EL TIEMPO DE PASIÓN
(Preparación
inmediata de la Redención)

1.
Vista general. Llámase Tiempo de Pasión
a las dos últimas semanas de Cuaresma, en las cuales el tema
de los padecimientos y persecuciones del Salvador es el principal
en la liturgia, mientras el de la instrucción de los catecúmenos
y preparación de los penitentes públicos para su reconciliación,
pasa ya a segunda línea. Es, pues, la misma Santa Cuaresma,
pero más íntimamente vivida con Jesucristo, Varón
de dolores, cuyas humillaciones y tormentos, a la par que excitan
la compasión de los buenos cristianos, los predisponen a
la compunción del corazón. Está todo él
sombreado por el leño de la Cruz, ese "árbol
esbelto y refulgente, ataviado con la púrpura real",
como canta con aires de triunfo la Iglesia, repitiendo sin cesar,
en estos días, las bellas estrofas del Vexilla Regís,
de Venancio Fortunato.
En
la primera de estas dos semanas, evoca la liturgia los seis últimos
meses de la vida pública de Jesús, época de
las grandes polémicas con los judíos y de las persecuciones,
descaradas ya y agresivas, de sus enemigos. Jesús sólo
se les aparece a intervalos; pues los ve tan enconados contra su
persona, que tiene que huirles, para dar tiempo a que llegue su
hora. Son seis meses de humillaciones y de afrentas; seis meses
de verdadera Pasión, pero todavía incruenta.
Los
textos litúrgicos van descubriéndonos, día
tras día, nuevos aspectos de esta furibunda persecución.
El domingo vemos a los judíos arrojándole piedras,
el lunes, ingeniándose para prenderle; el martas, a punto
de matarle; el miércoles, queriendo de nuevo apedrearle,
el jueves, acechándole, en casa del fariseo Simón,
mientras perdona Él a la Magdalena; el viernes, tramando
ya definitivamente su muerte, y el sábado, acorralándolo
de tal forma que le obligan a esconderse para no adelantar los acontecimientos.
En la segunda semana, la "Semana santa" que nosotros llamamos,
o la "Semana penosa", como la denominaban los antiguos,
la liturgia reproduce con los más vivos colores los últimos
episodios de la vida de Jesús: los postreros destellos del
Sol de Justicia, venido a alumbrar a este mundo entenebrecido por
la culpa; las terribles peripecias que rodean la obra maestra de
nuestra redención.
El
domingo, lunes y miércoles santo son días de brillante
aurora, pero de sombrío ocaso. El Divino Maestro aparece
glorioso por la mañana, enseña en público,
discute, triunfa; pero al anochecer, se retira a casas amigas, como
para ponerse al abrigo del espíritu de las tinieblas. El
jueves, después de realizar, a los postres de la Cena legal,
el milagro de amor de la Eucaristía, se entrega sin reservas
en manos de sus enemigos, entre quienes muere el viernes, para salvarlos
a ellos y con ellos al mundo prevaricador.
2.
La actitud de la Iglesia. En vista de tantos tormentos
y de ultrajes tan horribles como su Esposo padece, la Iglesia se
cubre de luto riguroso, y cubre también con telas moradas
las estatuas, los retablos y hasta el Crucifijo; pide a David y
a Jeremías sus salmos más lúgubres y sus más
desoladoras lamentaciones; y con su palabra de Madre cariñosa,
con su actitud de Esposa desolada, con las predicaciones, con las
lecturas, con los cantos, en todos los tonos y en todas las formas,
háblale a Jerusalén, que es el alma pecadora, y le
dice una y otra y muchas veces a modo de sonsonete: "¡Jerusalén,
Jerusalén, arrepiéntete, conviértete al Señor,
Dios tuyo!"
El
rito litúrgico que hace más sensible a los ojos de
los fieles esta actitud dolorosa de la Iglesia en Tiempo de Pasión,
es el de la velación de las imágenes, que prescribe
el Ceremonial y que se efectúa el sábado anterior.
Los arqueólogos y liturgistas no andan de acuerdo en su interpretación.
Quiénes se acogen a la historia y a la arqueología;
quiénes al simbolismo. A nosotros nos parece, después
de estudiar los documentos antiguos y modernos, que se trata de
un hecho histórico antiquísimo, que, al perder con
el tiempo la aplicación real originaria, adquirió un muy razonable simbolismo.
Históricamente, creemos hallar la clave de este rito en el
de la penitencia pública. Como ya hemos dicho, el primer
día de Cuaresma se presentaban los penitentes en traje y
en actitud humilde a la iglesia, de la que el obispo les despedía,
después de imponerles la ceniza y vestirlos de saco y de
cilicio como Dios despidió a Adán y Eva del paraíso—
enviándolos hasta el Jueves Santo a algún monasterio
de las afueras de la ciudad. El rito de la expulsión perduró
hasta el siglo XVI, en que, extendiéndose, por devoción,
la penitencia pública y la recepción de la ceniza
a la generalidad de los fieles, no fué ya posible expulsar
del templo a todos los penitentes, que formaban mayoría.
Para recordarles, no obstante, el suprimido rito y mantenerlos en
la humildad, aislóseles, ya que no de la iglesia, del presbiterio,
mediante una cortina roja suspendida de la bóveda. Poco a
poco, sin duda por no hallar práctico este sistema que deslucía
y embarazaba las ceremonias litúrgicas, dicha cortina se
fué acortando y reduciendo al velo actual, que apenas cubre
las imágenes y la cruz. He aquí, pues el origen historico
bórico y la razón de ser del cortinaje, de diversas
hechuras y tamaños, según los países e iglesias,
que se usa en la actualidad (1).
Los
liturgistas simbolistas han visto en este rito un recurso piadoso
para representar materialmente el hecho de haber tenido que esconderse
el Señor en el templo para escapar al furor de sus enemigos
que intentaron apedrearlo.
Tal,
en efecto, autoriza a suponerlo la costumbre medioeval de cubrir
el Crucifijo, justamente en el momento preciso de cantarse en la
Misa el texto mismo del Evangelio alusivo a ese hecho. Al propio
tiempo le atribuyen la virtud de recordar a los fieles que, durante
esta temporada, Nuestro Señor veló su divinidad, dejándose
prender y torturar como s; sólo fuese hombre, y hombre criminal.
Y conforme a esto, la razón de cubrir las imágenes
de los Santos a la vez que la del Crucifijo, sería la de
hacer ver que también los hijos participan de la confusión
y oprobios del Padre, y que deben ellos también ocultar su
gloria cuando la del Señor se desvanece a los ojos de los
hombres. Que es la misma razón por la cual también
se omiten en el oficio de Pasión los sufragios de los Santos.
Además
de vestirse de luto riguroso, la Iglesia suprime, en Tiempo de Pasión,
el Gloria Patri en el introito y en el salmo del Lavabo de la Misa,
así como en el invitatorio y responsorios del oficio; y,
además, todo el salmo Júdica del principio de la Misa.
El
Gloria es un grito de triunfo y de alegría, y como la Iglesia
quiere ir poco a poco inspirando a los fieles sentimientos de tristeza
por los acontecimientos dolorosos que se avecinan, suprímelo
en esos momentos solemnes de la Misa y del oficio, conservándolos
solamente al final de los Salmos. En el último triduo de
Pasión, días de completa desolación, ni en
los Salmos se oirá ya esa doxología.
La omisión del salmo Júdica al principio de la Misa,
no es una práctica muy antigua ni tiene un significado especial,
ya que la oración que ahora reza el sacerdote al pie del
altar, antes de comenzar el Introito, introdújose por primera
vez en los países francos hacia el siglo VIII ; y como ese
salmo 42 cantábase en el Introito, por eso se suprimía
antes de la confesión que precedía a la subida al
ara del sacrificio."(2).
Sin embargo, suprimido y todo, este salmo, nada más que por
evitar su repetición, es lo cierto que su omisión
contribuye no poco a imprimir a las misas de esta temporada un sello
de severidad.
3.
El triunfo de la Cruz. En medio de los acentos de
dolor que con frecuencia exhala la liturgia de estos días,
resuenan de vez en cuando en el templo notas verdaderamente triunfales
que nos hacen por momentos dudar si celebramos alborozados alguna
victoria gloriosa, o plañimos tristes acontecimientos. Los
lamentos de Jeremías contrastan notablemente, en Tiempo de
Pasión, con los entusiasmos del prefacio de la Misa, y los
de los himnos del poeta Fortunato, cuyas estrofas a la Cruz hacen
por un instante olvidar, en vísperas, maitines y laudes,
los textos melancólicos que les han precedido. Ninguna otra
bandera ha inspirado jamás himnos más brillantes que
ésta del cristianismo, convertida, de instrumento infame
que era, en insignia gloriosa, al contacto de los miembros de Cristo.
El
prefacio canta con aires de triunfo: "En verdad es digno y
justo... darte gracias a Ti, Padre Todopoderoso... que pusiste la
salvación del género humano en el Árbol de
la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí
renaciese la vida, y el que en un árbol fué vencido,
venciese en árbol, por Cristo, Señor nuestro..." Pocas palabras, pero significativas y concluyentes.
Entre los varios himnos que el gran poeta galo Fortunato compuso
en honor de la Santa Cruz con ocasión de la llegada al monasterio
benedictino de Poitiers, fundado por Santa Radegundis, de las insignes
reliquias del Lígnum Crucis, se han hecho los más
célebres: el Pange, lingua gloriosi praelium certáminis
(canta, oh lengua, la victoria del más glorioso combate),
que está dividido en el Breviario en dos partes, una para
maitines y otras para laudes, conservándolo completo el Misal
en la ceremonia de la Adoración de la Cruz del Viernes Santo:
y el Vexilla Regís, el más conocido y celebrado, y
que se emplea en Vísperas y en la procesión del Viernes
Santo al monumento.
En
la Edad Media, el culto de la Cruz sólo despertaba sentimientos
de júbilo y de triunfo; sentimientos que los artistas plásticamente
representaban en los crucifijos de la época, ciñendo
a Cristo de una corona de gloria, y trocando la sangre de sus heridas
por perlas de oro y piedras preciosas. En realidad, son los mismos
sentimientos que ha patrocinado la liturgia a través de los
siglos, no obstante las representaciones dolorosas de los artistas
modernos, repitiendo sin cesar en las diversas festividades de la
Cruz los himnos triunfales de Venancio Fortunato, y acoplando al
lado de ellos otros textos igualmente brillantes.
(1)
Cf. M. Callewaelrt y Thurstan en Les Quest lit. et parois, t. II,
col. 284, Item. Opus Dei, marzo 1927. En la cortina pintábanse
a menudo diversas imágenes para fomentar la piedad de los
fieles. Algunos autores antiguos, como Pedro Coméstor (p.
L. CXCVIII, col. 1573) hablan de cortinas colocadas de continuo
en la iglesia entre los cantores y el pueblo (inter psallentes et
populum), como un resguardo para la modestia, cortinas que de ordinario
ocultaban a los cantores de los hombros por abajo, y durante la
Cuaresma, todo el cuerpo: de modo que, interpositis dolaeis, mútuus
negabátur aspéctus, "corridos los tapices, se
ocultaban unos N otros".
(2)
Dom Schuster: Lib. Sacr., vol. III. Esta razón creemos que
sólo es valedera para el Domingo de Pasión, mas no
para los demás días, que tienen Introitos diferentes.
Tal vez será mejor pensar que la Iglesia quiere empezar ya
desde este Domingo a devolver a la Liturgia lo más posible
su carácter primitivo, para que así sea más
suave la transición a los Oficios del último triduo
de Semana Santa, que son los de factura más arcaica.
EXTRAÍDO DE: R.P. ANDRÉS AZCÁRATE; La Flor
de la Liturgia; Buenos Aires, Abadía San Benito, 6ta. Ed.,
1951; pág.498-504