PENTECOSTÉS

Pentecostés
y la Iglesia
El gran día que consuma la obra divina en el género
humano ha brillado por fin sobre el mundo. "El día de
Pentecostés -como dice San Lucas- ha cumplido" (Hechos
2, 1.) Desde Pascua hemos visto deslizarse siete semanas; he aquí
el día que le sigue y hace el número misterioso de
cincuenta. Este día es Domingo, consagrado al recuerdo de
la atención de la luz y la Resurrección de Cristo;
le va a ser impuesto su último carácter, y por él
vamos a recibir la plenitud de Dios.
En
el reino de las figuras del Antiguo Testamento, el Señor
marcó ya la gloria del quincuagésimo día. Israel
había tenido, bajo los auspicios del Cordero Pascual, su
paso a través de las aguas del mar Rojo. Siete semanas se
pasaron en ese desierto que debía conducir a la tierra de
Promisión, y el día que sigue a las siete semanas
fue aquel en que quedó sellada la alianza entre Dios y su
pueblo. Pentecostés (día cincuenta) fue marcado por
la promulgación de los diez mandamientos de la ley divina,
y este gran recuerdo quedó en Israel con la conmemoración
anual de tal acontecimiento. Pero así como la Pascua, también
Pentecostés era profético: debía haber un segundo
Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda,
Pascua para el rescate del género humano. Para el Hijo de
Dios, vencedor de la muerte, la Pascua con todos sus triunfos; y
para el Espíritu Santo, Pentecostés, que le vio entrar
como legislador en el mundo puesto en adelante bajo la ley.
Pero
¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés!
La primera, sobre los riscos salvajes de Arabia, entre truenos y
relámpagos, intimando una ley grabada en dos tablas de piedra;
la segunda en Jerusalén, sobre la cual no ha caído
aún la maldición porque hasta ahora contiene las primicias
del pueblo nuevo sobre el que debe ejercer su imperio el Espíritu
de amor. En este segundo Pentecostés, el cielo no se ensombrece
, no se oyen los estampidos de los rayos; los corazones de los hombres
no están petrificados de espanto como a la falda del Sinaí;
sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y acción
de gracias. Se ha. apoderado de ellos un fuego divino y este fuego
abrasará la tierra entera. Jesús había dicho:
"He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué quiero
sino que se encienda!" Ha llegado la hora, y el que en Dios
es Amor, la llama eterna e increada, desciende del cielo para cumplir
la intención misericordiosa del Emmanuel.
En
este momento en que el recogimiento reina en el Cenáculo,
Jerusalén está llena de peregrinos, llegados de todas
las regiones de la gentilidad. Son judíos venidos para la
fiesta de Pascua y de Pentecostés, de todos los lugares donde
Israel ha ido a establecer sus sinagogas. Asia, África, Roma
incluso, suministran todo este contingente. Mezclados con los judíos
de pura raza, se ve a paganos a quienes cierto movimiento de piedad
ha llevado a abrazar la ley de Moisés y sus prácticas;
se les llama Prosélitos. Este pueblo móvil que ha
de dispensarse dentro de pocos días, y a quienes ha traído
a Jerusalén sólo el deseo de cumplir la ley, representa,
por la diversidad de idiomas, la confusión de Babel; pero
los que le componen están menos influenciados de orgullo
y de prejuicios que los habitantes de Judea. Advenedizos de ayer,
no han conocido ni rechazado como estos últimos al Mesías,
ni han blasfemado de sus obras, que daban testimonio de él.
Si han gritado ante Pilatos con los otros judíos para pedir
que el Justo sea crucificado, fue porque fueron arrastrados por
el ascendiente de los sacerdotes y magistrados de esta Jerusalén,
hacia la cual les había conducido su piedad y docilidad a
la ley.
Pero
ha llegado la hora, la hora de Tercia, la hora predestinada por
toda la eternidad, y el designio de las tres divinas personas, concebido
y determinado antes de todos los tiempos, se declara y se cumple.
Del mismo modo que el Padre envió a este mundo, a la hora
de medianoche, para encarnarse en el seno de María a su propio
Hijo, a quien engendra eternamente: así el Padre y el Hijo
envían a la hora de Tercia sobre la Tierra el Espíritu
Santo que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin
de los tiempos, la misión de formar a la Iglesia esposa y
dominio de Cristo, de asistirla y mantenerla y de salvar y santificar
las almas.
De
repente se oye un viento violento que venía del cielo; rugió
fuera y llenó el Cenáculo con su soplo poderoso. Fuera
congrega al rededor del edificio que está puesto en la montaña
de Sión una turba de habitantes de Jerusalén y extranjeros;
dentro, lo conmueve todo, agita a los ciento veinte discípulos
del Salvador y muestra que nada le puede resistir. Jesús
había dicho de él: "Es un viento que sopla donde
quiere y vosotros escucháis resonar su voz" (Juan 3,
8.); poder invisible que conmueve hasta los abismos, en las profundidades
del mar, y lanza las olas hasta las nubes. En adelante este viento
recorrerá la tierra en todos los sentidos, y nada puede sustraerse
a su dominio.
Sin
embargo, la santa asamblea que estaba completamente absorta en el
éxtasis de la espera, conservó la misma actitud. Pasiva
al esfuerzo del divino enviado, se abandona a él. Pero el
soplo no ha sido más que una preparación para los
que están dentro del Cenáculo, y a la vez una llamada
para los de fuera. De pronto una lluvia silenciosa se extiende por
el interior del edificio, lluvia de fuego, dice la Santa Iglesia,
que arde sin quemar, que luce sin consumir ; unas llamas en forma
de lenguas de fuego se colocan sobre la cabeza de cada uno de los
ciento veinte discípulos. Es el Espíritu divino que
toma posesión de la asamblea en cada uno de sus miembros.
La Iglesia ya no está sólo en María; está
también en los ciento veinte discípulos. Todos ahora
son del Espíritu Santo que ha descendido sobre ellos; se
ha comenzado su reino, se ha proclamado y se preparan nuevas conquistas.
Pero
admiremos el símbolo con que se obra esta revolución.
El que no ha mucho se mostró en el Jordán en la hermosa
forma de una paloma aparece ahora en la de fuego. En la esencia
divina Él es amor; pero el amor no consiste sólo en
la dulzura y la ternura, sino que es ardiente como el fuego. Ahora,
pues, que el mundo está entregado al Espíritu Santo
es necesario que arda, y este incendio no se apagará nunca.
¿Y por qué la forma de lenguas, sino porque la palabra
será el medio de propaganda de este incendio divino? Estos
ciento veinte discípulos hablarán del Hijo de Dios,
hecho hombre y Redentor de todos, del Espíritu Santo que
remueve las almas y del Padre celestial que las ama y las adopta;
y su palabra será acogida por un gran número. Todos
los que la reciban estarán unidos en una misma fe, y la reunión
que formen se llamará Iglesia católica, universal,
difundida por todos los tiempos y por todos los lugares. Jesús
había dicho: "Id, enseñad a todas las naciones."
El Espíritu trae del cielo a la tierra la lengua que hará
resonar esta palabra y el amor de Dios y de los hombres que la ha
de inspirar. Esta lengua y este amor se han difundido en los hombres,
y con la ayuda del Espíritu, estos mismos hombres la transmitirán
a otros hasta el fin de los siglos.
Sin
embargo, parece que un obstáculo sale al paso a esta misión.
Desde Babel el lenguaje humano se ha dividido y la palabra de un
pueblo no se entiende en el otro. ¿Cómo, pues, la
palabra puede ser instrumento de conquista de tantas naciones y
cómo puede reunir en una familia tantas razas que se desconocen?
No temáis: el Espíritu omnipotente ya lo ha previsto.
En esa embriaguez sagrada que inspira a los ciento veinte discípulos
les ha conferido el don de entender toda lengua y de hacerse entender
ellos mismos. En este mismo instante, en un transporte sublime,
tratan de hablar todos los idiomas de la tierra, y la lengua, como
su oído, no sólo se prestan sin esfuerzo, sino con
deleite a esta plenitud de la palabra que va a establecer de nuevo
la comunión de los hombres entre sí. El Espíritu
de amor hizo cesar en un momento la separación de Babel,
y la fraternidad primitiva reaparece con la unidad de idioma.
¡Cuán
hermosa apareces, Iglesia de Dios, al hacerte sensible por la acción
divina del Espíritu Santo que obra en ti ilimitadamente!
Tú nos recuerdas el magnífico espectáculo que
ofrecía la tierra cuando el linaje humano no hablaba más
que una sola lengua. Pero esta maravilla no se limitará al
día de Pentecostés, ni se reducirá a la vida
de aquellos en quienes aparece en este momento. Después de
la predicación de los Apóstoles se irá extinguiendo,
por no ser necesaria, la forma primera del prodigio; pero tú
no cesarás de hablar todas las lenguas hasta el fin de los
siglos, porque no te verás limitada a los confines de una
sola nación, sino que habitarás todo el mundo. En
todas partes se oirá confesar una misma fe en las diversas
lenguas de cada nación, y de este modo el milagro de Pentecostés,
renovado y transformado, te acompañará hasta el fin
de los siglos y será una de tus características principales.
Por esto, San Agustín, hablando a los fieles, dice estas
admirables palabras: "La Iglesia, extendida por todos los pueblos,
habla todas las lenguas. ¿Qué es la Iglesia sino el
cuerpo de Jesucristo? En este cuerpo cada uno de vosotros es un
miembro. Si, pues, formáis parte de un miembro que habla
todas las lenguas, vosotros también podéis consideraros
como participantes en este don" (Comentarios al Ev. de S. Juan,
# 22.)
Dom
Gueranger, “El Año Litúrgico”