DIVISIÓN DE LOS SACRIFICIOS

En razón de la finalidad del Sacrificio, que es la sígnífi­cación esencial de la adoración a Dios, todo sacrificio es siempre l a t r é u t í c o. Pero en la providencia presente del hombre pecador y deudor ante la divina justicia, el honor y adoración del sacrificio tiene el carácter de un testimonio que presenta las excusas y penitencia del pecador a Dios ofendido; así es necesario que el sacrificio, al presente, sea también p r o - p i c í a torio. Por otra parte, la honra debida al Señor dice de parte nuestra, agradecimiento por los dones y benefi­cios recibidos, y el sacrificio es también eucarístico; en razón de nuestra necesidad, honramos a Dios pidiendo la s gracias que habemos menester; y así el sacrificio es además i m p e t r a t o r í o.

En la Ley, " eran tres, dice Santo Tomás, los géneros de sacrificios. Uno, que todo él era quemado, llamábase h o l o c a u s t o, a saber: todo encendido; tales sacrificios se ofrecían

Dios especialmente para reverenciar su majestad; así, era todo quemado, para que de la manera que toda la víctima hecha va-por (de humo) subía hacia arriba, así se significase que el hom­bre todo y sus cosas, están sometidas al dominio de Dios y de­ben serle ofrecidas. Otro era el sacrificio por el p e c a d o que se ofrecía a Dios por la necesidad de (obte­ner) la remisión del pecado ... El tercero era llamado h o s t i a p a c í f i c a que se ofrecía a Dios o en acción de gracias o por la salud y prosperidad de los oferentes, como deuda del beneficio recibido, o por recibir ". (1)

A todas estas maneras de sacrificio, que eran figuras de la oblación del Nuevo Testamento, sucedió "esta... oblación pu­ra .. puesto que abraza todos los bienes prefigurados por aque­llos (sacrificios) como la consumación y perfección de todos ellos " . (Trídent: Ses. XXII - cp. I). (2)

En razón del modo como eran ofrecidos, había sacrifi­cios c r u e n t o s e i n c r u e n t o s . Además los sacrificios incruentos pueden ofrecerse e n s u p r o p i a especie, cuando la víctima ofrecida no admite en sí una inmolación cruenta, como eran las oblaciones del pan del in­cienso y la sal; y puede ofrecerse el sacrificio incruento en e s p e c i e s a c r a m e n t al o simbólica, lo cual acontece solamente en la Divina Eucaristía, donde la inmolación consiste en cierta separación del cuerpo y de la sangre de la víctima ofrecida, separación que sólo tiene lugar en las especies sacramentales externas, que representan la pasión cruenta y bajo las cuales se ofrece al Señor el Cordero de Dios.

En razón de la eficacia propia de los sacrificios, debe aten­derse al valor que tienen en virtud del afecto- y reverencia del que lo ofrece, y el valor que tienen en virtud de la Institución que lo establece como acto de culto público.

Los sacrificios del antiguo Testamento, eran eficaces para quitar las irregularidades legales, para cuyo fin fueron estable­cidos. El sacrificio de la cruz, es infinito en su valor, en virtud de la persona que lo ofrece, Cristo.

En la misa, además del valor proveniente de la virtud y devoción del celebrante, existe el valor eficaz proveniente de la obra misma realizada, a saber, de la oblación de Cristo en el sacrificio Eucarístico.

 

EL SACRIFICIO PROPIO DE LA NUEVA LEY 

Habiendo sucedido al sacerdocio antiguo, el sacerdocio de Cristo, es menester que un nuevo sacrificio llene la función sa­cerdotal de Jesucristo. El sacrificio de la Cruz es el principio de donde deriva toda la Nueva Ley. Pues " el fin de la ley an­tigua era la justificación de los hombres, la cual no podía hacer la ley... y cuanto a esto la ley nueva la completa justificando por la virtud de la pasión de Cristo; esto dice el Apóstol a los Romanos: (c. VIII) " Lo que era imposible a la ley, Dios en­viando a su Hijo con la semejanza de la carne pecadora, con

denó al pecado en la carne, para que en nosotros se cumpliese !a justificación de la ley" (3) . La virtud del sacrificio de la Nueva Ley se cumple perfectamente en nosotros y se extiende hasta la ley antigua, que era toda ella una figura de la Nueva, y en tan­to valía, cuanto era un testimonio de fe en la futura consuma­ción realizada por Cristo. En este sentido la Ley Nueva tiene su propio sacrificio. Pero de otro modo debe aun tenerlo; a sa­ber, en cuanto ella lo manda celebrar perpetuamente, y constituye lo fundamental del culto de la Iglesia de la Nueva Ley. En este sentido es propiamente el sacrificio de la Nueva Ley, porque con él los hombres deben adorar y honrar a Dios.

Además del sacrificio de la Cruz, principio y raíz de la re­ligión cristiana, tiene esta su sacrificio propio, como toda reli­gión tiene el suyo.

El sacrificio de la Cruz, la inmolación cruenta de Cristo en el Calvario, no es el acto de culto público de la Iglesia, no es su sacrificio visible, externo, perpetuamente ofrecido, para que por él adoren los fieles la Excelencia y Majestad de Dios.

Pues la inmolación cruenta de Jesús, una vez consumada, dejó de ser y sólo permanece su efecto y virtud: pero el sacri­ficio de la religión debe acompañarla perpetuamente.

Para nosotros el sacrificio de la Cruz es invisible; sola-mente con la fe lo vemos; no podemos asistir a él; ni los sa­cerdotes pueden realizarlo, pues sería un crimen que los cris­tianos inmolasen cruentamente cada día a Jesucristo. Como la religión exige un sacrificio que todos puedan ver y ofrecer me­diante el sacerdocio constituido, solamente el sacrificio de la misa es, en este sentido, el propio y singular sacrificio de la Nueva Ley (4). Comparado con el de la Cruz. presenta una di f erencias que declaran su índole propia.

En todo sacrificio debe considerarse, según enseña San Agustín a q u i e n se ofrece — q u i e n lo ofrece --q u é se ofrece —por quienes se ofrece. En cuanto a lo primero, no puede haber, según lo dicho, ninguna dife­rencia. Con respecto al segundo y tercer punto (quién — qué se ofrece) atendiendo a Cristo víctima y sacerdote, no hay di­ferencia entre la Cruz y la Eucaristía como enseña el Concilio de Trento: " una y la misma es la hostia, el mismo oferente por ministerio de los sacerdotes, el que se ofreció en la Cruz, diferenciándose en el modo de ofrecer " . (Ses. XXII - cp. 2) (5).

Pero atendiendo a los que en la misa ofrecen y son ofre­cidos en sacrificio a Dios, existe una diferencia notable.

Primero por respecto a Cristo (quien ofrece) ; en la Cruz fué El, único oferente; pues se ofreció, no como cabeza de la Iglesia constituida, sino más bien para adquirirla, como enseña el Apóstol a los Efesios: (V - 25 - 27) Se sacrificó por ella... para santificarla... a fin de hacerla comparecer delante de él, llena de gloria, sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante, sino siendo santa e inmaculada.

La unión actual de los hombres con Cristo es lo que cons­tituye la Iglesia. El vino al mundo para constituirnos junta-mente consigo mismo, perfectos adoradores en espíritu y en ver-dad. La misa es el sacrificio cuya oblación realiza el cuerpo mís­tico unido a su cabeza. Esta es la nota característica y su índole propia, a saber, que es ofrecida por Cristo, por los ministros. por la Iglesia de los fieles , íntegra, de diversa manera por cada uno de ellos.

La ofrece Cristo como sacerdote principal, autor del sa­crificio y del sacerdocio que debe continuar en la tierra lo que El celebró por vez primera antes de padecer.

La ofrecen los ministros, como sacerdotes verdaderos, su­bordinados como instrumentos, a Cristo.

La ofrece toda la Iglesia por medio del Ministro como dice el Canon: " Te rogamos Señor que recibas aplacado esta oblación de nuestra servidumbre y también de toda tu familia " .

Los unos ofrecen solamente por la comunión de fe, y son todos los cristianos; otros lo ofrecen por la comunión del rito, y son los que asisten, los que ayudan al sacerdote, y los que procuran la celebración de la Misa.

En cuanto a lo tercero (qué se ofrece) hay una diferencia entre la Cruz y la Misa.

Pues el cuerpo místico de la Iglesia pertenece, con el afecto y la significación, a aquello que se ofrece. Quien ofrece una víctima en sacrificio, la ofrece como substituto suyo, queriendo con ella expresar la sumisión y acatamiento interiores con que desea espiritualmente consumirse en sacrificio a honor de Dios.

Así como la Iglesia, juntamente con Cristo su cabeza, ofrece el sacrificio, así también es ofrecida con Cristo, como cuerpo místico de El, en la oblación del altar.

"De lo cual — dice San Agustín — quiso que fuese un signo cotidiano, el sacrificio de la Iglesia, que siendo el cuerpo de la cabeza misma, aprende a ofrecerse a sí misma por El" (6). Y la Iglesia pide que por la oblación del cuerpo y sangre de Cristo, se perfeccione cada vez más la oblación de sí misma. "Santifica Señor, propicio, estos dones, te lo rogamos: y, reci­bida la oblación de la hostia espiritual, a nosotros mismos per­fecciónanos como eterno don". (Oración secreta del 2º día de Pentecostés) .

Esta misma oblación de la Iglesia se significa en los sím­bolos bajo los cuales Cristo se inmola; pues el pan y el vino, formado de granos y racimos, son figura de la Iglesia formada por muchos.

Finalmente, hay una diferencia, con respecto al cuarto punto (por quienes se ofrece) entre la Cruz y el altar.

Cristo murió en la cruz por todos; pero en la misa, a lo menos directamente, se ofrece sólo por aquellos que pertenecen al cuerpo visible de la Iglesia y no han sido separados de él. Lo cual evidencia la índole propia del sacrificio de la Misa.

 

UNIDAD DE LA CENA Y LA MISA

Según el Concilio de Trento, uno y el mismo es el sacri­fícío realizado en la última cena de Jesús y el ofrecido en la Misa; de modo que no sólo debe referirse la institución de ésta a la última cena, sino que en la cena debe verse la primera y típica celebración de la Misa.

Pues el Concilio (Ses. XXII - cp. I) (7) distingue lo que Cristo hizo en la cena y lo que mandó repetir a sus discípulos, siendo lo primero y lo segundo una misma cosa.

"El mismo Dios, pues , y Señor Nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez... para d e - j a r en la última cena de la noche misma en que era entre­gado, a su amada esposa la Iglesia, u n sacrificio visible .en que se representase el sacrificio cruento al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el rito (orden) de Melquisedec ..ofreció a Dios Padre su cuerpo y su san­gre bajo las especies del pan y del vino ". Esto es lo que Cristo hizo en la última cena. Lo que debían hacer los apóstoles lo indica diciendo: " y lo dió a sus apóstoles, a quienes entonces constituyó sacerdotes del Nuevo Testamento... mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofrecieran por estas palabras: "Haced está en memoria mía " . Pues lo que Cristo mandó, fué repetir lo que El había hecho en la cena, es claro que la Misa, por la que cum­plimos el mandato de Cristo, es el mismo sacrificio que El ofre­ció en la última cena, que debe ser considerado, como institu­ción, prototipo y primera celebración de nuestro sacrificio del altar.

 

DOBLE SACRIFICIO DE JESÚS

La oblación de la última cena, no es una parte esencial integral del sacrificio de la cruz. Es por sí misma una obla­ción representativa de ella; es una oblación que debe perpe­tuarse a través de los tiempos en su Iglesia, mientras que el sa­crificio cruento solo una vez se realizó , haciendo para siempre con él la redención; la oblación de la cena es un memorial que ha de recordar perennemente la oblación de la Cruz. Es una conclusión de lo que enseña el Concilio de Trento. (Ses. XXII cp. I) " El mismo Dios, pues, y Señor Nuestro, a u n q u e se había de ofrecer a sí mismo a Díos Padre, u n a v e z , por medio de la muerte en el altar de la cruz, para obrar desde ella la eterna Redención; con t o - d o , como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte, p a r a d e j a r en su última cena ... a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible... en que se representare el Sacrificio cruento .. y permaneciese su memoria

hasta el fín del mundo ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las espvies del pan y del vino... mandándoles que lo ofreciesen por estas palabras: Haced esto en memoria mía". (8)

Palabras que claramente señalan el doble sacrificio de Je­sús; uno cruento, ofrecido una sola vez; otro, incruento, bajo las especies sacramentales, ofrecido entonces y mandado perpe­tuar en la Iglesia, como representación y memorial del sacríficio de la cruz.

Por esto mismo constata el Concilio la doble inmolación que Cristo realiza, una cruenta en la cruz, incruenta otra sobre el altar. " Porque habiendo celebrado la Pascua antigua, que la muchedumbre de Israel sacrificaba en memoria de su salida de Egipto, se constituyó a sí mismo nueva Pascua, para ser sacri­ficado bajo signos visibles por la Iglesia, mediante el ministerio de los Sacerdotes, en memoria de su tránsito de este mun­do al Padre, cuando derramando su sangre nos redimió y nos transfirió a su reino " . (Ses. XXII, cp. I) (9) Y en el capítu­lo II (10) dice: " Y puesto que en este divino sacrificio, que se ofrece en la misa, se contiene y se inmola de modo incruento aquel mismo Cristo, que una sola vez en el ara de la cruz se ofreció a sí mismo en modo cruento ... "

Existe, pues, una inmolación (cruenta) distinta para el sacrificio de la cruz; y otra inmolación (incruenta) para el sa­crificio del altar. Siendo, según se dijo, la . inmolación la nota que diversifica los sacrificios, tenemos dos sacrificios específi­camente diversos de Cristo, el de la Cruz, y el del altar.

Si bien se dice en el Catecismo Romano del Concilio de Trento, que " confesamos, y así debe creerse, que es uno y el mismo sacrificio el que se ofrece en la misa y el que se ofreció en la cruz, así como es una y la misma ofrenda, es a saber Cristo nuestro Señor, el cual solo una vez vertiendo su sangre se ofre­ció a sí mismo en el ara de la Cruz " , fácilmente se entiende que aquí se habla del sacrificio, entendiendo la víctima, o cosa sa­crificada, que ciertamente es la misma. Lo cual se deja entender por lo que el mismo Catecismo añade a continuación: " Porque la hostia cruenta e incruenta no son dos, sino una misma, cuyo sacrificio se renueva cada día en la Eucaristía después que mandó así el Señor: "Haced esto en memoria mía " ; en lo cual se atiende a la unidad de la víctima, sin dejar de re-conocer la diversa manera, cruenta e incruenta, de ofrecerla. (11)

Existe una gran unidad entre la Cruz y el altar; unidad de orden, consistente en que la misa esencialmente supone el sacrificio de la cruz; ofrece la misma víctima, Cristo, pero de diversa manera, bajo los signos visibles del pan y del vino: que por consiguiente, en todo se refiere a la cruz como su re-presentación y perpetuo memorial y finalmente como el acto perenne del culto, mediante cuya celebración diaria, se nos aplican los abundantes frutos de la oblación de la Cruz. (12)

 

LA MISA SACRIFICIO DE LA NUEVA LEY

En las Sagradas Escrituras, se halla profetizada y anun­ciada la oblación perpetua de la Nueva Ley, aquella que, reprobados todos los sacrificios antiguos, había de ser la única hos­tia que ofreciese a Dios el honor y la reverencia que es debida a su Majestad y Excelencia; hostia de adoración por la cual los hombres unidos al Redentor adoran y rinden culto por medio del único sacerdote que permanece eternamente como tal, a sa­ber: Jesucristo.

Acerca del sacerdocio de Cristo se dice en Salmo .(CIX-4 ) que ha de ser eternamente según el orden de Melquisedec. El sacerdocio, está ordenado primero y principalmente para el ofre­cimiento del sacrificio, como acto externo de culto, debido a Dios en razón de su divina Excelencia y Majestad. Sí pues Cristo, es Sacerdote según el orden , de Melquisedec, menester es que ambos sacerdocios convengan en su función principal para que pueda decirse de uno de ellos, ser (sacerdocio) según el orden del otro (sacerdocio) . El rito del sacrificio, además de otras características antes apuntadas, es la nota distintiva que reúne los sacrificios de Melquisedec y Cristo, como pueden unirse la figura con lo figurado, la sombra con la realidad.

Melquisedec, sacerdote del Altísimo (Génesis XIV - 18 - 20) ofreció en sacrificio pan y vino después de la victoria de Abraham, sacrificio de adoración a Dios y recono­cimiento por la victoria obtenida. Melquísedec es el único sacer­dote que en la Escritura se lee haber ofrecido sacrificio con este rito. Cristo, ordenado por Dios sacerdote eterno según el r i t o de Melquisedec, debió también ofrecer su sacrificio, del cual era figura el anterior, bajo los mismos signos; lo cual hizo, según enseña el Concilio de Trento; " declarándose sacerdote según el rito de Melquisedec, para siempre, ofreció a Dios Padre su cuer­po y su sangre bajo las especies del pan y del vino, y la dió a sus apóstoles a quienes constituyó sacerdotes del Nuevo Testa-mento. . mandándoles que lo ofreciesen por estas palabras: Haced esto en memoria mía " . (Ses. XXII - cp. I). (13)

Y lo define en el Cánon I de la Sesión XXII: " Si alguno dijere que no se ofrece a Dios en la misa verdadero y propio sacrificio; o que el ofrecerse éste no es otra cosa, que darnos a Cristo para que le comamos; sea anatematizado " (14). Así lo ha entendido siempre la Sagrada Tradición de los Padres, como San Juan Crisóstomo que dice: "Cuando vieres al Señor in-molado, y reclinado al sumo Sacerdote dedicado al sacrificio y orando, y a todos enrojecidos con aquella sangre , ¿por ventura piensas que estás en la tierra con los hombres y no mejor dicho en el cielo? " (De Sacerdotio. L. III). (15) San Cipriano aplica a Cristo la figura de Melquisedec. " Vemos prefigurado el sacramento [signo] del sacrificio del Se-ñor en el sacerdote Melquisedec, según atestigua la Escritura di­vina y dice: y Melquisedec rey de Salem, ofreció pan y vino, pues fué sacerdote del Dios sumo y bendijo a Abraham; que Melqui­sedec llevara la representación de Cristo, lo declara en los Salmos el Espíritu Santo en la Persona del Padre diciendo al Hijo: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec. El( cual orden ciertamente está aquí, derivando de aquel sacrificio, en que Melquisedec, fué sacerdote del Dios sumo, que ofreció pan y vino, y bendijo a Abraham. Pues ¿quién más sacerdote que el Señor Nuestro Jesucristo que ofreció eso mí s-ro o que había ofrecido Melquisedec, esto es, pan y vino, su cuerpo, a saber, y su sangre? " . (Epist. 63 - ad Cecíl: 4) . (16)

El sacerdocio de Cristo, según el rito de Melquisedec ha de ser eterno. Por el contrario los de la ley antigua, según dice el Apóstol a los Hebreos (c VII - 23 - 24) fueron muchos por que la muerte les impedía que durasen siempre; mas éste [Cris­to] como siempre permanece posee eternamente el sacerdocio. Sí siempre es Cristo sacerdote, y permanece siéndolo hasta el fin de los siglos, también hasta entonces debe continuar ofre­ciendo entre los hombres el sacrificio de alabanza a Dios. Pues Dios ha abrogado todo sacrificio y sacerdocio de la ley para constituir a Cristo eterno en el sacerdocio. El debe, pues, seguir ofreciendo el sacrificio, no por sí mismo, pues ya no está visi­ble en la tierra, sino por sus ministros. Por lo cual la Misa, único sacrificio que en su nombre se ofrece a Dios, es el pe­renne holocausto de adoración de la Ley Nueva.

Cristo, según su humanidad constituído sacerdote entre los hombres, no puede faltar a su oficio sacerdotal mientras haya hombres en este mundo que tengan la obligación de adorar a Dios por el acto supremo del culto divino, el sacrificio.

La perpetuación de este sacrificio de Cristo, no implica disminución alguna en el valor del sacrificio Redentor de la Cruz. Así el Concilio de Trento anatematiza a quienes dije­ren " que por el sacrificio de la misa se comete una blasfemia contra el Santísimo Sacrificio de Cristo ofrecido en la Cruz, o que se deroga a éste por la santa misa " . (Cánon IV - Ses. XXII). (17)

El sacrificio del altar no se repite o añade como si aún no se hubiere satisfecho a la divina justicia por el pecado, en el sacrificio de la cruz; se ofrece, como enseña el misma Con-cilio de Trento, para aplicar a los hombres en particular, los ubérrimos frutos de la pasión, y como sacrificio ordenado a la adoración que, aun por derecho natural, debe el hombre rendir a Dios su Señor absoluto. Porque si bien Cristo consu­mó la Redención, (Hebreos X - 14) esto es, la obra que de su parte correspondía en la santificación del hombre; la Re­dención de Cristo no dice ya por sí misma la aplicación di-recta y personal de sus méritos a cada individuo. En ese caso los hombres debieran nacer justificados, mientras que todos necesitan la regeneración del bautismo, como aplicación de la santificación de la Cruz.

Notas:

(1) (I - II ae CII - a 3 - ad 8 um).

(2) (D. B. Nº 939)

(3) (St.Thom:I-IIaeCVII-a-2- in corp.).

(4) (C. Belarmino. De Missa. L. I. cp. 20).

(5) (D. B. N" 940).

(6) (R. J. 1745).

(7) (D. B. N° 938).

(8) (D. B. N" 938).

(9) (D. B. Nº 939).

(10) (D. B. N º 940).

(11) (Cat. Rom. IIa. cp. IV. N° 488).

(12) (C. Billot De Ecles. Sacramentis 1924 - T. I - pág. 601 - 604).

(13) (D. B. Nº 938).

(14) (R. J. Nº' 948).

(15) ( R. J.Nº1118).

(16) (R. J. Nº 581)

(17) (D. B. Nº 951).