10.
A continuación de los Prefacios, los Misales
actuales traen un gran grabado, de Jesús Crucificado y, al
comienzo de la siguiente página, una viñeta con un
título en caracteres gruesos, que dice: "CANON MISSAE",
o sea: "CANON DE LA MISA". Contiénense, efectivamente,
en este cuaderno los cánones o reglas, juntamente con los
texos, prefijados por la Iglesia desde la más remota antigüedad,
para la inmolación y consumación de la sagrada Víctima.
Es éste como el cuaderno central. y más venerable
del Misal, donde se encierra como el Sancta Sanctórum del
augusto Sacrificio de la Misa. Por eso hay que entrar a estudiarlo
con suma devoción y reverencia.
El grabado de Jesús Crucificado es un elemento puramente
decorativo. Recuerda las escenas con que los monjes miniaturistas
e iluminadores solían adornar la T inicial de la primera
palabra ("Te ígitur") del Canon, aprovechando la
forma crucífera de, esa letra. En los viejos manuscritos,
solamente se ve.unas veces la imagen del Santo Cristo, y otras el
cuadro, más o menos completo, de la 'Crucifixión.
Lo propio ocurre hoy en los Misales impresos.
La viñeta que encabeza la página es también
puramente decorativa y trae el mismo origen que el grabado.
La palabra "Canon" significa, en griego, la regla de madera
que usa el carpintero, y, por metáfora, norma legítima
y segura, "regla disciplinaria": de ahí que a las
leyes de la Iglesia se les llame "cánones", y "canónicos",
a los libros que tiene ella por inspirados.
El texto del Canon es antiquísimo; a principios del siglo
VII existía ya íntegro. Es lo más primitivo,
apostólico y patrístico de la Misa. Gira todo él
en torno del relato evangélica de la Cena. Su estilo es casi
bíblico. Alienta en todas sus líneas el soplo del
Espíritu Santo. Es que todo en él es santo y misterioso,
y el mismo silencio que, por prescripción, se observa ahora
al recitarlo, acrecienta la unción y el misterio.
Después de la Biblia, nada inspira tanto respeto a la Iglesia
como el Canon. Ni un vocablo, ni una tilde ha innovado desde los
días de S. Gregorio Magno. Al recitarlo hoy, secretamente
y con los brazos en alto, parécenos estar suspendidos entre
la tierra y el cielo, escuchando plegarias de Catacumba o ecos del
paraíso.
11. Plan general del Canon.
Para que mejor se comprenda el CANON, comenzaremos por trazar un
plan general del mismo, señalando la concatenación
de sus partes.
Antes de la Consagración:
1. Oración "Te ígitur", ofreciendo la Oblación
por intenciones generales; seguido del "Memento" de vivos
y del "Communicántes" o mención de los Santos,
y terminando estas tres plegarias, como si sólo fueran una,
con una misma conclusión.
2. "Hanc ígitur" y "Quam oblatiónem",
recomendando la Oblación, a Dios Padre para que la acepte
de buen grado.
3. "Qui prídie" o relato de la institución
y rito de la CONSAGRACIÓN.
Después de la Consagración:
1. "Unde et mémores", o "anamnesia",
que dicen los griegos, o conmemoración de la muerte y resurrección
del Señor; "Supra quae", o evocación de
los sacrificios bíblicos más famosos, y "Súpplices
te rogámus", confiando el sacrificio al Ángel
del Señor. También terminan estas tres oraciones con
una misma conclusión.
2. "Memento" de difuntos, que corresponde al de "vivos"
antes de la Consagración, y "Nobis quoque", que
continúa la mención de los Santos comenzada en el
"Communicántes".
3. "Per quem", o doxología solemne, acompañada
de ocho cruces, terminando el CANON.
No todas estas oraciones han ocupado siempre el lugar que hoy en
la Misa; algunas, como los "mementos", ni siquiera pertenecieron,
en cierta época, al CANON. Eso no obstante, hoy forman todo
un conjunto armónico.
12. El "Te ígitur".
Es la oración que hoy abre el CANON, en el Misal romano.
Al empezarla, el celebrante levanta las ojos al cielo, dirigiéndolos
hacia el Crucifijo, se inclina profundamente, besa el altar y bendice
tres veces el Cáliz y la Hostia; significando con todos estos
gestos el profundo respeto y devoción que le inspira esta
nueva fase de la Misa.
La expresión "Te ígitur" ("A Ti, pues")
sirve para salvar la interrupción establecida por el "Sanctus"
entre el "Prefacio" y el CANON actual, unidos primitivamente.
Esta primera oración tiene por objeto recomendar a Dios los
dones presentes en el altar y pedirle los bendiga y acepte, como
ofrecidos que son por la Iglesia Católica, por el Papa reinante,
por el Obispo diocesano y por todos los ortodoxos g fieles católicos.
`Esta es la primera aplicación del fruto general de la .Misa.
Adviértase, de paso, que la Iglesia y el Papa son los primeros
mencionados, y que la devoción a ellos debe ser de las primeras
del cristiano.
Las tres cruces (sobre los dones, lbs presentes y sacrificios) probablemente
se repartían antiguamente entre las tres divisiones que se
hacía, en el Ofertorio, de las ofrendas, y que se colocaban
a ambos lados del altar y en medio. Este mismo triple gesto repite
la Iglesia en otras bendiciones, como para repartir sobre todo lo
presente la única bendición.
13. El "Memento de los vivos".
Hecha en la anterior oración la aplicación del fruto
general de la Misa, hácese ahora la aplicación del
fruto especial de la Misa por determinadas personas de la Iglesia
militante. El celebrante enmudece y se recoge un momento para recapacitar
y nombrar mentalmente, en primer lugar, a la persona o personas
que han encargado la Misa, y después a otras de su particular
devoción. A estos nombres privilegiados sigue la mención
global de todos los asistentes a la Misa y de aquellos por quienes
tanto el sacerdote como los asistentes (que son sus concelebrantes)
ofrecen a Dios este Sacrificio de alabanza.
Este recuerdo íntimo de determinadas personas vivas, o "memento
de vivos" como se llama ordinariamente, reemplaza a la pública
lectura que el diácono o el mismo celebrante hacían
antiguamente de los nombres de ciertos personájes y de los
bienhechores más acreedores a la gratitud de la Iglesia,
escritos en dos tablillas plegadizas llamadas "díptycos".
Cuando no se leían en voz alta, como sucedió por lo
menos desde el siglo XI al empezar a desaparecer la costumbre de
hacer las ofrendas, se colocaban los "díptycos"
sobre el altar, lo que equivalía a una buena recomendación
de aquellos nombres a Dios.
14. El "Communicantes".
A continuación de los "díptycos" de los
vivos, leíanse antiguamente los de los difuntos, y después
una lista de los Santos Mártires más ilustres y recientes,
interponiéndolos como intercesores. Así entraban en
juego las tres iglesias: militante, purgante y triunfante. En el
CANON actual la memoria de los difuntos se ha dejado para después
de la Consagración, pero en cambio viene ahora el "Communicantes",que
es como si dijéramos el "Memento de los Santos".
En él se hace mención particular de la Santísima
Virgen, Madre de Dios; de los doce Apóstoles, substituyendo
a San Matías por San Pablo; de doce Mártires muy célebres
en Roma en los siglos III y IV, y termina con una conmemoración
global de Todos los Santos.
El "Communicantes" es un texto variable y movible. Primitivamente
emplazábase fuera del CANON, de ahí el título,
que todavía conserva, de "infra Actionem", para
indicar que se debía decir "dentro del CANON".
Hoy el texto ordinario entra ya en el Canon y forma parte del mismo.
La fórmula sólo varía en las fiestas de Navidad,
Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés y
Jueves Santo.
El hecho de no figurar más que santos Mártires indica
que el "Communicántes" es anterior al siglo V;
pues hasta el IV la Iglesia no celebraba otros santos que los Mártires:
Posteriormente se empezó a inscribir a otros Santos, los
que, por el hecho de admitirlos en el CANON, eran considerados entonces
por la Iglesia como canonizados. De ese modo cada iglesia particular
y cada nación fué añadiendo sus Santos, hasta
que, por fin, volvióse a la, lista primitiva, que es la que
subsiste en el Misal.
15. Prosigue la Oblación.
Interrumpida unos momentos la Oblación, para dar lugar a
las anteriores recomendaciones, el celebrante vuelve de nuevo sobre
ella, pidiendo 'a Dios la acepte propicio y la bendiga, convirtiéndola
finalmente en el Cuerpo y Sangre del Señor. Este es el sentido
de las dos últimas oraciones: "Hanc ígitur"
y "Quam oblatiónem", que preceden. a la Consagración.
En el "Hanc ígitur" se pide que acepte Dios la
Oblación que se le ofrece a título de servidumbre
del celebrante y sus ministros (servitutis nostrae) y de todo el
pueblo cristiano (cunctae, f amiliae tuae) para conseguir la paz
de cada día.
Al rezarla, el celebrante tiene ambas manos extendidas sobre el
Cáliz de la Hostia, imitando el gesto del sacerdote judío
de la antigua alianza, que imponía sus manos sobre la víctima
antes de sacrificarla, para significar que la inmolaba en sustitución
suya y del pueblo y para expiación de los pecados de todos.
Esto mismo expresa el rito cristiano, introducido en el siglo XV.
Al extender el celebrante sus manos sobre la oblata, es como si
la colocase sobre la cabeza misma de Jesucristo, en cuyo Cuerpo
se va a convertir enseguida, para hacer recaer, sobre Él
los pecados de todo el mundo y sacrificarlo a' Él solo, como
único culpable, en sustitución de los pecadores, que
debiéramos ser las verdaderas víctimas.
La oración "Quam oblatiónem" tiene, por
objeto pedir la gracia sacramental de la transubstanciación
de las especies eucarísticas, por lo cual muchos liturgistas
la consideran como la epiclesis latina. Pasma considerar la sencillez
con que aquí se pide un milagro tan estupendo como el de
la transubstanciación.
Hablando con toda propiedad, no puede decirse que esta oración
sea realmente una epiclesis, ya que ni siquiera se invoca al Espíritu
Santo, cosa esencial para ello. Para los efectos, no obstante, es
como si en realidad lo fuera.
Las cinco cruces que hace el celebrante mientras reza esta oración,
tres sobre la Hostia y el Cáliz a la vez y dos por separado,
sirven para indicar que el milagro de la transubstanciación
se va a operar en virtud de los méritos de la Cruz de J.
C.
16. El rito de la CONSAGRACION. La
Misa llega a su punto culminante. Todo está ya preparado
para la gran Acción. Cielos y tierra están pendientes
de ella. ¿ Cómo proceder en esta obra tan divina y
tan trascendental? La Iglesia no ha creído poder hacerlo
más dignamente que reproduciendo casi literal y mímicamente
el mismo rito practicado por Nuestro Señor en la última
Cena.
Veámosla.
El celebrante límpiase delicadamente en el corporal las yemas
de los dedos pulgar e índice de ambas manos, y procede a
la Consagración de la Hostia, diciendo y haciendo lo siguiente
"JESUCRISTO, LA VÍSPERA
DE SU PASIÓN, TOMÓ EL PAN (y toma
la hostia) EN SUS VENERABLES Y SANTAS
MANOS, Y LEVANTANDO LOS OJOS (y los levanta) AL
CIELO HACIA TI, OH DIOS, SU PADRE OMNIPOTENTE, DÁNDOTE GRACIAS,
LO BENDIJO (y l0 bendice), LO
PARTIÓ Y DIÓLO A SUS DISCÍPULOS
(lo partirá y lo dará después, al llegar la
Comunión), DICIENDO: TOMAD
Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTE ES MI CUERPO."
El sacerdote, al pronunciar las palabras e imitar los gestos del
Señor, realiza también lo que ellos significan. Habla
y obra en primera persona, porque realmente personifica aquí
a Jesucristo. Así es cómo, en virtud de sus palabras
y de sus poderes, la Hostia que antes tenía en sus manos
se convierte en el verdadero CUERPO de Jesucristo.
Consagrada la Hostia y hecha la elevación de la misma, el
celebrante procede a la CONSAGRACIÓN
DEL CÁLIZ, diciendo y haciendo lo siguiente
"Del mismo modo, TOMANDO también este- precioso Cáliz
(y lo toma) en sus santas y venerables manos, dándote de
nuevo gracias, lo BENDIJO
(y lo bendice) y lo dió a sus discípulos, diciendo
Tomad y bebed de él; PORQUE
ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO,
MISTERIO DE FE, LA CUAL SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR
MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS" (8).
Ipso facto, el vino conviértese en la verdadera SANGRE de
Jesucristo; de modo que, desde este instante, ya no hay en el altar
pan ni vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, juntamente
con su Alma y su Divinidad. Los ojos creen ver todavía pan
y vino, pero se engañan, puesto que sólo subsisten
de ellos los accidentes y apariencias.
17. La Elevación.
Después de cada una de las dos consagraciones, el celebrante
hace una genuflexión, muestra al pueblo la Hostia y el Cáliz,
separadamente, elevándolos a la altura de la cabeza, y vuelve
a repetir la genuflexión. Entretanto, un acólito tañe
la campanilla, el turiferario inciensa el Cáliz y la Hostia
y el pueblo, de rodillas, los adora y los mira con fe viva. En esto
consiste el rito de la elevación, que en algunos países
también se llama el alzar y también ver a Dios.
Háse dicho comúnmente por los liturgistas que el rito
de la Elevación nació como una reacción piadosa,
contra los errores de Berengario (s. XI), que negaba la "transubstanciación",
sin negar por eso abiertamente la presencia real en la Eucaristía.
Esta teoría, en realidad, carece de fundamento histórico.
En primer lugar, porque los textos en que primero se habla de este
rito no aluden siquiera al error de Berengario, y además
porque los documentos con él relacionados son un siglo posteriores
a la famosa controversia. Lo más probable es que la Elevación
nació, principalmente, del ansia de ver a Dios en la Hostia,
que, propagada por los escritores místicos del siglo XII,
adquirió forma práctica por primera vez, en un decreto
de Eudes de Sully, obispo de París (1196-1208), mandando
que el celebrante elevara la Hostia, no al "qui prídie",
como hasta entonces se hacía con peligro de hacer creer al
pueblo que había lo que no había todavía, sino
en seguida de la Consagración del pan, en que ya se podía
mirar realmente a N. Señor. Así se empezó a
practicar, en efecto, en París, y de ahí cundió
la costumbre por doquier (9).
Este afán de ver la Hostia, recomendado por Santa Gertrudis
como muy grato al Señor, fué el que obligó
a colocar en la mesa del altar la vela suplementaria, que todavía
se usa; a poner detrás del altar en algunos sitios, un paño
oscuro, para que mejor resaltara la blancura de la masa; a prohibir
levantar demasiado humo en el incensario, etcétera.
Eso por lo que se se refiere a la elevación de la Hostia.
La elevación del Cáliz es posterior, pues empezó
en algunas partes en el siglo XV, y no se generalizó hasta
el XVI.
Ello se debió a que las ansias del pueblo sólo se
dirigían a ver la Hostia, no el Cáliz, y además
a que los herejes tan sólo asestaban sus golpes contra aquélla,
no contra éste. Quizá también fué debido
a la forma de los cálices antiguos, cuya copa ancha y poco
profunda ponía el líquido en peligro de derramarse.
De todo esto deben sacar los fieles, como conclusión, „
la devoción de mirar la Hostia, tanto en el momento de la
Elevación como en las Bendiciones con el Santísimo.

Momento de la Elevación del Cáliz
18.
Preces que siguen a la Elevación. Entre la
Consagración y el Memento se encuentran en el Canon tres
oraciones sublimes, aunque muy breves, independientes entre sí,
pero bajo una conclusión común. Estas oraciones son,
lo mismo que las que preceden a la Consagración, oraciones
de presentación, pero presentación no ya como aquéllas
de la ofrenda material del pan y del vino, sino del Cuerpo y Sangre
del Señor. Hacen resaltar con toda claridad el acto sacerdotal
de Jesucristo ofreciéndose a Dios por nosotros y apropiándonos
su sacrificio. Dichas tres oraciones son: "Unde et mémores",
"Supra quae" y "Súpplices te rogamus".
La oración "Unde et mémores" responde al
mandato del Señor: "Haced esto en memoria de Mí",
que acaba de repetir el celebrante al hacer la elevación
del Cáliz. Es una "conmemoración" de la
Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor,
que los griegos llaman "anamnesis", en recuerdo de cuyos
misterios ofrece a Dios "la Hostia pura, santa e inmaculada,
el Pan sagrado de la vida eterna y el Cáliz de la perpetua
salvación". Estas palabras las subraya el celebrante
con cinco bendiciones, tanto para acompañar -según
es de práctica. en la Misa- las expresiones "hostia",
"pan", "cáliz", etc., con ese gesto,
como para recalcar bien, por medio de las cruces, la identidad del
Sacrificio del Altar con el del Calvario..
La segunda oración "Supra quae" pide a Dios que
mire propicio y acepte el Sacrificio de Cristo y nuestro, como miró
y aceptó los sacrificios del niño Abel, de Abrahán
y de Melchisedec. Alude a los corderillos ofrecidos por Abel (Gén.,
IV, 4), al sacrificio de su hijo Isaac por Abrahán (íd.,
XXII), padre de los creyentes, y al pan y al vino ofrecidos por
el Sumo Sacerdote Melchisedec (íd., XIV, 18). Son éstos
los tres más famosos sacrificios del A. Testamento y los
más figurativos del Sacrificio de la Cruz y del Altar.
La tercera oración "Súpplices te rogamus",
es de las más misteriosas del Canon. Para rezarla, el celebrante
se inclina profundamente sobre el altar, como movido por su mismo
contenido. Pide a Dios que "ratifique" en el Cielo (que
es su "sublime altar") este Sacrificio de la tierra, en
cuanto al fruto personal y a la eficacia subjetiva del sacramento;
y para expresar esta idea de una manera sugestiva, pide le, sea
transportado y presentado por manos de "su Ángel".
Este "Ángel" han creído algunos que es el
mismo Jesucristo, otros que el Espíritu Santo, otros que
un Ángel especial de Dios que presidiría el Santo
Sacrificio. Lo más probable es que recuerda al Ángel
del Apocalipsis (VIII, 3-5) que vio San Juan ofreciendo incienso
y perfumes en el altar del cielo, y al que se le apareció
a Zacarías mientras ejercía su ministerio (Luc., I,
II). En realidad no se hace aquí más que imitar a
la Escritura, en la que se estila confiar a los Ángeles,
como mensajeros de Dios, la misión de presentarle las oraciones
y los méritos de los santos. Lo que de ninguna manera puede
considerarse esta oración es cómo una "epiclesis"
o fórmula sacramental de la transubstanciación, equivalente
a la de la anáphora griega, puesto que la transubstanciación
ya se ha realizado.
19.
El "Memento de los difuntos". Así
como antes de la Consagración se hizo memoria de los "vivos"
y llamó en su socorro a los Santos del Cielo en el Communicantes
(n° 14), del mismo modo se hace ahora una conmemoración
especial de los "difuntos", interponiendo, en el Nobis
quoque, una nueva intercesión de los Santos en favor de los
pecadores. Aquí el paralelismo es patente. Aunque ambos Mementos,
el de los vivos y el de los difuntos, interrumpen la unidad del
Canon -como ya hemos advertido-, hay que reconocer que están
discretísimamente insertados y que forman con el conjunto
una sabia armonía.
En los "dípticos" primitivos figuraban los nombres
de los difuntos más esclarecidos, los cuales se escribían
en las gradillas del altar. La liturgia romana, con su habitual
discreción, fue suprimiendo los nombres de unos y otras,
y tan sólo conservó una mención general, que
es la actual. Reza así:
"Acuérdate también, Señor, de tus siervos
y tus siervas "N. y N. (se nombra mentalmente a algunos) que
nos " han precedido con la señal de la f e y duermen
el sueño "de la paz. A ellos, Señor, y a todos
los que descansan "en Cristo, te rogamos les concedas el lugar
del refrigerio, " de la luz y de la paz. Por el mismo J. C.
N. S. Así sea."
La oración Nobis quoque peccatóribus, que el celebrante
recita a continuación del Memento, dándose al principio
un golpe de pecho y elevando (por primera y única vez en
el Canon) la voz, es para pedir a Dios, por intercesión de
los Santos, una participación para todos en el reino de los
Cielos. Así es como se reafirma en el Canon el dogma consolador
de la Comunión de los Santos.
Se hace mención especial aquí, de S. Juan Bautista
y de otros 14 Mártires, 7 varones y 7 mujeres, a saber: 1
diácono (S. Esteban), 2 Apóstoles (S. Matías
y S. Bernabé), 1 Obispo (S. Ignacio de Antioquía),
1 Papa (S. Alejandro), 1 Sacerdote (S. Marcelino), 1 Exorcista (S.
Pedro), 2 mujeres casadas (Sta. Perpetua y Sta. Felicitas), 5 Vírgenes
(las Santas Agueda, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia).
20. Un rito caído en desuso.
Al "Memento" de los difuntos y a la invocación
de los Santos, que acabamos de explicar, síguese esta breve
fórmula, que el celebrante acompaña con tres cruces
sobre el Cáliz y la Hostia
"Por quién, oh Señor siempre creas estos bienes,
los santi † ficas, los viví † ficas, los bendi
† ces, y nos los otorgas."
Dom Cagin, que ha estudiado a fondo el CANON, cree que esta fórmula
ha de enlazarse con la conclusión de la oración "Súpplices
te rogamos" que precede al Memento de los difuntos y con la
cual primitivamente iba unida. Su opinión tiene muchos visos
de verosimilitud, según se desprende de sus pruebas (10);
pero hoy no es ya compartida por la mayoría de los liturgistas:
Los mejores liturgistas creen que esta fórmula es el final
de una oración que antiguamente se decía, en este
momento, para bendecir, en ciertos días señalados,
los nuevos frutos de la tierra; el trigo, el vino, el aceite, las
habas, etc., el óleo de los enfermos, y las primicias que
los fieles presentaban a la bendición del sacerdote; a todos
los cuales bienes han de referirse las palabras "estos bienes"
de dicha fórmula, palabras que, de lo contrario, quedarían
incomprensibles (11).
Al desaparecer de aquí esta rito, desapareció con
él la oración correspondiente, de la que solamente
quedó esta breve conclusión, la cual, lo mismo que
las cruces que la acompañan, hánse referida después
a la Hostia y al Cáliz.
Recuerdo de esta antigua bendición es la Bendición
y Consagración de los Santos óleos, reservada ahora
al Jueves Santo, y también lo es la nupcial de la Misa de
esponsales, si bien esta última tiene hoy su lugar después
del "Paternoster".
Adviértase, de paso, "que este lugar, reservado antiguamente,
en el CANON eucarístico, a las diversas bendiciones incluso
a la nupcial, estaba muy bien elegido, y servía para poner
mejor en evidencia este carácter íntimo de unidad
que dominaba antaño toda la liturgia, cuando el Sacrificio
del altar era el centro del culto cristiano, al cual estaban asociados
todos los demás ritos, y del cual brotaban todos como de
un manantial desbordante de gracia" (12).
21. La "Doxología"
final y la "Elevación" menor. El
CANON propiamente dicho termina hoy aquí, con una solemne
"Doxología", durante la cual el celebrante bendice
cinco veces el Cáliz con la sagrada Hostia, elevándolos,
al fin, a ambos unos centímetros sobre los corporales.
La "Doxología" reza así:
"Por Quién † y con Quién † y en Quién
† te pertenece a Ti, oh Dios Padre † Omnipotente, en
la unidad del Espíritu † Santo, todo honor y gloria.
Por los siglos de los siglos. Así sea."
"Esta famosa Doxología, con sus señales de la
cruz multiplicadas, con la elevación del Cuerpo y de la Sangre
de Jesucristo, que fué durante mucho tiempo la principal
y única elevación de la Misa, y, en fin, con sus términos
sacados de San Pablo (Rom., XI, 36), es la más solemne de
todas las doxologías, distinguiéndose por su majestad
y sublimidad sobre todas las demás conocidas y terminando
dignamente el CANON romano" (13).
El "Amén" final con que, en las misas cantadas,
responde el pueblo y, en las rezadas, el monaguillo, es una ratificación
solemne y un asentimiento general de la asamblea a todo lo que acaba
de realizar, en nombre de todos y en secreto, el celebrante, en
todo el transcurso del CANON.
Este "Amén" final es muy célebre, por ser
él la única intervención que tenía el
pueblo en todo el CANON. Se encuentra ya en el siglo II, y señala
la conclusión del CANON y el principio del "Paternoster",
o preparación para el Banquete eucarístico, que es
lo que ahora sigue.
NOTAS
(8) Explicación de algunos términos:
Hoc: "Esto" que tengo en mis manos y
que ahora todavía es pan, es lo que pasa a ser el Cuerpo
de Cristo, desapareciendo su substancia de pan.
Est: "Esto es mi Cuerpo", es decir, lo
es de verdad, no en imagen o símbolo.
Mysterium fidei: "Misterio de fe". Primitivamente,
cuando se usó el tender un velo, durante el Canon entre el
altar y el pueblo, en las misas solemnes el diácono decía
esas palabras en voz alta, en el momento de la Consagración,
para llamar la atención. En las rezadas decíalas el
mismo celebrante con las demás de la Consagración,
de donde vino la costumbre de incluirlas en la fórmula, aunque
poniéndolas entre paréntesis.
Pro multis: "Por muchos" quiere decir,
por un gran número de personas, si bien en el griego la expresión
"o¡ pollo¡" significa todo el género
humano.
(9) Quest. parois.
et liturg. (Mont-César, junio 1931, p. 129).
(10) Cf. Batiffol:
ob. cit., p. 274.
(11) Cf. Card. Schuster:
Liber Sacr. t. II, c. III
(12) Cf. Card. Schuster:
Liber Sacr. t. II, c. III.
(13) Dom Cabrol: Liturgia
(Encicl. pop.), Bloud et Gay (París, 1930), p. 549. ,