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DECRETO SOBRE EL SANTÍSIMO SACRAMENTO
DE LA EUCARISTÍA
Aunque el sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento,
congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido
por los mismos Legado y Nuncios de la santa Sede Apostólica,
se ha juntado no sin particular dirección y gobierno del Espíritu
Santo, con el fin de exponer la verdadera doctrina sobre la fe y Sacramentos,
y con el de poner remedio a todas las herejías, y a otros gravísimos
daños, que al presente afligen lastimosamente la Iglesia de Dios,
y la dividen en muchos y varios partidos; ha tenido principalmente desde
los principios por objeto de sus deseos, arrancar de raíz la
cizaña de los execrables errores y cismas, que el demonio ha
sembrado en estos nuestros calamitosos tiempos sobre la doctrina de
fe, uso y culto de la sacrosanta Eucristía, la misma que por
otra parte dejó nuestro Salvador en su Iglesia, como símbolo
de su unidad y caridad, queriendo que con ella estuviesen todos los
cristianos juntos y reunidos entre sí. En consecuencia pues,
el mismo sacrosanto Concilio enseñando la misma sana y sincera
doctrina sobre este venerable y divino sacramento de la Eucaristía,
que siempre ha retenido, y conservará hasta el fin de los siglos
la Iglesia católica, instruida por Jesucristo nuestro Señor
y sus Apóstoles, y enseñada por el Espíritu Santo,
que incesantemente le sugiere toda verdad; prohibe a todos los fieles
cristianos, que en adelante se atrevan a creer, enseñar o predicar
respecto de la santísima Eucaristía de otro modo que el
que se explica y define en el presente decreto.
CAP.
I. De la presencia real de Jesucristo nuestro Señor en el santísimo
sacramento de la Eucaristía.
CAP. II. Del modo con que se instituyó este santísimo
Sacramento.
CAP. III. De la excelencia del santísimo sacramento de la Eucaristía,
respecto de los demás Sacramentos.
CAP. IV. De la Transubstanciación.
CAP. V. Del culto y veneración que se debe dar a este santísimo
Sacramento.
CAP. VI. Que se debe reservar el sacramento de la sagrada Eucaristía,
y llevar a los enfermos.
CAP. VII. De la preparación que debe preceder para recibir dignamente
la sagrada Eucaristía.
CAP. VIII. Del uso de este admirable Sacramento.
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CAP.
I. De la presencia real de Jesucristo nuestro Señor en el santísimo
sacramento de la Eucaristía.
En primer lugar enseña el santo Concilio, y clara y sencillamente
confiesa, que después de la consagración del pan y del
vino, se contiene en el saludable sacramento de la santa Eucaristía
verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo,
verdadero Dios y hombre, bajo las especies de aquellas cosas sensibles;
pues no hay en efecto repugnancia en que el mismo Cristo nuestro Salvador
este siempre sentado en el cielo a la diestra del Padre según
el modo natural de existir, y que al mismo tiempo nos asista sacramentalmente
con su presencia, y en su propia substancia en otros muchos lugares
con tal modo de existir, que aunque apenas lo podemos declarar con palabras,
podemos no obstante alcanzar con nuestro pensamiento ilustrado por la
fe, que es posible a Dios, y debemos firmísimamente creerlo.
Así pues han profesado clarísimamente todos nuestros antepasados,
cuantos han vivido en la verdadera Iglesia de Cristo, y han tratado
de este santísimo y admirable Sacramento; es a saber, que nuestro
Redentor lo instituyó en la última cena, cuando después
de haber bendecido el pan y el vino; testificó a sus Apóstoles
con claras y enérgicas palabras, que les daba su propio cuerpo
y su propia sangre. Y siendo constante que dichas palabras, mencionadas
por los santos Evangelistas, y repetidas después por el Apóstol
san Pablo, incluyen en sí mismas aquella propia y patentísima
significación, según las han entendido los santos Padres;
es sin duda execrable maldad, que ciertos hombres contenciosos y corrompidos
las tuerzan, violenten y expliquen en sentido figurado, ficticio o imaginario;
por el que niegan la realidad de la carne y sangre de Jesucristo, contra
la inteligencia unánime de la Iglesia, que siendo columna y apoyo
de verdad, ha detestado siempre como diabólicas estas ficciones
excogitadas por hombres impíos, y conservado indeleble la memoria
y gratitud de este tan sobresaliente beneficio que Jesucristo nos hizo.
CAP.
II. Del modo con que se instituyó este santísimo Sacramento.
Estando, pues, nuestro Salvador para partirse de este mundo a su Padre,
instituyó este Sacramento, en el cual como que echó el
resto de las riquezas de su divino amor para con los hombres dejándonos
un monumento de sus maravillas, y mandándonos que al recibirle
recordásemos con veneración su memoria, y anunciásemos
su muerte hasta tanto que el mismo vuelva a juzgar al mundo. Quiso además
que se recibiese este Sacramento como un manjar espiritual de las almas,
con el que se alimenten y conforten los que viven por la vida del mismo
Jesucristo, que dijo: Quien me come, vivirá por mí; y
como un antídoto con que nos libremos de las culpas veniales,
y nos preservemos de las mortales. Quiso también que fuese este
Sacramento una prenda de nuestra futura gloria y perpetua felicidad,
y consiguientemente un símbolo, o significación de aquel
único cuerpo, cuya cabeza es él mismo, y al que quiso
estuviésemos unidos estrechamente como miembros, por meido de
la segurísima unión de la fe, la esperanza y la caridad,
para que todos confesásemos una misma cosa, y no hubiese cismas
entre nosotros.
CAP.
III. De la excelencia del santísimo sacramento de la Eucaristía,
respecto de los demás Sacramentos.
Es común por cierto a la santísima Eucaristía con
los demás Sacramentos, ser símbolo o significación
de una cosa sagrada, y forma o señal visible de la gracia invisible;
no obstante se halla en él la excelencia y singularidad de que
los demás Sacramentos entoncs comienzan a tener la eficacia de
santificar cuando alguno usa de ellos; mas en la Eucaristía existe
el mismo autor de la santidad antes de comunicarse: pues aun no habían
recibido los Apóstoles la Eucaristía de mano del Señor,
cuando él mismo afirmó con toda verdad, que lo que les
daba era su cuerpo. Y siempre ha subsistido en la Iglesia de Dios esta
fe, de que inmediatamente después de la consagración,
existe bajo las especies de pan y vino el verdadero cuerpo de nuestro
Señor, y su verdadera sangre, juntamente con su alma y divinidad:
el cuerpo por cierto bajo la especie de pan, y la sangre bajo la especie
de vino, en virtud de las palabras; mas el mismo cuerpo bajo la especie
de vino, y la sangre bajo la de pan, y el alma bajo las dos, en fuerza
de aquella natural conexión y concomitancia, por la que están
unidas entre sí las partes de nuestro Señor Jesucristo,
que ya resucitó de entre los muertos para no volver a morir;
y la divinidad por aquella su admirable unión hipostática
con el cuerpo y con el alma. Por esta causa es certísimo que
se contiene tanto bajo cada una de las dos especies, como bajo de ambas
juntas; pues existe Cristo todo, y entero bajo las especies de pan,
y bajo cualquiera parte de esta especie: y todo también existe
bajo la especie de vino y de sus partes.
CAP.
IV. De la Transubstanciación.
Mas por cuanto dijo Jesucristo nuestro Redentor, que era verdaderamente
su cuerpo lo que ofrecía bajo la especie de pan, ha creído
por lo mismo perpetuamente la Iglesia de Dios, y lo mismo declara ahora
de nuevo este mismo santo Concilio, que por la consagración del
pan y del vino, se convierte toda la substancia del pan en la substancia
del cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, y toda la substancia
del vino en la substancia de su sangre, cuya conversión ha llamado
oportuna y propiamente Transubstanciación la santa Iglesia católica.
CAP.
V. Del culto y veneración que se debe dar a este santísimo
Sacramento.
No queda, pues, motivo alguno de duda en que todos los fieles cristianos
hayan de venerar a este santísimo Sacramento, y prestarle, según
la costumbre siempre recibida en la Iglesia católica, el culto
de latría que se debe al mismo Dios. Ni se le debe tributar menos
adoración con el pretexto de que fue instituido por Cristo nuestro
Señor para recibirlo; pues creemos que está presente en
él aquel mismo Dios de quien el Padre Eterno, introduciéndole
en el mundo, dice: Adórenle todos los Angeles de Dios; el mismo
a quien los Magos postrados adoraron; y quien finalmente, según
el testimonio de la Escritura, fue adorado por los Apóstoles
en Galilea. Declara además el santo Concilio, que la costumbre
de celebrar con singular veneración y solemnidad todos los años,
en cierto día señalado y festivo, este sublime y venerable
Sacramento, y la de conducirlo en procesiones honorífica y reverentemente
por las calles y lugares públicos, se introdujo en la Iglesia
de Dios con mucha piedad y religión. Es sin duda muy justo que
haya señalados algunos días de fiesta en que todos los
cristianos testifiquen con singulares y exquisitas demostraciones la
gratitud y memoria de sus ánimos respecto del dueño y
Redentor de todos, por tan inefable, y claramente divino beneficio,
en que se representan sus triunfos, y la victoria que alcanzó
de la muerte. Ha sido por cierto debido, que la verdad victoriosa triunfe
de tal modo de la mentira y herejía, que sus enemigos a vista
de tanto esplendor, y testigos del grande regocijo de la Iglesia universal,
o debilitados y quebrantados se consuman de envidia, o avergonzados
y confundidos vuelvan alguna vez sobre sí.
CAP.
VI. Que se debe reservar el sacramento de la sagrada Eucaristía,
y llevar a los enfermos.
Es tan antigua la costumbre de guardar en el sagrario la santa Eucaristía,
que ya se conocía en el siglo en que se celebró el concilio
Niceno. Es constante, que a más de ser muy conforme a la equidad
y razón, se halla mandado en muchos concilios, y observado por
costumbre antiquísima de la Iglesia católica, que se conduzca
la misma sagrada Eucaristía para administrarla a los enfermos,
y que con este fin se conserve cuidadosamente en las iglesias. Por este
motivo establece el santo Concilio, que absolutamente debe mantenerse
tan saludable y necesaria costumbre.
CAP.
VII. De la preparación que debe preceder para recibir dignamente
la sagrada Eucaristía.
Si no es decoroso que nadie se presente a ninguna de las demás
funciones sagradas, sino con pureza y santidad; cuanto más notoria
es a las personas cristianas la santidad y divinidad de este celeste
Sacramento, con tanta mayor diligencia por cierto deben procurar presentarse
a recibirle con grande respeto y santidad; principalmente constándonos
aquellas tan terribles palabras del Apóstol san Pablo: Quien
come y bebe indignamente, come y bebe su condenación; pues no
hace diferencia entre el cuerpo del Señor y otros manjares. Por
esta causa se ha de traer a la memoria del que quiera comulgar el precepto
del mismo Apóstol: Reconózcase el hombre a sí mismo.
La costumbre de la Iglesia declara que es necesario este examen, para
que ninguno sabedor de que está en pecado mortal, se pueda acercar,
por muy contrito que le parezca hallarse, a recibir la sagrada Eucaristía,
sin disponerse antes con la confesión sacramental; y esto mismo
ha decretado este santo Concilio observen perpetuamente todos los cristianos,
y también los sacerdotes, a quienes correspondiere celebrar por
obligación, a no ser que les falte confesor. Y si el sacerdote
por alguna urgente necesidad celebrare sin haberse confesado, confiese
sin dilación luego que pueda.
CAP.
VIII. Del uso de este admirable Sacramento.
Con mucha razón y prudencia han distinguido nuestros Padres respecto
del uso de este Sacramento tres modos de recibirlo. Enseñaron,
pues, que algunos lo reciben sólo sacramentalmente, como son
los pecadores; otros sólo espiritualmente, es a saber, aquellos
que recibiendo con el deseo este celeste pan, perciben con la viveza
de su fe, que obra por amor, su fruto y utilidades; los terceros son
los que le reciben sacramental y espiritualmente a un mismo tiempo;
y tales son los que se preparan y disponen antes de tal modo, que se
presentan a esta divina mesa adornados con las vestiduras nupciales.
Mas al recibirlo sacramentalmente siempre ha sido costumbre de la Iglesia
de Dios, que los legos tomen la comunión de mano de los sacerdotes,
y que los sacerdotes cuando celebran, se comulguen a sí mismos:
costumbre que con mucha razón se debe mantener, por provenir
de tradición apostólica. Finalmente el santo Concilio
amonesta con paternal amor, exhorta, ruega y suplica por las entrañas
de misericordia de Dios nuestro Señor a todos, y a cada uno de
cuantos se hallan alistados bajo el nombre de cristianos, que lleguen
finalmente a convenirse y conformarse en esta señal de unidad,
en este vínculo de caridad, y en este símbolo de concordia;
y acordándose de tan suprema majestad, y del amor tan extremado
de Jesucristo nuestro Señor, que dio su amada vida en precio
de nuestra salvación, y su carne para que nos sirviese de alimento;
crean y veneren estos sagrados misterios de su cuerpo y sangre, con
fe tan constante y firme, con tal devoción de ánimo, y
con tal piedad y reverencia, que puedan recibir con frecuencia aquel
pan sobresubstancial, de manera que sea verdaderamente vida de sus almas,
y salud perpetua de sus entendimientos, para que confortados con el
vigor que de él reciban, puedan llegar del camino de esta miserable
peregrinación a la patria celestial, para comer en ella sin ningún
disfraz ni velo el mismo pan de Angeles, que ahora comen bajo las sagradas
especies. Y por cuanto no basta exponer las verdades, si no se descubren
y refutan los errores; ha tenido a bien este santo Concilio añadir
los cánones siguientes, para que conocida ya la doctrina católica,
entiendan también todos cuáles son las herejías
de que deben guardarse, y deben evitar.
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