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Aunque
muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales
en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan
ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como
motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno
para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante períodos de
tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos
que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad—
ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia
a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de
los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María,
Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto
de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina,
ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables
Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos
deplorables para la religión cristiana que los peores días,
que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos
la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas
almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente
con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de
Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable
guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos
de la religión socavados con una osadía que crece diariamente
en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace
falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha
hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos
que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas
y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se
hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del
poder divino.
Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos
al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia,
el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre,
que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación
de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente
a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es
posible, con aun mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos
que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos
seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella.
Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio
del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar
de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas
partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario
creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria,
al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo,
con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto,
en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos,
avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable
a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y
prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad
para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza,
junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José;
y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de
la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos
hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos
sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de
hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo.
Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han
desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices,
crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después
que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase,
dando su consentimiento al pedido de un gran número de obispos,
a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica.
Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción
a San José se introduzca en las diarias prácticas de piedad
de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano
por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.
Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado
especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera
muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del
hecho de que él es el esposo de María y padre putativo
de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad,
su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto
que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima
Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda
de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios
supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más
que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio
y amistad —al que de por sí va unida la comunión
de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo
a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida,
testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también
para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza
de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que
por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los
hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo
de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor
y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta
doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza
pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento,
fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada
Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió
plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó
con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino
Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo
que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos;
cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los
celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias
del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía,
la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino
hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía
dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho
de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es
la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario
en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo
es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes
por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por
estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos
que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado,
a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual,
puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva
cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno
del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía
tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así
proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.
Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones
se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran
número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que
el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era
tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró
la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente,
más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un
punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes
conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente,
que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia
de su maestro, y que gracias a la administración de José
su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía
más importante— presidió sobre el reino con gran
poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó
por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría
que el Rey decretó para él el título de "Salvador
del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en
el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad
de los intereses domésticos de su amo y al vez brindó
grandes servicio al reino entero, así también el segundo,
destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser
tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente
la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son
las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de
acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los
padres de familia encuentran en José la mejor personificación
de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor,
de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran
en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles
de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad
incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones,
cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con
el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas
de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial,
y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José,
de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de
las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida
trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén
para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los
más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo
del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida
a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José,
contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan
a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien
habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida,
se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al
despojo y la pérdida de todo.
Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven
con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender
a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un
mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia
los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia,
para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y
a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines
son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que
los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las
promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo
y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad
de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.
Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal,
Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán
más allá de la mera letra de la ley— disponemos
que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre
el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San
José, cuya fórmula será enviada junto con la presente,
y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten
esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete
años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente
laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes
de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios
de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es
al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia
principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración.
En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José—
no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla
en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad,
en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.
Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena
voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes,
Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.
Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año
de nuestro pontificado.
León
Papa XIII
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