DISCURSO DE PÍO XII A LOS PREDICADORES DE CUARESMA DE ROMA (AÑO 1948) (1)
Pío XII recibió en audiencia a los párrocos y cuaresmeros de Roma dirigiéndoles este importante discursopublicado luego en L'osservatore Romano del 11 de marzo de 1948, y en AAS vol. XL, pág. 115.

 

PREOCUPACIONES DEL PAPA Y NORMAS DIRECTIVAS

1. Experimentamos una alegría llena de intimidad, amados hijos párrocos y cuaresmeros, para saludarlos esta mañana reunidos en nuestro derredor. Porque, efectivamente, ¿cuál es por disposición divina la condición del Obispo de Roma? Su responsabilidad como Pastor y Padre común de 350 millones de fieles, ahora que la Iglesia, no sólo ideal, sino también geográficamente es universal, le lleva to­dos los días con el pensamiento a otros paí­ses y a otros pueblos, de tal manera que con frecuencia tiene, la impresión casi de quien vuelve de lejanas tierras a su ciudad episco­pal. Esta impresión es en Nos tanto más viva cuando nos hallamos entre el amado clero de nuestra Roma.

Podéis estar bien seguros; aunque alterna­tivamente dirijamos la atención de nuestra vi­gilancia a los más diversos y remotos luga­res de la tierra, nunca os perdemos de vista. Conocemos vuestros trabajos, vuestra caridad, vuestra fe, vuestro ministerio, vuestra pacien­cia y vuestras obras. (Cfr. Apocalipsis, 2-19.) Recogiendo con solicitud su más mínimo eco, sabemos vuestra infatigable labor, vuestro es­píritu de abnegación y las visibles bendicio­nes que él atrae sobre vuestro apostolado. Recibid por todo ello las debidas gracias.

Recibidlas todos, ciertamente; Pero Nos pensamos de manera especial en vosotros, Párrocos y vicepárrocos de la periferia, que entre las más arduas dificultades y expuestos también no raramente a graves peligros, tra­bajáis con tanto fruto para establecer y pro­mover la vida religiosa entre la mísera gen­te de vuestras Parroquias, de vuestros pobres barrios, privados con frecuencia no sólo de toda comodidad. sino también de las cosas más necesarias. Ocupáis un puesto de con­fianza, y Nos seguimos con paternal interés los progresos que conseguís, dispuestos a ayudaros con todas nuestras fuerzas.

Animados de un celo no menos dócil que ardiente, esperáis de Nos no solamente los estímulos y las bendiciones del Padre, sino también una palabra, aunque sea breve, de exhortación del Pastor. Por eso proponernos a vuestros esfuerzos una doble finalidad: im­primir en las mentes las verdades de la fe y grabar en los corazones las santas costumbres de una vida realmente cristiana.

 

LAS ENSEÑANZAS DE LAS VERDADES DE FE

2. No os desagrade si una vez más os reco­mendamos la enseñanza de la doctrina cristiana. ¿Acaso no es tristemente significativo que en todos los escritos y opúsculos, en to­das las relaciones sobre la situación presente de la vida religiosa en Italia, se lamente amargamente por encima de todo la ignoran­cia de las verdades de la fe? Lejos de Nos la idea de reprenderos por ello. No es Italia la única que entra en la cuenta, y quejas se­mejantes llegan de muchos otros países. aun entre aquellos que un día pudieron legítima­mente gloriarse de su organización en el cam­po de la enseñanza religiosa. Pero ahora son otros objetos los que atraen la atención de las jóvenes generaciones, y como microbios imperceptibles debilitan sus fuerzas espiri­tuales, morales y sobrenaturales. Tal es, por ejemplo, la exagerada estima, si no exclusiva, que se concede a la técnica material y a la cultura física, cosas, sin duda ninguna, muy buenas en sí mismas, y que Nos mismo di­versas veces hemos recomendado; pero cuya exageración no deja hallar a los jóvenes ni tiempo ni ganas para dedicarse a las ocupa­ciones del espíritu. Tal es también el cine, que ha hecho pasar todo a la pantalla, todo, fuera de lo que ayudaría a conocer mejor la religión. Por eso aprobamos tanto más y ala­bamos los animosos esfuerzos para la pro­ducción de películas religiosas que al mismo tiempo sean de auténtico valor artístico.
En cuanto a Italia, en nuestro reciente discurso a los Hombres de Acción Católica he­mos hablado de esta ignorancia como de una herida abierta en el cuerpo de la Iglesia. He­mos vuelto a tocar el tema en la audiencia de los Jóvenes de Acción Católica de esta diócesis nuestra. Se tiembla al pensar que una parte notable de la juventud romana, en­tre los quince y veinte años, va alejándose de la Iglesia por puros prejuicios y malen­tendidos, debidos principalmente a la ausencia de un alimento espiritual proporcionado a su estado, a sus necesidades y, dentro de cier­tos límites, a sus gustos. Y como esto, ama­dos hijos, toca estrictamente a vuestro oficio, hemos creído oportuno hablar de ello nueva­mente en este momento.

3. Ante todo, procurad organizar bien vuestro catecismo. Buscaos colaboradores buenos e instruídos. Procurad también por su medio estar al corriente de las condiciones de la juventud y de la infancia en vuestra Parroquia, de tal modo que ninguna calle, ninguna casa y ninguna familia escape a vuestra aten­ción y a vuestros cuidados. Enseñad vosotros mismos personalmente el catecismo, al menos en los cursos superiores, y haced que vuestras palabras sean sólidas, claras, interesantes, vi­vas, cálidas, proporcionadas a la inteligencia y a las necesidades espirituales de vuestros oyentes. Solamente lo podrán ser si conocéis a fondo las condiciones de su vida personal, familiar y profesional; sus dificultades, sus luchas, sus impresiones y sus aspiraciones, para corresponder a sus esperanzas, guiarles y ganaros su clara confianza.
Ahora los jóvenes están acostumbrados a verlo todo en las películas por medio de imágenes. El cine – y vosotros mismos os lamen­táis muchas veces de ello – atrae y cautiva su interés. ¿Por qué la juventud y el público en general se apasiona tanto por el cine? ¿Acaso solamente por una inclinación malsa­na? ¡No! Los espectadores se sienten fasci­nados y encadenados a la pantalla, en donde ven proyectado lo que suele llamarse “une tranche de vie" (un trozo de vida). Apenas vislumbran y distinguen diluídos en el curso monótono de la jornada los diminutos deta­lles de su vida cotidiana; pero sienten un placer dulce y amargo cuando lo reconocen, consiguiendo – digámoslo así – la conciencia del drama de su vida. Pero al mismo tiempo son victimas de las. doctrnas erróneas y men­tirosas del cuadro de pasiones criminales y delitos monstruosos presentados con viveza a su imaginación y a su sensibilidad. Y, sin embargo, la doctrina de la verdad no es me­nos atrayente, y el heroísmo de la virtud no es menos estimulante, con tal de que no se expongan con la frialdad de un teorema y con la aridez de un artículo del Código. Si el cine se dirige principalmente a la fantasía, la doctrina de la fe le sirve de eficaz contra­peso. Ella Pide al joven penetración y apli­cación mental. El tiene que aprender a juz­gar y a distinguir la verdad de la falsedad, el bien del mal, lo lícito de lo ilícito. No huyáis de la dificultad ni la evitéis. Vuestros jóvenes deben tener la seguridad de que les podéis decir todo y de que ellos todo os lo pueden preguntar y confiar.

 

LAS COSTUMBRES DE LA VIDA CRISTIANA

4. El otro punto que queríamos proponer a vuestra consideración se refiere a las costumbres de vida cristiana, que deben echar pro­fundas raíces en los corazones de los fieles. Mantenedlas y restauradlas en las viejas pa­rroquias; implantadlas en los barrios nuevos de la ciudad. Por todas partes, hasta en el campo; pero mucho más gravemente en las grandes ciudades, en las inmensas metrópolis, los viejos usos cristianos corren peligro. Se oye decir despectivamente que no son ya de nuestro tiempo. ¡Como si no fuesen necesa­rias hoy mas que nunca, como saludable antí­doto contra las seducciones y el contagio de la corrupción y del espíritu mundano, en la espantosa promiscuidad de las grandes capi­tales modernas!.
En primer lugar, tened cuidado de que el hogar doméstico conserve su aire religioso. ¡Afuera las figuras escandalosas! -, Que el cru­cifijo reine en todas las familias!
Después la práctica de la oración cotidia­na, premisa esencial para la victoria sobre los vicios y condición indispensable de toda vida honesta, de toda progresiva consolida­ción del hombre interior (cfr. Eph., 3-16): la asistencia devota los días festivos a los divi­nos oficios, a los que procuraréis dar aquel carácter de dignidad y de piedad, querríamos hasta decir de atracción, que les hará amables hasta aquellos que, por desgracia, muchas ve­ces no ven en ellos sino una mera formali­dad; y la frecuencia de los santos sacramentos.
Finalmente, lucha sin tregua contra aque­llos locales y aquellos espectáculos que ofen­den el pudor y la delicadeza de las almas cristianas, y que habrían ruborizado hasta a los antiguos paganos.
Inspirad a vuestros fieles el horror y el dis­gusto por tan abominables representaciones.

 

LOS GRAVES DEBERES Y LAS ESPERANZAS DE ESTA HORA

5. Vosotros sabéis perfectamente, amados hi­los, los deberes. que os acucian y os urgen en esta hora tan grave, y Nos mismo los he­mos expuesto en tantas ocasiones, que cree­ríamos superfluo volver una vez más sobre el tema. Pero para que no parezca que Nos nos cerramos en el silencio en un momento de tan grandes consecuencias, repetiremos con los apóstoles: " Non possumus non loqui ” (No podemos menos de hablar) (cfr. Actos, 4-20). Y resumiremos aquí brevemente algunos prin­cipios fundamentales.
Es para, vosotros un derecho y un deber llamar la atención de los fieles acerca de la extraordinaria importancia de las próximas elecciones y de la responsabilidad moral que de ella se deriva para todos los que tienen derecho al voto. No hay duda ninguna de que la intención de la Iglesia es quedarse fuera y por encima de los Partidos Políticos. ¿Pero como podría permanecer indiferente ante la composición de un Parlamento al que la Constituci6n da el poder de legislar en ma­terias que tan directamente se refieren a los más altos intereses religiosos y a las condi­ciones de vida de la Iglesia misma en Italia? Hay además otras arduas cuestiones, especial­mente los problemas y las luchas económicas, que tocan de cerca al bienestar del Pueblo. En cuanto se refieren al orden temporal, aun­que conciernan también al orden moral, los eclesiásticos en las presentes circunstancias dejan a los demás el cuidado de ponderarlas y de tratarlas técnicamente para la utilidad común de la nación. De todo esto se sigue:
1º Que en las presentes circunstancias es obligación estricta para los que tienen este derecho, hombres y mujeres, el tomar parte en las elecciones. Quien de ello se abstiene, especialmente por indolencia o por pereza, comete un pecado en sí grave, una culpa mortal.
2º Cada uno ha de votar según el dicta­men de su propia conciencia. Ahora bien, es evidente que la voz de la conciencia impone a todos los católicos sinceros dar el propio voto a aquellos candidatos o aquellas listas de candidatos que ofrecen garantías realmen­te suficientes para la tutela de los derechos de Dios y de las almas, para el verdadero bien de los particulares, de las familias v de la sociedad, según las leyes de Dios y de la doctrina moral cristiana.

6. Por lo demás, amados hijos, cuando desde el púlpito cumplís vuestro alto y santo oficio de predicar la palabra de Dios, guardaos de descender a mezquinas cuestiones de los par­tidos políticos, a ásperas contiendas partidis­tas, que irritan a los hombres, agudizan las discordias, entibian la caridad y hacen daño a vuestra verdadera dignidad y a la eficacia de vuestro sagrado ministerio. Dad a los que vienen los domingos a los divinos oficios aquellas instrucciones que buscan y que espe­ran de vosotros: como conservar el tesoro de la fe católica y defenderla de los errores de nuestros días y de los ataques de los ene­migos; como unirse más íntimamente con Dios, como conocer más profundamente y amar más ardientemente a Jesucristo, como formar en medio de la agitada vida moderna, en sí mismos, el hombre religioso; como obrar según los Mandamientos del Redentor y como permanecer siempre fieles a la Iglesia y a su Cabeza visible.

7. ¡Animo, pues, y confianza! No cabe aquí ningún pesimismo. ¿No veis cómo la fuerza de atracción de los bienes terrenales y mate­riales no es capaz de impedir que el pueblo se sienta llevado casi por instinto a las cosas espirituales y religiosas? Pero la señal más capaz de animarnos en estos tiempos es la manifestación, cada vez mayor, hasta llegar a veces a visiones de grandeza maravillosa, de la confianza y del amor filial que conduce a las almas a la Purísima e Inmaculada Vir­gen Maria.
En la noche oscura que pesa sobre el mun­do, la desatada tempestad barre violentamente las nubes, que se amontonan en el cielo negro, pero siempre dejan entrever también en el horizonte el rosa pálido de la aurora, que es preludio de días serenos en el camino triunfal del sol de verdad, de justicia y de amor, Cristo Jesús, Salvador y Señor nuestro.
Confiando a la protección de la misericordiosa y potentísima Madre de Dios vuestro ministerio pastoral, os damos de corazón a vosotros, a vuestros fieles, Nuestros amados diocesanos, la Bendición Apostólica.

Pío pp. XII

(1) Tomado de “PIO XII Anuario Petrus, la voz del Papa durante el año 1948”, ed. Atlántida, Barcelona, año 1949, pág 38/40.

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