REFLEXIONES DE PENTECOSTÉS (II)
[Retomamos
lo que decíamos la semana pasada: "Escuchemos al Espíritu
Santo, que va a expresarse por su principal instrumento, en presencia
de esta multitud asombrada y silenciosa; todas las palabras que
profiere el Apóstol, aunque habla solamente una lengua, la
escuchan sus oyentes de cualquier idioma o país que sean.
Solamente este discurso es una prueba inequívoca de la verdad
y divinidad de la nueva ley".]
"Varones judíos, exclamó San Pedro, y habitantes
todos de Jerusalén, oíd y, prestad atención
a mis palabras. No están éstos borrachos, como vosotros
suponéís, pues es la hora de Tercia, y esto es lo
que predijo el profeta Joel: «Y sucederá en los
últimos días, di ce el Señor, que derramaré
mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros
hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones,
y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre
mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu
y profetizarán». Varones israelitas, escuchad estas
palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios
entre vosotros con milagros prodigios y señales que Dios
hizo por El en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis
a éste, entregado según los designios de la presciencia
de Dios, lo alzasteis en la cruz y le disteis muerte por mano de
infieles. Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, lo resucitó,
por cuanto no era posible que fuese dominado por ella, pues David
dice de Él: «Mi carne reposará en la esperanza,
porque no permitirás que tu Santo experimente la corrupción
del sepulcro». David no hablaba de sí propio, puesto
que murió y su sepulcro permanece aún entre nosotros;
anunciaba la resurrección de Cristo, el cual no ha quedado
en el sepulcro ni su carne ha conocido la corrupción. A este
Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros
somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre
la promesa del Espíritu Santo, lo derramó sobre toda
la tierra, como vosotros mismos veis y oís. Tened, pues,
por cierto hijos de Israel, que Dios lo ha hecho Señor y
Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado".
Así concluyó la promulgación de la nueva ley
por boca del nuevo Moisés. ¿No habrían de recibir
las gentes el don inestimable de este segundo Pentecostés,
que disipaba las sombras del antiguo y que realizaba en este gran
día las divinas realidades? Dios se revelaba y, como siempre,
lo hacia con un milagro. Pedro recuerda los prodigios con que Jesús
daba testimonio de sí mismo, de los cuales no hizo caso la
Sinagoga. Anuncia la venida del Espíritu Santo, y como prueba
alega el prodigio inaudito que sus oyentes tienen ante sus ojos,
en el don de lenguas concedido a todos los habitantes del Cenáculo.
El Espíritu Santo que se cernía sobre la multitud
continúa su obra, fecundando con su acción divina
el corazón de aquellos predestinados. La fe nace y se desarrolla
en un momento en estos discípulos del Sinaí que se
habían reunido de todos los rincones del mundo para una Pascua
y un Pentecostés que en adelante serán estériles.
Llenos de miedo y de dolor por haber pedido la muerte del Justo,
cuya resurrección y ascensión acaban de confesar,
estos judíos de todo el mundo exclaman ante Pedro y sus compañeros:
"Hermanos, ¿qué debemos hacer?"
¡Admirable disposición para recibir la fe!: el deseo
de creer y la resolución firme de conformar sus obras con
lo que crean. Pedro continúa su discurso: "Haced
penitencia, les dice, y bautizaos todos en el nombre de Jesueristo,
y también vosotros participaréis de los dones del
Espíritu Santo. A vosotros se os hizo la promesa .y también
a los gentiles; en una palabra: a todos aquellos a quienes llama
el Señor".
San Pedro habló más; pero el libro de los Hechos no
recoge más que estas palabras que resonaron como el último
llamamiento a la salvación: "Salvaos, hijos de Israel,
salvaos cíe esta generación perversa". En
efecto, tenían que romper con los suyos, merecer por el sacrificio
la gracia del nuevo Pentecostés, pasar de la Sinagoga a la
Iglesia. Más de una lucha tuvieron que soportar en sus corazones;
pero el triunfo del Espíritu Santo fue completo en este primer
día. Tres mil personas se declararon discípulos de
Jesús y fueron marcados con el sello de la divina adopción.
Mañana hablará Pedro en el mismo templo y a su voz
se proclamarán discípulos de Jesús más
de cinco mil personas.
No es extraño que la Iglesia haya dado tanta importancia
al misterio de Pentecostés como al de Pascua, dada la importancia
de que goza en la economía del cristianismo. La Pascua es
el rescate del hombre por la victoria de Cristo; en Pentecostés,
el Espíritu Santo toma posesión del hombre rescatado;
la Ascensión es el misterio intermediario: por una parte,
consuma ésta el misterio de Pascua, constituyendo al Hombre-Dios
vencedor de la muerte y cabeza de sus fieles, a la diestra de Dios
Padre; por otra, determina el envío del Espíritu Santo
sobre la tierra.
Este envío no podía realizarse antes de la glorificación
de Jesucristo, como nos dice San Juan (8, 39) y numerosas razones
alegadas por los Santos Padres nos ayudan a comprenderlo. El Hijo
de quien, en unión con el Padre, procede el Espíritu
Santo en la esencia divina, debía enviar personalmente también
a este mismo Espíritu sobre la tierra. La misión exterior
de una de las Divinas Personas no es más que la consecuencia
y manifestación de la producción misteriosa y eterna
que se efectúa en el .seno de la divinidad. Así, pues,
al Padre no lo envían ni el Hijo ni el Espíritu Santo,
porque no procede de ellos. Al Hijo lo envía el Padre, porque
Éste lo engendra desde la eternidad. El Padre y el Hijo envían
al Espíritu Santo, porque Éste procede de ambos. Pero,
para que la misión del Espíritu Santo sirviese para
dar mayor gloria al Hijo, no podía realizarse antes de la
entronización del Verbo Encarnado en la diestra de Dios,
además era en extremo glorioso para la naturaleza humana
que, en el momento de ejecutarse esta misión, estuviese indisolublemente
unido a la naturaleza divina en la persona del Hijo de Dios, de
modo que se pudiese decir con verdad que el Hombre-Dios envió
al Espíritu Santo sobre la tierra.
No se debía dar esta augusta misión al Espíritu
Santo hasta que no se hubiese ocultado a los ojos de los hombres
la humanidad de Jesús. Como hemos dicho, era necesario que
los ojos y. el corazón de los fieles siguiesen al divino
Ausente con un amor más puro y totalmente espiritual. Ahora
bien, ¿a quién sino al Espíritu Santo correspondía
traer a los hombres este amor nuevo, puesto que es el lazo que une
en un amor eterno al Padre y al Hijo? Este Espíritu que abraza
y une se llama en las Sagradas Escrituras "el don de Dios";
Éste es quien nos envían hoy el Padre y el Hijo. Recordemos
lo que dijo Jesús a la Samaritana junto al pozo de Sicar:
"Si conocieses el clon de Dios". Aún no
había bajado, hasta entonces no se había manifestado
más que por algunos dones parciales. A partir de este momento,
una inundación de fuego cubre toda la tierra: el Espíritu
Santo anima todo, obra en todos los lugares. Nosotros conocemos
el don de Dios; no tenemos más que aceptarlo y abrirle las
puertas de nuestro corazón para que penetre como
en el corazón de los tres mil que se han convertido por el
sermón de San Pedro.
(Tomado
del libró (le Dom Guéranger, "El año litúrgico")