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Aquella
divina misión que, recibida del Padre en beneficio del género
humano, tan santísimamente desempeñó Jesucristo,
tiene como último fin hacer que los hombres lleguen a participar
de una vida bienaventurada en la gloria eterna; y, como fin inmediato,
que durante la vida mortal vivan la vida de la gracia divina, que al
final se abre florida en la vida celestial.
Por ello, el Redentor mismo no cesa de invitar con suma dulzura a todos
los hombres de toda nación y lengua para que vengan al seno de
su Iglesia: Venid a mí todos; Yo soy la vida; Yo soy el buen
pastor. Mas, según sus altísimos decretos, no quiso El
completar por sí solo incesantemente en la tierra dicha misión;
sino que como El mismo la había recibido del Padre, así
la entregó al Espíritu Santo para que la llevara a perfecto
término. Place, en efecto, recordar las consoladoras frases que
Cristo, poco antes de abandonar el mundo, pronunció ante los
apóstoles: Os conviene que yo vaya: si yo no partiere, el Paráclito
no vendrá a vosotros; mas si partiere, os le enviaré[1].
Y al decir así, dio como razón principal de su separación
y de su vuelta al Padre, el provecho que sus discípulos habían
de recibir de la venida del Espíritu Santo; al mismo tiempo que
mostraba cómo Este era igualmente enviado por Él y, por
lo tanto, que de Él procedía como del Padre; y que como
abogado, como consolador y como maestro concluiría la obra por
Él comenzada durante su vida mortal. La perfección de
su obra redentora estaba providentísimamente reservada a la múltiple
virtud de este Espíritu, que en la creación adornó
los cielos[2] y llenó la tierra[3].
Y Nos, que constantemente hemos procurado, con auxilio de Cristo Salvador,
príncipe de los pastores y obispo de nuestras almas, imitar sus
ejemplos, hemos continuado religiosamente su misma misión, encomendada
a los Apóstoles, principalmente a Pedro, cuya dignidad también
se transmite a un heredero menos digno[4]. Guiados por esa intención,
en todos los actos de Nuestro Pontificado a dos cosas principalmente
hemos atendido y sin cesar atendemos. Primero, a restaurar la vida cristiana
así en la sociedad pública como en la familiar, tanto
en los gobernantes como en los pueblos; porque sólo de Cristo
puede derivarse la vida para todos. Segundo, a fomentar la reconciliación
con la Iglesia de los que, o en la fe o por la obediencia, están
separados de ella; pues la verdadera voluntad del mismo Cristo es que
haya sólo un rebaño bajo un solo Pastor. Y ahora, cuando
Nos sentimos cerca ya del fin de Nuestra mortal carrera, place consagrar
toda Nuestra obra, cualquiera que ella haya sido, al Espíritu
Santo que es vida y amor, para que la fecunde y la madure. Para cumplir
mejor y más eficazmente Nuestro deseo, en vísperas de
la solemnidad de Pentecostés, queremos hablaros de la admirable
presencia y poder del mismo Espíritu; es decir, sobre la acción
que Él ejerce en la Iglesia y en las almas merced al don de sus
gracias y celestiales carismas. Resulte de ello, como es Nuestro deseo
ardiente, que en las almas se reavive y se vigorice la fe en el augusto
misterio de la Trinidad, y especialmente crezca la devoción al
divino Espíritu, a quien de mucho son deudores todos cuantos
siguen el camino de la verdad y de la justicia; pues, como señaló
San Basilio, toda la economía divina en torno al hombre, si fue
realizada por nuestro Salvador y Dios, Jesucristo, ha sido llevada a
cumplimiento por la gracia del Espíritu Santo[5].
3. Antes de entrar en materia, será conveniente y útil
tratar algo sobre el misterio de la sacrosanta Trinidad.
Este misterio, el más grande de todos los misterios, pues de
todos es principio y fin, se llama por los doctores sagrados sustancia
del Nuevo Testamento; para conocerlo y contemplarlo, han sido creados
en el cielo los ángeles y en la tierra los hombres; para enseñar
con más claridad lo prefigurado en el Antiguo Testamento, Dios
mismo descendió de los ángeles a los hombres: Nadie vio
jamás a Dios; el Hijo unigénito que está en el
seno del Padre, Él nos lo ha revelado[6].
Así, pues, quien escriba o hable sobre la Trinidad siempre deberá
tener ante la vista lo que prudentemente amonesta el Angélico:
Cuando se habla de la Trinidad, conviene hacerlo con prudencia y humildad,
pues -como dice Agustín- en ninguna otra materia intelectual
es mayor o el trabajo o el peligro de equivocarse o el fruto una vez
logrado[7]. Peligro que procede de confundir entre sí, en la
fe o en la piedad, a las divinas personas o de multiplicar su única
naturaleza; pues la fe católica nos enseña a venerar un
solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.
4. Por ello Nuestro predecesor Inocencio XII no accedió a la
petición de quienes solicitaban una fiesta especial en honor
del Padre. Si hay ciertos días festivos para celebrar cada uno
de los misterios del Verbo Encarnado, no hay una fiesta propia para
celebrar al Verbo tan sólo según su divina naturaleza:
y aun la misma solemnidad de Pentecostés, ya tan antigua, no
se refiere simplemente al Espíritu Santo por sí, sino
que recuerda su venida o externa misión. Todo ello fue prudentemente
establecido, para evitar que nadie multiplicara la divina esencia, al
distinguir las Personas. Más aún; la Iglesia, a fin de
mantener en sus hijos la pureza de la fe, quiso instituir la fiesta
de la Santísima Trinidad, que luego Juan XXII mandó celebrar
en todas partes; permitió que se dedicasen a este misterio templos
y altares y, después de celestial visión, aprobó
una Orden religiosa para la redención de cautivos, en honor de
la Santísima Trinidad, cuyo nombre la distinguía.
Conviene añadir que el culto tributado a los Santos y Ángeles,
a la Virgen Madre de Dios y a Cristo, redunda todo y se termina en la
Trinidad. En las preces consagradas a una de las tres divinas personas,
también se hace mención de las otras; en las letanías,
luego de invocar a cada una de las Personas separadamente, se termina
por su invocación común; todos los salmos e himnos tienen
la misma doxología al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo;
las bendiciones, los ritos, los sacramentos, o se hacen en nombre de
la santa Trinidad, o les acompaña su intercesión. Todo
lo cual ya lo había anunciado el Apóstol con aquella frase:
Porque de Dios, por Dios y en Dios son todas las cosas, a Dios sea la
gloria eternamente[8]; significando así la trinidad de las Personas
y la unidad de naturaleza, pues por ser ésta una e idéntica
en cada una se tribute, como a uno y mismo Dios, igual gloria y coeterna
majestad. Comentando aquellas palabras, dice San Agustín: No
se interprete confusamente lo que el Apóstol distingue, cuando
dice "de Dios, por Dios, en Dios"; pues dice "de Dios",
por el Padre; "por Dios", a causa del Hijo; "en Dios",
por relación al Espíritu Santo[9].
5. Con gran propiedad la Iglesia acostumbra atribuir al Padre las obras
del poder; al Hijo, las de la sabiduría; al Espíritu Santo,
las del amor. No porque todas las perfecciones y todas las obras ad
extra no sean comunes a las tres divinas Personas, pues indivisibles
son las obras de la Trinidad, como indivisa es su esencia[10], porque
así como las tres Personas divinas son inseparables, así
obran inseparablemente[11]; sino que por una cierta relación
y como afinidad que existe entre las obras externas y el carácter
"propio" de cada Persona, se atribuyen a una más bien
que a las otras, o -como dicen- "se apropian". Así
como de la semejanza del vestigio o imagen hallada en las criaturas
nos servimos para manifestar las divinas Personas, así hacemos
también con los atributos divinos; y la manifestación
deducida de los atributos divinos se dice "apropiación"[12].
De esta manera el Padre, que es principio de toda la Trinidad[13], es
la causa eficiente de todas las cosas, de la Encarnación del
Verbo y de la santificación de las almas: "de Dios son todas
las cosas": "de Dios", por relación al Padre;
el Hijo, Verbo e Imagen de Dios, es la causa ejemplar por la que todas
las cosas tienen forma y belleza, orden y armonía, él,
que es camino, verdad, vida, ha reconciliado al hombre con Dios: "por
Dios", por relación al Hijo; finalmente, el Espíritu
Santo es la causa última de todas las cosas, puesto que, así
como la voluntad y aun toda cosa descansa en su fin, así El,
que es la bondad y el amor del Padre y del Hijo, da impulso fuerte y
suave y como la última mano al misterioso trabajo de nuestra
eterna salvación: "en Dios", por relación al
Espíritu Santo.
6. Precisados ya los actos de fe y de culto debidos a la augustísima
Trinidad, todo lo cual nunca se inculcará bastante al pueblo
cristiano, Nuestro discurso se dirige ya a tratar del eficaz poder del
Espíritu Santo. -Ante todo, dirijamos una mirada a Cristo, fundador
de la Iglesia y Redentor del género humano. Entre todas las obras
de Dios ad extra la más grande es, sin duda, el misterio de la
Encarnación del Verbo; en él brilla de tal modo la luz
de los divinos atributos que ni es posible pensar nada superior ni puede
haber nada más saludable para nosotros. Este gran prodigio, aun
cuando se ha realizado por toda la Trinidad, sin embargo se atribuye
como "propio" al Espíritu Santo: y así dice
el Evangelio que la concepción de Jesús en el seno de
la Virgen fue obra del Espíritu Santo[14]; y con razón,
porque el Espíritu Santo es la caridad del Padre y del Hijo,
y este gran misterio de la bondad divina[15], que es la Encarnación,
fue debido al inmenso amor de Dios al hombre, como advierte San Juan:
Amó Dios tanto al mundo que le dio su Hijo Unigénito[16].
Añádase que por dicho acto la humana naturaleza fue levantada
a la unión personal con el Verbo, no por mérito alguno
sino sólo por pura gracia, que es don propio del Espíritu
Santo: El admirable modo, dice San Agustín, con que Cristo fue
concebido por obra del Espíritu Santo, nos da a entender la bondad
de Dios, puesto que la naturaleza humana, sin mérito alguno precedente,
ya en el primer instante fue unida al Verbo de Dios en unidad tan perfecta
de persona que uno mismo fuese a la vez Hijo de Dios e Hijo del Hombre[17].
Por obra del Espíritu divino tuvo lugar no solamente la concepción
de Cristo, sino también la santificación de su alma, llamada
unción en los Sagrados Libros[18], y así es como toda
acción suya se realizaba bajo el influjo del mismo Espíritu[19],
que también cooperó de modo especial a su sacrificio,
según la frase de San Pablo: Cristo, por medio del Espíritu
Santo, se ofreció como hostia inocente a Dios[20]. Después
de todo esto, ya no extrañará que todos los carismas del
Espíritu Santo inundasen el alma de Cristo. Puesto que en El
hubo una abundancia de gracia singularmente plena, en el modo más
grande y con la mayor eficacia que tenerse puede; en él, todos
los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, las gracias gratis
datas, las virtudes, y plenamente todos los dones, ya anunciados en
las profecías de Isaías[21], ya simbolizados en aquella
misteriosa paloma aparecida en el Jordán, cuando Cristo con su
Bautismo consagraba sus aguas para el nuevo Sacramento.
Con razón nota San Agustín que Cristo no recibió
el Espíritu Santo, siendo ya de treinta años, sino que
cuando fue bautizado estaba sin pecado y ya tenía el Espíritu
Santo, entonces, es decir, en el bautismo, no hizo sino prefigurar a
su cuerpo místico, es decir, a la Iglesia en la cual los bautizados
reciben de modo peculiar el Espíritu Santo[22]. Y así
la aparición sensible del Espíritu sobre Cristo y su acción
invisible en su alma representaban la doble misión del Espíritu
Santo, visible en la Iglesia, e invisible en el alma de los justos.
7. La Iglesia, ya concebida y nacida del corazón mismo del segundo
Adán en la Cruz, se manifestó a los hombres por vez primera
de modo solemne en el celebérrimo día de Pentecostés
con aquella admirable efusión, que había sido vaticinada
por el profeta Joel[23]: y en aquel mismo día se iniciaba la
acción del divino Paráclito en el místico cuerpo
de Cristo, posándose sobre los Apóstoles, como nuevas
coronas espirituales, formadas con lenguas de fuego, sobre sus cabezas[24].
Y entonces los Apóstoles descendieron del monte, como escribe
el Crisóstomo, no ya llevando en sus manos como Moisés
tablas de piedra, sino al Espíritu Santo en su alma, derramando
el tesoro y fuente de verdades y de carismas[25]. Así ciertamente
se cumplía la última promesa de Cristo a sus Apóstoles,
la de enviarles el Espíritu Santo, para que con su inspiración
completara y en cierto modo sellase el depósito de la revelación:
Aun tengo que deciros muchas cosas, mas no las entenderíais ahora;
cuando viniere el Espíritu de verdad, os enseñará
toda verdad[26]. El Espíritu Santo, que es espíritu de
verdad, pues procede del Padre, Verdad eterna, y del Hijo, Verdad substancial,
recibe de uno y otro, juntamente con la esencia, toda la verdad que
luego comunica a la Iglesia, asistiéndola para que no yerre jamás,
y fecundando los gérmenes de la revelación hasta que,
en el momento oportuno, lleguen a madurez para la salud de los pueblos.
Y como la Iglesia, que es medio de salvación, ha de durar hasta
la consumación de los siglos, precisamente el Espíritu
Santo la alimenta y acrecienta en su vida y en su virtud: Yo rogaré
al Padre y El os mandará el Espíritu de verdad, que se
quedará siempre con vosotros[27]. Pues por El son constituidos
los Obispos, que engendran no sólo hijos, sino también
padres, esto es, Sacerdotes, para guiarla y alimentarla con aquella
misma sangre con que fue redimida por Cristo: El Espíritu Santo
ha puesto a los Obispos para regir la Iglesia de Dios, que Cristo adquirió
con su sangre[28]; unos y otros, Obispos y Sacerdotes, por singular
don del Espíritu tienen poder de perdonar los pecados, según
Cristo dijo a sus Apóstoles: Recibid el Espíritu Santo:
a los que perdonareis los pecados, les serán perdonados, y a
los que se les retuviereis, les serán retenidos[29].
8. Nada confirma tan claramente la divinidad de la Iglesia como el glorioso
esplendor de carismas que por todas partes la circundan, corona magnífica
que ella recibe del Espíritu Santo. Baste, por último,
saber que si Cristo es la cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo
es su alma: Lo que el alma es en nuestro cuerpo, es el Espíritu
Santo en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia[30]. Si esto es así,
no cabe imaginar ni esperar ya otra mayor y más abundante manifestación
y aparición del Divino Espíritu, pues la Iglesia tiene
ya la máxima que ha de durarle hasta que, desde el estadio de
la milicia terrenal, sea elevada triunfante al coro alegre de la sociedad
celestial.
No menos admirable, aunque en verdad sea más difícil de
entender, es la acción del Espíritu Santo en las almas,
que se esconde a toda mirada sensible.
Y esta efusión del Espíritu es de abundancia tanta que
el mismo Cristo, su donante, la asemejó a un río abundantísimo,
como lo afirma San Juan: Del seno de quien creyere en Mí, como
dice la Escritura, brotarán fuentes de agua viva; testimonio
que glosó el mismo Evangelista, diciendo: Dijo esto del Espíritu
Santo, que los que en El creyesen habían de recibir[31].
9. Cierto es que aun en los mismos justos del Antiguo Testamento ya
inhabitó el Espíritu Santo, según lo sabemos de
los profetas, de Zacarías, del Bautista, de Simeón y de
Ana; pues no fue en Pentecostés cuando el Espíritu Santo
comenzó a inhabitar en los Santos por vez primera: en aquel día
aumentó sus dones, mostrándose más rico y más
abundante en su largueza[32]. También aquellos eran hijos de
Dios, mas aún permanecían en la condición de siervos,
porque tampoco el hijo se diferencia del siervo, mientras está
bajo tutela[33]; a más de que la justicia en ellos no era sino
por los previstos méritos de Cristo, y la comunicación
del Espíritu Santo hecha después de Cristo es mucho más
copiosa, como la cosa pactada vence en valor a la prenda, y como la
realidad excede en mucho a su figura. Y por ello así lo afirmó
Juan: Aún no había sido dado el Espíritu Santo,
porque Jesús no había sido glorificado[34]. Inmediatamente
que Cristo ascendiendo a lo alto hubo tomado posesión de su reino,
conquistado con tanto trabajo, con divina munificencia abrió
sus tesoros, repartiendo a los hombres los dones del Espíritu
Santo[35]: Y no es que antes no hubiese sido mandado el Espíritu
Santo, sino que no había sido dado como lo fue después
de la glorificación de Cristo[36]. Y ello, porque la naturaleza
humana es esencialmente sierva de Dios: La criatura es sierva, nosotros
somos siervos de Dios según la naturaleza[37]; más aún,
por el primer pecado toda nuestra naturaleza cayó tan baja que
se tornó enemiga de Dios: Eramos por la naturaleza hijos de la
ira[38]. No había fuerza capaz de levantarnos de caída
tan grande y rescatarnos de la eterna ruina. Pero Dios, que nos había
creado, se movió a piedad; y por medio de su Unigénito
restituyó al hombre a la noble altura de donde había caído,
y aun le realzó con más abundante riqueza de dones. Ninguna
lengua puede expresar esta labor de la divina gracia en las almas de
los hombres, por la que son llamados, ya en las Sagradas Escrituras,
ya en los escritos de los Padres de la Iglesia, regenerados, criaturas
nuevas, participantes de la divina naturaleza, hijos de Dios, deificados,
y así más aún. Ahora bien, beneficios tan grandes
propiamente los debemos al Espíritu Santo.
El es el Espíritu de adopción de los hijos, en el cual
clamamos: "Abba", "Pater"; inunda los corazones
con la dulzura de su paternal amor; da testimonio a nuestro espíritu
de que somos hijos de Dios[39]. Para declarar lo cual es muy oportuna
aquella observación del Angélico, de que hay cierta semejanza
entre las dos obras del Espíritu Santo; puesto que por la virtud
del Espíritu Santo Cristo fue concebido en santidad para ser
hijo natural de Dios, y los hombres son santificados para ser hijos
adoptivos de Dios[40]. Y así, con mucha mayor nobleza aún
que en el orden natural, la espiritual generación es fruto del
Amor increado.
10. Esta regeneración y renovación comienza para cada
uno en el Bautismo, Sacramento en el que, arrojado del alma el espíritu
inmundo, desciende a ella por primera vez el Espíritu Santo,
haciéndola semejante a sí: Lo que nace del Espíritu
es espíritu[41]. Con más abundancia se nos da el mismo
Espíritu en la Confirmación, por la que se nos infunde
fortaleza y constancia para vivir como cristianos: es el mismo Espíritu
el que venció en los mártires y triunfó en las
vírgenes sobre los halagos y peligros. Hemos dicho que "se
nos da el mismo Espíritu": La caridad de Dios se difunde
en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado[42].
Y en verdad no sólo nos llena con divinos dones, sino que es
autor de los mismos, y aun El mismo es el don supremo porque, al proceder
del mutuo amor del Padre y del Hijo, con razón es don del Dios
altísimo. Para mejor entender la naturaleza y efectos de este
don, conviene recordar cuanto, después de las Sagradas Escrituras,
enseñaron los sagrados doctores, esto es, que Dios se halla presente
a todas las cosas y que está en ellas: por potencia, en cuanto
se hallan sujetas a su potestad; por presencia, en cuanto todas están
abiertas y patentes a sus ojos; por esencia, porque en todas se halla
como causa de su ser[43]. Mas en la criatura racional se encuentra Dios
ya de otra manera; esto es, en cuanto es conocido y amado, ya que según
naturaleza es amar el bien, desearlo y buscarlo. Finalmente, Dios por
medio de su gracia está en el alma del justo en forma más
íntima e inefable, como en su templo; y de ello se sigue aquel
mutuo amor por el que el alma está íntimamente presente
a Dios, y está en él más de lo que pueda suceder
entre los amigos más queridos, y goza de él con la más
regalada dulzura.
11. Y esta admirable unión, que propiamente se llama inhabitación,
y que sólo en la condición o estado, mas no en la esencia,
se diferencia de la que constituye la felicidad en el cielo, aunque
realmente se cumple por obra de toda la Trinidad, por la venida y morada
de las tres divinas Personas en el alma amante de Dios, vendremos a
él y haremos mansión junto a él[44], se atribuye,
sin embargo, como peculiar al Espíritu Santo. Y es cierto que
hasta entre los impíos aparecen vestigios del poder y sabiduría
divinos; mas de la caridad, que es como "nota" propia del
Espíritu Santo, tan sólo el justo participa.
Añádase que a este Espíritu se le da el apelativo
de Santo, también porque, siendo el primero y eterno Amor, nos
mueve y excita a la santidad que en resumen no es sino el amor a Dios.
Y así, el Apóstol, cuando llama a los justos templos de
Dios, nunca les llama expresamente templos "del Padre" o "del
Hijo", sino "del Espíritu Santo": ¿Ignoráis
que vuestros miembros son templo del Espíritu Santo, que está
en vosotros, pues le habéis recibido de Dios?[45]. A la inhabitación
del Espíritu Santo en las almas justas sigue la abundancia de
los dones celestiales. Así enseña Santo Tomás:
El Espíritu Santo, al proceder como Amor, procede en razón
de don primero; por esto dice Agustín que, por medio de este
don que es el Espíritu Santo, muchos otros dones se distribuyen
a los miembros de Cristo[46]. Entre estos dones se hallan aquellos ocultos
avisos e invitaciones que se hacen sentir en la mente y en el corazón
por la moción del Espíritu Santo; de ellos depende el
principio del buen camino, el progreso en él, y la salvación
eterna. Y puesto que estas voces e inspiraciones nos llegan muy ocultamente,
con toda razón en las Sagradas Escrituras alguna vez se dicen
semejantes al susurro del viento; y el Angélico Doctor sabiamente
las compara con los movimientos del corazón, cuya virtud toda
se halla oculta: El corazón tiene una cierta influencia oculta,
y por ello al corazón se compara el Espíritu Santo que
invisiblemente vivifica a la Iglesia y la une[47].
12. Y el hombre justo que ya vive la vida de la divina gracia y opera
por congruentes virtudes, como el alma por sus potencias, tiene necesidad
de aquellos siete dones que se llaman propios del Espíritu Santo.
Gracias a éstos el alma se dispone y se fortalece para seguir
más fácil y prontamente las divinas inspiraciones: es
tanta la eficacia de estos dones, que la conducen a la cumbre de la
santidad; y tanta su excelencia, que perseveran intactos, aunque más
perfectos, en el reino celestial. Merced a esos dones, el Espíritu
Santo nos mueve y realza a desear y conseguir las evangélicas
bienaventuranzas, que son como flores abiertas en la primavera, cual
indicio y presagio de la eterna bienaventuranza. Y muy regalados son,
finalmente, los frutos enumerados por el Apóstol[48] que el Espíritu
Santo produce y comunica a los hombres justos, aun durante la vida mortal,
llenos de toda dulzura y gozo, pues son del Espíritu Santo que
en la Trinidad es el amor del Padre y del Hijo y que llena de infinita
dulzura a las criaturas todas[49].
Y así el Divino Espíritu, que procede del Padre y del
Hijo en la eterna luz de santidad como amor y como don, luego de haberse
manifestado a través de imágenes en el Antiguo Testamento,
derramaba la abundancia de sus dones en Cristo y en su cuerpo místico,
la Iglesia; y con su gracia y saludable presencia alza a los hombres
de los caminos del mal, cambiándoles de terrenales y pecadores
en criaturas espirituales y casi celestiales. Pues tantos y tan señalados
son los beneficios recibidos de la bondad del Espíritu Santo,
la gratitud nos obliga a volvernos a El, llenos de amor y devoción.
13. Seguramente harán esto muy bien y perfectamente los hombres
cristianos, si cada día se empeñaren más en conocerle,
amarle y suplicarle: a ese fin tiende esta exhortación dirigida
a los mismos, tal como surge espontánea de Nuestro paternal ánimo.
Acaso no falten en nuestros días algunos que, de ser interrogados
como en otro tiempo lo fueron algunos por San Pablo, "si habían
recibido el Espíritu Santo", contestarían a su vez:
Nosotros, ni siquiera hemos oído si existe el Espíritu
Santo[50]. Que si a tanto no llega la ignorancia, en una gran parte
de ellos es muy escaso su conocimiento sobre El; tal vez hasta con frecuencia
tienen su nombre en los labios, mientras su fe está llena de
crasas tinieblas. Recuerden, pues, los predicadores y párrocos
que les pertenece enseñar con diligencia y claramente al pueblo
la doctrina católica sobre el Espíritu Santo, mas evitando
las cuestiones arduas y sutiles, y huyendo de la necia curiosidad que
presume indagar los secretos todos de Dios. Cuiden recordar y explicar
claramente los muchos y grandes beneficios que del Divino Dador nos
vienen constantemente, de forma que sobre cosas tan altas desaparezca
el error y la ignorancia, impropios de los hijos de la luz. Insistimos
en esto no sólo por tratarse de un misterio, que directamente
nos prepara para la vida eterna y que, por ello, es necesario creer
firme y expresamente, sino también porque, cuanto más
clara y plenamente se conoce el bien, más intensamente se le
quiere y se le ama. Esto es lo que ahora queremos recomendaros: Debemos
amar al Espíritu Santo, porque es Dios: Amarás al Señor
tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fortaleza[51].
Y ha de ser amado, porque es el Amor sustancial eterno y primero, y
no hay cosa más amable que el amor; y luego tanto más
le debemos amar cuanto que nos ha llenado de inmensos beneficios que,
si atestiguan la benevolencia del donante, exigen la gratitud del alma
que los recibe. Amor éste, que tiene una doble utilidad, ciertamente
no pequeña. Primeramente, nos obliga a tener en esta vida un
conocimiento cada día más claro del Espíritu Santo:
El que ama, dice Santo Tomás, no se contenta con un conocimiento
superficial del amado, sino que se esfuerza por conocer cada una de
las cosas que le pertenecen intrínsecamente y así entra
en su interior, como del Espíritu Santo, que es amor de Dios,
se dice que examina hasta lo profundo de Dios[52]. En segundo lugar,
que será mayor aún la abundancia de sus celestiales dones,
pues como la frialdad hace cerrarse la mano del donante, el agradecimiento
la hace ensancharse. Y cuídese bien de que dicho amor no se limite
a áridas disquisiciones o a externos actos religiosos; porque
debe ser operante, huyendo del pecado, que es especial ofensa contra
el Espíritu Santo. Cuanto somos y tenemos, todo es don de la
divina bondad que corresponde como propia al Espíritu Santo;
luego el pecador le ofende al mismo tiempo que recibe sus beneficios,
y abusa de sus dones para ofenderle, al mismo tiempo que, porque es
bueno, se alza contra Él multiplicando incesantes sus culpas.
14. Añádase, además, que, pues el Espíritu
Santo es espíritu de verdad, si alguno falta por debilidad o
ignorancia, tal vez tenga alguna excusa ante el tribunal de Dios; mas
el que por malicia se opone a la verdad o la rehuye comete gravísimo
pecado contra el Espíritu Santo. Pecado tan frecuente en nuestra
época, que parecen llegados los tristes tiempos descritos por
San Pablo, en los cuales, obcecados los hombres por justo juicio de
Dios, reputan como verdaderas las cosas falsas, y al príncipe
de este mundo, que es mentiroso y padre de la mentira, le creen como
a maestro de la verdad: Dios les enviará espíritu de error
para que crean a la mentira[53]: en los últimos tiempos se separarán
algunos de la fe, para creer en los espíritus del error y en
las doctrinas de los demonios[54]. Y por cuanto el Espíritu Santo,
según arriba hemos dicho, habita en nosotros como en su templo,
repitamos con el Apóstol: No queráis contristar al Espíritu
Santo de Dios, que os ha consagrado[55]. Para ello no basta huir de
todo lo que es inmundo, sino que el hombre cristiano debe resplandecer
en toda virtud, especialmente en pureza y santidad, para no desagradar
a huésped tan grande, puesto que la pureza y la santidad son
las propias del templo. Por ello exclama el mismo Apóstol: Pero
¿es que no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu
de Dios habita en vosotros? Si alguno osare profanar el templo de Dios,
será maldito de Dios, pues el templo debe ser santo y vosotros
sois este templo[56]; amenaza tremenda, pero justísima.
15. Por último, conviene rogar y pedir al Espíritu Santo,
cuyo auxilio y protección todos necesitamos en extremo. Somos
pobres, débiles, atribulados, inclinados al mal: luego recurramos
a El, fuente inexhausta de luz, de consuelo y de gracia. Sobre todo,
debemos pedirle perdón de los pecados, que tan necesario nos
es, puesto que es el Espíritu Santo don del Padre y del Hijo,
y los pecadores son perdonados por medio del Espíritu Santo como
por don de Dios[57], lo cual se proclama expresamente en la liturgia
cuando al Espíritu Santo le llama remisión de todos los
pecados[58].
Cuál sea la manera conveniente para invocarle lo aprendamos de
la Iglesia, que suplicante se vuelve al mismo Espíritu Santo
y lo llama con los nombres más dulces de padre de los pobres,
dador de los dones, luz de los corazones, consolador benéfico,
huésped del alma, aura de refrigerio; y le suplica encarecidamente
que limpie, sane y riegue nuestras mentes y nuestros corazones, y que
conceda a todos los que en El confiamos el premio de la virtud, el feliz
final de la vida presente, el perenne gozo en la futura. Ni cabe pensar
que estas plegarias no sean escuchadas por aquel de quien leemos que
ruega por nosotros con gemidos inenarrables[59]. En resumen, debemos
suplicarle con confianza y constancia para que diariamente nos ilustre
más y más con su luz y nos inflame con su caridad, disponiéndonos
así por la fe y por el amor a que trabajemos con denuedo por
adquirir los premios eternos, puesto que El es la prenda de nuestra
heredad[60].
16. Ved, Venerables Hermanos, los avisos y exhortaciones Nuestras sobre
la devoción al Espíritu Santo, y no dudamos que por virtud
principalmente de vuestro trabajo y solicitud, se han de producir saludables
frutos en el pueblo cristiano. Cierto que jamás faltará
Nuestra obra en cosa de tan gran importancia; más aún,
tenemos la intención de fomentar ese tan hermoso sentimiento
de piedad por aquellos modos que juzgaremos más convenientes
a tal fin. Entre tanto, puesto que Nos, hace ahora dos años,
por medio del Breve Provida Matris, recomendamos a los católicos
para la solemnidad de Pentecostés algunas especiales oraciones
a fin de suplicar por el cumplimiento de la unidad cristiana, Nos place
ahora añadir aquí algo más. Decretamos, por lo
tanto, y mandamos que en todo el mundo católico en este año,
y siempre en lo por venir, a la fiesta de Pentecostés preceda
la novena en todas las iglesias parroquiales y también aun en
los demás templos y oratorios, a juicio de los Ordinarios.
Concedemos la indulgencia de siete años y otras tantas cuarentenas
por cada día a todos los que asistieren a la novena y oraren
según Nuestra intención, además de la indulgencia
plenaria en un día de la novena, o en la fiesta de Pentecostés
y aun dentro de la octava, siempre que confesados y comulgados oraren
según Nuestra intención. Queremos igualmente también
que gocen de tales beneficios todos aquellos que, legítimamente
impedidos, no puedan asistir a dichos cultos públicos, y ello
aun en los lugares donde no pudieren celebrarse cómodamente -a
juicio del Ordinario- en el templo, con tal que privadamente hagan la
novena y cumplan las demás obras y condiciones prescritas. Y
Nos place añadir del tesoro de la Iglesia que puedan lucrar nuevamente
una y otra indulgencia todos los que en privado o en público
renueven según su propia devoción algunas oraciones al
Espíritu Santo cada día de la octava de Pentecostés
hasta la fiesta inclusive de la Santísima Trinidad, siempre que
cumplan las demás condiciones arriba indicadas. Todas estas indulgencias
son aplicables también aun a las benditas almas del Purgatorio.
17. Y ahora Nuestro pensamiento se vuelve a donde comenzó, a
fin de lograr del divino Espíritu, con incesantes oraciones,
su cumplimiento. Unid, pues, Venerables Hermanos, a Nuestras oraciones
también las vuestras, así como las de todos los fieles,
interponiendo la poderosa y eficaz mediación de la Santísima
Virgen. Bien sabéis cuán íntimas e inefables relaciones
existen entre ella y el Espíritu Santo, puesto que es su Esposa
inmaculada. La Virgen cooperó con su oración muchísimo
así al misterio de la Encarnación como a la venida del
Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Que Ella continúe,
pues, realzando con su patrocinio nuestras comunes oraciones, para que
en medio de las afligidas naciones se renueven los divinos prodigios
del Espíritu Santo, celebrados ya por el profeta David: Manda
tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz
de la tierra[61].
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 9 de mayo del año
1897, vigésimo de Nuestro Pontificado.
[1] Io. 16, 7.
[2] Iob 26, 13.
[3] Sap. 1, 7.
[4] S. Leo M. Sermo 2 in anniv. ass. suae.
[5] De Spiritu Sancto 16, 39.
[6] Io. 1, 18.
[7] 1a., 31, 2. -De Trin. 1, 3.
[8] Rom. 11, 36.
[9] De Trin. 6, 10; 1, 6.
[10] S. Aug. De Trin., 1, 4 et 5.
[11] S. Aug., ibid.
[12] S. Th. 1a. 39, 7.
[13] S. Aug. De Trin. 4, 20.
[14] Mat. 1, 18. 20.
[15] 1 Tim. 3, 16.
[16] 3, 16.
[17] Enchir. 30. -S. Th. 3a. 32, 1.
[18] Act. 10, 38.
[19] S. Basil. De Sp. S. 16.
[20] Hebr. 9, 14.
[21] 4, 1; 11, 2. 3.
[22] De Trin. 15, 26.
[23] 2, 28. 29.
[24] Cyr. Hierosol. Catech. 17.
[25] In Mat. hom. 1; 2 Cor. 3, 3.
[26] Io. 16, 12, 13.
[27] Ibid. 14. 16. 17.
[28] Act. 20, 28.
[29] Io. 20, 22. 23.
[30] S. Aug. Serm. 187 de temp.
[31] 7, 38. 39.
[32] S. Leo M., Hom. 3 de Pentec.
[33] Gal. 4, 1. 2.
[34] 7, 39.
[35] Eph. 4, 8.
[36] Aug. de Trin. 1. 4, c. 20.
[37] S. Cyr. Alex. Thesaur. 1. 5, c. 5.
[38] Eph. 2, 3.
[39] Rom. 8, 15, 16.
[40] 3a. 32, 1.
[41] Io. 3, 7.
[42] Rom. 5, 5.
[43] 1a. S. Th., 8, 3.
[44] Io. 14, 23.
[45] 1 Cor. 6, 19.
[46] 1o. 38, 2. -S. Aug. De Trin. 15, 19.
[47] 3o. 8, 1 ad 3.
[48] Gal. v. 22.
[49] S. Aug. De Trin. 5, 9.
[50] Act. 19, 2.
[51] Deut. 6, 5.
[52] 1 Cor. 2, 10. -1. 2ae. 28, 2.
[53] 2 Thes. 2, 10.
[54] 1 Tim. 4, 1.
[55] Eph. 4, 30.
[56] 1 Cor. 3, 16. 17.
[57] Sum. theol. 3a. 3, 8 ad 3.
[58] In Miss. Rom. fer. 3 post Pent.
[59] Rom. 8, 26.
[60] Eph. 1, 14.
[61] Ps. 103, 30.
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