentes, más aceptable, persuasivo y satisfactorio.
Con una abundancia semejante, las ciencias, especialmente las astronómicas y biológicas, han procurado en los últimos tiempos al argumento del orden tal conjunto de conocimientos y una visión, por así llamarla, tan embriagadora de la unidad conceptual que anima al cosmos y de la finalidad que dirige su camino, que para el hombre moderno parece como anticiparse al gozo que el poeta imaginaba reinar en el cielo empíreo, cuando vio cómo en Dios "se une, entrelazado con amor en un volumen, lo que en el universo se encuentra desunido” (3).
Y es que la Providencia ha dispuesto que la noción de Dios, tan esencial a la vida de cada hombre, y que fácilmente se puede deducir de una simple mirada sobre el mundo, de manera que no comprender su voz es necedad (4), reciba así su confirmación de todo adelanto y progreso en los conocimientos científicos.
Deseando, por tanto, dar aquí un rápido resumen del precioso servicio que las ciencias modernas prestan a la demostración de la existencia de Dios, nos limitaremos, ante todo, al hecho de las mutaciones, poniendo de relieve, principalmente, su amplitud, su extensión y, por así decirlo, su totalidad, que la física moderna encuentra en el cosmos inanimado; a continuación nos detendremos en el significado de su dirección, tal como ha sido igualmente descubierto. Será como aplicar el oído a un concierto del inmenso universo, pequeño pero que tiene ciertamente bastante voz para cantar "la gloria de Aquel que todo lo mueve" (5).
A) LA MUTABILIDAD DEL COSMOS. HECHO DE LA MUTABILIDAD
a) En el macrocosmos
Con razón asombra ya a primera vista el ver cómo el conocimiento del hecho de la mutabilidad ha ido ganando cada vez mayor terreno, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, a medida que las ciencias avanzaban, confirmando con nuevas pruebas la teoría de Heráclito: "todo fluye”: "pánta rei". Como es bien sabido, ya la experiencia cotidiana muestra una enorme cantidad de transformaciones en el mundo próximo o lejano que nos rodea; sobre todo, los movimientos locales de los cuerpos. Pero además de estos verdaderos y propiamente dichos movimientos locales, son igualmente visibles con facilidad los multiformes cambios químico-físicos (por ejemplo, la mutación del estado físico del agua en sus tres fases de vapor, líquido y sólido); los profundos efectos químicos obtenidos mediante el uso del fuego, cuyo conocimiento se remonta a la edad prehistórica; la disgregación de las piedras y la corrupción de los cuerpos vegetales y animales. A esta experiencia de la vida corriente viene a sumarse la ciencia natural, que ha enseñado a interpretar estos y otros semejantes hechos, como procesos de destrucción o de construcción de las sustancias corpóreas en sus elementos químicos, o sea, en sus partes más pequeñas, los átomos químicos. Más aún, avanzando un paso más, la ciencia ha puesto de manifiesto cómo esta mutabilidad químicofísica no queda restringida únicamente a los cuerpos terrestres, según creían los antiguos, sino que se extiende a todos los cuerpos de nuestro sistema solar y del gran universo, que el telescopio, y aún mejor, el espectroscopio, han demostrado que están formados por las mismas especies de átomos.
b) En el microcosmos
Contra la indiscutible mutabilidad de la Naturaleza, aun la inanimada, surgía todavía, sin embargo, el enigma del inexplorado microcosmos. Parecía, en realidad, que la materia inorgánica, a diferencia del mundo animado, era, en cierto sentido, inmutable. Sus más pequeñas partes, los átomos químicos, podían, ciertamente, unirse entre sí de las más diversas maneras, pero parecía como si gozaran del privilegio de una eterna estabilidad e indestructibilidad, saliendo sin mudanza de toda síntesis y análisis químico. Hace cien años se juzgaban aún como partículas elementales simples, indivisibles e indestructibles. Lo mismo se pensaba de las energías y las fuerzas materiales del cosmos, sobre todo tomando por base las leyes fundamentales de la conservación de la masa y la energía. Algunos naturalistas llegaban a creerse autorizados a formular, en nombre de su ciencia, una fantástica filosofía monística, cuyo mezquino recuerdo está ligado, entre otros, al nombre de Ernst Haeckel. Pero precisamente en su tiempo, hacia fines del siglo pasado, también esta concepción simplista del átomo químico fue superada por la ciencia moderna. El gradual conocimiento del sistema periódico de los elementos químicos, el descubrimiento de las irradiaciones corpusculares de los elementos radiactivos, y muchos otros hechos por el estilo, han mostrado cómo el microcosmos del átomo químico, con dimensiones del orden de la diezmillonésima de milímetro, es el escenario de continuas mutaciones, no menos que el macrocosmos que todos tan bien conocemos.
En la esfera electrónica:
Y ante todo, el carácter de la mutabilidad fue descubierto en la esfera electrónica. Del conglomerado electrónico del átomo dimanan irradiaciones de luz y de calor que son absorbidas por los cuerpos externos, según el nivel de energía de las órbitas electrónicas. En las partes exteriores de esta esfera se desarrolla también la ionización del átomo y la transformación de la energía en la síntesis y en el análisis de las combinaciones químicas. Se podía, sin embargo, por el momento, suponer que estas transformaciones químico-físicas dejaban un refugio a la estabilidad, no alcanzando al núcleo mismo del átomo, sede de la masa y de la carga eléctrica positiva, por las cuales viene determinado el puesto del átomo químico en el sistema natural de los elementos, y donde creyó encontrarse casi el tipo de lo absolutamente estable e invariable.
y en el núcleo.
Pero ya en los albores del nuevo siglo, la observación de los procesos radiactivos, que había de reducir, en último análisis, a una espontánea fragmentación del núcleo, llevaba a excluir este esquema. Descubierta, a partir de ahí, la inestabilidad hasta en los más profundos rincones de la naturaleza conocida, quedaba todavía un hecho que dejaba perplejo, manteniendo la apariencia de que el átomo fuese inexpugnable, al menos por las fuerzas humanas, pues al principio todas las tentativas de acelerar o retardar la desintegración radiactiva natural, o siquiera de fraccionar núcleos no activos, habían resultado fallidas. El primer fraccionamiento, bastante modesto por cierto, del núcleo (de hidrógeno), se remonta solamente a tres decenios, y únicamente desde hace pocos años ha sido posible, después de gigantescos esfuerzos, efectuar en cantidad considerable procesos de formación y de descomposición de los núcleos. Si bien este resultado, que podemos apuntarnos como gloria de nuestro siglo en cuanto favorece a la paz, no representa en el campo de la ¡Física nuclear práctica sino un primer paso, sin embargo, una importante conclusión se deduce de él para nuestro tema: los núcleos atómicos son ciertamente, por muy variadas razones, más firmes y estables que las ordinarias composiciones químicas; pero, no obstante, también están en principio sujetos a leyes semejantes de transformación, y, por tanto, son mudables.
Al mismo tiempo se ha podido comprobar que tales procesos tienen la mayor importancia en la economía de la energía de las estrellas fijas. En el centro de nuestro Sol, por ejemplo, se desarrolla, según Bethe, en una temperatura de alrededor de los veinte millones de grados, una reacción cerrada en cadena, en la cual cuatro núcleos de hidrógeno se unen en un núcleo de helio. La energía que con esto queda libre viene a compensar la pérdida debida a la irradiación del Sol. También los modernos laboratorios físicos consiguen efectuar, mediante el bombardeo con partículas dotadas de altísima energía o con neutrones, transformaciones de núcleos, como puede observarse en el ejemplo del átomo de uranio. A este propósito viene también a punto mencionar los efectos de la radiación cósmica, que puede fraccionar los átomos más pesados, liberando de esta manera, no raras veces, enjambres enteros de partículas subatómicas.
Hemos querido citar solamente algunos ejemplos; pero aptos para poner fuera de toda duda la expresa mutabilidad del mundo inorgánico, grande y pequeño: las miles y miles de transformaciones de las formas de energía, especialmente en las descomposiciones y combinaciones químicas del macrocosmos, y no menos la mutabilidad de los átomos químicos, hasta la partícula subatómica de sus respectivos núcleos.
EL ETERNAMENTE INMUTABLE
El científico de hoy, dirigiendo su mirada al interior de la naturaleza, sabe, por tanto, más profundamente que sus predecesores de hace cien años, que la materia inorgánica, en su más íntimo meollo, por así decirlo, está sellada con la impronta de la mutabilidad; y que por eso su ser y su subsistir exigen una realidad enteramente diversa e inmutable por naturaleza.
Así como en un cuadro en claroscuro las figuras resaltan sobre el fondo ensombrecido, obtenido sólo en tal forma el pleno efecto de plástica y de vida, así también la imagen del eternamente inmutable emerge clara y resplandeciente del torrente que arrastra consigo, en una intrínseca mutabilidad que jamás cesa, a las cosas materiales del macrocosmos y del microcosmos. El científico que contempla este inmenso torrente se satisface en aquel grito de verdad con que Dios se definió a Si mismo: "Yo soy el que soy" (6), y a quien el Apóstol alaba como a "Pater luminum, apud quem non est transmutatio neque vicisitudinis obumbratio" (7).
B) LA DIRECCIÓN DE LAS TRANSFORMACIONES
a) En el macrocosmos: la ley de la entropía
Pero la ciencia moderna no ha extendido y profundizado solamente nuestros conocimientos sobre la realidad y la amplitud de la mutabilidad del cosmos; ella nos ofrece también preciosas indicaciones acerca de la dirección, según la cual se realizan los procesos en la naturaleza. Mientras que hace aún cien años, especialmente después del descubrimiento de la ley de la constancia, se pensaba que los procesos naturales fuesen reversibles, y, por tanto, según los principios de la estricta causalidad -o mejor, determinación- de la naturaleza, se creía posible una continua renovación y rejuvenecimiento del cosmos; con la ley de la entropía, descubierta por Rodolfo Clausius, se vino a saber que los procesos naturales espontáneos están siempre unidos con una disminución de la energía libre y utilizable: lo que en un sistema material cerrado debe conducir, finalmente, a la terminación de los procesos en la escala macroscópica. Este destino fatal que solamente algunas hipótesis, en ciertos casos demasiado gratuitas, como la de la creación continua supletoria, se esfuerzan por ahorrar al universo, cuando por el contrario brota de la experiencia científica positiva, exige elocuentemente la existencia de un Ser necesario.
b) En el microcosmos
En el microcosmos esta ley, estadística en el fondo, no tiene aplicación, y, además, al tiempo de su formulación, no se conocía casi nada de la estructura y del comportamiento del átomo. Sin embargo, la investigación más reciente sobre el átomo, y a la vez el inesperado desarrollo de la astrofísica, han hecho posibles en este campo sorprendentes investigaciones. El resultado no puede enunciarse aquí más que brevemente, y es que incluso el desarrollo atómico e intraatómico tiene claramente señalado un sentido de dirección.
Para ilustrar este hecho bastará recurrir al ya mencionado ejemplo de la acción de las energías solares. La capa electrónica de los átomos químicos en la fotosfera del Sol lanza cada segundo una gigantesca cantidad de energía radiante en el espacio circundante, del cual ya no vuelve. La pérdida está compensada desde el interior del Sol por medio de la formación del helio del hidrógeno. La energía que con esto se libera proviene de la masa de los núcleos de hidrógeno, la cual en este proceso en una pequeña parte (7 por 100) se convierte en energía equivalente. El proceso de compensación, por tanto, se desarrolla a costa de la energía que, originariamente, existe en los núcleos de hidrógeno como masa. Así, dicha energía, en el curso de miles de millones de años, se transforma, lenta, pero irremediablemente, en radiaciones. Una cosa semejante acontece en todos los procesos radiactivos, tanto naturales como artificiales. También aquí, por consiguiente, en el reducido y estricto microcosmos, encontramos una ley que indica la dirección de la evolución y que es análoga a la ley de la entropía en el macrocosmos. La dirección de la evolución espontánea se determina mediante la disminución de la energía utilizable en la periferia y en el núcleo del átomo, y hasta ahora no se han conocido procesos que pudieran compensar o anular tal empobrecimiento por medio de la formación espontánea de núcleos de alto valor energético.
C) EL UNIVERSO Y SU DESARROLLO
En el futuro
Si el científico dirige, por tanto, su mirada del estado presente del universo al futuro, por muy lejano que sea, se ve obligado a tropezar, tanto en el macrocosmos como en el microcosmos, con el envejecimiento del mundo. En el curso de miles de millones de años, incluso las cantidades aparentemente inagotables de núcleos atómicos, pierden energía utilizable, y la materia se aproxima, hablando en sentido figurado, a un volcán apagado y hecho escoria. Y viene a la mente el pensar que si el presente cosmos, hoy tan rebosante de ritmo y de vida, no es capaz de dar razón de sí mismo, como se ha visto, mucho menos podrá hacerlo el cosmos sobre el que habrá pasado, a su modo, el aleteo de la muerte.
y en el pasado.
Vuélvase ahora la mirada al pasado. A medida que se retrocede, la materia se presenta más y más rica de energía libre y como teatro de grandes convulsiones cósmicas. Así, todo parece indicar que el Universo material ha tenido, desde tiempo finito, un pujante principio, provisto, como estaba, de una abundancia incalculablemente grande de reservas energéticas, en virtud de las cuales, primero rápidamente, luego con progresiva lentitud, ha evolucionado hasta el estado presente.
Saltan así a la mente dos preguntas espontáneas:
¿Puede la ciencia decir cuándo ha acaecido este potente principio del cosmos? ¿Y cuál era el estado inicial, primitivo del Universo?
Los más excelentes técnicos de la física atómica, en colaboración con los astrónomos y los astrofísicos, se han esforzado por esclarecer estos dos arduos, pero sobremanera interesantes, problemas.
D) EL PRINCIPIO EN EL TIEMPO
Ante todo, por citar algunas cifras que no pretenden otra cosa sino expresar un orden de magnitud al delinear el alba de nuestro Universo, o sea su principio en el tiempo, la ciencia dispone de varios caminos, bastante independientes entre sí y, sin embargo, convergentes, que brevemente indicaremos:
1. El alejamiento de las nebulosas espirales o galaxias . El examen de numerosas nebulosas espirales, llevado a cabo especialmente por Edwin E. Hubble, en el Mount Wilson Observatory, llegó al significativo resultado - aunque haya que tomarlo con las debidas reservas - de que estos lejanos sistemas de galaxias tienden a separarse la una de la otra con tal velocidad, que la distancia entre dos de esas nebulosas espirales se duplica en el transcurso de unos 1300 millones de años. Si se mira retrospectivamente el tiempo de este proceso del "Expanding Universe", resulta que, hace de mil a diez mil millones de años, la materia de todas las nebulosas espirales se encontraba contenida en un espacio relativamente estrecho, cuando los procesos cósmicos tuvieron comienzo.
2. La edad de la corteza sólida de la Tierra . Para calcular la edad de las sustancias originarias radiactivas, existen datos muy aproximados tomados de la transmutación del isótopo del uranio 238 en un isótopo de plomo (RaG), del uranio 235 en actinio D (AcD) y del isótopo del torio 232 en torio D (ThD). La masa de helio que con esto se forma puede servir de control. Por este camino resultaría que la edad media de los minerales más antiguos es, a lo más, de cinco [mil] millones de años.
3. La edad de los meteoritos . El método precedente, aplicado a los meteoritos para calcular su edad, ha dado, poco más o menos, la misma cifra de cinco mil millones de años. Resultado éste que adquiere especial importancia, porque los meteoritos vienen de fuera de nuestra Tierra y, si se exceptúan los minerales terrestres, son los únicos ejemplares de cuerpos celestes que se pueden estudiar en los laboratorios científicos.
4. La estabilidad de los sistemas de estrellas dobles y de los cúmulos de estrellas . Las oscilaciones de la gravitación dentro de estos sistemas, como el rozamiento de las marcas, encierran de nuevo su estabilidad entre los límites de cinco mil a diez mil millones de años.
Si estas cifras pueden causar estupor, sin embargo, no dan ni siquiera al más sencillo de los creyentes un concepto nuevo y diverso del que ha aprendido en las primeras palabras del Génesis: "In principio", esto es, el comienzo de las cosas en el tiempo. A estas palabras tales cifras les dan una expresión concreta y casi matemática, mientras que de ellas brota un consuelo más para los que comparten con el Apóstol la estima de la Escritura divinamente inspirada, que es siempre útil "ad docendum, ad arguendum, ad corripiendum, ad erudiendum" (8).
E) EL ESTADO Y LA CALIDAD DE LA MATERIA ORIGINAL
Con igual empeño y libertad de investigación y de afirmación, los sabios han aplicado su audaz ingenio no sólo a la cuestión sobre la edad del cosmos, sino también a la ya indicada, ciertamente más ardua, del estado y calidad de la materia primitiva.
Según las teorías que se tomen como base, los cálculos correspondientes difieren no poco entre sí. Sin embargo, los científicos están de acuerdo en opinar que, lo mismo que la masa, también la densidad, la presión y la temperatura deben haber llegado a grados verdaderamente enormes, como se puede ver en el reciente trabajo de A. Unsöld, director del Observatorio de Kiel (9). Sólo con estas condiciones se puede comprender la formación de los núcleos pesados y su frecuencia relativa en el sistema periódico de los elementos.
Por otra parte, la inteligencia, ávida de verdad, insiste, con razón, en la pregunta de cómo la materia ha podido llegar a un estado semejante, tan inverosímil a nuestra experiencia ordinaria de hoy, y qué es lo que la ha precedido. En vano se esperaría una respuesta de las ciencias naturales, que declaran lealmente encontrarse delante de un enigma insoluble. Es verdad que se exigiría demasiado de las ciencias naturales corno tales; pero es igualmente cierto que el espíritu humano, versado en la meditación filosófica, penetra más profundamente en el problema.
Es innegable que una mente iluminada y enriquecida con los modernos conocimientos científicos, considerando serenamente este problema, no puede menos de romper el cerco de una materia totalmente independiente y autóctona, bien por increada, o por creada por sí misma, y elevarse a un Espíritu creador. Con la misma mirada limpia y crítica con que examina y juzga los hechos, profundiza y reconoce en ellos la obra de la omnipotencia creadora, cuya virtud, agitada por el potente "fiat" pronunciado hace miles de milenios de años por el Espíritu creador, se extendió por el Universo llamando a la existencia, con un gesto de generoso amor, a la materia exuberante de energía. En realidad, parece como si la ciencia moderna, saltando de un golpe millones de siglos, hubiera logrado hacerse testigo de aquel primordial "Fiat lux", cuando de la nada brotó, con la materia, un mar de luz y de radiaciones, mientras las partículas de los elementos químicos se separaron y se reunieron en millones de galaxias.
Es verdad que de la creación en el tiempo no son argumentos decisivos los hechos ahora comprobados, como son decisivos, por el contrario, los tomados de la metafísica y de la revelación en cuanto a la simple creación, y de la sola revelación si se trata de la creación en el tiempo. Los hechos concernientes a las ciencias naturales a que nos hemos referido esperan todavía mayores investigaciones y confirmaciones, y las teorías sobre ellos fundadas necesitan nuevos desarrollos y pruebas para ofrecer una base segura a una argumentación que de suyo está fuera del campo propio de las ciencias naturales.
A pesar de esto, es digno de consideración el que modernos cultivadores de estas ciencias estimen la idea de la creación del Universo como completamente conciliable con su concepción científica; más aún, que hayan sido conducidos hacia ella por sus propias investigaciones, siendo así que hace pocos decenios tal "hipótesis" venía rechazada como absolutamente inconciliable con el estado presente de la ciencia. Todavía en 1911 el célebre íisico Svante Arrhenius declaraba que la "opinión de que pudiera nacer algo de la nada está en contraste con el estado presente de la ciencia, según la cual la materia es inmutable" (10). Así, también es de Plate la afirmación: "La materia existe. De la nada, nada nace; por consiguiente, la materia es eterna. Nosotros no podemos admitir la creación de la materia” (11).
¡Cuán diverso y cuánto más fiel reflejo de inmensas visiones es, por el contrario, el lenguaje de un moderno científico de primer orden, sir Edmund Whittaker, académico pontificio, cuando habla de las investigaciones anteriormente indicadas sobre la edad del mundo!: "Estos diferentes cálculos llevan a la conclusión de que hubo una época, hace 10 9 ó 10 10 años, antes de la cual el cosmos, si existía, existía de una forma totalmente diversa de cuanto podemos imaginar: de manera que esta época representa el último límite de la ciencia. Podemos quizá referirnos a ella, sin impropiedad, como a la creación. Ella proporciona un fondo concorde con la visión del mundo sugerida por la evidencia geológica, de que todo organismo existente sobre la tierra ha tenido un principio en el tiempo. Si este resultado se viese confirmado por futuras investigaciones, podría llegar a ser considerado como el más importante descubrimiento de nuestra época, ya que representa un cambio fundamental en la concepción científica del universo, semejante al efectuado hace cuatro siglos por Copérnico" (12).
Conclusión
¿Cuál es, por tanto, la importancia de la ciencia moderna con respecto al argumento de la existencia de Dios tomado de la mutabilidad del cosmos? Por medio de investigaciones exactas y detalladas en el macrocosmos y en el microcosmos, la ciencia ha ensanchado y profundizado considerablemente el fundamento empírico sobre el que se basa aquel argumento, y del cual se concluye la existencia de un Ens a se , inmutable por naturaleza. Además, ella ha seguido el curso y la dirección de los desarrollos cósmicos, y así como ha previsto su término fatal, así también ha señalado su principio en un tiempo de hace unos cinco mil millones de años, confirmando con la exactitud propia de las pruebas físicas la contingencia del universo y la fundada deducción de que el cosmos haya salido de las manos del Creador alrededor de aquella época.
Por tanto, la creación en el tiempo, y por eso mismo un Creador: o sea Dios. Esta es la voz, si bien ni explícita ni completa, que nosotros pedíamos a la ciencia, y que la presente generación humana espera de ella. Es una voz que brota de la madura y serena consideración de un solo aspecto del universo, o sea, el de su mutabilidad; pero es ya suficiente para que la humanidad entera, ápice y expresión racional del macrocosmos y del microcosmos, adquiriendo conciencia de su alto Hacedor, se considere como cosa suya en el espacio y en el tiempo, y cayendo de rodillas ante su soberana Majestad empiece a invocar su nombre: “Rerum, Deus, tenax vigor, -immotus in te permanens, -lucis diurnae tempora- successibus determinans” (13).
El conocimiento de Dios como único Creador, común a muchos modernos científicos, es también el extremo límite que puede alcanzar la razón natural; pero no constituye, como bien lo sabéis, la última frontera de la verdad. De ese mismo Creador encontrado por la ciencia en su camino, la filosofía, y mucho más la revelación, en colaboración armónica (ya que las tres son instrumentos de la verdad, como rayos de un mismo sol) contemplan la sustancia, revelan los contornos, diseñan la semblanza. Sobre todo la revelación da de El la presencia casi inmediata, vivificante, amorosa, como es aquella que el simple creyente o el científico descubre en lo íntimo de su espíritu, cuando repiten sin titubear las concisas palabras del viejo Símbolo de los Apóstoles: ¡Credo in Deum, Patrem omnipotentem, Creatorem cæli et terræ!
Hoy, después de tantos siglos de civilización, en la medida en que son siglos de religión, no es que sea necesario descubrir a Dios por vez primera, sino que lo que urge es sentirlo como Padre, reverenciarlo como Legislador, temerlo como a Juez; urge, para la salvación del mundo, que todos adoren a su Hijo, amoroso Redentor de los hombres, y se dejen llevar por los suaves impulsos del Espíritu, fecundo Santificador de las almas.
Esta persuasión, que toma sus más lejanas razones de la ciencia, está coronada por la fe, la cual, si está bien enraizada en la conciencia de los pueblos, podrá realmente ocasionar un progreso fundamental al avance de la civilización.
Es una visión total, del presente y del futuro, de la materia y del espíritu, del tiempo y de la eternidad que iluminando las inteligencias ahorrará a los hombres de hoy una larga noche de tempestades.
Es aquella fe que nos hace en este momento elevar a Aquel que hace poco invocamos como Vigor, Immotus y Pater, la ferviente súplica por todos sus hijos confiados a nuestra custodia: Largire lumen, vespere, quo vita nusquan decidat (14): luz para la vida temporal, luz para la vida eterna.
Papa Pío XII
Notas:
(1) Acta Apostólica Sedis 44 (1952) 31-43; Ecclesia (1951) II 601-604
(2) S. T. I, q. 2, a. 3.
(3) Par. XXXIII, 85-87.
(4) Cf. Sap. XIII, 1-2.
(5) Par. I, 1.
(6) Ex. III, 34.
(7) Sgo. I, 17.
(8) II Tim. III, 16.
(9) Kernphysk und Cosmologie, en Zeitschrift für Astrophysik 24 B (1948) 278-305.
(10) Die Vorstellung von Welsgebäude im Wandel der Zeiten (1911) 362.
(11) Ultramontane Weltanschaung und moderne Lebenskunde (1907) 55.
(12) Space and Spirit (1946) 118-119.
(13) Del Himno de Nona: Oh Dios que con fuerza poderosa sostenéis lo creado, y que, permaneciendo en Ti mismo inmutable, por los diversos aspectos de la luz, reguláis el tiempo del día.
(14) Ídem nota anterior.