|
El
humano linaje, después que, por envidia del demonio, se hubo,
para su mayor desgracia, separado de Dios, creador y dador de los bienes
celestiales, quedó dividido en dos bandos diversos y adversos:
uno de ellos combate asiduamente por la verdad y la virtud, y el otro
por todo cuanto es contrario a la virtud y a la verdad.
El uno es el reino de Dios en la tierra, es decir, la verdadera Iglesia
de Jesucristo, a la cual quien quisiere estar adherido de corazón
y según conviene para la salvación, necesita servir a
Dios y a su unigénito Hijo con todo su entendimiento y toda su
voluntad; el otro es el reino de Satanás, bajo cuyo imperio y
potestad se encuentran todos los que, siguiendo los funestos ejemplos
de su caudillo y de nuestros primeros padres, rehúsan obedecer
a la ley divina y eterna, y obran sin cesar o como si Dios no existiera
o positivamente contra Dios. Agudamente conoció y describió
Agustín estos dos reinos a modo de dos ciudades contrarias en
sus leyes y deseos, compendiando con sutil brevedad la causa eficiente
de una y otra en estas palabras: Dos amores edificaron dos ciudades:
el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios edificó
la ciudad terrena; el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo,
la celestial[1].
La Masonería.
En el decurso de los siglos, las dos ciudades han luchado, la una contra
la otra, con armas tan distintas como los métodos, aunque no
siempre con igual ímpetu y ardor. En nuestros días, todos
los que favorecen la peor parte parecen conspirar a una y pelear con
la mayor vehemencia, bajo la guía y auxilio de la sociedad que
llaman de los Masones, por doquier dilatada y firmemente constituida.
Sin disimular ya sus intentos, con la mayor audacia se revuelven contra
la majestad de Dios, maquinan abiertamente y en público la ruina
de la Santa Iglesia, y esto con el propósito de despojar, si
pudiesen, enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios conquistados
por Jesucristo, nuestro Salvador.
Llorando Nos estos males, y movido Nuestro ánimo por la caridad,
Nos sentimos impelidos a clamar con frecuencia ante el Señor:
He aquí que tus enemigos vocearon; y levantaron la cabeza los
que te odian. Contra tu pueblo determinaron malos consejos, discurrieron
contra tus santos. Venid, dijeron, y hagámoslos desaparecer de
entre las gentes[2].
En tan inminente riesgo, en medio de tan atroz y porfiada guerra contra
el nombre cristiano, es Nuestro deber indicar el peligro, señalar
los adversarios, resistir cuanto podamos a sus malas artes y consejos,
para que no perezcan eternamente aquellos cuya salvación Nos
está confiada, y no sólo permanezca firme y entero el
reino de Jesucristo que Nos hemos obligado a defender, sino que se dilate
con nuevos aumentos por todo el orbe.
Amonestaciones de los Romanos Pontífices.
Los Romanos Pontífices Nuestros antecesores, velando solícitos
por la salvación del pueblo cristiano, conocieron muy pronto
quién era y qué quería este capital enemigo, apenas
asomaba entre las tinieblas de su oculta conjuración; y como
tocando a batalla les amonestaron con previsión a príncipes
y pueblos que no se dejaran coger en las malas artes y asechanzas preparadas
para engañarlos.
Dióse el primer aviso del peligro el año 1738 por el Papa
Clemente XII[3] cuya Constitución confirmó y renovó
Benedicto XIV[4]. Pío VII[5] siguió las huellas de ambos,
y León XII, incluyendo en la Constitución apostólica
Quo graviora[6] lo decretado en esta materia por los anteriores, lo
ratificó y confirmó para siempre. Pío VIII[7],
Gregorio XVI[8] y Pío IX[9], por cierto repetidas veces, hablaron
en el mismo sentido.
Y, en efecto, puesta en claro la naturaleza e intento de la secta masónica
por indicios manifiestos, por procesos instruidos, por la publicación
de sus leyes, ritos y revistas, allegándose a ello muchas veces
las declaraciones mismas de los cómplices, esta Sede Apostólica
denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica,
constituida contra todo derecho y conveniencia, era no menos perniciosa
al Estado que a la religión cristiana, y amenazando con las más
graves penas que la Iglesia puede emplear contra los delincuentes, prohibió
terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad.
Llenos de ira con esto sus secuaces, juzgando evadir o debilitar a lo
menos, parte con el desprecio, parte con las calumnias, la fuerza de
aquellas censuras, culparon a los Sumos Pontífices que las decretaron
de haberlo hecho injustamente o de haberse excedido en el modo. Así
procuraron eludir el peso y autoridad de las Constituciones apostólicas
de Clemente XII, Benedicto XIV, Pío VII y Pío IX; aunque
no faltaron en aquella misma sociedad quienes confesasen, aun a pesar
suyo, que lo hecho por los Romanos Pontífices, conforme a la
doctrina y disciplina de la Iglesia, era según derecho. En lo
cual varios príncipes y jefes de Gobierno se hallaron muy de
acuerdo con los Papas, cuidando, ya de acusar a la sociedad masónica
ante la Silla Apostólica, ya de condenarla por sí mismos,
promulgando leyes a este propósito, como en Holanda, Austria,
Suiza, España, Baviera, Saboya y en algunas otras partes de Italia.
Confirmación de los hechos.
Pero lo que sobre todo importa es ver comprobada por los sucesos la
previsión de Nuestros Antecesores. En efecto, no siempre ni en
todas partes lograron el deseado éxito sus cuidados próvidos
y paternales; y esto, o por el fingimiento y astucia de los afiliados
a esta iniquidad, o por la inconsiderada ligereza de aquellos, a quienes
más interesaba haber vigilado con diligencia en este negocio.
Así que en espacio de siglo y medio la secta de los Masones ha
logrado unos aumentos mucho mayores de cuanto podía esperarse,
e infiltrándose con tanta audacia como dolo en todas las clases
sociales ha llegado a tener tanto poder que parece haberse hecho casi
dueña de los Estados. De tan rápido y terrible progreso
se ha seguido en la Iglesia, en la potestad de los príncipes
y en la salud pública la ruina prevista muy de atrás por
Nuestros Antecesores; y se ha llegado a punto de temer grandemente para
lo venidero, no ciertamente por la Iglesia, cuyo fundamento es bastante
firme para que pueda ser socavado por esfuerzo humano, sino por aquellas
mismas naciones en que logran influencia grande la secta de que hablamos
u otras semejantes que se le agregan como auxiliares y satélites.
Por estas causas, apenas subimos al gobierno de la Iglesia, vimos y
experimentamos cuánto convenía resistir en lo posible
a mal tan grave, interponiendo para ello Nuestra autoridad.
En efecto, aprovechando repetidas veces la ocasión que se presentaba,
hemos expuesto algunos de los más importantes puntos de doctrina
en que parecía haber influido en gran manera la perversidad de
los errores masónicos. Así, en Nuestra carta encíclica
Quod apostoli muneris emprendimos demostrar con razones convincentes
las enormidades de los socialistas y comunistas; después, en
otra, Arcanum, cuidamos de defender y explicar la verdadera y genuina
noción de la sociedad doméstica, que tiene su fuente y
origen en el matrimonio; además, en la que comienza Diuturnum,
propusimos la forma de la potestad política moderada según
los principios de sabiduría cristiana, tan maravillosamente acorde
con la naturaleza misma de las cosas y la salud de los pueblos y príncipes.
Ahora, a ejemplo de Nuestros Predecesores, hemos resuelto ocuparnos
expresamente de la misma sociedad masónica, de toda su doctrina,
así como de sus planes y manera de pensar y de obrar, a fin de
que así llegue a conocerse, con la mayor claridad posible, su
maliciosa naturaleza, y pueda evitarse el contagio de peste tan funesta.
Organización "secreta".
Hay varias sectas que, si bien diferentes en nombre, ritos, forma y
origen, unidas entre sí por cierta comunión de propósitos
y afinidad entre sus opiniones capitales, concuerdan de hecho con la
secta masónica, especie de centro de donde todas salen y adonde
vuelven. Estas, aunque aparenten no querer en manera alguna ocultarse
en las tinieblas, y tengan sus juntas a vista de todos, y publiquen
sus periódicos, con todo, bien miradas, son un género
de sociedades secretas, cuyos usos conservan. Pues muchas cosas hay
en ellas a manera de arcanos, las cuales hay mandato de ocultar con
muy exquisita diligencia, no sólo a los extraños, sino
a muchos de sus mismos adeptos, como son los planes íntimos y
verdaderos, así como los jefes supremos de cada logia, las reuniones
más reducidas y secretas, sus deliberaciones, por qué
vía y con qué medios se han de llevar a cabo. A esto se
dirige la múltiple diversidad de derechos, obligaciones y cargos
que hay entre los socios, la distinción establecida de órdenes
y grados y la severidad de la disciplina por que se rigen. Tienen que
prometer los iniciados, y aun de ordinarios se obligan a jurar solemnemente,
no descubrir nunca ni de modo alguno sus compañeros, sus signos,
sus doctrinas. Con estas mentidas apariencias y arte constante de fingimiento,
procuran los Masones con todo empeño, como en otro tiempo los
maniqueos, ocultarse y no tener otros testigos que los suyos. Celebran
reuniones muy ocultas, simulando sociedades eruditas de literatos y
sabios, hablan continuamente de su entusiasmo por la civilización,
y de su amor hacia los más humildes: dicen que su único
deseo es mejorar la condición de los pueblos y comunicar a cuantos
más puedan las ventajas de la sociedad civil. Aunque fueran verdaderos
tales propósitos, no todo está en ellos. Además,
deben los afiliados dar palabra y seguridad de ciega y absoluta obediencia
a sus jefes y maestros, estar preparados a obedecerles a la menor señal
e indicación; y de no hacerlo así, a no rehusar los más
duros castigos ni la misma muerte. Y, en efecto, cuando se ha juzgado
que algunos han traicionado al secreto o han desobedecido las órdenes,
no es raro darles muerte con tal audacia y destreza, que el asesino
burla muy a menudo las pesquisas de la policía y el castigo de
la justicia.
Ahora bien: esto de fingir y querer esconderse, de sujetar a los hombres
como a esclavos con fortísimo lazo y sin causa bastante conocida,
de valerse para toda maldad de hombres sujetos al capricho de otro,
de armar a los asesinos procurándoles la impunidad de sus crímenes,
es una monstruosidad que la misma naturaleza rechaza; y, por lo tanto,
la razón y la misma verdad evidentemente demuestran que la sociedad
de que hablamos pugna con la justicia y la probidad naturales.
Singularmente, cuando hay otros argumentos, por cierto clarísimos,
que ponen de manifiesto esta falta de probidad natural. Porque, por
grande astucia que tengan los hombres para ocultarse, por grande que
sea su costumbre de mentir, es imposible que no aparezca de algún
modo en los efectos la naturaleza de la causa. No puede el árbol
bueno dar malos frutos, ni el árbol malo dar buenos frutos[10].
Y los frutos de la secta masónica son, además de dañosos,
muy amargos. Porque de los certísimos indicios antes mencionados
resulta claro el último y principal de sus intentos, a saber:
destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido
por el cristianismo, y levantar a su manera otro nuevo con fundamentos
y leyes sacadas de las entrañas del naturalismo.
Cuanto hemos dicho y diremos, debe entenderse de la secta masónica
en sí misma y en cuanto abraza otras con ella unidas y confederadas,
pero no de cada uno de sus secuaces. Puede haberlos, en efecto, y no
pocos, que, si bien no dejan de tener culpa por haberse comprometido
con semejantes sociedades, con todo no participan por sí mismos
en sus crímenes e ignoran sus últimas intenciones. Del
mismo modo, aun entre las otras asociaciones unidas con la masonería,
algunas tal vez no aprobarán ciertas conclusiones extremas que
sería lógico abrazar como dimanadas de principios comunes,
si no causara horror su misma torpe fealdad. Algunas también,
por circunstancias de tiempo y lugar, no se atreven a hacer tanto como
ellas mismas quisieran y suelen hacer las otras; pero no por eso se
han de tener por ajenas a la confederación masónica, pues
ésta no tanto ha de juzgarse por sus hechos y las cosas que lleva
a cabo, cuanto por el conjunto de los principios que profesa.
Naturalismo "doctrina".
Ahora bien: es principio capital de los que siguen el naturalismo, como
lo declara su mismo nombre, que la naturaleza y razón humana
ha de ser en todo maestra y soberana absoluta; y, sentado esto, descuidan
los deberes para con Dios o tienen de ellos conceptos vagos y erróneos.
Niegan, en efecto, toda divina revelación; no admiten dogma religioso
ni verdad alguna que la razón humana no pueda comprender, ni
maestro a quien precisamente deba creerse por la autoridad de su oficio.
Y como, en verdad, es oficio propio de la Iglesia católica, y
que a ella sola pertenece, el guardar enteramente y defender en su incorrupta
pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios, la autoridad
del magisterio y los demás medios sobrenaturales para la salvación,
de aquí el haberse vuelto contra ella toda la saña y el
ahínco todo de estos enemigos.
Véase ahora el proceder de la secta masónica en lo tocante
a la religión, singularmente donde tiene mayor libertad para
obrar, y júzguese si es o no verdad que todo su empeño
está en llevar a cabo las teorías de los naturalistas.
Mucho tiempo ha que trabaja tenazmente para anular en la sociedad toda
influencia del magisterio y autoridad de la Iglesia; por esto proclaman
y defienden doquier el principio de que "Iglesia y Estado deben
estar por completo separados" y así excluyen de las leyes
y administración del Estado el muy saludable influjo de la religión
católica, de donde se sigue que los Estados se han de constituir
haciendo caso omiso de las enseñanzas y preceptos de la Iglesia.
Ni les basta con prescindir de tan buena guía como la Iglesia,
sino que la agravan con persecuciones y ofensas. Se llega, en efecto,
a combatir impunemente de palabra, por escrito y en la enseñanza,
los mismos fundamentos de la religión católica; se pisotean
los derechos de la Iglesia; no se respetan las prerrogativas con que
Dios la dotó; se reduce casi a nada su libertad de acción,
y esto con leyes en apariencia no muy violentas, pero en realidad expresamente
hechas y acomodadas para atarle las manos. Vemos, además, al
Clero oprimido con leyes excepcionales y graves, para que cada día
vaya disminuyendo en número y le falten las cosas más
necesarias; los restos de los bienes de la Iglesia, sujetos a todo género
de trabas y gravámenes y enteramente puestos al arbitrio y juicio
del Estado; las Ordenes religiosas, suprimidas y dispersas.
Contra la Sede Apostólica.
Pero donde, sobre todo, se extrema la rabia de los enemigos es contra
la Sede Apostólica y el Romano Pontífice. Quitósele
primero con fingidos pretextos el reino temporal, baluarte de su independencia
y de sus derechos; en seguida se le redujo a situación inicua,
a la par que intolerable, por las dificultades que de todas partes se
le oponen; hasta que, por fin, se ha llegado a punto de que los fautores
de las sectas proclamen abiertamente lo que en oculto maquinaron largo
tiempo, a saber, que se ha de suprimir la sagrada potestad del Pontífice
y destruir por entero el Pontificado, instituido por derecho divino.
Aunque faltaran otros testimonios, consta suficientemente lo dicho por
el de los sectarios, muchos de los cuales, tanto en otras diversas ocasiones
como últimamente, han declarado que el propósito de los
Masones es perseguir cuanto puedan a los católicos con una enemistad
implacable, y no descansar hasta lograr que sea destruido todo cuanto
los Sumos Pontífices han establecido en materia de religión
o por causa de ella.
Y si no se obliga a los adeptos a abjurar expresamente la fe católica,
tan lejos está esto de oponerse a los intentos masónicos,
que antes bien sirve a ellos. Primero, porque éste es el camino
de engañar fácilmente a los sencillos e incautos y de
atraer a muchos más; y después, porque, abriendo los brazos
a cualesquiera y de cualquier religión, consiguen persuadir de
hecho el grande error de estos tiempos, a saber, el indiferentismo religioso
y la igualdad de todos los cultos; conducta muy a propósito para
arruinar toda religión, singularmente la católica, a la
que, por ser la única verdadera, no sin suma injuria se la iguala
con las demás.
Negación de los principios fundamentales
.
Pero más lejos van los naturalistas, porque, lanzados audazmente
por las sendas del error en las cosas de mayor momento, caen despeñados
en lo profundo, sea por la flaqueza humana, sea por un justo juicio
de Dios, que castiga su soberbia. Así es que en ellos pierden
su certeza y fijeza aun las verdades que se conocen por luz natural
de la razón, como son la existencia de Dios, la espiritualidad
e inmortalidad del alma humana.
Y la secta de los Masones da en estos mismos escollos del error con
no menos precipitado curso. Porque, si bien confiesan, en general, que
Dios existe, ellos mismos testifican no estar impresa esta verdad en
la mente de cada uno con firme asentimiento y estable juicio. Ni disimulan
tampoco ser entre ellos esta cuestión de Dios causa y fuente
abundantísima de discordia; y aun es notorio que últimamente
hubo entre ellos, por esta misma cuestión, no leve contienda.
De hecho la secta concede a los suyos libertad absoluta de defender
que Dios existe o que no existe; y con la misma facilidad se recibe
a los que resueltamente defienden la negativa, como a los que opinan
que existe Dios, pero sienten de El perversamente, como suelen los panteístas;
lo cual no es otra cosa que acabar con la verdadera noción de
la naturaleza divina, conservando de ella no se sabe qué absurdas
apariencias. Destruido o debilitado este principal fundamento, síguese
que han de quedar vacilantes otras verdades conocidas por la luz natural:
por ejemplo, que todo existe por la libre voluntad de Dios creador;
que su providencia rige el mundo; que las almas no mueren; que a esta
vida ha de suceder otra sempiterna.
Destruidos estos principios, que son como la base del orden natural,
importantísimo para la conducta racional y práctica de
la vida, fácilmente aparece cuáles han de ser las costumbres
públicas y privadas. Nada decimos de las virtudes sobrenaturales,
que nadie puede alcanzar ni ejercitar sin especial gracia y don de Dios,
de las cuales por fuerza no ha de quedar vestigio en los que desprecian
por desconocidas la redención del género humano, la gracia
divina, los sacramentos, la felicidad que se ha de alcanzar en el cielo.
Hablamos de las obligaciones que se deducen de la probidad natural.
Un Dios creador del mundo y su próvido gobernador; una ley eterna
que manda conservar el orden natural y veda el perturbarlo; un fin último
del hombre y mucho más excelso que todas las cosas humanas y
más allá de esta morada terrestre; éstos son los
principios y fuente de toda honestidad y justicia; y, suprimidos éstos,
como suelen hacerlo naturalistas y masones, falta inmediatamente todo
fundamento y defensa a la ciencia de lo justo y de lo injusto. Y, en
efecto, la única educación que a los Masones agrada, y
con la que, según ellos, se ha de educar a la juventud, es la
que llama laica, independiente, libre; es decir, que excluya toda idea
religiosa. Pero cuán escasa sea ésta, cuán falta
de firmeza y a merced del soplo de las pasiones, bien lo manifiestan
los dolorosos frutos que ya se ven en parte; en dondequiera que esta
educación ha comenzado a reinar más libremente, una vez
suprimida la educación cristiana, prontamente se han visto desaparecer
las buenas y sanas costumbres, tomar cuerpo las opiniones más
monstruosas y subir de todo punto la audacia en los crímenes.
Públicamente se lamenta y deplora todo esto, y aun lo reconocen,
aunque no querrían, no pocos que se ven forzados a ello por la
evidencia de la verdad.
Además, como la naturaleza humana quedó inficionada con
la mancha del primer pecado, y por lo tanto más propensa al vicio
que a la virtud, requiérese absolutamente para obrar bien sujetar
los movimientos obcecados del ánimo y hacer que los apetitos
obedezcan a la razón. Y para que en este combate conserve siempre
su señorío la razón vencedora, se necesita muy
a menudo despreciar todas las cosas humanas y pasar grandísimas
molestias y trabajos. Pero los naturalistas y masones, que ninguna fe
dan a las verdades reveladas por Dios, niegan que pecara nuestro primer
padre, y estiman, por tanto, al libre albedrío en nada amenguado
en sus fuerzas ni inclinado al mal[11]. Antes, por lo contrario, exagerando
las fuerzas y excelencia de la naturaleza, y poniendo en ésta
únicamente el principio y norma de la justicia, ni aun pensar
pueden que para calmar sus ímpetus y regir sus apetitos se necesite
una asidua pelea y constancia suma. De aquí vemos ofrecerse públicamente
tantos estímulos a los apetitos del hombre: periódicos
y revistas, sin moderación ni vergüenza alguna; obras dramáticas,
licenciosas en alto grado; asuntos para las artes, sacados con proterva
de los principios de ese que llaman realismo; ingeniosos inventos para
una vida muelle y muy regalada; rebuscados, en suma, toda suerte de
halagos sensuales, a los cuales cierre los ojos la virtud adormecida.
En lo cual obran perversamente, pero son en ello muy consecuentes consigo
mismos, quienes quitan toda esperanza de los bienes celestiales, y ponen
vilmente en cosas perecederas toda la felicidad, como si la fijaran
en la tierra. Lo referido puede confirmar una cosa más extraña
de decirse que de creerse. Porque, como apenas hay tan rendidos servidores
de esos hombres sagaces y astutos como los que tienen el ánimo
enervado y quebrantado por la tiranía de las pasiones, hubo en
la secta masónica quien dijo públicamente y propuso que
ha de procurarse con persuasión y maña que la multitud
se sacie con la innumerable licencia de los vicios, en la seguridad
que así la tendrán sujeta a su arbitrio para poder atreverse
a todo en lo futuro.
Por lo que toca a la vida doméstica, he aquí casi toda
la doctrina de los naturalistas. El matrimonio es un mero contrato:
puede justamente rescindirse a voluntad de los contratantes; la autoridad
civil tiene poder sobre el vínculo matrimonial. En el educar
los hijos nada hay que enseñarles como cierto y determinado en
punto de religión; al llegar a la adolescencia, corre a cuenta
de cada cual escoger lo que guste. Esto mismo piensan los Masones; no
solamente lo piensan, sino que se empeñan, hace ya mucho, en
reducirlo a costumbre y práctica. En muchos Estados, aun en los
llamados católicos, está establecido que fuera del matrimonio
civil no hay unión legítima; en otros, la ley permite
el divorcio; en otros se trabaja para que cuanto antes sea permitido.
Así, apresuradamente se corre a cambiar la naturaleza del matrimonio
en unión inestable y pasajera, que la pasión haga o deshaga
a su antojo.
También tiene puesta la mira, con suma conspiración de
voluntades, la secta de los Masones en arrebatar para sí la educación
de los jóvenes. Ven cuán fácilmente pueden amoldar
a su capricho esta edad tierna y flexible y torcerla hacia donde quieran,
y nada más oportuno para lograr que se forme así para
la sociedad una generación de ciudadanos tal cual ellos se la
forjan. Por tanto, en punto de educación y enseñanza de
los niños, nada dejan al magisterio y vigilancia de los ministros
de la Iglesia, habiendo llegado ya a conseguir que en varios lugares
toda la educación de los jóvenes esté en manos
de laicos, de suerte que, al formar sus corazones, nada se les diga
de los grandes y santísimos deberes que ligan al hombre con Dios.
Consecuencias políticas.
Vienen en seguida los principios de la ciencia política. En este
género dogmatizan los naturalistas que los hombres todos tienen
iguales derechos y son de igual condición en todo; que todos
son libres por naturaleza; que ninguno tiene derecho para mandar a otro,
y el pretender que los hombres obedezcan a cualquier autoridad que no
venga de ellos mismos es propiamente hacerles violencia. Todo está,
pues, en manos del pueblo libre; la autoridad existe por mandato o concesión
del pueblo; tanto que, mudada la voluntad popular, es lícito
destronar a los príncipes aun por la fuerza. La fuente de todos
los derechos y obligaciones civiles está o en la multitud o en
el Gobierno de la nación, organizado, por supuesto, según
los nuevos principios. Conviene, además, que el Estado sea ateo;
no hay razón para anteponer una a otra entre las varias religiones,
pues todas deben ser igualmente consideradas.
Y que todo esto agrade a los Masones del mismo modo, y quieran ellos
constituir las naciones según este modelo, es cosa tan conocida
que no necesita demostrarse. Con todas sus fuerzas e intereses lo están
maquinando así hace mucho tiempo, y con esto dejan expedito el
camino a no pocos más audaces que se inclinan a peores opiniones,
pues proyectan la igualdad y comunidad de toda la riqueza, borrando
así del Estado toda diferencia de clases y fortunas.
Errores y peligros.
De lo que sumariamente hemos referido aparece bastante claro que sea
y por dónde va la secta de los Masones. Sus principales dogmas
discrepan tanto y tan claramente de la razón, que nada puede
ser más perverso. Querer acabar con la religión y la Iglesia,
fundada y conservada perennemente por el mismo Dios, y resucitar después
de dieciocho siglos las costumbres y doctrinas gentílicas, es
necedad insigne y muy audaz impiedad. Ni es menos horrible o más
llevadero el rechazar los beneficios que con tanta bondad alcanzó
Jesucristo, no sólo a cada hombre en particular, sino también
en cuanto viven unidos en la familia o en la sociedad civil, beneficios
señaladísimos hasta según el juicio y testimonio
de los mismos enemigos. En tan feroz e insensato propósito parece
reconocerse el mismo implacable odio o sed de venganza en que arde Satanás
contra Jesucristo.
Así como el otro vehemente empeño de los Masones, el de
destruir los principales fundamentos de lo justo y lo honesto, y animar
así a los que, a imitación del animal, quisiera fuera
lícito cuanto agrada, no es otra cosa que empujar el género
humano ignominiosa y vergonzosamente a su extrema ruina.
Aumentan el mal los peligros que amenazan a la sociedad doméstica
y civil. Porque, como otras veces lo hemos expuesto, hay en el matrimonio,
según el común y casi universal sentir de todos los pueblos
y siglos, algo de sagrado y religioso: veda, además, la ley divina
que pueda disolverse. Pero si esto se permitiera, si el matrimonio se
hace profano, necesariamente ha de seguirse en la familia la discordia
y la confusión, cayendo de su dignidad la mujer y quedando incierta
la prole tanto sobre sus bienes como sobre su propia vida.
Pues el no cuidar oficialmente para nada de la religión, y en
la administración y ordenación de la cosa pública
no tener cuenta ninguna de Dios, como si no existiese, es atrevimiento
inaudito aun entre los mismos gentiles, en cuyo corazón y en
cuyo entendimiento tan grabada estuvo no sólo la creencia en
los dioses, sino la necesidad de un culto público, que reputaban
más fácil encontrar una ciudad sin suelo que sin Dios.
De hecho la sociedad humana a que nos sentimos naturalmente inclinados
fue constituida por Dios, autor de la naturaleza; y de Él emana,
como de principio y fuente, la naturaleza y perenne abundancia de los
bienes innumerables en que la sociedad abunda. Así, pues, como
la misma naturaleza enseña a cada uno en particular a dar piadosa
y santamente culto a Dios por tener de Él la vida y los bienes
que la acompañan, así, y por idéntica causa, incumbe
este mismo deber a pueblos y Estados. Y los que quisieran a la sociedad
civil libre de todo deber religioso, claro está que obran no
sólo injusta, sino ignorante y absurdamente.
Si, pues, los hombres por voluntad de Dios nacen ordenados a la sociedad
civil, y a ésta es tan indispensable el vínculo de la
autoridad que, quitando éste, por necesidad se disuelve aquélla,
síguese que el mismo que creó la sociedad creó
la autoridad. De aquí se ve que quien está revestido de
ella, sea quien fuere, es ministro de Dios, y, por tanto, según
lo piden el fin y la naturaleza de la sociedad humana, es tan puesto
en razón el obedecer a la potestad legítima cuando manda
lo justo, como obedecer a la autoridad de Dios, que todo lo gobierna;
y nada tan falso como el pretender que corresponda por completo a la
masa del pueblo el negar la obediencia cuando le agrade. Todos los hombres
son, ciertamente, iguales: nadie duda de ello, si se consideran bien
la comunidad igual de origen y naturaleza, el fin último cuya
consecuencia se ha señalado a cada uno, y finalmente los derechos
y deberes que de ellos nacen necesariamente.
Mas como no pueden ser iguales las capacidades de los hombres, y distan
mucho uno de otro por razón de las fuerzas corporales o del espíritu,
y son tantas las diferencias de costumbres, voluntades y temperamentos,
nada más repugnante a la razón que el pretender abarcarlo
y confundirlo todo y llevar a las leyes de la vida civil tan rigurosa
igualdad. Así como la perfecta constitución del cuerpo
humano resulta de la juntura y composición de miembros diversos,
que, diferentes en forma y funciones, atados y puestos en sus propios
lugares, constituyen un organismo hermoso a la vista, vigoroso y apto
para bien funcionar, así en la humana sociedad son casi infinitas
las diferencias de los individuos que la forman; y si todos fueran iguales
y cada uno se rigiera a su arbitrio, nada habría más deforme
que semejante sociedad; mientras que si todos, en distinto grado de
dignidad, oficios y aptitudes, armoniosamente conspiran al bien común,
retratarán la imagen de una ciudad bien constituida y según
pide la naturaleza.
Además, de los turbulentos errores, que ya llevamos enumerados,
han de temerse los mayores peligros para los Estados. Porque, quitado
el temor de Dios y el respeto a las leyes divinas, menospreciada la
autoridad de los príncipes, consentida y legitimada la manía
de las revoluciones, sueltas con la mayor licencia las pasiones populares,
sin otro freno que el castigo, ha de seguirse necesariamente el trastorno
y la ruina de todas las cosas. Y aun precisamente esta ruina y trastorno,
es lo que a conciencia maquinan y expresamente proclaman unidas las
masas de comunistas y socialistas, a cuyos designios no podrá
decirse ajena la secta de los Masones, pues favorece en gran manera
sus planes y conviene con ellas en los principales dogmas. Y si de hecho
no llegan inmediatamente y en todas partes a las últimas consecuencias,
no se atribuya a sus doctrinas ni a su voluntad, sino a la eficacia
de la religión divina, que no puede extinguirse, y a la parte
más sana de los hombres, que, rechazando la servidumbre de las
sociedades secretas, resisten con valor a sus locos conatos.
¡Ojalá juzgasen todos del árbol por sus frutos y
conocieran la semilla y principio de los males que nos oprimen y los
peligros que nos amenazan! Tenemos que habérnoslas con un enemigo
astuto y doloso que, halagando los oídos de pueblos y príncipes,
ha cautivado a unos y otros con blandura de palabras y adulaciones.
Al insinuarse entre los príncipes fingiendo amistad, pusieron
la mira los Masones en lograrlos como socios y colaboradores poderosos
para oprimir a la religión católica; y para estimularles
más con insistente calumnia acusaron a la Iglesia de que, envidiosa,
disputaba a los príncipes su potestad y prerrogativas reales.
Lograda por tales artes la audacia y la seguridad, comenzaron a intervenir
con gran influencia en el régimen de las naciones, estando dispuestos
-por lo demás- a sacudir los fundamentos de los imperios y a
perseguir, calumniar y destronar a los príncipes, siempre que
ellos no se mostrasen inclinados a gobernar a gusto de la secta.
No de otro modo engañaron, adulándolos, a los pueblos.
Voceando libertad y prosperidad pública, haciendo ver que por
culpa de la Iglesia y de los monarcas, no había salido ya la
multitud de su inicua servidumbre y de su miseria, engañaron
al pueblo, y, despertada en él la sed de novedades, le incitaron
a combatir contra ambas potestades. Pero ventajas tan esperadas están
más en el deseo que en la realidad, y antes bien, más
oprimida la plebe, se ve forzada a carecer en gran parte de las mismas
cosas en que esperaba el consuelo de su miseria, las cuales hubiera
podido hallar con facilidad y abundancia en la sociedad cristianamente
constituida. Y éste es el castigo de su soberbia, que suelen
encontrar cuantos se vuelven contra el orden de la Providencia divina:
que tropiezan con una suerte desoladora y mísera allí
mismo donde, temerarios, la esperaban próspera y abundante según
sus deseos.
La Iglesia, en cambio, como que manda obedecer primero y sobre todo
a Dios, Soberano Señor de todas las cosas, no podría,
sin injuria y falsedad, ser tenida por enemiga de la potestad civil,
usurpadora de algún derecho de los príncipes; antes bien,
quiere se de al poder civil, por dictamen y obligación de conciencia,
cuanto de derecho se le debe; y el hacer dimanar de Dios mismo, conforme
hace la Iglesia, el derecho de mandar, da gran incremento a la dignidad
del poder civil y no leve apoyo para captarse el respeto y benevolencia
de los ciudadanos. Amiga de la paz, la misma Iglesia fomenta la concordia,
abraza a todos con maternal cariño y, ocupada únicamente
en ayudar a los hombres, enseña que conviene unir la justicia
con la clemencia, el mando con la equidad, las leyes con la moderación;
que no ha de violarse el derecho de nadie; que se ha de servir al orden
y tranquilidad pública y aliviar cuanto se pueda pública
y privadamente la necesidad de los menesterosos. Pero por esto piensan,
para servirnos de las palabras mismas de San Agustín[12], o quieren
que se piense no ser la doctrina de Cristo provechosa para la sociedad,
porque no quieren que el Estado se asiente sobre la solidez de las virtudes,
sino sobre la impunidad de los vicios. Conocido bien todo esto, sería
insigne prueba de sensatez política y empresa conforme a lo que
exige la salud pública que príncipes y pueblos se unieran,
no con los Masones para destruir la Iglesia, sino con la Iglesia para
quebrantar los ímpetus de los Masones.
Remedios doctrinales.
Sea como quiera, ante un mal tan grave y ya tan extendido, lo que a
Nos toca, Venerables Hermanos, es aplicarnos con toda el alma a la busca
de remedios.
Y porque sabemos que la mejor y más firme esperanza de remedio
está puesta en la virtud de la religión divina, tanto
más odiada por los Masones cuanto más temida, juzgamos
ser lo principal el servirnos contra el común enemigo de esta
virtud tan saludable. Así que todo lo que decretaron los Romanos
Pontífices, Nuestros Antecesores, para impedir las tentativas
y los esfuerzos de la secta masónica, y todo cuanto sancionaron
para alejar a los hombres de semejantes sociedades o sacarlos de ellas,
todas y cada una de estas cosas las damos por ratificadas y las confirmamos
con Nuestra autoridad apostólica. Y confiadísimos en la
buena voluntad de los cristianos, rogamos y suplicamos a cada uno en
particular por su eterna salvación que estimen deber sagrado
de conciencia el no apartarse un punto de lo que en esto tiene ordenado
la Silla Apostólica.
Y a vosotros, Venerables Hermanos, os pedimos y rogamos con la mayor
instancia que, uniendo vuestros esfuerzos a los Nuestros, procuréis
con todo ahínco extirpar esta asquerosa peste que va serpeando
por todas las venas de la sociedad. A vosotros toca defender la gloria
de Dios y la salvación de los prójimos: ante tales fines
en el combate, no ha de faltaros ni el valor ni la fuerza.
Vuestra prudencia os dictará el modo mejor de vencer los obstáculos
y las dificultades que se alzarán; pero como es propio de la
autoridad de nuestro ministerio el indicaros Nos mismo algún
plan razonable, pensad que en primer lugar se ha de procurar arrancar
a los Masones su máscara, para que sean conocidos tales cuales
son, que los pueblos aprendan por vuestros discursos y pastorales, dados
con este fin, las malas artes de semejantes sociedades para halagar
y atraer, la perversidad de sus opiniones y lo criminal de sus hechos.
Que ninguno que estime en lo que debe su profesión de católico
y su salvación juzgue serle lícito por ningún título
dar su nombre a la secta masónica, como repetidas veces lo prohibieron
Nuestros Antecesores. Que a ninguno engañe aquella honestidad
fingida; puede, en efecto, parecer a algunos que nada piden los Masones
abiertamente contrario a la religión y buenas costumbres; pero
como toda la razón de ser y causa de la secta estriba en el vicio
y en la maldad, claro es que no es lícito unirse a ellos ni ayudarles
en modo alguno.
Además, conviene con frecuentes sermones y exhortaciones inducir
a las muchedumbres a que se instruyan con todo esmero en lo tocante
a la religión, y para esto recomendamos mucho que en escritos
y sermones oportunos se explanen los principales y santísimos
dogmas que encierran toda la filosofía cristiana. Con lo cual
se llega a sanar los entendimientos por medio de la instrucción
y a fortalecerlos así contra las múltiples formas del
error como contra los varios modos con que se presentan atractivos los
vicios en esa tan grande libertad de publicaciones y curiosidad tan
grande de saber.
Grande obra, sin duda; pero en ella será vuestro primer auxiliar
y colaborador de vuestros trabajos el Clero, si con vuestro esfuerzo
lográis que salga bien pertrechado en virtudes y en ciencia.
Mas empresa tan sana e importante reclama también en su auxilio
el celo activo de los seglares, que juntan en uno el amor de la religión
y de la Patria con la probidad y el saber. Aunadas las fuerzas de una
y otra clase, trabajad, Venerables Hermanos, para que todos los hombres
conozcan bien y amen a la Iglesia; porque cuanto mayor fuere este conocimiento
y este amor, tanto mayor será así la repugnancia con que
se mire a las sociedades secretas como el empeño en rehuirlas.
Organizaciones prácticas.
Y aprovechando esta oportunidad, renovamos ahora justamente Nuestro
deseo, ya repetido, de que se propague y se fomente con toda diligencia
la Orden Tercera de San Francisco, cuyas reglas con lenidad prudente
hemos suavizado hace muy poco tiempo. El único fin que le dio
su autor es el de traer los hombres a la imitación de Jesucristo,
al amor de su Iglesia, al ejercicio de toda virtud cristiana; mucho
ha de valer, por tanto, para extinguir el contagio de estas perversísimas
sociedades. Y así, que cada día aumente más esta
santa Congregación; pues, además de otros muchos frutos,
puede esperarse de ella el insigne de que vuelvan los corazones a la
libertad, fraternidad e igualdad, no como absurdamente las conciben
los masones, sino como las alcanzó Jesucristo para el humano
linaje y las siguió San Francisco: esto es, la libertad de los
hijos de Dios, por la cual nos veamos libres de la servidumbre de Satanás
y de las pasiones, nuestros perversísimos tiranos; la fraternidad
que dimana de ser Dios nuestros Creador y Padre común de todos;
la igualdad que, teniendo por fundamento la caridad y la justicia, no
borra toda diferencia entre los hombres, sino que con la variedad de
condiciones, deberes e inclinaciones forma aquel admirable y armonioso
concierto que aun la misma naturaleza pide para el bien y la dignidad
de la vida civil.
Viene, en tercer lugar, una institución sabiamente establecida
por nuestros mayores e interrumpida por el transcurso del tiempo, que
puede valer ahora como ejemplar y forma para lograr instituciones semejantes.
Hablamos de los gremios y cofradías de trabajadores con que éstos,
al amparo de la religión, defendían juntamente sus intereses
y, a la par, las buenas costumbres.
Y si con el uso y experiencia de largo tiempo vieron nuestros mayores
la utilidad de estas asociaciones, tal vez la experimentaremos mejor
nosotros por ser especialmente aptas para invalidar el poder de las
sectas. Los que conllevan la pobreza con el trabajo de sus manos, fuera
de ser dignísimos, en primer término, de caridad y consuelo,
están más expuestos a las seducciones de los malvados,
que todo lo invaden con fraudes y engaños. Débeseles,
por ello, ayudar con la mayor benignidad posible y atraer a sociedades
honestas, no sea que los arrastren a las infames. En consecuencia, para
salud del pueblo, tenemos vehementes deseos de ver restablecidas en
todas partes, según piden los tiempos, estas corporaciones bajo
los auspicios y patrocinio de los Obispos. Y no es pequeño Nuestro
gozo al verlas ya establecidas en diversos lugares en que también
se han fundado sociedades protectoras, siendo propósito de unas
y otras ayudar a la clase honrada de los proletarios, socorrer y custodiar
sus hijos y sus familias, fomentando en ellas, con la integridad de
las buenas costumbres, el amor a la piedad y el conocimiento de la religión.
Y en este punto no dejaremos de mencionar la Sociedad llamada de San
Vicente de Paúl, tan benemérita de las clases pobres y
tan insigne públicamente en su ejemplaridad. Bien conocidas son
su actuación y sus aspiraciones; se emplea en adelantarse espontáneamente
al auxilio de los menesterosos y de los que sufren, y esto con admirable
sagacidad y modestia; pues, cuanto menos quiere mostrarse, tanto es
mejor para ejercer la caridad cristiana y más oportuna para consuelo
de las miserias.
Educación de la juventud.
En cuarto lugar, y para obtener más fácilmente lo que
intentamos, con el mayor encarecimiento encomendamos a vuestro celo
y a vuestros desvelos la juventud, esperanza de la sociedad.
Poned en su educación vuestro principal cuidado, y nunca, por
más que hiciereis, creáis haber hecho bastante en el preservar
a la adolescencia de aquellas escuelas y aquellos maestros, en los que
pueda temerse el aliento pestilente de las sectas. Exhortad a los padres,
a los directores espirituales, a los párrocos para que insistan,
al enseñar la doctrina cristiana, en avisar oportunamente a sus
hijos y alumnos sobre la perversidad de estas sociedades, y a que aprendan
desde luego a precaverse de las fraudulentas y varias artes que sus
propagadores suelen emplear para enredar a los hombres. Y aun no harían
mal, los que preparan a los niños para recibir bien la primera
Comunión, en persuadirles que se propongan y se comprometan a
no ligarse nunca con sociedad alguna sin decirlo antes a sus padres
o sin consultarlo con su confesor o con su párroco.
Bien conocemos que todos nuestros comunes trabajos no bastarán
a arrancar estas perniciosas semillas del campo del Señor si
desde el cielo el dueño de la viña no favorece benigno
nuestros esfuerzos.
Necesario es, por lo tanto, implorar con vehemente anhelo e instancia
su poderoso auxilio, como y cuanto lo piden la extrema necesidad de
las circunstancias y la grandeza del peligro. Levántase insolente
y orgullosa por sus triunfos la secta de los Masones, ni parece poner
ya límites a su pertinacia. Préstanse mutuo auxilio sus
sectarios, todos unidos en nefando contubernio y por comunes ocultos
designios, y unos a otros se animan para todo malvado atrevimiento.
Tan fiero asalto pide igual defensa, es a saber, que todos los buenos
se unan en amplísima coalición de obras y oraciones. Les
pedimos, pues, por un lado que, estrechando las filas, firmes y a una,
resistan contra los ímpetus cada día más violentos
de los sectarios; por otro, que levanten a Dios las manos y le supliquen
con grandes gemidos, para alcanzar que florezca con nuevo vigor la religión
cristiana; que goce la Iglesia de la necesaria libertad; que vuelvan
a la buena senda los descarriados; y que, al fin, abran paso a la verdad
los errores y los vicios a la virtud.
Como intercesora y abogada tengamos a la Virgen María Madre de
Dios, para que, pues ya en su misma Concepción purísima
venció a Satanás, sea Ella quien se muestre poderosa contra
las nefandas sectas, en las que claramente se ve revivir la soberbia
contumaz del demonio junto con una indómita perfidia y simulación.
Acudamos también al príncipe de los Ángeles buenos,
San Miguel, el debelador de los enemigos infernales; y a San José,
esposo de la Virgen santísima, así como a San Pedro y
San Pablo, Apóstoles grandes, sembradores e invictos defensores
de la fe cristiana, en cuyo patrocinio confiamos, así como en
la perseverante oración de todos, para que el Señor acuda
oportuno y benigno en auxilio del género humano que se encuentra
lanzado a peligros tantos. Sea prueba de los dones celestiales y de
Nuestra benevolencia la Bendición Apostólica, que de todo
corazón os damos en el Señor, a vosotros, Venerables Hermanos,
al Clero y a todo el pueblo confiado a vuestra vigilancia.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de abril de 1884, año
séptimo de Nuestro Pontificado.
_________________________
NOTAS
[1] De civ. Dei. 14, 17.
[2] Ps. 82, 2-4.
[3] Const. In eminenti 24 april. 1738.
[4] Const. Providas 18 mai. 1751.
[5] Const. Ecclesiam a Iesu Christo 12 sept. 1821.
[6] Const. 13 mart. 1825.
[7] Enc. Traditi 21 mai. 1829.
[8] Enc. Mirari 15 aug. 1832.
[9] Enc. Qui pluribus 9 nov. 1846. -Aloc. Multiplices inter 25 sept.
1865, etcétera.
[10] Mat. 7, 18.
[11] Conc. Trid. sess. 6 de iustif. c. 1.
[12] Ep. 137 (al. 3) Ad Volusianum c. 5 n. 20.
Volver
al índice
|