Esta tercera
división de la "Misa de los Fieles" comprende desde
el "Paternoster" inclusive, hasta el fin de la Misa. Realiza
aquello de la Cena del Señor: "Lo partió (la
fracción del pan), y lo dió a sus discípulos
(la Comunión), diciendo: "Tomad y comed de él
todos". La Iglesia ha añadido por su cuenta la Postcomunión
o acción de gracias después dé la Comunión.
Con la "Inmolación de la Víctima" ha quedado
realizado el Sacrificio eucarístico, y ahora, con la "Participación"
de la misma, se efectuará el Sacramento; pues no ha de olvidarse
que la Misa es a la vez Sacrificio y Sacramento.
22. Una advertencia importante de
Pío XII. Al empezar a tratar, en la encíclica
"Mediator Dei" (14),
el punto de la Comunión eucarística, el Papa Pío
XII advierte con gran encarecimiento: que, aun cuando el augusto
Sacrificio se termina con la Comunión del divino banquete,
sólo se requiere, para su integridad, que comulgue el sacerdote
sacrificador, y no el pueblo, aunque esto sea muy recomendable y
sumamente deseable. Es un, error -añade- querer hacer de
la Comunión general o en común, como la cima de la
celebración, y afirmar que no vale la pena celebrar cuando
no hay fieles que comulguen.
Por más recomendables y deseables, en efecto, que sean las
numerosas comuniones de los fieles, las misas privadas, aún
sin otra Comunión que la del celebrante, conservan igual
todo el valor del verdadero, perfecto e íntegro Sacrificio
instituido por Jesucristo, y jamás deben menospreciarse,
y menos suprimirse, por ese motivo. Esto sería dar más
importancia a la Comunión que a la Misa misma, lo que a menudo
por desgracia sucede entre los fieles, pero jamás puede admitirse
en un sacerdote teólogo.
23. El "Pater noster". La
oración "dominical" es la primera que comienza
la preparación para la Comunión. Primitivamente decíase
después de la "fracción"; pero como ésta
'podía alguna vez no efectuarse, v. gr., cuando, en días
de peligro de persecución, se tenía que celebrar nada
más que lo puramente esencial del rito de la Misa, San Gregorio
Magno púsola aquí para que no se diera el caso de
tenerla que omitir. El mismo santo Pontífice hízola
acompañar del breve prólogo o introducción
que le precede, y del epílogo o "embolismo" que
la sigue.
El prólogo o "introducción": "Amonestados
por los saludables mandatos, y aleccionados por la instrucción
del mismo Dios, nos atrevemos a decir: Paternoster, etc.";
tiene por objeto explicarla razón por la cual osamos hacer,
uso de la oración "dominical", que es el haber
sido animados y hasta obligados a ello por el mismo Jesús.
Entre los griegos y los galicanos, el "Paternoster" era
cantado al unísono por todo el pueblo. Entre nosotros, le
está reservado al celebrante, y el pueblo responde: "Mas
lábranos de mal". Así lo dispuso S. Gregorio,
inspirado quizá en la prescripción de la Regla de
S. Benito (c. XIII) que él profesó. Lo canta con los'
brazos alzados como para indicar que la repetición de las
palabras mismas de Jesucristo, en este momento augusto, lo transporta
de entusiasmo y lo saca como fuera de sí.
Dicho el "Paternoster" y tomando pie el celebrante de
la última petición que dice: "Mas líbranos
del mal", desarrolla y como parafrasea esa idea, rogando a
Dios "nos libre de los males pasados (las reliquias de los
pecados) presentes (pecados actuales, tentaciones, males corporales,
etc. ) y futuros (o males posibles), y nos dé la paz en esta
vida y el vivir siempre libres de pecado y de toda inquietud",
poniendo como intercesores a la Santísima Virgen y a los
Santos.
Esta prolongación del "Padre nuestro", que los
liturgistas llaman "embolismo", interpretación
o desarrollo, cantábase antiguamente en el mismo tono que
el "Pater", como todavía se practica el Viernes
Santo en la Misa de Presantificados. Al terminar esta plegaria,
el celebrante se signa con la patena, besándola al fin. Este
gesto probablemente es debido a que antiguamente se usaba la patena
como instrumento para transmitir la paz a la asamblea. Hoy es simplemente
un signo de respeto, por cuanto va a servir para contener el Cuerpo
del Señor.
24. La "Fracción del pan".
Siendo como es la Misa, a la vez que un Sacrificio, un divino banquete,
no podía faltar en ella la partición o la Comunión.
Este rito consiste hoy en dividir la Hostia grande en tres partes,
reservando las dos mayores para la Comunión del celebrante,
y echando la partícula menor en el Cáliz consagrado,
mezclándola con el vino.
La "fracción" es uno de los ritos esenciales del
santo "Sacrificio". En una u otra forma existe, como indispensable,
en todas las liturgias. Primitivamente, cuando en vez de hostia
se usaba pan ordinario, el celebrante dividíalo en tres porciones:
la primera para su comunión, la segunda para la comunión
de los fieles asistentes, de los enfermos, encarcelados, etc., y
de la tercera reservábase un pedacito como "fermentum"
para la Misa del día siguiente o subsiguientes, para indicar
que el Sacrificio de la Misa es uno y que el siguiente no es sino
la continuación del anterior, y así sucesivamente,
y otros pedacitos remitía el Papa a las Iglesias o "títulos"
de la ciudad y los Obispos de otras partes a las parroquias suburbanas,
para indicar que debían mantenerse unidos y sumisos con su
Superior.
Ahora los fieles comulgan con hostias distintas de la del celebrante
y preparadas de: antemano, y por eso la "fracción"
actual no es tan expresiva como la antigua. Así y todo, ambos
ritos, el antiguo y el actual, significan la estrecha unión
que debe reinar siempre entre los cristianos alimentados por el
mismo pan.
La mezcla de la hostia, con el vino del cáliz tiene dos explicaciones:
una histórica y otra simbólica; pues, por una parte,
se usó como necesaria para ablandar el pedacito de pan,_
"fermentum", de que acabamos de hablar y que debía
sumirse en la Comunión, y por otra, sirve para significar
que la separación del cuerpo y del alma de Jesucristo, efectuada
en el Calvario y renovada en la Consagración, fue cosa pasajera,
pues se volvieron luego a unir en la Resurrección, de que
es imagen esta "conmixtión" de ambas especies.
Antes de dejar caer la partícula en el Cáliz, hace
con ella tres veces la señal de la cruz sobre el mismo, cantando:
Pax Dómini sit semper vobíscum; paz que, antiguamente
se daba al clero y a los fieles en este momento, omitiendo los "Agnus".
25. Los "Agnus Dei".
Hecha la "mezcla", el celebrante tapa el cáliz,
hace una genuflexión e, inclinado profundamente sobre el
altar, reza tres veces, mientras el coro y el pueblo lo cantan,
el "Agnus Dei", dándose tres golpes de pecho. Esta
triple jaculatoria, con su triple golpe de pecho, es una buena manifestación
de humildad y de compunción, en vista de la Comunión.
La invocación "Agnus Dei" pasó de las Letanías
a la Misa. El Papa Sergio (687-701) ordenó la cantasen el
clero y el pueblo mientras el Papa efectuaba la "fracción".
Probablemente se repetía entonces un número ilimitado
de veces, conforme a la duración de ese rito. Desde el siglo
XI empezóse a decirlo solamente tres veces. Hasta esa época
terminaba siempre igual, pero entonces se reemplazó la tercera
conclusión por "dona nobis pacem". En las misas
de Difuntos, por lo mismo que no había ósculo de paz,
y que todo el interés estaba concentrado en la liberación
de sus almas, púsose por conclusión: "dona eis
requiem".
El título de "Cordero de Dios", que aquí
se usa, fué empleado ya por S. Juan Bautista (Joan, 1, 36)
y por los Apóstoles. En efecto, Jesucristo es "Cordero"
por la dulzura e inocencia de su vida, y lo es más todavía
por berse hecho víctima y sacrificádose por nuestros
pecados. Los sacrificios de corderos de la antigüedad eran
sólo figura de este verdadero Cordero de Dios. Él
cargó sobre sí y lavó y borró (todos
estos significados tiene la palabra latina "tollis") los
pecados del mundo.
26. El "ósculo de paz".
Al triple "Agnus Dei" síguele la oración
"Ad pacem" (o preparatoria para la paz), la cual reza
en silencio el celebrante, profundamente inclinado sobre el altar
y con los ojos fijos en la sagrada forma, mientras el diácono
la reza arrodillado a su derecha. Al fin, el celebrante y el diácono
besan el altar, y aquél da a éste el "ósculo
de paz" rozándole levemente la mejilla y diciéndole
al oído: "Pax tecum" (La paz sea contigo), y contestándole
él: "Et cum spíritu tuo" (Y con tu espíritu).
Después el diácono se la transmite, en la misma forma,
al subdiácono, y éste se la lleva al coro de clérigos,
si lo hay, y a los demás ministros del altar. De esta manera,
la paz de Cristo circulaba antiguamente por toda la asamblea, y
el rito tenía el significado y el valor de un acto de reconciliación
mutua de todos los comulgantes antes de acercarse al altar.
El beso litúrgico, como expresión de confraternidad
y de unión de fe y de sentimientos, estuvo en uso entre los
cristianos desde los primeros tiempos. A partir del siglo II, abundan
los testimonios patrísticos y arqueológicos. Al principio
no era privativo de ningún acto litúrgico, sino una
práctica común a todas las asambleas. Donde el rito,
empero, encuadra como en su propio marco y adquiere todo su valor,
es en la Santa Misa, y en ella figuró muy de antiguo, ora
en el Ofertorio, ora antes del Paternoster, ora, como actualmente,
inmediatamente antes de la Comunión.
Primitivamente, el "ósculo de paz" transmitíanselo
unos á otros todos los asistentes, sin distinción
de sexo ni edad. El acto conmovía profundamente a los paganos,
quienes solían exclamar: "¡He ahí cómo
se aman los cristianos y cómo están dispuestos a morir
unos por otros!" Andando el tiempo, se estableció la
separación de sexos y, por fin, el ósculo se fué
transmitiendo, no ya personalmente, sino mediante el "portapaz",
que circulaba de mano en mano, como todavía se estila hoy
en muchos países.
El "ósculo de paz" se omite en las misas de Difuntos
y en el último tríduo de Semana Santa. En las misas
de Difuntos, porque primitivamente no se daba en ellas la Comunión;
el Jueves y el Viernes Santo, para protestar contra el beso del
traidor Judas, y el Sábado Santo -dice Dom Guéranger-
porque la Misa se celebraba por la noche, y el gran número
de neófitos que asistía hubiera podido dar lugar a
alguna confusión, y además porque Jesucristo no' saludó
a sus discípulos con el "Pax vobis" hasta el día
de la Resurrección.

Ósculo
de Paz.
27. La comunión del celebrante.
Dicha por el celebrante la oración "Ad pacem" y
transmitido al diácono, en la forma descrita, el "ósculo
de paz", continúa inclinado sobre el altar y con los
ojos fijos en la sagrada forma, rezando dos oraciones preparatorias
a la Comunión.
Estas dos oraciones no entraron definitivamente en el Misal hasta
el siglo XIV, si bien se usaron antes. Por su estilo y por expresarse
en singular, se ve que fueron compuestas para el uso privado de
los fieles. Son preciosas. Piden las acostumbradas disposiciones
de pureza, humildad y buena voluntad, para comulgar con provecho
del alma y del cuerpo (tutamentum mentis et córporis). En
la primera se alude a la Comunión bajo las dos especies;
en la segunda sólo a la del Pan, lo que indicaría
ser ésta más reciente.
Luego toma la hostia y la patena en la mano izquierda, y repitiendo
tres veces la humilde confesión del centurión: "Señor,
yo no soy digno, etcétera", y subrayándolas con
un triple golpe de pecho, comulga BAJO LA ESPECIE DEL PAN, haciendo
con él la señal de la cruz y diciendo: "El CUERPO
de Nuestro Señor Jesucristo guarde mi alma para la vida eterna.
Así sea." Descubre luego el cáliz, lo adora con
una genuflexión, recoge las partículas del corporal,
y tomando el cáliz con la mano derecha y la patena con la
izquierda y haciendo con aquél la señal de la cruz,
comulga BAJO LA ESPECIE DEL VINO, diciendo: "La SANGRE de Nuestro
Señor Jesucristo, etcétera".
Esta Comunión del celebrante, como queda dicho, es parte
integrante del santo Sacrificio, hasta tal punto que, si por cualquier
motivo no pudiera él continuar la Misa después de
la Consagración, otro sacerdote tendría que continuarla
y comulgar por él, aunque hubiese ya celebrado y no estuviese
en ayunas. La razón es porque el Sacrificio se completa con
la Comunión, al menos del sacerdote sacrificador.
La razón de hacer la señal de la cruz con la Hostia
y con el Cáliz antes de comulgar, es porque antiguamente
-según lo atestiguan varios Misales- las dos fórmulas
de la Comunión terminaban así: "En el nombre
del Padre, y del Hijo, etc.", y esta conclusión siempre
la subraya la liturgia con ese signo. Además se hace así
un acto de fe en la identidad de la Víctima inmolada en la
Cruz y en el Altar.
28. La Comunión de los fieles.
Unidos íntimamente los fieles con el celebrante desde el
principio de la Misa, habiendo ofrecido con él la materia
del Sacrificio y ofrecídose a sí mismos en el Ofertorio
e inmolado juntos, en la Consagración, la divina Víctima;
es justo que participen también ellos del sagrado banquete
a continuación del sacerdote. Todo, en la Liturgia de la
Misa, está dispuesto en vista de esta común participación,
y la Misa que con mayor número de comuniones cuenta, y comuniones
en éste preciso momento, es la que mejor responde a su institución
y a la tradición eclesiástica.
En-la primitiva Iglesia, y por lo menos hasta principios del siglo
IV, comulgaban todos los que asistían a la Misa, y los que
no, debían retirarse al aviso del diácono. A partir
de entonces, decayó la frecuencia de la comunión,
por diversos motivos; hasta el punto de que, durante toda la Edad
Media, es un continuo exhortar de los obispos y sacerdotes a la
comunión, siquiera en las principales festividades.
Hasta el siglo. XII comulgaban los fieles, lo mismo que los sacerdotes,
bajo las dos especies. Esta práctica universal se hizo local
en los siglos sucesivos, hasta que el concilio de Trento (1547)
la suprimió definitivamente. Razones de precaución,
al principio, y más tarde la práctica de la comunión
al final de la Misa, que en algunas iglesias empezaban a introducirse,
fueron las que motivaron esta supresión.
En la Comunión del pueblo seguíase este orden: Comulgaban,
después del celebrante, los sacerdotes asistentes y los concelebrantes;
seguían los diáconos (recibiendo el pan de manos del
celebrante y el vino de los sacerdotes), los subdiáconos
y él clero inferior (que recibían el pan del celebrante
y el vino de los diáconos), y por fin el pueblo (al que para
ganar tiempo, administraban el celebrante, los diáconos y
los subdiáconos). Los hombres recibían el pan en la
mano desnuda, las mujeres en la mano cubierta con un velo llamado
"dominical" o con la punta del velo de la cabeza. Para
la comunión del vino circulaban los cálices "ministeriales",
de los que cada cual bebía mediante un "sifoncito"
o canutillo de metal. A veces se les daba pan mojado en el "sanguis",
y las migajas sobrantes se las repartía a los niños
inocentes. Generalmente comulgaban de pie, cerca del altar. Cuando
todavía estaban humedecidos los labios dé los comulgantes
con la preciosa Sangre, aconsejábaseles mojasen con ella
sus dedos y se tocasen con ellos los ojos, la frente, etc., para
santificar su cuerpo con el divino contacto
(15).
Hoy son deseos de la Iglesia que los fieles comulguen frecuente
y aun a diariamente, y que lo hagan, de no existir alguna causa
razonable -dice el Ritual-
(16), dentro de la Misa, a continuación.
del celebrante, para que la Comunión no pierda el carácter
de banquete y aparezca como complemento natural del Santo Sacrificio.
La tradición antigua es comulgar siempre dentro de la Misa.
Únicamente a los enfermos, a los encarcelados, a los ermitaños
y a los que, por razón de las persecuciones, no podían
salir de sus casas se les permitía comulgar fuera del templo.
Según el Card. Bona (17)
fueron los Padres Mendicantes los que empezaron a guardar hostias
en el Sagrario para la comunión de los fieles. Su ejemplo
fue poco imitado en lo sucesivo, pues por una protesta elevada contra
la Compañía de Jesús (18),
se ve que, a fines del siglo XVI, era poco frecuente, al menos en
España, el comulgar fuera de la Misa.
Es lástima que, en nuestros días, la frecuente comunión
(que es una de las causas razonables que se invocan para comulgar
fuera de la Misa): no llegue a persuadir a los cristianos de que
la Comunión dentro de la Misa es la regla, no la excepción.
El ideal debería ser: comulgar más (es decir, más
frecuentemente) y mejor (o sea, cuando la Comunión tiene
toda su eficacia y significado, que es cuando va unida al sacrificio).
Aquí sería el repetir: Quod Deus conjunxit, homo .non
séparet, "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre'".
Y lo que Dios unió, desde el primer momento, en la Institución
misma de la Eucarístía, fué el Sacrificio con
el Sacramento. ¿Por qué, pues, han de separarlo, sin
causa razonable, los fieles?
29. La Comunión dentro de la
Misa, según el Papa Pío XII.-En su
encíclica tan citada "Mediator Dei", el Papa Pío
XII exhorta vehementemente a los fieles a comulgar, a ser posible,
siempre que se asiste a la Misa, sino sacramentalmente, que es el
ideal, por lo menos "espiritualmente", y a que "los
altares se vean rodeados de niños y de jóvenes, de
cónyuges y de padres de familia, de obreros y de toda clase
de hombres de cualquier condición". En cualquier momento
en que comulguen, la Comunión es verdadera. y lícita,
y en ella los fieles participan realmente del Sacrificio eucarístico;
pero "es ley de la Iglesia -añade- que el pueblo se
acerque á la santa Comunión después que el
sacerdote haya comulgado, y son de alabar aquellos que, asistiendo
a la Misa, reciben las hostias en ella misma consagradas" (19).
Es muy de notar que en un documento pontificio tan solemne, como
es una Encíclica, se trate de intento el punto de la Comunión
dentro de la Misa, a continuación del celebrante, y más
notable es todavía el alabar -como lo hace aquí Pío
XII citando a Benedicto XIV- la devoción de aquellos que
gustan comulgar con hostias consagradas en la Misa a que asisten,
para hacer así más manifiesta su participación
en el Sacrificio. No es, por cierto, da desoír esta tan solemne
invitación de la Iglesia. Sería' de desear, por consiguiente
-y nosotros nos atrevemos a proponerlo-, el que se introdujera la
práctica de comulgar con hostias consagradas en la misma
Misa en circunstancias como éstas: cuando sólo comulga
' el monaguillo, en las profesiones religiosas y de renovación
de Votos (circunstancias en que jamás debiera comulgarse
antes de la Misa), en las primeras comuniones, en las bodas, en
los jubileos religiosos o matrimoniales, en los Jueves eucarísticos
y sacerdotales, etc., y también en otras circunstancias solemnes
de los Seminarios y Comunidades religiosas. De ese modo dejaríase
más firmemente sentada en el pueblo cristiano la unidad del
Sacrificio y la identificación con Cristo y Su ministro.
30. Acción de gracias.
Terminada la Comunión, toda la preocupación del sacerdote
es dar por ello gracias a Dios, y así, mientras recoge meticulosamente
las partículas que han podido desprenderse de la hostia y
hace las abluciones de los dedos y del cáliz, deja caer,
sin "cesar, de sus labios, breves pero muy expresivas frases
de gratitud, con que comienza la acción de gracias oficial.
Pero esta acción de gracias se formaliza, como quien dice,
en la antífona "Communio" y con la oración
"Postcommunio", que son las preces finales de la Misa
propiamente dicha.
El "Communio", que está reducido hoy a una antífona
(excepto en la Misa de Difuntos que conserva todavía el V.
y el estribillo), consistía principalmente en una antífona
y un Salmo, que hasta el siglo VI fué siempre el 33, con
la antífona "Gustate et vidéte". Hasta el
siglo XI cantóse siempre durante la Comunión de los
fieles, y se ortaba y terminaba con el "Gloria Patri",
cuando, al concluir, la distribución, les daba el subdiácono
la señal haciéndose una cruz en la frente.
La "Postcommunio" u oración ad compléndum
(como la llaman los misales antiguos, porque terminaba el rito eucarístico
propiamente tal), corresponde, por su estilo y corte, a la "Colecta"
y a la "Secreta" del principio y mitad de la Misa.
Suelen ser oraciones preciosas y están henchidas de doctrina
y de piedad. Su tema general es dar gracias por el Sacramento recibido,
y pedir perduren en el alma sus saludables efectos y se trasluzcan
al exterior por una vida mejor. A la "Post-comunión",
o post-comuniones, les sigue, en las misas de Cuaresma, la oración
llamada "super pópulum" que antiguamente se decía
también en otras muchas misas, y que equivalía a una
especie de solemne bendición final. "
31. Despedida y Bendición final.
La santa Misa no es un espectáculo o una reunión social,
de la cual cada asistente pueda retirarse a su gusto, cuando le
viene en deseo. Es un rito oficial presidido por el sacerdote y
determinado por la Iglesia.hasta en sus menores detalles, con intención
de que se sujeten a él los fieles y los ministros. Ella es
la que determina cómo se ha de empezar, cómo se ha
de continuar y como y cuándo se ha de terminar. De ahí
que, como lo hizo con los catecúmenos al final de "su"
Misa, despida ahora a los fieles por intermedio del diácono,
con la fórmula: "Ite missa est" o "Benedicámus
Dómino", respondiendo el pueblo: "Deo grabas".
El "Ite missa est" marcó, hasta el siglo IX, el
punto final de la Misa. Significa: "Marchaos, ésta es
la despedida"; o bien: "es hora de irse", o "podéis
iros". Con el tiempo, esta voz de mando vino a convertirse
en un grito de júbilo y quizá por eso se lo hizo depender
del "Gloria in excelsis", omitiéndolo cuando éste
se omite y sustituyéndolo por el "Benedicámus
Dómino". Al cantarlo, el diácono se vuelve de
cara al pueblo, para dar más imperio a su orden de despedida,
y el celebrante para dar bien a entender que el diácono es
su portavoz.
El "Benedicámus Dómino", que suple al "Ite
missa est" , en las misas feriales y votivas y cuando se celebra
de color morado, no es una fórmula de despedida, sino una
invitación a perseverar en la oración y adoración
de Dios; por eso se usa en los días y épocas litúrgicas
en que el espíritu de la Iglesia es que los cristianos perseveren
en mayor recogimiento y oración. Por lo mismo lo canta el
diácono mirando hacia el altar.
En las misas de Difuntos, en el afán santo de convertirlo
todo en sufragios para los mismos, se usa la fórmula: "Requiéscant
in pace", con la respuesta: "Amén".
Al final de los Divinos Oficios y especialmente de la Misa, el obispo,
y, desde el siglo XI también los sacerdotes, daba al pueblo
la Bendición, sea desde el altar, sea yendo hacia la sacristía.
Este que, en un principio, era un mero acto de benevolencia de los
ministros sagrados, tornóse con el tiempo en un rito complementario
de la Misa, con preces y gestos bien determinados, como se estila
hoy.
El rito de la Bendición actual de la Misa consiste en rezar
la oración "Pláceat" (que resume los fines
y frutos de la Misa) profundamente inclinado sobre el altar, en
besar 'el altar, levantar los brazos, y los ojos hacia el Crucifijo,
y bendecir al pueblo con el gesto acostumbrado, y diciendo: "Bendígaos
Dios Todopoderoso, en el Nombre del Padre, etc.". Los fieles
se arrodillan y santiguan para recibirla.
El beso del altar, el abrir y cerrar los brazos, el elevar la vista
y el mirar el Crucifijo se entiende que es para indicar que el Sacerdote
recibe del mismo Cristo la bendición y que en su nombre la
transmite él a los demás.
En las misas de Difuntos se omite la Bendición porque han
conservado mejor su factura antigua en que no existía este
rito.
32. El último Evangelio.
El último Evangelio es otra adición que la Edad Media
hizo a la Misa primitiva, tan sobria y mesurada. Es la primera página
del Evangelio de San Juan, al cual tenían los antiguos mucha
devoción. Cuando concurren dos fiestas en un mismo día
y la menos solemne y de la que no se dice la Misa tiene Evangelio
propio, se lee éste en lugar del de San Juan.
Fué tan grande la devoción de los fieles a este pasaje
del Evangelio de San Juan, que llegaron a honrarlo como a una reliquia
y a llevarlo consigo y valerse de él como un sagrado talismán.
Hacia el siglo XII empezáronlo a recitar algunos sacerdotes,
por mera devoción, mientras volvían a la sacristía
y se desvestían de los ornamentos. Luego, rogados por los
fieles y principalmente por las mujeres devotas, consintieron en
recitarlo en el altar, primero en secreto y- después en voz
alta, hasta que, por fin, la reforma litúrgica de Pío
V lo incorporó definitivamente a la Misa. Ciertas cartas
de fundaciones de misas lo exigían como condición,
al igual que ahora ordenan rezar responsos.
El Pontifical lo considera todavía como oración privada
y de paso hacia la sacristía, y la prueba es que manda recitarlo
a los obispos, en las misas pontificales, mientras se dirigen al
trono para despojarse de los ornamentos.
A las palabras "Et Verbum caro factum est" arrodíllense
todos, lo mismo que al "Incarnátus est" del Credo,
en reverencia al gran misterio de la Encarnación.
33. Preces adicionales.
Hasta el pontificado de León XIII, la Misa terminaba con
el último Evangelio, como sucede aún con las cantadas
y conventuales; pero este Papa mandó se rezaran de rodillas
tres Avemarías, una Salve, una Oración a la Santísima
Virgen y otra al Arcángel San Miguel, las que Pío
X redondeó con la triple invocación al Sagrado Corazón.
León XIII prescribió estas preces adicionales por
la libertad de la Iglesia, y al conseguirla Pío XI, en 1929,
con el tratado de Letrán, mandó él que se siguiera
rezándolas en adelante por el pueblo ruso y por las iglesias
separadas.
Se ve bien la intención de la Iglesia al acudir a. la Madre
de Dios, después de haber sacrificado a su Hijo, y al reclamar
juntamente el valeroso auxilio del Príncipe de la milicia
celestial, contra las sectas tenebrosas cada día más
empeñadas en combatir la Religión. Lo que no se comprende
tan bien, litúrgicamente hablando, es que el celebrante tenga
que arrodillarse, con todos los ornamentos de sacrificador, al pie
del mismo altar donde acaba de ejercer poderes tan sublimes.
34.
Resumiendo. Cerraremos este breve estudio sobre
la Liturgia de la Misa y especialmente sobre su parte más
importante, el CANON traduciendo la siguiente conclusión
del Card. Schuster al final de su magistral disquisición
sobre el "Origen y desarrollo del Ordinarium Missae"
«Una tradición romana que comprobamos estar, ya en
el siglo V, plenamente establecida, indiscutida, respetuosamente
acogida en toda la extensión del patriarcado papal, atribuye
al CANON un origen apostólico. Conforme a esta creencia,
los historiadores romanos estimaban poder dar cuenta, en el "Liber
Pontificalis", de las menores modificaciones introducidas en
el texto de esta Eucharistia tradicional de los antiguos Pontífices;
y por otro lado, los Papas y los escritores que hablaban de ella,
hácenlo como si se tratara de una plegaria inalterada e intangible,
que se impone a la aceptación de todas las Iglesias. La documentación
de cada una de las partes de nuestro CANON remonta al menos al siglo
V, y nos obliga a identificarlo, en sus grandes líneas, con
el que los antiguos reputaban de tradición apostólica.
El examen directo e íntimo del documento, lejos de debilitar
nuestra argumentación, la robustece, dando a nuestra Eucharistía
romana la aureola de una redacción tan arcaica que, al repetir
hoy, en el transcurso de la Misa, al cabo de tantos siglos, la plegaria
consagratoria, podemos estar seguros de que rezamos, no sólo
con la f e de Dámaso, de Inocencio, de León el Grande,
sino hasta con las mismas fórmulas que repitieron ellos en
el altar, antes que nosotros, y que habían ya santificado,
en la época primitiva muchos doctores, confesores y mártires.»
(20).
35. Acción de gracias, después
de la Misa. La Sagrada Liturgia exhorta y quiere
que todo el que, comulgando, hubiere participado del divino manjar,
rinda a Dios por ello las debidas gracias.
Ella señala al sacerdote y a los fieles, dentro de la Misa
misma, un mínimum de acción de gracias; pero también
provee, para continuarla, de otras oraciones indulgenciadas y exhorta
a hacer de la vida cristiana un ininterrumpido himno de gratitud.
Y el Papa Pío XII añade: "Es muy conveniente
que, después de haber recibido la Comunión y terminado
los ritos públicos, se recoja el comulgante, e íntimamente
unido al Divino Maestro, se entretenga con Él en dulcísimo
y saludable coloquio, durante todo el tiempo que le permitan las
circunstancias" (21).
Y el Papa fustiga a los que omiten esta acción de gracias
privada de después de la Misa, so pretexto necio de que la
Misa misma es, por su naturaleza, una acción de gracias,
y demuestra cómo es absolutamente necesaria para mejor asimilarse
los frutos de la Comunión y para comunicarlos con mayor eficacia
a los demás, y cómo es la voluntad de la Iglesia que
se haga con toda diligencia, uniendo a la acción de gracias
la alabanza, la adoración y la impetración.
Llenos están los libros devotos de oraciones y ejercicios
complementarios del Misal, y llenos también los autores ascéticos
de argumentos encarecedores de la necesidad de esta acción
de gracias, a fin de que la Misa y la Comunión penetren y
arraiguen en. el alma cristiana como una fuerza vital, y no se esfume
su gracia, como suele suceder, en vaporosa vulgaridad. En ocasiones,
la acción de gracias colectiva y en voz alta, por toda una
asamblea de fieles comulgantes, puede ser un caritativo reproche
y una elocuente invitación para tantos asistentes tibios
que, aunque no faltan a Misa, no comulgan jamás o rarísima
vez y, que, por lo mismo, no saben lo que es sumergirse en esos
saludables baños de cristiana fraternidad. Mucho son de reprender,
por lo tanto, los que salen del templo con la sagrada hostia todavía
en la boca, o antes que el sacerdote haya terminado la Misa o enseguida
que desaparece del altar. Por eso la frecuente comunión no
remedia en mucho la rutina y la tibieza de vida, ni corrige sus
defectos tan desedificantes.
(14)
2ª parte, II.
(15) Cf. S. Cir. de
Jer.: Catequesis mist., V.
(16) Tít. IV,
c. 2, n9'11.
(17) Rev. lit., 1,
II, c. 17, n4 6.
(18) Cr. P. Ferreres:
Hist. del Misal Rom., p. 196 (Barc., 1929).
(19) Id., íd.
(20) Liber Sacr.,
t. II, c. III
(21) Enc. "Mediator
Dei-, 21 parte, III.
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