LA GRAN SEMANA

DOMINGO DE RAMOS:

La bendición de las palmas o de los Ramos, como vulgarmente se dice, es el primer rito que se desarrolla ante nuestra vista; y podemos juzgar acerca de su importancia por la solemnidad que la Iglesia des-pliega en su celebración (...) Después del canto de la antífona Hosanna, estas ramas del árbol, objeto de la primera parte de la función, reciben con una sola oración, acompañada de la incensación y de la aspersión del agua bendita, una virtud que las eleva al orden sobrenatural y las hace a propósito para ayudar a la san­tificación de nuestras almas y a la protección de nuestros cuerpos y de nuestras casas. Los fieles deben te­ner con respeto estos ramos en sus manos durante la procesión y colocarlos con honor en sus casas, como un signo de su fe y de su esperanza en la ayuda divina (...)
Hemos reunido aquí, como de costumbre, los diferentes hechos con que puede elevarse la mente de los fieles en los variados misterios litúrgicos; estas manifestaciones de fe los ayudarán a comprender por qué la Iglesia quiere que, en la procesión de los Ramos, sea honrado Jesucristo como presente en el triunfo que ella le otorga en este día. Busquemos por medio del amor "a este humilde y dulce Salvador que viene a visitar a la hija de Sión", como dice el profeta. Aquí está en medio de nosotros; a El se dirige el tributo de nues­tros ramos; unámosle también el de nuestros corazones. Se presenta para ser nuestro Rey; recibámoslo y digamos: Hosanna al hijo de David (...)

 

JUEVES SANTO:

La institución del Sacerdocio. Lo que pasa hoy en el Cenáculo, no es un suceso acaecido una vez en la vida al hijo de Dios, y los Apóstoles no son los únicos convidados privilegiados a la mesa del Señor. En el Cenáculo, así como ha habido más de una comida, así también ha habido algo más que un Sacrificio, por divina que haya sido la víctima ofrecida por el Soberano Pontífice. Ha habido la institución de un nuevo Sacerdocio. ¿Cómo habría dicho Jesús a los hombres: "Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no ten­dréis vida en vosotros", si no se hubiese propuesto establecer en la tierra un ministerio por el cual se reno­vase, hasta el fin de los tiempos, lo que acababa de hacer en presencia de sus discípulos? Mas dice a los hombres que eligió: "Haced esto en memoria mía”. Les da por estas palabras el poder de cambiar también ellos el pan en su cuerpo y el vino en su sangre; y este poder se transmitirá en la Iglesia por la ordenación, hasta el fin de los siglos. Jesús continuará obrando por el ministerio de hombres pecadores la maravilla que ha hecho en el Cenáculo; y, al mismo tiempo que dota a su Iglesia del único Sacrificio, nos da a nosotros, según su promesa, por el pan del cielo, el medio de "vivir en Él y Él en nosotros ". Vamos, pues, a celebrar hoy otro aniversario no menos maravilloso que el primero: La institución del Sacerdocio Cristiano.

La Misa del Jueves Santo. Para expresar de manera sensible a los ojos de los fieles, la majestad y uni­dad de esta Cena que el Salvador dio a sus discípulos y a todos nosotros en su persona, la Iglesia prohíbe hoy a los sacerdotes, la celebración de toda Misa privada, fuera del caso de necesidad. Quiere que sólo se ofrezca un sacrificio, al que asisten todos los sacerdotes; a la comunión se acercan al altar, revestidos de es­tola, insignia de su sacerdocio, para recibir el Cuerpo del Señor de manos del celebrante.
La Misa del Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la. Institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con el mayor esplendor este misterio, la Iglesia, al instituirlo no ha querido que el aniversario de la Cena del Señor pierda ninguno de los honores que se le deben. E co­lor de las vestiduras es blanco como en los días de Navidad y de Pascua; todo duelo ha desaparecido. Mu­chos ritos anuncian que la Iglesia teme por su Esposo, pero suspende por un momento los dolores que la oprimen. En el altar el sacerdote ha entonado el himno angélico "Gloria a Dios en las alturas". Las campanas lanzadas a vuelo, acompañan el canto hasta el fin, pero a partir de este momento permanecerán mu­das y durante las largas horas de su silencio, darán a la ciudad un tono de soledad y de abandono. La Iglesia quiere hacemos sentir que este mundo, testigo de los padecimientos y muerte de su Creador, ha dejado toda melodía y se ha quedado triste y desierto “añadiendo a esta impresión general, un recuerdo más preciso, nos trae ala memoria que los Apóstoles pregoneros: de Cristo figurada; por las: campanas cuyo sonido llama a los fieles a la casa de Dios, han huido y han dejado a su Maestro en manos de sus enemigos (...)

Los Monumentos. Aun mando la Iglesia suspende algunas horas la celebración del Sacrificio eterno no quiere que su divino Esposo pierda los honores que le son debidos en el Sacramento del Amor. La piedad católica halló un medio para transformar en un triunfo para la Eucaristía los instantes en los que la Hos­tia Santa parece como Inaccesible a nuestra indignidad. Prepara un monumento en cada templo. Allí traslada el cuerpo del Señor; y aunque esté cubierto de velos: los fieles le asediarán con sus aspiraciones y ado­raciones. Honrarán el reposa del Hombre-Dios; "donde estuviere el cuerpo allí sé congregarán las águilas". De todas las partes del mundo se elevarán a Jesús un concierto de vivas y afectuosas oraciones, en, compensación de los ultrajes que recibió en estas mismas horas de parte de los judíos. Se reunirán las almas fervientes, donde ya mora Jesús, y los pecadores arrepentidos por la gracia y en vías de reconciliación.

 

VIERNES SANTO:

1 -Las Lecciones. La primera parte de este oficio comienza con la lectura de dos trozos de los Profe­tas y el relato de la Pasión según San Juan. En la primera de esas lecturas, la del Profeta Oseas, el Señor anuncia sus designios misericordiosos para con su nuevo pueblo, el pueblo de la gentilidad, que estaba muerto y que, después de tres días debe resucitar son ese Cristo que todavía no conoce; Efraim y Judá serán tratados de modo distinto; sus sacrificios materiales no han aplacado a un Dios, que no ama sino la misericor­dia y que únicamente rechaza a les duros de corazón. La segunda lectura está tonada del Éxodo, y pone an­te nuestra vista el símbolo del Cordero pascual, en el momento en que la figura desaparece ante la realidad. Este Cordero es sin defecto como el Emmmanuel; su sangre preserva de la muerte a aquéllos cuyas moradas están rociadas con ella. No sólo deberá ser inmolado, sino servir de alimento a aquellos que por El son salvados. El es el manjar del viajero, que lo come apresuradamente, sin tiempo para detenerse en la rápida ca­rrera de esta vida. La inmolación tanto del Cordero anti g uo como del nuevo es la señal de la Pascua.

II - Las Oraciones. La Iglesia, que acaba de repasar, juntamente con sus hijos, la historia de los últi­mos instantes del Señor, no hace aho r a sino imitar a ese divino Mediador, que, sobre la Cruz, como enseña San Pablo, ha ofrecido por todos los nombres a su Padre, sus oraciones y suplicas, mezcladas con lágrimas y acompañadas de un gran clamor. Desde los primeros siglos viene presentando en este día a la Majestad divina, un conjunto de oraciones, que, abarcando las necesidades de todo el género humano, muestran que es verdaderamente la Madre de los hombres y la Esposa caritativa del Hijo de Dios (...)

III - La Adoración d e la Santa Cruz. Las oraciones generales han concluido con la súplica dirigida a Dios por la conversión de los paganos; la Iglesia ha terminado su recomendación universal y solicitado pa­ra todos los habitantes de la tierra la efusión de la sangre divina que brota, en este momento, de las venas del Hombre-Dios. Volviéndose ahora a los cristianos sus hijos, conmovida ante las humillaciones del Señor, les invita a disminuir la repugnancia que hacia ella profesamos y nos devolverá, una vez resucitado, la inmoralidad del Señor. Para Israel, la cruz es un objeto de escándalo; para los gentiles un monumento de locura; nosotros, cristianos, veneramos en ella el trofeo de la victoria de Cristo y el instrumento augusto de la salvación de los hombres. Ha llegado, pues, el momento en que debe recibir nuestras adoraciones por el honor que el Hijo de Dios se ha dignado hacerla, regándola con su sangre y asociándola así a la obra de nuestra Redención. No hay día ni hora más indicada en el año para rendirla nuestros homenajes (…)
Pero la Iglesia no se limita a exponer, en este momento, a las miraras ce los fieles a Cruz que es la salvado: los invita a que vengan a poner sus labios respetuosos sobre ese leño sagrado. El Celebrante irá el primera y todo; tras él. Despojado de su casulla, quítase también el calzado, y hacienda, a convenientes distancias, tres veces genuflexión sencilla, se acerca a adorar la Cruz, colocada en las grades delante el altar Detrás de él vie­nen los ministros, el clero, y por último los fieles. Los cantos que acoanpañan ala adoración de la Cruz son de una belleza incomparable. Los primeros son improperios, e reproches amargos que el Mesías dirige a los judíos. Las tres primeras estrofas están intercalada; cola el canto del Trisagio u oración a Dios tres veces Santo, cuya inmortalidad justo es que glorifiquemos en este momento en que El se digna, como hombre, a sufrir la muerte por nosotros (...) El resto de este hermoso canto tiene grandísimo interés dramático Cristo recuerda todas las afrentas de que la sido objeto por parte de los judíos y pone ida manifiesto los, beneficios de que ha calmado a esta nación ingrata (...)

IV - La Comunión. De tal manera ocupa hoy en, este aniversario, el pensamiento de la Iglesia el recuerdo de Sacrificio consumado este mismo día sobre el Calvario, que renuncia a renovar sobre el altar la inmolación de la Divina Víctima, limitándose a participar del sagrado misterio mediante la Comunión (...)
La Iglesia ha vuelto a tomarla tradición antigua y ea adelante todos los fieles podrán comulgar el Cuerpo del Señor, inmolado ea este día para su salvación, a fin de recibir más abundantemente lo; frutos de la Redención (...)

 

SÁBADO SANTO:

Jesucristo, "que no conoció el pecado", permitió sin embargo a la muerte extender sobre Él su dominio, con el fin ce salvarnos. En su Encarnación se había dignado tomar "(la forma de esclavo" ; en este misterio se ha hu­millado todavía más. ¡Venlo muerto en una tumba!

Si este espectáculo nos revela el afrentoso poder de la muerte, nos muestra aún en mayor grado el inmenso e incomprensible amor que Dios tiene para con el hambre. Este amor no ha retrocedido ante ningún exceso; y por esto podemos decir que, si el Hijo de Dios se ha bajado fuera de toda medida, nosotros hemos sido tanto más glorificados por sus humillaciones. Que esto nos lleve a amar esa tumba es la cual debemos nosotros nacer ala vida, y después de haberle dado gracias por haber querido morir por nosotros en la cruz, agradezcamos asimismo el haber aceptado por nosotros la humillación del sepulcro.

La Virgen de los Dolores, Bajemos ahora a Jerusalén y visitemos a la Madre de los dolores. La noche ha pasado también por su corazón, y las escenas de la jornada no han cesado de asaltar su memoria. Su Hijo ha si-do pisoteado por los hombres, mientras ella veía correr su sangre. ¡Cuántas lágrimas no ha derramado ella du­rante estas largas horas; y, sin embargo. Jesús no le ha sido aún devuelto! Junto a ella Magdalena, completamen­te deshecha por las sacudidas y empujones recibidos en las calles de Jerusalén y en el Calvario, está muda de do­lor. Espera qua amanezca el día siguiente para volver al sepulcro y contemplar de nuevo los restos de su queri­do maestro. Las otras mujeres, menos amadas que la Magdalena, mas, sin embargo, estimadas por Jesús que han desafiado las burlas de los judíos y de os soldados por asistir a Jesús hasta su muerte, rodean ahora cuidadosas a la Virgen, y piensan aliviar su propio dolor, yendo con Magdalena, una vez pasado el Sábado, a depositar en el sepulcro el tributo de su amor.

DOM GUÉRANGER (Tomado de su libro "El año litúrgico)

 

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