EL CANON DE LA MISA

10. A continuación de los Prefacios, los Misales actuales traen un gran grabado, de Jesús Crucificado y, al comienzo de la siguiente página, una viñeta con un título en caracteres gruesos, que dice: "CANON MISSAE", o sea: "CANON DE LA MISA". Contiénense, efectivamente, en este cuaderno los cánones o reglas, juntamente con los texos, prefijados por la Iglesia desde la más remota antigüedad, para la inmolación y consumación de la sagrada Víctima. Es éste como el cuaderno central. y más venerable del Misal, donde se encierra como el Sancta Sanctórum del augusto Sacrificio de la Misa. Por eso hay que entrar a estudiarlo con suma devoción y reverencia.
El grabado de Jesús Crucificado es un elemento puramente decorativo. Recuerda las escenas con que los monjes miniaturistas e iluminadores solían adornar la T inicial de la primera palabra ("Te ígitur") del Canon, aprovechando la forma crucífera de, esa letra. En los viejos manuscritos, solamente se ve.unas veces la imagen del Santo Cristo, y otras el cuadro, más o menos completo, de la 'Crucifixión. Lo propio ocurre hoy en los Misales impresos.
La viñeta que encabeza la página es también puramente decorativa y trae el mismo origen que el grabado.
La palabra "Canon" significa, en griego, la regla de madera que usa el carpintero, y, por metáfora, norma legítima y segura, "regla disciplinaria": de ahí que a las leyes de la Iglesia se les llame "cánones", y "canónicos", a los libros que tiene ella por inspirados.
El texto del Canon es antiquísimo; a principios del siglo VII existía ya íntegro. Es lo más primitivo, apostólico y patrístico de la Misa. Gira todo él en torno del relato evangélica de la Cena. Su estilo es casi bíblico. Alienta en todas sus líneas el soplo del Espíritu Santo. Es que todo en él es santo y misterioso, y el mismo silencio que, por prescripción, se observa ahora al recitarlo, acrecienta la unción y el misterio.
Después de la Biblia, nada inspira tanto respeto a la Iglesia como el Canon. Ni un vocablo, ni una tilde ha innovado desde los días de S. Gregorio Magno. Al recitarlo hoy, secretamente y con los brazos en alto, parécenos estar suspendidos entre la tierra y el cielo, escuchando plegarias de Catacumba o ecos del paraíso.

11. Plan general del Canon. Para que mejor se comprenda el CANON, comenzaremos por trazar un plan general del mismo, señalando la concatenación de sus partes.
Antes de la Consagración:
1. Oración "Te ígitur", ofreciendo la Oblación por intenciones generales; seguido del "Memento" de vivos y del "Communicántes" o mención de los Santos, y terminando estas tres plegarias, como si sólo fueran una, con una misma conclusión.
2. "Hanc ígitur" y "Quam oblatiónem", recomendando la Oblación, a Dios Padre para que la acepte de buen grado.
3. "Qui prídie" o relato de la institución y rito de la CONSAGRACIÓN.
Después de la Consagración:
1. "Unde et mémores", o "anamnesia", que dicen los griegos, o conmemoración de la muerte y resurrección del Señor; "Supra quae", o evocación de los sacrificios bíblicos más famosos, y "Súpplices te rogámus", confiando el sacrificio al Ángel del Señor. También terminan estas tres oraciones con una misma conclusión.
2. "Memento" de difuntos, que corresponde al de "vivos" antes de la Consagración, y "Nobis quoque", que continúa la mención de los Santos comenzada en el "Communicántes".
3. "Per quem", o doxología solemne, acompañada de ocho cruces, terminando el CANON.
No todas estas oraciones han ocupado siempre el lugar que hoy en la Misa; algunas, como los "mementos", ni siquiera pertenecieron, en cierta época, al CANON. Eso no obstante, hoy forman todo un conjunto armónico.

12. El "Te ígitur". Es la oración que hoy abre el CANON, en el Misal romano. Al empezarla, el celebrante levanta las ojos al cielo, dirigiéndolos hacia el Crucifijo, se inclina profundamente, besa el altar y bendice tres veces el Cáliz y la Hostia; significando con todos estos gestos el profundo respeto y devoción que le inspira esta nueva fase de la Misa.
La expresión "Te ígitur" ("A Ti, pues") sirve para salvar la interrupción establecida por el "Sanctus" entre el "Prefacio" y el CANON actual, unidos primitivamente.
Esta primera oración tiene por objeto recomendar a Dios los dones presentes en el altar y pedirle los bendiga y acepte, como ofrecidos que son por la Iglesia Católica, por el Papa reinante, por el Obispo diocesano y por todos los ortodoxos g fieles católicos. `Esta es la primera aplicación del fruto general de la .Misa. Adviértase, de paso, que la Iglesia y el Papa son los primeros mencionados, y que la devoción a ellos debe ser de las primeras del cristiano.
Las tres cruces (sobre los dones, lbs presentes y sacrificios) probablemente se repartían antiguamente entre las tres divisiones que se hacía, en el Ofertorio, de las ofrendas, y que se colocaban a ambos lados del altar y en medio. Este mismo triple gesto repite la Iglesia en otras bendiciones, como para repartir sobre todo lo presente la única bendición.

13. El "Memento de los vivos". Hecha en la anterior oración la aplicación del fruto general de la Misa, hácese ahora la aplicación del fruto especial de la Misa por determinadas personas de la Iglesia militante. El celebrante enmudece y se recoge un momento para recapacitar y nombrar mentalmente, en primer lugar, a la persona o personas que han encargado la Misa, y después a otras de su particular devoción. A estos nombres privilegiados sigue la mención global de todos los asistentes a la Misa y de aquellos por quienes tanto el sacerdote como los asistentes (que son sus concelebrantes) ofrecen a Dios este Sacrificio de alabanza.
Este recuerdo íntimo de determinadas personas vivas, o "memento de vivos" como se llama ordinariamente, reemplaza a la pública lectura que el diácono o el mismo celebrante hacían antiguamente de los nombres de ciertos personájes y de los bienhechores más acreedores a la gratitud de la Iglesia, escritos en dos tablillas plegadizas llamadas "díptycos". Cuando no se leían en voz alta, como sucedió por lo menos desde el siglo XI al empezar a desaparecer la costumbre de hacer las ofrendas, se colocaban los "díptycos" sobre el altar, lo que equivalía a una buena recomendación de aquellos nombres a Dios.

14. El "Communicantes". A continuación de los "díptycos" de los vivos, leíanse antiguamente los de los difuntos, y después una lista de los Santos Mártires más ilustres y recientes, interponiéndolos como intercesores. Así entraban en juego las tres iglesias: militante, purgante y triunfante. En el CANON actual la memoria de los difuntos se ha dejado para después de la Consagración, pero en cambio viene ahora el "Communicantes",que es como si dijéramos el "Memento de los Santos". En él se hace mención particular de la Santísima Virgen, Madre de Dios; de los doce Apóstoles, substituyendo a San Matías por San Pablo; de doce Mártires muy célebres en Roma en los siglos III y IV, y termina con una conmemoración global de Todos los Santos.
El "Communicantes" es un texto variable y movible. Primitivamente emplazábase fuera del CANON, de ahí el título, que todavía conserva, de "infra Actionem", para indicar que se debía decir "dentro del CANON". Hoy el texto ordinario entra ya en el Canon y forma parte del mismo. La fórmula sólo varía en las fiestas de Navidad, Epifanía, Pascua, Ascensión, Pentecostés y Jueves Santo.
El hecho de no figurar más que santos Mártires indica que el "Communicántes" es anterior al siglo V; pues hasta el IV la Iglesia no celebraba otros santos que los Mártires: Posteriormente se empezó a inscribir a otros Santos, los que, por el hecho de admitirlos en el CANON, eran considerados entonces por la Iglesia como canonizados. De ese modo cada iglesia particular y cada nación fué añadiendo sus Santos, hasta que, por fin, volvióse a la, lista primitiva, que es la que subsiste en el Misal.

15. Prosigue la Oblación. Interrumpida unos momentos la Oblación, para dar lugar a las anteriores recomendaciones, el celebrante vuelve de nuevo sobre ella, pidiendo 'a Dios la acepte propicio y la bendiga, convirtiéndola finalmente en el Cuerpo y Sangre del Señor. Este es el sentido de las dos últimas oraciones: "Hanc ígitur" y "Quam oblatiónem", que preceden. a la Consagración.
En el "Hanc ígitur" se pide que acepte Dios la Oblación que se le ofrece a título de servidumbre del celebrante y sus ministros (servitutis nostrae) y de todo el pueblo cristiano (cunctae, f amiliae tuae) para conseguir la paz de cada día.
Al rezarla, el celebrante tiene ambas manos extendidas sobre el Cáliz de la Hostia, imitando el gesto del sacerdote judío de la antigua alianza, que imponía sus manos sobre la víctima antes de sacrificarla, para significar que la inmolaba en sustitución suya y del pueblo y para expiación de los pecados de todos. Esto mismo expresa el rito cristiano, introducido en el siglo XV. Al extender el celebrante sus manos sobre la oblata, es como si la colocase sobre la cabeza misma de Jesucristo, en cuyo Cuerpo se va a convertir enseguida, para hacer recaer, sobre Él los pecados de todo el mundo y sacrificarlo a' Él solo, como único culpable, en sustitución de los pecadores, que debiéramos ser las verdaderas víctimas.
La oración "Quam oblatiónem" tiene, por objeto pedir la gracia sacramental de la transubstanciación de las especies eucarísticas, por lo cual muchos liturgistas la consideran como la epiclesis latina. Pasma considerar la sencillez con que aquí se pide un milagro tan estupendo como el de la transubstanciación.
Hablando con toda propiedad, no puede decirse que esta oración sea realmente una epiclesis, ya que ni siquiera se invoca al Espíritu Santo, cosa esencial para ello. Para los efectos, no obstante, es como si en realidad lo fuera.
Las cinco cruces que hace el celebrante mientras reza esta oración, tres sobre la Hostia y el Cáliz a la vez y dos por separado, sirven para indicar que el milagro de la transubstanciación se va a operar en virtud de los méritos de la Cruz de J. C.

16. El rito de la CONSAGRACION. La Misa llega a su punto culminante. Todo está ya preparado para la gran Acción. Cielos y tierra están pendientes de ella. ¿ Cómo proceder en esta obra tan divina y tan trascendental? La Iglesia no ha creído poder hacerlo más dignamente que reproduciendo casi literal y mímicamente el mismo rito practicado por Nuestro Señor en la última Cena.
Veámosla.
El celebrante límpiase delicadamente en el corporal las yemas de los dedos pulgar e índice de ambas manos, y procede a la Consagración de la Hostia, diciendo y haciendo lo siguiente
"JESUCRISTO, LA VÍSPERA DE SU PASIÓN, TOMÓ EL PAN (y toma la hostia) EN SUS VENERABLES Y SANTAS MANOS, Y LEVANTANDO LOS OJOS (y los levanta) AL CIELO HACIA TI, OH DIOS, SU PADRE OMNIPOTENTE, DÁNDOTE GRACIAS, LO BENDIJO (y l0 bendice), LO PARTIÓ Y DIÓLO A SUS DISCÍPULOS (lo partirá y lo dará después, al llegar la Comunión), DICIENDO: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTE ES MI CUERPO."
El sacerdote, al pronunciar las palabras e imitar los gestos del Señor, realiza también lo que ellos significan. Habla y obra en primera persona, porque realmente personifica aquí a Jesucristo. Así es cómo, en virtud de sus palabras y de sus poderes, la Hostia que antes tenía en sus manos se convierte en el verdadero CUERPO de Jesucristo.
Consagrada la Hostia y hecha la elevación de la misma, el celebrante procede a la CONSAGRACIÓN DEL CÁLIZ, diciendo y haciendo lo siguiente
"Del mismo modo, TOMANDO también este- precioso Cáliz (y lo toma) en sus santas y venerables manos, dándote de nuevo gracias, lo BENDIJO (y lo bendice) y lo dió a sus discípulos, diciendo Tomad y bebed de él; PORQUE ESTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO, MISTERIO DE FE, LA CUAL SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR MUCHOS EN REMISIÓN DE LOS PECADOS" (8).
Ipso facto, el vino conviértese en la verdadera SANGRE de Jesucristo; de modo que, desde este instante, ya no hay en el altar pan ni vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, juntamente con su Alma y su Divinidad. Los ojos creen ver todavía pan y vino, pero se engañan, puesto que sólo subsisten de ellos los accidentes y apariencias.

17. La Elevación. Después de cada una de las dos consagraciones, el celebrante hace una genuflexión, muestra al pueblo la Hostia y el Cáliz, separadamente, elevándolos a la altura de la cabeza, y vuelve a repetir la genuflexión. Entretanto, un acólito tañe la campanilla, el turiferario inciensa el Cáliz y la Hostia y el pueblo, de rodillas, los adora y los mira con fe viva. En esto consiste el rito de la elevación, que en algunos países también se llama el alzar y también ver a Dios.
Háse dicho comúnmente por los liturgistas que el rito de la Elevación nació como una reacción piadosa, contra los errores de Berengario (s. XI), que negaba la "transubstanciación", sin negar por eso abiertamente la presencia real en la Eucaristía. Esta teoría, en realidad, carece de fundamento histórico. En primer lugar, porque los textos en que primero se habla de este rito no aluden siquiera al error de Berengario, y además porque los documentos con él relacionados son un siglo posteriores a la famosa controversia. Lo más probable es que la Elevación nació, principalmente, del ansia de ver a Dios en la Hostia, que, propagada por los escritores místicos del siglo XII, adquirió forma práctica por primera vez, en un decreto de Eudes de Sully, obispo de París (1196-1208), mandando que el celebrante elevara la Hostia, no al "qui prídie", como hasta entonces se hacía con peligro de hacer creer al pueblo que había lo que no había todavía, sino en seguida de la Consagración del pan, en que ya se podía mirar realmente a N. Señor. Así se empezó a practicar, en efecto, en París, y de ahí cundió la costumbre por doquier (9).
Este afán de ver la Hostia, recomendado por Santa Gertrudis como muy grato al Señor, fué el que obligó a colocar en la mesa del altar la vela suplementaria, que todavía se usa; a poner detrás del altar en algunos sitios, un paño oscuro, para que mejor resaltara la blancura de la masa; a prohibir levantar demasiado humo en el incensario, etcétera.
Eso por lo que se se refiere a la elevación de la Hostia. La elevación del Cáliz es posterior, pues empezó en algunas partes en el siglo XV, y no se generalizó hasta el XVI.
Ello se debió a que las ansias del pueblo sólo se dirigían a ver la Hostia, no el Cáliz, y además a que los herejes tan sólo asestaban sus golpes contra aquélla, no contra éste. Quizá también fué debido a la forma de los cálices antiguos, cuya copa ancha y poco profunda ponía el líquido en peligro de derramarse.
De todo esto deben sacar los fieles, como conclusión, „ la devoción de mirar la Hostia, tanto en el momento de la Elevación como en las Bendiciones con el Santísimo.

La Elevación del Cáliz

Momento de la Elevación del Cáliz

18. Preces que siguen a la Elevación. Entre la Consagración y el Memento se encuentran en el Canon tres oraciones sublimes, aunque muy breves, independientes entre sí, pero bajo una conclusión común. Estas oraciones son, lo mismo que las que preceden a la Consagración, oraciones de presentación, pero presentación no ya como aquéllas de la ofrenda material del pan y del vino, sino del Cuerpo y Sangre del Señor. Hacen resaltar con toda claridad el acto sacerdotal de Jesucristo ofreciéndose a Dios por nosotros y apropiándonos su sacrificio. Dichas tres oraciones son: "Unde et mémores", "Supra quae" y "Súpplices te rogamus".
La oración "Unde et mémores" responde al mandato del Señor: "Haced esto en memoria de Mí", que acaba de repetir el celebrante al hacer la elevación del Cáliz. Es una "conmemoración" de la Pasión, Resurrección y Ascensión del Señor, que los griegos llaman "anamnesis", en recuerdo de cuyos misterios ofrece a Dios "la Hostia pura, santa e inmaculada, el Pan sagrado de la vida eterna y el Cáliz de la perpetua salvación". Estas palabras las subraya el celebrante con cinco bendiciones, tanto para acompañar -según es de práctica. en la Misa- las expresiones "hostia", "pan", "cáliz", etc., con ese gesto, como para recalcar bien, por medio de las cruces, la identidad del Sacrificio del Altar con el del Calvario..
La segunda oración "Supra quae" pide a Dios que mire propicio y acepte el Sacrificio de Cristo y nuestro, como miró y aceptó los sacrificios del niño Abel, de Abrahán y de Melchisedec. Alude a los corderillos ofrecidos por Abel (Gén., IV, 4), al sacrificio de su hijo Isaac por Abrahán (íd., XXII), padre de los creyentes, y al pan y al vino ofrecidos por el Sumo Sacerdote Melchisedec (íd., XIV, 18). Son éstos los tres más famosos sacrificios del A. Testamento y los más figurativos del Sacrificio de la Cruz y del Altar.
La tercera oración "Súpplices te rogamus", es de las más misteriosas del Canon. Para rezarla, el celebrante se inclina profundamente sobre el altar, como movido por su mismo contenido. Pide a Dios que "ratifique" en el Cielo (que es su "sublime altar") este Sacrificio de la tierra, en cuanto al fruto personal y a la eficacia subjetiva del sacramento; y para expresar esta idea de una manera sugestiva, pide le, sea transportado y presentado por manos de "su Ángel". Este "Ángel" han creído algunos que es el mismo Jesucristo, otros que el Espíritu Santo, otros que un Ángel especial de Dios que presidiría el Santo Sacrificio. Lo más probable es que recuerda al Ángel del Apocalipsis (VIII, 3-5) que vio San Juan ofreciendo incienso y perfumes en el altar del cielo, y al que se le apareció a Zacarías mientras ejercía su ministerio (Luc., I, II). En realidad no se hace aquí más que imitar a la Escritura, en la que se estila confiar a los Ángeles, como mensajeros de Dios, la misión de presentarle las oraciones y los méritos de los santos. Lo que de ninguna manera puede considerarse esta oración es cómo una "epiclesis" o fórmula sacramental de la transubstanciación, equivalente a la de la anáphora griega, puesto que la transubstanciación ya se ha realizado.

19. El "Memento de los difuntos". Así como antes de la Consagración se hizo memoria de los "vivos" y llamó en su socorro a los Santos del Cielo en el Communicantes (n° 14), del mismo modo se hace ahora una conmemoración especial de los "difuntos", interponiendo, en el Nobis quoque, una nueva intercesión de los Santos en favor de los pecadores. Aquí el paralelismo es patente. Aunque ambos Mementos, el de los vivos y el de los difuntos, interrumpen la unidad del Canon -como ya hemos advertido-, hay que reconocer que están discretísimamente insertados y que forman con el conjunto una sabia armonía.
En los "dípticos" primitivos figuraban los nombres de los difuntos más esclarecidos, los cuales se escribían en las gradillas del altar. La liturgia romana, con su habitual discreción, fue suprimiendo los nombres de unos y otras, y tan sólo conservó una mención general, que es la actual. Reza así:
"Acuérdate también, Señor, de tus siervos y tus siervas "N. y N. (se nombra mentalmente a algunos) que nos " han precedido con la señal de la f e y duermen el sueño "de la paz. A ellos, Señor, y a todos los que descansan "en Cristo, te rogamos les concedas el lugar del refrigerio, " de la luz y de la paz. Por el mismo J. C. N. S. Así sea."
La oración Nobis quoque peccatóribus, que el celebrante recita a continuación del Memento, dándose al principio un golpe de pecho y elevando (por primera y única vez en el Canon) la voz, es para pedir a Dios, por intercesión de los Santos, una participación para todos en el reino de los Cielos. Así es como se reafirma en el Canon el dogma consolador de la Comunión de los Santos.
Se hace mención especial aquí, de S. Juan Bautista y de otros 14 Mártires, 7 varones y 7 mujeres, a saber: 1 diácono (S. Esteban), 2 Apóstoles (S. Matías y S. Bernabé), 1 Obispo (S. Ignacio de Antioquía), 1 Papa (S. Alejandro), 1 Sacerdote (S. Marcelino), 1 Exorcista (S. Pedro), 2 mujeres casadas (Sta. Perpetua y Sta. Felicitas), 5 Vírgenes (las Santas Agueda, Lucía, Inés, Cecilia y Anastasia).

20. Un rito caído en desuso. Al "Memento" de los difuntos y a la invocación de los Santos, que acabamos de explicar, síguese esta breve fórmula, que el celebrante acompaña con tres cruces sobre el Cáliz y la Hostia
"Por quién, oh Señor siempre creas estos bienes, los santi † ficas, los viví † ficas, los bendi † ces, y nos los otorgas."
Dom Cagin, que ha estudiado a fondo el CANON, cree que esta fórmula ha de enlazarse con la conclusión de la oración "Súpplices te rogamos" que precede al Memento de los difuntos y con la cual primitivamente iba unida. Su opinión tiene muchos visos de verosimilitud, según se desprende de sus pruebas (10); pero hoy no es ya compartida por la mayoría de los liturgistas:
Los mejores liturgistas creen que esta fórmula es el final de una oración que antiguamente se decía, en este momento, para bendecir, en ciertos días señalados, los nuevos frutos de la tierra; el trigo, el vino, el aceite, las habas, etc., el óleo de los enfermos, y las primicias que los fieles presentaban a la bendición del sacerdote; a todos los cuales bienes han de referirse las palabras "estos bienes" de dicha fórmula, palabras que, de lo contrario, quedarían incomprensibles (11). Al desaparecer de aquí esta rito, desapareció con él la oración correspondiente, de la que solamente quedó esta breve conclusión, la cual, lo mismo que las cruces que la acompañan, hánse referida después a la Hostia y al Cáliz.
Recuerdo de esta antigua bendición es la Bendición y Consagración de los Santos óleos, reservada ahora al Jueves Santo, y también lo es la nupcial de la Misa de esponsales, si bien esta última tiene hoy su lugar después del "Paternoster".
Adviértase, de paso, "que este lugar, reservado antiguamente, en el CANON eucarístico, a las diversas bendiciones incluso a la nupcial, estaba muy bien elegido, y servía para poner mejor en evidencia este carácter íntimo de unidad que dominaba antaño toda la liturgia, cuando el Sacrificio del altar era el centro del culto cristiano, al cual estaban asociados todos los demás ritos, y del cual brotaban todos como de un manantial desbordante de gracia" (12).

21. La "Doxología" final y la "Elevación" menor. El CANON propiamente dicho termina hoy aquí, con una solemne "Doxología", durante la cual el celebrante bendice cinco veces el Cáliz con la sagrada Hostia, elevándolos, al fin, a ambos unos centímetros sobre los corporales.
La "Doxología" reza así:
"Por Quién † y con Quién † y en Quién † te pertenece a Ti, oh Dios Padre † Omnipotente, en la unidad del Espíritu † Santo, todo honor y gloria. Por los siglos de los siglos. Así sea."
"Esta famosa Doxología, con sus señales de la cruz multiplicadas, con la elevación del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo, que fué durante mucho tiempo la principal y única elevación de la Misa, y, en fin, con sus términos sacados de San Pablo (Rom., XI, 36), es la más solemne de todas las doxologías, distinguiéndose por su majestad y sublimidad sobre todas las demás conocidas y terminando dignamente el CANON romano" (13).
El "Amén" final con que, en las misas cantadas, responde el pueblo y, en las rezadas, el monaguillo, es una ratificación solemne y un asentimiento general de la asamblea a todo lo que acaba de realizar, en nombre de todos y en secreto, el celebrante, en todo el transcurso del CANON.
Este "Amén" final es muy célebre, por ser él la única intervención que tenía el pueblo en todo el CANON. Se encuentra ya en el siglo II, y señala la conclusión del CANON y el principio del "Paternoster", o preparación para el Banquete eucarístico, que es lo que ahora sigue.

NOTAS
(8)
Explicación de algunos términos:
Hoc: "Esto" que tengo en mis manos y que ahora todavía es pan, es lo que pasa a ser el Cuerpo de Cristo, desapareciendo su substancia de pan.
Est: "Esto es mi Cuerpo", es decir, lo es de verdad, no en imagen o símbolo.
Mysterium fidei: "Misterio de fe". Primitivamente, cuando se usó el tender un velo, durante el Canon entre el altar y el pueblo, en las misas solemnes el diácono decía esas palabras en voz alta, en el momento de la Consagración, para llamar la atención. En las rezadas decíalas el mismo celebrante con las demás de la Consagración, de donde vino la costumbre de incluirlas en la fórmula, aunque poniéndolas entre paréntesis.
Pro multis: "Por muchos" quiere decir, por un gran número de personas, si bien en el griego la expresión "o¡ pollo¡" significa todo el género humano.
(9) Quest. parois. et liturg. (Mont-César, junio 1931, p. 129).
(10) Cf. Batiffol: ob. cit., p. 274.
(11) Cf. Card. Schuster: Liber Sacr. t. II, c. III
(12) Cf. Card. Schuster: Liber Sacr. t. II, c. III.
(13) Dom Cabrol: Liturgia (Encicl. pop.), Bloud et Gay (París, 1930), p. 549. ,

 

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