EL SACRIFICIO EUCARISTICO

En todas las edades, dice Santo Tomás, -y en todas las naciones es posible encontrar la oblación del sacrificio, característica que nos indica su origen en el derecho natural. Pues como la razón natural indica la conveniencia de la sujeción al superior que nos ayuda y dirige, y en lo natural es dado ver cómo lo inferior se somete a lo superior, así también la razón natural dicta al hombre la sujeción y honor que debe rendir según su modalidad propia a Dios, su Señor Supremo.
Propio es del hombre valerse de los medios sensibles para expresarse, puesto que de ellos deriva el principio de su conocimiento; así es natural y conforme a razón, que utilice los objetos sensibles para ofrecerlos a Dios en señal déla sumisión debida y del honor que le corresponde como Dueño supremo del mundo y del hombre. (1)
I) Fácil es concebir la necesidad que el derecho natural impone al hombre de tributar un culto público, que simbolice el honor debido a sólo Dios, culto que por su naturaleza le esté reservado exclusivamente a El, de modo que no pueda atribuirse a ningún otro ser, cualquiera fuere la intención del que lo ejecuta. Este acto de adoración a la divinidad, exclusivo y reservado a ella, lo constituye en la religión, el acto del sacrificio.
Sí atendiendo ala diferencia de valor que atribuimos a las personas, dedicamos también proporcionalmente nuestros respetos y acatamientos a las mismas, lógico es que reconociendo en Dios al Ser Supremo, Señor y Creador de todos los seres, reservemos exclusivamente para El nuestro acto también supremo de respeto y acatamiento. Pues el culto externo consiste en colocar a Dios en el sumo grado de la perfección y del Ser, por el reconocimiento externo de la reverencia que le tributamos como tal.
Es natural que siendo Dios, nuestro supremo Señor, las demostraciones del reconocimiento de su absoluto y supremo dominio y dignidad, no puedan transferirse a otros seres, sien-do el culto público a Dios, exclusivo y reservado a la divinidad, distinto a todo acatamiento y honra que tributemos a otras criaturas.
Observamos, añade Santo Tomás, que en toda Organización societaria bien constituida, la autoridad suprema tiene su señal particular de honra, que le es exclusiva, y sería atentar contra su dignidad , tributarla a otra persona que no sea ella misma. (2)
Otro motivo, es la finalidad propia del culto externo y público que el hombre rinde a Dios. El culto público va encaminado a fortalecer en el ser humano la verdadera estimación de Dios e impulsarle al debido acatamiento. Esta doble finalidad, para ser eficazmente conseguida, exige que el culto público de Dios, sea exclusivamente singular y peculiar a sólo la Divinidad.
En primer término, no contribuiría a establecer el verdadero concepto de Dios como Ser supremo, sobre todas las cosas, inefablemente excelso y perfecto, si este culto no manifestase con la singularidad y reserva exclusiva de sus actos cultuales, la posición enteramente singular de Dios, Ser Supremo. Y en segundo lugar, solo se ve impulsado el hombre a acatar y honrar a Dios como corresponde, mediante un culto externo que no pueda ni deba, de modo alguno. rendirse a otro sino sólo a El. Tal es lo que llamamos Sacrificio.
Esto nos evidencia, contra el protestantismo, la imposibilidad de una verdadera religión carente de este culto externo, que la ley natural prescribe. Pues debe tenerse presente que la gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona; y la revelación no abroga sino completa y levanta la ley natural. Por otra parte debe evitarse la confusión en que los mismos incurren, al no distinguir el sacrificio como tal, del sacrificio expiatorio. Alegando que Cristo murió una vez por los peca-dos y por ellos satisfizo plenamente a la justicia de Dios creen poder demostrar la inutilidad e inconveniencia de la Iglesia Católica, que mantiene el Sacrificio Eucarístico perpetuo.
En lo cual cometen dos graves errores de concepto. Y es el primero, no distinguir entre la satisfacción que Cristo dió por sus méritos a Dios, y la aplicación de los mismos a nos-otros. El segundo es que el Sacrificio, primero y esencialmente, no es un acto satisfactorio, sino un acto latréutico o de adoración, exigido en virtud de aquel culto que siempre debe rendirse al Señor en reconocimiento de su dominio y testimonio de reverencia a su Divinidad. De modo que suponiendo completamente extinguida y cancelada toda deuda por el pecado, aun debe existir el sacrificio de adoración debido por la sumisión que tenemos que guardar con respecto al Señor de todos los seres.
II) Este sacrificio es una señal o signo externo; que re-quiere una positiva institución de parte de aquél a quien corresponde regular el culto divino: sin embargo no es una señal o signo puramente arbitrario; sino que a la manera que los sacramentos, en sus constitutivos, tienen una semejanza simbólica con la santificación que producen, también el sacrificio.
Debe mantener un simbolismo semejante con aquel acto interno de honor, reverencia y sumisión que el hombre rinde a la divinidad mediante sus externas manifestaciones.
Todo el valor religioso del sacrificio, deriva del principio que lo rige; a saber: en cuanto es un acto externo realizado en reverencia y honor a la divinidad. Es pues una señal, un signo o símbolo exterior, del honor y reverencia internos que el hombre tributa a Dios. El sacrificio como acto .supremo del culto es el símbolo del sacrificio interior espiritual por el que el alma se ofrece a Dios, según el salmo 50 v. 19: " El espíritu compungido es el sacrificio a Dios". Los actos exteriores de la religión se ordenan según los interiores; el alma se ofrece a Dios en sacrificio para reconocerle como a su Creador, y como a fin de su felicidad. (3)
Esto se expresa en el canon de la misa cuando, del Sacrificio interno, se dice: " Seamos recibidos por ti, Señor, en espíritu de humildad y ánimo arrepentido, y así nuestro sacrificio, Señor Dios, sea hecho hoy en tu presencia, de modo que te sea agradable " . Y la señal o signo de este acto interno de sumisión y reverencia es el sacrificio exterior del que se dice a continuación: " Ven, eterno Dios, Omnipotente, Santificador y bendice este sacrificio preparado a tu Santo Nombre". (Canon de la Misa)
Siendo un signo , el sacrificio externo, acto de culto, re-quiere ser instituido y constituido como señal exterior del honor de Dios.
Basta considerar que entre las acciones , exteriores que el hombre puede ejecutar, y de las cuales puede valerse para significar su adoración a Dios, ninguna, por sí misma, por su valor propio, significan con la suficiente determinación el honor debido a Dios. La oblación u ofrecimiento del Sacrificio en general es derivado de la ley natural; pero la determinación concreta del Sacrificio, lo que debe constituirlo, requiere una determinación proveniente de la autoridad divina o humana a quien corresponde. (4)
Sin embargo, esta señal no debe ser puramente arbitraría sin relación alguna al objeto que significa, (sacrificio interno) antes al contrarío es menester que guarde analogía con aquello que es objeto de su significación.
Porque así como el hombre conoce por. intermedio ere los seres sensibles las perfecciones invisibles de Dios, corresponde, que la excelencia de Dios y la sumisión que le es debida, sean significadas por señales externas que simbólicamente digan el afecto interior con que el hombre se somete y venera a Dios.
III) El culto singular externo, reservado a Dios, de una manera muy propia consistió desde el. principio, en la oblación u ofrecimiento de un ser corporal y sensible por medio de la inmolación o destrucción del mismo. Y esta manera de ofrecimiento, en cuanto expresa la suprema adoración debida a Dios, es la nota característica del Sacrificio. Inmolación o destrucción que según la diversidad de los sacrificios, y del estado de la religión, asumió distintas modalidades.
De hecho, desde el comienzo de la revelación, el Sacrificio consistió en la oblación de un objeto exterior. Y es menester acudir a lo que realmente aconteció, pues que no podemos elaborar a priori, el concepto de Sacrificio; ya que no es una simple construcción de nuestro espíritu, sino un concepto elaborado por el reconocimiento de aquellos ritos que la tradición y la Revelación nos enseñan ser verdaderamente sacrificios.
San Pablo enseña (Hebraeos. V - 1) que " Todo Pontífice (Sacerdote) sacado de entre los hombres, es constituido (tal) para ofrecer los dones Ofrecimiento de los dones que en realidad significa, sacrificio; pues en la Sagrada Escritura, cuando se hace mención de los sacrificios ofrecidos por los primeros Patriarcas, se dice simplemente, que o f r e - c i e r o n sus dones como Abel (Génesis IV - 3 - 4) y Noé. (Gén. VIII - 20 - 2 1 ) Siempre fueron estas o b l a c i o n e s realizadas mediante la destrucción o inmolación del objeto ofrecido.
El mismo tenor de las expresiones Escriturísticas lo indica con suficiente claridad. La palabra hebrea para designar el sacrificio significa matar, o degollar (mactare, en latín = honrar con sacrificios = sacrificar) E igualmente en el término griego la palabra sacrificio (Zysía) deriva del verbo matar, o degollar (Zyeín); por lo cual se diferencian los simples ofrecimientos hechos a Dios, de los sacrificios, aun en los términos que para designarlos se emplean; reservando el término que implica destrucción o inmolación para designar el sacrificio propiamente tal. La Escritura Sagrada confirma este concepto al decir que Isaac, debía ser sacrificado por su padre cuando era conducido para ser muerto y quemado sobre el altar; (Génesis XXII) ; por el contrarío, los levitas que son ofrecidos a Dios, para el servicio del templo, no se dice que por esto sean sacrificados, sino simplemente ofrecidos.
Y todo cuanto se dispone en la ley, pertinente a los sacrificios, implica claramente, que era necesario para ello, la destrucción o inmolación de lo ofrecido o bien mediante la muerte, si eran seres vivos, o por la cremación, si eran objetos sólidos inanimados, como el incienso; o por derramamiento, si eran objetos líquidos, según el ritual prescrito en el Levítico.
Esta nota característica del sacrificio, tiene naturalmente una aptitud simbólica muy expresiva y conveniente para significar el acto del Sacrificio interno. Porque, dado que el hombre usa de señales exteriores para manifestar sus afectos internos y sus pensamientos, es natural que exprese su acatamiento y adoración interior a Dios, mediante el ofrecimiento de dones sensibles, para reconocer con esta oblación el dominio de Dios. Y el sometimiento interno, con que se entrega a Dios y le presenta su reverencia, se expresa de un modo práctico, en la destrucción inmolaticia de los dones, por lo cual externamente simboliza, cuán digno es el Señor que merece que toda vida y todo ser se consuma en su honor sin que tales objetos puedan añadir absolutamente nada a la felicidad divina, según dice David en el Salmo: " Dije al Señor, tú eres mi Dios, puesto que de mis bienes no tienes necesidad " .
Esta inmolación de los dones ofrecidos a Dios, tuvo distintas modalidades. Pues aun en los antiguos, no sólo fué utilizada la inmolación sangrienta, por la muerte' a cuchillo. de las víctimas; sino también la destrucción equivalente, como se hacía en las libaciones, mediante el derramamiento de los líquidos ofrecidos; efusión que los destruía, al menos inutilizándolos para el uso humano.
En la ley evangélica, abrogados todos los sacrificios antiguos, fuera de la inmolación cruenta de Jesucristo en la cruz, ofrecida y aceptada para siempre por Dios, sucedió a ellos, la inmolación mística, que sin alterar o deteriorar para nada a la víctima ofrecida, se realiza bajo las especies sacramentales.
IV) Es necesario al sacrificio, ser ofrecido por una persona que ostente una función pública, según la cual es el delega-do ante Dios, de aquellos a quienes representa en la acción del sacrificio. De donde sacerdocio y sacrificio son conceptos correlativos. Pues sí el sacrificio es el acto de adoración pública tributado por la sociedad a Dios, es menester que lo ofrezca una persona pública constituida en el cargo para ésto. No a todos corresponde ofrecer el sacrificio, acto público y externo de adoración, sino a aquellos que representan a los demás y en su nombre lo ofrecen. En la época anterior a la ley de Moisés, eran los patriarcas, jefes de la familia, los sacerdotes; en la ley escrita, solo eran los hijos descendientes de Aarón; en la ley de gracia los obispos y sacerdotes debidamente ordenados. Por eso dice el Concilio de Trento: (Ses. XXIII cp. I) "El sacrificio y el sacerdocio están tan unidos por la ordenación de Dios, que ambos han existido en toda ley. Y pues en el Nuevo Testamento la Iglesia Católica ha recibido por institución del Señor, el sacrificio visible de la Santísima Eucaristía, es necesario también confesar que en ella existe un nuevo, visible y externo sacerdocio en el cual fué cambiado el antiguo ". (5)
De modo que así como es necesaria la determinación del sacrificio mediante la autoridad correspondiente, de igual modo lo es la determinación del sacerdocio.
En la ley Nueva, Dios se reservó la Institución del único sacrificio y de modo igual la investidura del sacerdocio. Así enseña San Pablo: "Ni nadie se apropia esta dignidad (del sacerdocio) sino es llamado de Dios, como Aarón " . (Hebreos V. 4) Nadie, por su autoridad privada, puede constituirse sacerdote en la Ley Evangélica. Pero no se significa, al compararlo al Sacerdocio Aarónico, que la investidura se dé por ley de sucesión, como entonces, sino la designación de Dios, que entonces se hizo por la descendencia y ahora se realiza por el Sacramento del orden y la impresión del carácter sagrado; entonces mediante la generación de la carne; ahora por la virtud del Espíritu Santo.
V) El sacrificio y el Sacramento concuerdan en su categoría de signos y difieren en su significado. Mientras el Sacramento es señal eficaz de nuestra santificación interior, el sacrificio lo es del culto interno. De esto se desprende que los Sacramentos no pertenecen a la ley natural ni están bajo el dominio de la autoridad humana en su institución, como tampoco producen su significado a modo de impetración como el sacrificio, sino a modo de causas eficientes.
Como los ministros del Sacramento, son instrumentos en las manos de Dios, no es necesario que el instrumento sea una persona pública, que representa la sociedad. Y así el bautismo, puede ser administrado en circunstancias dadas, por cualquier hombre, cristiano o infiel. Con todo al sacerdocio corresponde la administración de los mismos, para que se advierta y conserve el maravilloso orden de la Providencia. Pues como el sacerdocio es la delegación oficial para la oblación del sacrificio, era convenientísimo que los dones de Dios lleguen a los hombres por el mismo medio por el que llegan a El los votos de los hombres; así se verifica en el sacerdocio Id visión de Jacob: la escala mística por donde los ángeles subían y bajaban. (Génesis XXVIII - 12)
Finalmente una es la eficacia sacramental, que tiene por término la santificación del hombre. A ésta no se llega sin que algo se produzca en el alma, mediante el sacramento, que actúa como instrumento eficaz.
Por su parte el sacrificio tiene como objeto, la adoración de Dios; y Dios no es adorado mediante algo que en El se produzca (como era en la santificación del hombre) ; por lo que el sacrificio no puede efectuar su fin de un modo eficiente sino de un modo impetratorio. " Pues por la oblación de este (sacrificio) aplacado el Señor, perdona .. concediendo la gracia. . ." (Trident: Ses. XXII - cp. 2). (6)
El sacrificio nos santifica como oración. Así se dice en el ofertorio del cáliz: " Te ofrecemos Señor, el cáliz de la salud, implorando tu clemencia, para que en presencia de tu majestad divina, suba con olor de suavidad " . (Canon de la Misa).
Podemos; pues, compendiar la noción de sacrificio: "una oblación hecha a Dios por el sacerdote a modo de inmolación, en señal, legítimamente instituida, del honor y reverencia que el hombre debe a su creador " . (7)
Notas:
(1) (II - Ilae. 85 - a 1).
(2) (II - Ilae. 85 - a 2).
(3) (St. Th. II - Ilae. 85 - a 2).
(4) (S. Th. II - Ilae. 85a 1).
(5) (D. B. N' 957).
(6) (D. B. N° 940).
(7) (C. Billot. D. ales. Sacramentis - T. I. 1924 - pg. 530 - 592).