|
Agradecimiento
para con María.
A la santa alegría que nos ha causado el feliz cumplimiento del
quincuagésimo aniversario de nuestra consagración episcopal,
se ha añadido vivísima fuente de ventura; es a saber:
que hemos visto a los católicos de todas las naciones, como hijos
respecto de su padre, unirse en hermosísima manifestación
de su fe y de su amor hacia Nos. Reconocemos en este hecho, y lo proclamamos
con nuevo agradecimiento, un designio de la providencia de Dios, una
prueba de su suprema benevolencia hacia Nos mismo y una gran ventaja
para su Iglesia. Nuestro corazón anhela colmar de acción
de gracias por este beneficio a nuestra dulcísima intercesora
cerca de Dios, a su augusta Madre. El amor particular de María,
que mil veces hemos visto manifestarse en el curso de nuestra carrera,
tan larga y tan variada, luce cada día más claramente
ante nuestros ojos, y tocando nuestro corazón con una suavidad
incomparable, nos confirma en una confianza que no es propiamente de
la tierra. Parécenos oír la voz misma de la Reina del
cielo, ora animándonos bondadosamente en medio de las crueles
pruebas a que la Iglesia está sujeta, ora ayudándonos
con sus consejos en las determinaciones que debemos tomar para la salud
de todos; ora, en fin, advirtiéndonos que reanimemos la piedad
y el culto de todas las virtudes en el pueblo cristiano. Varias veces
se ha hecho en Nos una dulce obligación responder a tales estímulos.
Al número de los frutos benditísimos que, gracias a su
auxilio, han obtenido nuestras exhortaciones, es justo recordar la extraordinaria
propagación de la práctica del santísimo Rosario.
Se han acrecentado aquí cofradías de piadosos fieles;
allá se han fundado nuevas; hanse esparcido preciosos escritos
sobre esto entre el pueblo y hasta las bellas artes han producido obras
maestras de arte.
El
rosario y los males de nuestro tiempo.
Pero ahora, como si oyésemos la propia voz de esta Madre amantísima
decirnos: clama, ne cesses, queremos ocupar de nuevo vuestra atención,
venerables hermanos, con el Rosario de María, en el momento próximo
al mes de octubre, que Nos hemos consagrado a la Reina del cielo, y
a esa devoción del Rosario, que le es tan grata, concediendo
con tal ocasión a los fieles el favor de santas indulgencias.
Mas el objeto principal de nuestra carta no será, sin embargo,
ni escribir un nuevo elogio de una plegaria tan bella en sí misma,
ni excitar a los fieles a que la recen cada vez más. Hablaremos
de algunas preciosísimas ventajas que de ella se pueden obtener,
y que son perfectamente adecuadas a los hombres y a las circunstancias
actuales. Pues Nos estamos tan íntimamente persuadidos de que
la devoción del Rosario, practicada de tal suerte que procure
a los fieles toda la fuerza y toda la virtud que en ella existen, será
manantial de numerosos bienes, no sólo o para los individuos,
sino también para todos los estados.
Nadie
ignora cuánto deseamos el bien de las naciones, conforme al deber
de nuestro supremo apostolado, y cuan dispuestos estamos a hacerlo,
con el favor de DIOS. Pues Nos hemos advertido a los hombres investidos
del poder que no promulguen ni apliquen leyes que no estén conformes
con la justicia divina. Nos hemos exhortado frecuentemente a aquellos
ciudadanos superiores a los demás por su talento, por sus méritos,
por su nobleza o por su fortuna, a comunicarse recíprocamente
sus proyectos, a unir sus fuerzas para velar por los intereses del Estado
y promover las empresas que pueden serle ventajosas.
Pero existe gran número de causas que en una sociedad civil relajan
los lazos de la disciplina pública y desvían al pueblo
de procurar, como debe, la honestidad de las costumbres. Tres males,
sobre todo, nos parecen los mas funestos para el común bienestar,
que son: el disgusto de una vida modesta y activa, el horror al sufrimiento
y el olvido de los bienes eternos que esperamos.
Repugnancia
a la vida modesta.
Nos deploramos -y aquellos mismos que todo lo reducen a la ciencia y
al provecho de la Naturaleza reconocen el (hecho y lo lamentan-, Nos
deploramos que la sociedad humana padezca de una espantosa llaga, y
es que se menosprecian los deberes y las virtudes que deben ser ornato
de una vida oscura y ordinaria. De donde nace que en el hogar doméstico
los hijos se desentiendan de la obediencia que deben a sus padres, no
soportando ninguna disciplina, a menos que sea fácil y se preste
a sus diversiones. De ahí viene también que los obreros
abandonen su oficio, huyan del trabajo y, descontentos de su suerte,
aspiren a más alto, deseando una quimérica igualdad de
fortunas; movidos de idénticas aspiraciones, los habitantes de
los campos dejan en tropel su tierra natal para venir en pos del tumulto
y de los fáciles placeres de las ciudades. A esta causa debe
atribuirse también la falta de equilibrio entre las diversas
clases de la sociedad; todo está desquiciado; los ánimos
están comidos del odio y la envidia: engañados por falsas
esperanzas, turban muchos la paz pública, ocasionando sediciones,
y resisten a los que tienen la misión de conservar el orden.
Lecciones de los misterios gozosos.
Contra este mal hay que pedir remedio al Rosario de María, que
comprende a la vez un orden fijo de oraciones y la piadosa meditación
de los misterios de la vida del Salvador y de su Madre. Que los misterios
gozosos sean indicados a la multitud y puestos ante los ojos de los
hombres, a manera de cuadros y modelos de virtudes: cada uno comprenderá
cuán abundantes son y cuán fáciles de imitar y
propios para inspirar una vida honesta los ejemplos que de ellos pueden
sacarse y que seducen los corazones por su admirable suavidad.
Pónese
delante de los ojos la casa de Nazaret, asilo a la vez terrestre y divino
de la santidad. ¡Qué modelo tan hermoso para la vida diaria!
¡Qué espectáculo tan perfecto de la unión
hogareña! Reinan ahí la sencillez y la pureza de las costumbres;
un perpetuo acuerdo en los pareceres; un orden que nada perturba; la
mutua indulgencia; el amor, en fin, no un amor fugitivo y mentiroso,
sino un amor fundado en el cumplimiento asiduo de los deberes recíprocos
y verdaderamente digno de cautivar todas las miradas. Allí, sin
duda, ocúpanse en disponer lo necesario para el sustento y el
vestido; pero es con el sudor de la frente, y como quienes, contentándose
con poco, trabajan más bien para no sufrir el hambre que para
procurarse lo superfluo. Sobre todo esto, adviértese una soberana
tranquilidad de espíritu y una alegría igual del alma;
dos bienes que acompañan siempre a la conciencia de las buenas
acciones cumplidas.
Ahora
bien: los ejemplos de estas virtudes, de la modestia y de la sumisión,
de la resignación al trabajo y de la benevolencia hacia el prójimo,
del celo en cumplir los pequeños deberes de la vida ordinaria,
todas esas enseñanzas, en fin, que, a medida que el hombre las
comprende mejor, más profundamente penetran en su alma, traerán
un cambio notable en sus ideas y en su conducta. Entonces cada uno,
lejos de encontrar despreciables y penosos sus deberes particulares,
los tendrá más bien por muy gratos y llenos de encanto;
y gracias a esta especie de placer que sentirá con ellos, la
conciencia del deber le dará más fuerza para bien obrar.
Así las costumbres se suavizarán en todos los sentidos:
la vida doméstica se deslizará en medio del cariño
y de la dicha y las relaciones mutuas estarán llenas de sincera
delicadeza y de caridad. Y si todas estas cualidades de que estará
dotado el hombre individualmente considerado se extendieren a las familias,
a las ciudades, al pueblo todo, cuya vida se sujetaría a estas
prescripciones, es fácil concebir cuántas ventajas obtendría
de ello el Estado.
Repugnancia
al sacrificio.
Otro mal funestísimo, y que no deploraremos bastante, porque
cada día penetra más profundamente en los ánimos
y hace mayores estragos, es la resistencia al dolor y el lanzamiento
violento de todo lo que parece molesto y contrario a nuestros gustos.
Pues la mayor parte de los hombres, en vez de considerar, como sería
preciso, la tranquilidad y la libertad de .las almas como recompensa
preparada a los que han cumplido el gran deber de la vida, sin dejarse
vencer por los peligros ni por los trabajos, se forjan la idea de un
Estado donde no habría objeto alguno desagradable y donde se
gozaría de todos los bienes que esta vida puede dar de sí.
Deseo tan violento y desenfrenado de una existencia feliz, es fuente
de debilidad para las almas, que si no caen por completo, se enervan
por lo menos, de suerte que huyen cobardemente de los males de la vida,
dejándose abatir por ellos.
Lecciones
de los misterios dolorosos.
También en este peligro puede esperarse del Rosario de María
grandísimo socorro para fortalecer las almas (tan eficaz es la
autoridad del ejemplo), si los misterios que se llaman dolorosos son
objeto de una meditación tranquila y suave desde la más
tierna infancia, y si luego se continúa meditándolos asiduamente.
En ellos se nos muestra a Cristo autor y consumador de nuestra fe, que
comenzó a obrar y a enseñar a fin de que encontrásemos
en El mismo, ejemplos adecuados a las enseñanzas que nos diera
sobre la manera como debemos soportar las fatigas y los sufrimientos,
de tal modo que Él quiso sufrir los males más terribles
con una gran resignación. Vémosle agotado de tristeza,
hasta el punto de que la sangre corre por todos sus miembros como sudor
copioso Vémosle apretado de ligaduras, como un ladrón;
sometido al juicio de hombres perversísimos; objeto de terribles
ultrajes y de falsas acusaciones. Vémosle flagelado, coronado
de espinas, clavado en la cruz, considerado como indigno de vivir largo
tiempo y merecedor de morir en medio de los gritos ensordecedores de
la chusma. Pensamos cuál debió ser, ante tal espectáculo,
el dolor de su santísima Madre, cuyo corazón fue, no solamente
herido, sino atravesado de una espada de dolor, de suerte que se la
llamase y fuese realmente la Madre del dolor.
Aquel
que, no contento con la contemplación de los ojos, medite frecuentemente
estos ejemplos de virtud, ¡cómo sentirá renacer
en sí la fuerza para imitarlos! Que la tierra sea para él
maldita y que no produzca más que espinas y zarzas; que su alma
sufra todas las amarguras posibles; que la enfermedad agobie su cuerpo;
no habrá mal alguno, ya provenga del odio de los hombres, ya
de la cólera de los demonios, ningún género de
calamidad pública o privada que él no venza con su resignación.
De ahí el acertado dicho: Hacer y sufrir cosas arduas es propio
del cristiano; pues el cristiano, en efecto, aquel que es considerado
a justo título como digno de ese nombre, no puede dejar de seguir
a Cristo paciente. Hablamos aquí de la paciencia, no de esa vana
ostentación del alma endureciéndose contra el dolor, que
manifestaron algunos filósofos antiguos, sino de la que, tomando
el ejemplo de Cristo, que quiso sufrir la cruz, cuando pudo elegir la
alegría, y que despreció la confusión (Hebr. 12,
2), y pidiéndole los oportunos auxilios de su gracia, no retrocede
ante ninguna pena, antes las sobrelleva todas con regocijo y las considera
como un favor del cielo y una ganancia. El catolicismo ha poseído
y posee todavía discípulos preclarísimos penetrados
de esta doctrina, muchos hombres y mujeres de todo país y de
toda condición dispuestos a sufrir, siguiendo el ejemplo de Cristo,
Señor nuestro, todas las injusticias y todos los males por la
virtud y por la religión, y que se apropian más de hecho
que de palabra el rasgo de Dídimo: Vayamos también nosotros
y muramos con El (Io. 11, 16). ¡Que los ejemplos de esta admirable
constancia se multipliquen cada vez más, y la defensa de los
Estados y el vigor y la gloria de la Iglesia crecerán incesantemente!
Descuido
de los bienes eternos.
La tercera especie de males a que es preciso poner remedio es, sobre
todo, propia de los hombres de nuestra época. Pues los de las
edades pasadas, si bien estaban ligados de una manera a veces criminal
a los bienes de la tierra, no desdeñaban enteramente, sin embargo,
los del cielo; los más sabios de entre los mismos paganos enseñaron
que esta vida era para nosotros una hospedería, no una morada
permanente; que en ella debíamos alojarnos durante algún
tiempo, pero no habitarla. Mas los hombres de hoy, aunque instruidos
en la fe cristiana, adhieren en su mayor parte a los bienes fugitivos
de la vida presente, no sólo como si quisiesen borrar de su espíritu
la idea de una patria mejor, de una bienaventuranza eterna, sino como
si quisieran destruirla enteramente a fuerza de iniquidades. En vano
San Pablo les hace esta advertencia: No tenemos aquí una morada
estable, sino que buscamos una que hemos de poseer algún día
(Hebr. 12, 14).
Cuando
se pregunta uno cuáles son las causas de esta calamidad, se ve,
por de contado, que en muchos existe el temor de que el pensamiento
de la vida futura pueda destruir el amor de la patria terrestre y perjudicar
la prosperidad de los Estados; no hay nada más odioso y más
insensato que semejante convicción. Pues las esperanzas eternas
no tienen por carácter absorber de tal manera los bienes presentes;
cuando Cristo mandó buscar el reino de Dios, dijo que se le buscase
primero; pero no que se dejase todo lo demás aun lado. Pues el
uso de los objetos terrestres y los goces permitidos que de ellos se
pueden sacar no tienen nada de ilícito, si contribuyen al acrecentamiento
o a la recompensa de nuestras virtudes, y si la prosperidad y la civilización
progresiva de la patria terrestre manifiesta de una manera espléndida
el mutuo acuerdo de los mortales y refleja la belleza y magnificencia
de la patria celestial: no hay en esto nada que no convenga a seres
dotados de razón, ni que sea opuesto a los designios de la Providencia.
Porque Dios es a la vez el autor de la naturaleza y de la gracia, y
no quiere que la una perjudique a la otra, ni que haya entre ellas conflicto,
sino que celebren en cierto modo un pacto de alianza para que, bajo
su dirección, lleguemos un día por el camino más
fácil a aquella eterna felicidad a que fuimos destinados.
Pero
los hombres egoístas, dados a los placeres, que dejan vagar todos
sus pensamientos sobre las cosas caducas y no pueden elevarse a más
altura, en lugar de ser movidos por los bienes de que gozan a desear
mas vivamente los del cielo, pierden completamente la idea misma de
la eternidad y van a caer en una condición indigna del hombre.
Pues el poder divino no puede herirnos con pena más terrible
que dejándonos gozar de todos los placeres de la tierra, pero
olvidando al mismo tiempo los bienes eternos.
Lecciones
de los misterios gloriosos.
Evitará completamente este peligro el que se dé a la devoción
del Rosario y medite atenta y frecuentemente los misterios gloriosos
que en él se nos proponen. Pues de estos misterios, ciertamente,
nuestro espíritu toma la luz necesaria para conocer los bienes
que no ven nuestros ojos, pero que Dios, lo creemos con firme fe, prepara
a los que le aman. Así aprendemos que la muerte no es un aniquilamiento
que nos arrebata y que nos destruye todo, sino una emigración
y, por decirlo así, un cambio de vida. Aprendemos claramente
que hay una ruta hacia el cielo abierta para todos, y cuando vemos a
Cristo volver allá, nos acordamos de su dulce promesa: Voy a
prepararos un puesto. Aprendemos, ciertamente, que vendrá un
tiempo en que Dios secará todas las lágrimas de nuestros
ojos. en que no habrá más luto, ni quejidos, ni dolor,
sino que estaremos siempre con Dios, parecidos a Dios, pues que le veremos
tal cual es, gozando del torrente de sus delicias, con, ciudadanos de
los santos, en comunión bienaventurada con la gran Reina y Madre.
El
espíritu que considere estos misterios no podrá menos
de inflamarse y de repetir esta frase de un hombre muy santo: ¡Qué
vil es la tierra cuando miro al cielo!; y gozar el consuelo que da pensar
que una tribulación momentánea y ligera nos conquista
una eternidad de gloria. Este es, en efecto, el único lazo que
une el tiempo presente con la vida eterna, la ciudad terrestre con la
celestial; ésta es la única consideración que fortifica
y eleva las almas. Si tales almas son en gran número, el Estado
será rico y floreciente, se verá reinar la verdad, el
bien, lo bello, según este modelo, que es el principio y el origen
eterno de toda verdad, de todo bien y de toda belleza.
Ya
todos los cristianos pueden ver, como Nos lo hemos manifestado al principio,
cuáles son los frutos y cuál es la virtud fecunda del
Rosario de María, su poder para curar los males de nuestra época
y hacer desaparecer los gravísimos castigos que sufren los Estados.
Las
cofradías del Rosario.
Pero es fácil comprender que sentirán más abundantemente
estas ventajas aquellos que, inscritos en la santa Cofradía del
Rosario, se distinguen por una unión particular y verdaderamente
fraternal y por su devoción a la Santísima Virgen. Pues
estas cofradías, aprobadas por la autoridad de los pontífices
romanos, colmadas por ellos de privilegios y enriquecidas de indulgencias,
tienen su propia forma de orden y gobierno, tienen asambleas a fecha
fija y gozan de poderosos apoyos, que les aseguran su prosperidad y
las hacen grandemente provechosas para la sociedad humana. Estos son
ejércitos que combaten los combates de Cristo por sus misterios
sagrados, bajo los auspicios y la guía de la Reina del cielo;
se ha podido averiguar en todo tiempo, y sobre todo en Lepanto, cuán
favorable se ha mostrado a sus súplicas y a las ceremonias y
procesiones que ellos han organizado.
Es,
pues, obvio mostrar gran celo y esfuerzo en fundar, acrecentar y gobernar
tales cofradías. Nos no hablamos aquí sólo a los
encargados de esta misión, según su instituto, sino a
todos los que tienen el cuidado de las almas y, sobre todo, el ministerio
de las iglesias en las que estas cofradías están instituidas.
Nos deseamos también ardientemente que los que emprenden viajes
para propagar la doctrina de Cristo entre las naciones bárbaras,
o para afirmarla donde ya se ha establecido, propaguen asimismo la devoción
del Rosario.
Con
las exhortaciones de todos los misioneros, Nos no dudamos que ha de
haber un gran número de cristianos, cuidadosos de sus intereses
espirituales, que se harán inscribir en esta misma Cofradía
y se esforzarán por adquirir los bienes del alma que Nos hemos
indicado; aquellos, sobre todo, que constituyen la razón de ser
y, en algún modo, la esencia del Rosario. El ejemplo de los miembros
de la Cofradía inspirará a los demás fieles un
respeto y una piedad muy grandes hacia el mismo Rosario. Estos, animados
por ejemplos semejantes, pondrán todo su celo en tomar parte
en estos bienes tan saludables. Tal es nuestro deseo más ardiente.
Esta
es, de consiguiente, la esperanza que nos guía y nos anima en
medio de los grandes males que sufre la sociedad. ¡Ojalá,
gracias a tantas oraciones, María, la Madre de Dios y de los
hombres, que nos ha dado el Rosario y que es su Reina, pueda hacer de
suerte que esta esperanza se realice por completo! Nos tenemos confianza,
venerables hermanos, en que vuestro concurso, nuestras enseñanzas
y nuestros deseos contribuirán a la prosperidad de las familias,
a la paz de los pueblos y al bien de la tierra.
León
Papa XIII
Volver
al índice
|