Si la santa misa
es verdadero sacrificio
Rogamos al lector tenga presente, como introducción a este
importante asunto, lo que dijimos en el primer volumen de esta
obra acerca del sacrificio en general (cf. n.353-55).
Antes de exponer la doctrina católica sobre el sacrificio
de la misa, vamos a dar unas nociones sobre su nombre, definición
y errores en torno a ella.
95. 1. El nombre. El sacrificio
eucarístico ha recibido diversos nombres en el transcurso
de los siglos. Y así
a) EN LA SAGRADA ESCRITURA se la designa con los
nombres de «fracción
del pan» (Act. 2,42; 1 Cor. 10, 16) y «cena del Señor» (I
Cor. 11,20)
b) ENTRE LOS GRIEGOS se emplearon las expresiones “celebración
del misterio”; “culto latréutico”; “operación de
lo sagrado”; “colecta o reunión”, etc. El nombre más
frecuente y común después del siglo IV es el de “liturgia”, “sacro
ministerio”, derivado de “ministrar”.
c) ENTRE LOS LATINOS recibió los nombres de «colecta» o «congregación» del
pueblo; «acción», por antonomasia; «sacrificio», «oblación»,
etc. Pero a partir del siglo IV el nombre más frecuente
y común es el de misa.
La palabra misa proviene del verbo latino mittere, que
significa enviar. Es una forma derivada y vulgar de la
palabra misión, del mismo modo que las expresiones,
corrientes en la Edad Media, de «colecta, confesa, accesa
se toman por «colección, confesión, accesión».
La expresión misa la derivan algunos
de las preces dirigidas o enviadas a Dios (a precibus
missis); otros,
de la dimisión o despedida de los catecúmenos, que
no podían asistir a la celebración del misterio eucarístico,
sino sólo a la introducción preparatoria (hasta el
credo). Según parece, al principio designaba únicamente
la ceremonia de despedir a los catecúmenos; después
significó las ceremonias e instrucciones que la precedían
(misa de catecúmenos); más tarde, la celebración
del misterio eucarístico (misa de los fieles), que venía
a continuación de la de los catecúmenos; finalmente
se designó con la palabra misa toda la celebración
del sacrificio eucarístico, desde el principio hasta el
fin. Este es el sentido que tiene en la actualidad.
96. 2. La realidad. Puede darse
una triple definición de la misa: metafísica, física
y descriptiva. La primera sé limita a señalar el
género y la diferencia específica; la segunda expresa,
además, la materia y la forma del sacrificio del altar;
la tercera describe con detalle el santo sacrificio.
a) Definición metafísica: es
el sacrificio que renueva el mismo de la cruz en su ser objetivo.
En esta definición, la palabra sacrificio expresa
el género; y el resto de la fórmula, la diferencia
específica.
b) Definición física: es
el sacrificio inmolativo del cuerpo de Cristo realizado en la
cruz y renovado en su ser objetivo bajo las especies sacramentales
de pan y vino.
En esta definición, la materia es el cuerpo de
Cristo presente bajo las especies sacramentales; la forma es
el sacrificio inmolativo realizado en la cruz en cuanto renovado
en su ser objetivo. En esta misma forma puede distinguirse la razón
genérica (sacrificio) y la razón específica
(inmolado en la cruz y renovado en el altar).
c) Definición descriptiva: es
el sacrificio incruento de la Nueva Ley que conmemora y renueva
el del Calvario, en el cual se ofrece a Dios, en mística inmolación,
el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies sacramentales
de pan _y vino, realizado por el mismo Cristo, a través
de su legítimo ministro, para reconocer el supremo dominio
de Dios y aplicarnos los méritos del sacrificio de
la cruz.
En sus lugares correspondientes iremos examinando cada uno de
los elementos de esta definición
97. 3. Errores. En
torno al sacrificio de la misa se han registrado en el transcurso de
los siglos muchos errores y herejías. He aquí los
principales a) Los petrobrusianos, valdenses, cátaros
y albigenses (siglos XII y XIII) negaron por diversos motivos que
en la santa misa se ofrezca a Dios un verdadero y propio sacrificio.
b) Los falsos reformadores (Wicleff, Lutero, Calvino,
Melanchton, etcétera) niegan también el carácter
sacrificial de la santa misa.
c) Muchos racionalistas modernos y la mayor parte de las sectas
protestantes hacen eco a estos viejos errores y herejías.
98. 4. Doctrina católica. Vamos
a precisarla en dos conclusiones
Conclusión I.ª En la santa
misa se ofrece a Dios un verdadero y propio sacrificio. (De fe divina,
expresamente definida.)
He aquí las pruebas:
1º. LA SAGRADA ESCRITURA. El sacrificio del altar fue anunciado
o prefigurado en el Antiguo Testamento y tuvo su realización
en el Nuevo. Recogemos algunos textos
a) El sacrificio de Melquisedec: «Y Melquisedec,
rey de Salem, sacando pan y vino, como era sacerdote del
Dios Altísimo, bendijo a Abrahán, diciendo...» (Gen.
I4, I8-19).
Ahora bien: según se nos dice en la misma Escritura, Cristo
es sacerdote eterno según el orden de Melquisedec (Ps. 109,4;
Hebr. 5,5 - 9). Luego debe ofrecer un sacrificio eterno a
base de pan y vino, como el del antiguo profeta. He ahí la
santa misa, prefigurada en el sacrificio de Melquisedec.
b) El vaticinio de Malaquías: «No tengo
en vosotros complacencia alguna, dice Yavé Sebaot;
no me son gratas las ofrendas de vuestras manos. Porque desde el
orto del sol hasta el ocaso es grande mi nombre entre las gentes y
en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio humeante y una
oblación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes,
dice Yavé Sebaot» (Mal. I, 10-11).
Estas palabras, según la interpretación de los Santos
Padres y de la moderna exégesis bíblica, se
refieren al tiempo mesiánico, anuncian el verdadero
sacrificio postmesiánico y responden de lleno y en absoluto
al santo sacrificio de la misa.
c) La institución de la eucaristía. Cristo
alude claramente al carácter sacrificial de la
eucaristía cuando dice
«Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros.
Haced esto en memoria mía... Este cáliz
es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por
vosotros» (Lc. 22,19-20).
2º. Los SANTOS PADRES. La tradición cristiana interpretó siempre
en este sentido los datos de la Escritura que acabamos de citar.
Son innumerables los testimonios.
3º. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Lo enseñó repetidamente
en todas las épocas de la historia y lo definió expresamente
en el concilio de Trento contra los errores protestantes. He aquí el
texto de la definición dogmática:
«Si alguno dijere que en la misa no se ofrece a Dios un verdadero
y propio sacrificio o que el ofrecerlo no es otra cosa que
dársenos a comer Cristo, sea anatema» (D 948).
4º. LA RAZÓN TEOLÓGICA ofrece varios argumentos
de conveniencia. He aquí algunos.
a) No hay religión alguna sin sacrificio,
que es de derecho natural (1)
Ahora bien: la religión más perfecta
del mundo como única
revelada por Dios-es la cristiana. Luego tiene que tener su sacrificio
verdadero y propio, que no es otro que la santa misa.
b) La santa misa reúne en grado eminente todas
las condiciones que requiere el sacrificio. Luego lo es. Más
adelante veremos cómo se cumplen, efectivamente, en la santa
misa todas las condiciones del sacrificio.
c) El Nuevo Testamento es mucho más perfecto
que el Antiguo. Ahora bien: en la Antigua Ley se ofrecían
a Dios verdaderos sacrificios -entre los que destaca el del cordero
pascual, figura emocionante de la inmolación de Cristo (cf
I Cor. 5,7)-; luego la Nueva Ley ha de tener también su
sacrificio propio, que no puede ser otro qué la renovación
del sacrificio del Calvario, o sea, la santa misa.
Conclusión 2.ª El
sacrificio de la cruz y el sacrificio del altar son uno solo
e idéntico sacrificio, sin más diferencia que el
modo de ofrecerse: cruento en la cruz
e incruento en el altar. (Doctrina católica.)
Consta por los siguientes lugares teológicos:
1º. EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA. Lo enseña
expresamente -aunque sin definirlo de una manera directa- el concilio
de Trento con las siguientes palabras
«Una y la misma es la víctima, uno mismo el que ahora
se ofrece por ministerio de los sacerdotes y el que se ofreció entonces
en la cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse» (D
940).
Esto mismo ha repetido y explicado en nuestros días S.
S. Pío XII en su admirable encíclica Mediator
Dei:
«Idéntico, pues, es el sacerdote, Jesucristo, cuya
sagrada persona está representada por su ministro...
Igualmente idéntica es la víctima;
es decir, el mismo divino Redentor, según su humana naturaleza
y en la realidad de su cuerpo y de su sangre. Es diferente, sin
embargo, el modo como Cristo es ofrecido. Pues en la cruz se ofreció a
sí mismo y sus dolores a Dios, y la inmolación de
la víctima fue llevada a cabo por medio de su muerte cruenta,
sufrida voluntariamente. Sobre el altar, en cambio, a causa
del estado glorioso de su humana naturaleza, la muerte
no tiene ya dominio sobre El (Rom. 6,9) y, por tanto, no es
posible la efusión de sangre. Mas la divina sabiduría
ha encontrado un medio admirable de hacer patente con signos
exteriores, que son símbolos de muerte, el sacrificio de
nuestro Redentor» (2).
2º. Los SANTOS PADRES. Lo repiten unánimemente. Por
vía de ejemplo, he aquí un texto muy expresivo
de San Juan Crisóstomo:
« ¿Acaso no ofrecemos todos los días?...
Ofrecemos siempre el mismo (sacrificio); no ahora una oveja y mañana
otra, sino siempre la misma. Por esta razón es uno el
sacrificio; ¿acaso por el hecho de ofrecerse en muchos
lugares son muchos Cristos? De ninguna manera, sino un solo Cristo
en todas partes; aquí íntegro y allí también,
un solo cuerpo. Luego así como ofrecido en muchos lugares
es un solo cuerpo y no muchos cuerpos, así también es
un solo sacrificio» (3).
3º. LA RAZÓN TEOLÓGICA. He aquí cómo
se expresa Santo Tomás: «Este sacramento se llama sacrificio por
representar la pasión de Cristo, y hostia en cuanto
que contiene al mismo Cristo, que es «hostia de suavidad»,
en frase del Apóstol» (III, 73, 4 ad 3).
«Como la celebración de este sacramento es imagen
representativa de la pasión de Cristo, el altar es representación
de la cruz, en la que Cristo se inmoló en propia figura» (83,2
ad 2).
«No ofrecemos nosotros otra oblación distinta de
la que Cristo ofrecié por nosotros, es a saber, su sangre
preciosa. Por lo que no es otra oblación, sino
conmemoración de aquella hostia que Cristo ofreció» (In
ep. ad Hebr. 10, I).
Recogiendo todos estos elementos, escribe con acierto un teólogo
contemporáneo
«Este sacrificio eucarístico es idéntico
el de la cruz, no solamente porque es idéntico el principal
oferente, Cristo, y la hostia ofrecida, Cristo paciente, sino,
además, porque es una misma la oblación u ofrecimiento
de Cristo en la cruz, sacramentalmente renovada en el altar. Esta
oblación constituye el elemento formal de todo sacrificio.
Sin esta unidad de oblación no se da verdadera unidad
e identidad del sacrificio de la cruz y del altar» (4).
No hay, pues-como quieren algunos teólogos-, diferencia específica entre
el sacrificio de la cruz y el del altar, sino sólo diferencia numérica; a
no ser que la diferencia específica se coloque únicamente
en el modo de ofrecerlo, porque es evidente que el modo
cruento y el incruento son específicamente distintos
entre sí. Pero esta diferencia puramente modal no
establece diferenciación alguna en el sacrificio en
sí mismo, que es específicamente idéntico
en el Calvario y en el altar.
Corolarios. 1º. El sacrificio de la cena fue
también en sí mismo verdadero y propio sacrificio,
aunque por orden al sacrificio de la cruz que había de realizarse
al día siguiente. La razón es porque hubo en él
todos los elementos esenciales del sacrificio: sacerdote oferente,
víctima e inmolación mística o sacramental,
significada por la separación de las dos especies.
2°. Luego el sacrificio de la cena, el de la cruz y
el del altar son específicamente idénticos,
aunque haya entre ellos un conjunto de diferencias accidentales,
que en nada comprometen aquella identidad específica esencial.
El de la cena anunció el de la cruz, cuyos méritos
nos aplica el del altar.
3°. El sacrificio del altar recoge, elevándolas al
infinito, las tres formas de sacrificio que se ofrecían
a Dios en el Antiguo Testamento: a) el holocausto, porque
la mística oblación de la Víctima divina significa
el reconocimiento de nuestra servidumbre ante Dios mucho más
perfectamente que la total combustión del animal que inmolaban
los sacerdotes de la Antigua Ley; b) la hostia pacífica, porque
el sacrificio eucarístico es incruento y carece, por lo
mismo, del horror de la sangre; y c) del sacrificio por el
pecado, porque representa la muerte expiatoria de Cristo y
nos la aplica a nosotros. Un tesoro, en fin, de valor rigurosamente
infinito.
R.P. Antonio Royo Marín O.P. Teología
Moral para seglares . Tomo II. Los Sacramentos .
NOTAS:
(1) Cf II-II,85,I.
(2) Pío XII, encíclica Mediator
Dei: AAS 39 (1947) P. 548. 3
(3) Hom. in ep. ad Eph. 21,
2.
(4) RVDMO.
P. BARBADO, O. P., obispo de Salamanca: Prólogo al Tratado
de la Santísima
Eucaristía, del Dr. Alastruey, 2.ª ed. (BAC, 1952)
p.XX