LA SANTA MISA COMO MEDIO DE SANTIFICACIÓN
Nociones previas
Recordemos en primer lugar algunas nociones dogmáticas.
1ª. La santa misa es sustancialmente el mismo
sacrificio de la cruz, con todo su valor infinito: la misma Víctima,
la misma oblación, el mismo Sacerdote principal. No hay
entre ellos más que una diferencia accidental: el modo de
realizarse (cruento en la cruz, incruento en el altar). Así lo
declaró la Iglesia en el concilio Tridentino. (1)
2ª La
santa misa, como verdadero sacrificio que es, realiza
propísimamente las cuatro finalidades del mismo: adoración,
reparación, petición y acción de gracias (D
948 y 950).
3ª El valor de la misa es en sí mismo rigurosamente
infinito. Pero sus efectos, en cuanto dependen de nosotros,
no se nos aplican sino en la medida de nuestras disposiciones interiores.
Fines y efectos
de la santa misa
La santa misa, como reproducción que es
del sacrificio redentor, tiene los mismos fines y produce los mismos
efectos que el sacrificio de la cruz. Son los mismos que los del
sacrificio en general como acto supremo de religión, pero
en grado incomparablemente superior. Helos aquí:
1º ADORACIÓN. -El sacrificio de la
misa rinde a Dios una adoración absolutamente digna de El,
rigurosamente infinita. Este efecto lo produce siempre, infaliblemente, ex
opere ope rato, aunque celebre la misa un sacerdote indigno
y en pecado mortal. La razón es porque este valor latréutico
o de adoración depende de la dignidad infinita del Sacerdote
principal que lo ofrece y del valor de la Víctima ofrecida.
Recuérdese el ansia atormentadora de glorificar a Dios
que experimentaban los santos. Con una sola misa podían
apagar para siempre su sed. Con ella le damos a Dios todo el
honor que se le debe en reconocimiento de su soberana grandeza
y supremo dominio; y esto del modo más perfecto
posible, en grado rigurosamente infinito. Por razón
del Sacerdote principal y de la Víctima ofrecida, una sola
misa glorifica más a Dios que le glorificarán en
el cielo por toda la eternidad todos los ángeles y santos
y bienaventurados juntos, incluyendo a la misma Santísima
Virgen María, Madre de Dios. La razón es muy
sencilla: la gloria que proporcionarán a Dios durante toda
la eternidad todas las criaturas juntas será todo
lo grande que se quiera, pero no infinita, porque no puede
serlo. Ahora bien: la gloria que Dios recibe a través del
sacrificio de la misa es absoluta y rigurosamente infinita.
En retorno de esta incomparable glorificación, Dios se
inclina amorosamente a sus criaturas. De ahí procede
el inmenso valor de santificación que encierra para nosotros
el santo sacrificio del altar.
Consecuencia. -¡Qué tesoro el de
la santa misa! ¡Y
pensar que muchos cristianos-la mayor parte de las personas devotas
no han caído todavía en la cuenta de ello, y prefieren
sus prácticas rutinarias de devoción a su incorporación
a este sublime sacrificio, que constituye el acto principal de
la religión y del culto católico!
2º REPARACIÓN. -Después de la adoración,
ningún otro deber más apremiante para con el Creador
que el de reparar las ofensas que de nosotros ha recibido.
Y también en este sentido el valor de la santa misa es absolutamente
incomparable, ya que con ella ofrecemos al Padre la reparación
infinita de Cristo con toda su eficacia redentora.
«En el día, está la tierra
inundada por el pecado; la impiedad e inmoralidad no perdonan cosa
alguna. ¿Por
qué no nos castiga Dios? Porque cada día, cada hora,
el Hijo de Dios, inmolado en el altar, aplaca la ira de su Padre
y desarma su brazo pronto a castigar.
Innumerables son las chispas que brotan de las
chimeneas de los buques; sin embargo, no causan incendios, porque
caen al mar y son apagadas por el agua. Sin cuento son también
los crímenes
que a diario suben de la tierra y claman venganza ante el trono
de Dios; esto no obstante, merced a la virtud reconciliadora de
la misa, se anegan en el mar de la misericordia divina...» (2)
Claro
que este efecto no se nos aplica en toda su plenitud infinita (bastaría
una sola misa para reparar, con gran sobreabundancia,
todos los pecados del mundo y liberar de sus penas a todas las
almas del purgatorio), sino en grado limitado y finito según
nuestras disposiciones. Pero con todo:
a) Nos alcanza de suyo ex
opere operato, si
no le ponemos obstáculos-la gracia actual, necesaria
para el arrepentimiento de nuestros pecados (3).
Lo enseña expresamente el concilio de Trento: «Huius
quippe oblatione placatus Dominus, gratiam et donum paenitentiae
concedens, crimina et peccata etiam ingentia dimittit» (D
940).
Consecuencia. -Nada puede hacerse más eficaz para obtener
de Dios la conversión de un pecador como ofrecer
por esa intención el santo sacrificio de la misa, rogando
al mismo tiempo al Señor quite del corazón del pecador
los obstáculos para la obtención infalible de esa
gracia.
b) Remite siempre, infaliblemente si no se le
pone obstáculo,
parte al menos de la pena temporal que había que pagar
por los pecados en este mundo o en el otro. De ahí que la
santa misa aproveche también (D 940 Y 950). El grado y
medida de esta remisión depende de nuestras disposiciones.
(4)
Consecuencias.-Ningún sufragio aprovecha tan eficazmente
a las almas del purgatorio como la aplicación del santo
sacrificio de la misa. Y ninguna otra penitencia sacramental pueden
imponer los confesores a sus penitentes cuyo valor satisfactorio
pueda compararse de suyo al de una sola misa ofrecida a Dios. ¡Qué dulce
purgatorio puede ser para el alma la santa misa!
3º PETICIÓN. -«Nuestra indigencia
es inmensa; necesitamos continuamente luz, fortaleza, consuelo.
Todo esto lo encontramos en la misa. Allí está,
en efecto, Aquel que dijo: «Yo soy la luz del mundo, yo soy
el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida. Venid a mí los
que sufrís,
y yo os aliviaré. Si alguno viene a mí, no lo rechazaré» (5).
Y Cristo se ofrece en la santa misa al Padre para
obtenernos,
por el mérito infinito de su oblación, todas las
gracias de vida divina que necesitamos. Allí está «siempre
vivo intercediendo por nosotros» (Hebr 7, 25), apoyando con
sus méritos infinitos nuestras súplicas y peticiones.
Por eso, la fuerza impetratoria de la santa misa es incomparable.
De suyo ex opere operato, infalible e inmediatamente mueve
a Dios a conceder a los hombres todas cuantas gracias necesiten,
sin ninguna excepción; si bien la colación efectiva
de esas gracias se mide por el grado de nuestras disposiciones,
y hasta puede frustrarse totalmente por el obstáculo voluntario
que le pongan las criaturas.
«La razón es que la influencia de
una causa universal no tiene más límites que la capacidad
del sujeto que la recibe. Así, el sol alumbra y da calor
lo mismo a una persona que a mil que estén en una plaza.
Ahora bien: el sacrificio de la misa, por ser sustancialmente el
mismo que el de la cruz, es, en cuanto a reparación y súplica,
causa universal de las gracias de iluminación, atracción
y fortaleza. Su influencia sobre nosotros no está, pues,
limitada sino por las disposiciones y el fervor de quienes
las reciben. Así, una sola misa puede aprovechar tanto a
un gran número de personas como a una sola; de la misma
manera que el sacrificio de la cruz aprovechó al buen ladrón
lo mismo que si por él solo se hubiese realizado. Si el
sol ilumina lo mismo a una que a mil personas, la influencia de
esta fuente de calor y fervor espiritual como es la misa,
no es menos eficaz en el orden de la gracia. Cuanto es mayor la
fe, confianza, religión y amor con que se asiste a ella,
mayores son los frutos que en las almas produce».
Al incorporarla a la santa misa, nuestra oración
no solamente
entra en el río caudaloso de las oraciones litúrgicas -que
ya le daría una dignidad y eficacia especial ex
opere operantis Ecclesiae-, sino que se confunde con la oración
infinita de Cristo. El Padre le escucha siempre: «yo
sé que siempre me escuchas» (Io 11, 42), y en
atención a El nos concederá a nosotros todo cuanto
necesitemos.
Consecuencia. -No hay novena ni triduo que se pueda comparar a
la eficacia impetratoria de una sola misa. ¡Cuánta
desorientación entre los fieles en torno al valor objetivo
de las cosas! Lo que no obtengamos con la santa misa, jamás
lo obtendremos con ningún otro procedimiento. Está muy
bien el empleo de esos otros procedimientos bendecidos y aprobados
por la Iglesia; es indudable que Dios concede muchas gracias a
través de ellos; pero coloquemos cada cosa en su lugar.
La misa por encima de todo.
4° ACCIÓN DE GRACIAS. -Los inmensos
beneficios de orden
natural y sobrenatural que hemos recibido de Dios nos han hecho
contraer para con El una deuda infinita de gratitud. La eternidad
entera resultaría impotente para saldar esa deuda si no
contáramos con otros medios qué los que por nuestra
cuenta pudiéramos ofrecerle. Pero está a nuestra
disposición un procedimiento para liquidarla totalmente
con infinito saldo a nuestro favor: el santo sacrificio de la misa.
Por, ella ofrecemos al Padre un sacrificio eucarístico, o
de acción de gracias, que supera nuestra deuda, rebasándola
infinitamente; porque es el mismo Cristo quien se inmola por nosotros
y en nuestro lugar da gracias a Dios por sus inmensos beneficios.
Y, a la vez, es una fuente de nuevas gracias, porque al bienhechor
le gusta ser correspondido.
Este efecto eucarístico, o de acción de
gracias, lo produce la santa misa por sí misma: siempre,
infaliblemente, ex opere operato, independientemente de
nuestras disposiciones.
***
Tales son, a grandes rasgos, las riquezas infinitas encerradas
en la santa misa. Por eso, los santos, iluminados por Dios, la
tenían en grandísimo aprecio. Era el centro de su
vida, la fuente de su espiritualidad, el sol resplandeciente alrededor
del cual giraban todas sus actividades. El santo Cura de Ars hablaba
con tal fervor y convicción de la excelencia de la santa
misa, que llegó a conseguir que casi todos sus feligreses
la oyeran diariamente.
Pero para obtener de, su celebración o participación
el máximo rendimiento santificador es preciso insistir
en las disposiciones necesarias por parte del sacerdote que
la celebra o del simple fiel que la sigue en compañía
de toda la asamblea.
Disposiciones para el santo sacrificio
de la misa.
Alguien ha dicho que para celebrar o participar
dignamente en una sola misa harían falta tres eternidades: una
para prepararse, otra para celebrarla o participar en ella y otra
para dar gracias. Sin llegar a tanto como esto, es cierto que toda
preparación será poca por diligente y fervorosa que
sea.
Las principales disposiciones son de dos clases: externas e internas.
a) Externas.-Para el sacerdote consistirán en
el perfecto cumplimiento de las rúbricas y ceremonias que
la Iglesia le señala. Para el simple fiel, en el respeto,
modestia y atención con que debe participar activamente
en ella.
b) Internas.-La mejor de todas es identificarse con
Jesucristo, que se inmola en el altar. Ofrecerle al Padre
y ofrecerse a sí mismo en El, con El y por El. Esta
es la hora de pedirle que nos convierta en pan, para ser comidos
por nuestros hermanos con nuestra entrega total por la caridad.
Unión íntima con María al pie de la cruz;
con San Juan, el discípulo amado; con el sacerdote celebrante,
nuevo Cristo en la tierra («Cristo otra vez», gusta
decir un alma iluminada por Dios). Unión a todas las misas
que se celebran en el mundo entero. No pidamos nunca nada a Dios
sin añadir como precio infinito de la gracia que anhelamos: «Señor,
por la sangre adorable de Jesús, que en este momento está elevando
en su cáliz un sacerdote católico en algún
rincón del mundo». (7)
La santa misa celebrada o participada
con estas disposiciones
es un instrumento de santificación de primerísima
categoría, sin duda alguna el más importante
de todos.
Antonio Royo Marín
O.P. Teología
de la Perfección Cristiana
NOTAS:
(1) Una enim
eademque est hostia, idem nunc offerens sacerdotum ministerio,
qui se in cruce obtuft, sola offerendi ratione diversa (D 940)
(2) ARAMi,
Vive tu vida c.21.
(3) Nótese
bien que nos referimos a la gracia actual, no a la habitual, que
es fruto del arrepentimiento perfecto y de la absolución
sacramental.
(4) Al menos
en lo relativo a las penas debidas por los pecados propios. Porque,
en lo relativo al grado de descuento a las almas del purgatorio,
es lo más probable que ex opere operato dependa
Cínicamente
de la voluntad de Dios, aunque ex opere operantis ayude
también mucho la devoción. del que dice la misa
o del que la encargó (cf. 111,79,5; Suppl. 71,9 ad 3 et
5).
(5) Dom COLUMBA
MARMION, Jesucristo,
vida del alma c.7 n.4.
(6) GARRIGOU-LAGRANGE, Tres
edades 11,14.
(7) Siendo
más
de cuatrocientos mil los sacerdotes católicos existentes
actualmente en el mundo, y celebrando una sola misa diaria cada
uno de ellos, resulta un total de cinco eleva ciones
por segundo aproximadamente. Claro que la distribución del
clero católico no es
uni forme en todo el mundo, y regiones habrá donde
las misas sean muchas más y en otras muchas menos en
igualdad de tiempo