Ruunt
saecula, stat veritas.Immo, stante veritate,
stat homo, stat mundus.
Circumversamur undique, et deversamur;
sed veritas nos erigit.
Amice, siste fugam, pone te in centro,
ubi nullus motus,
sed vita, immo: vita vivificans. |
Transcurren
los siglos, pero la
verdad permanece.
Y si permanece la verdad,
permanece el hombre, permanece el mundo.
Por todas partes estamos rodeados, y desviados,
pero la verdad nos mantiene rectos.
Amigo, detén la huida, colócate en el centro,
allí donde no hay movimiento
sino vida, sí, vida vivificante
|
Mi
contribución al Congreso teológico de Sí Sí
No No consistirá en desarrollar el siguiente principio: la crisis
de la Iglesia Católica consiste en una dislocación de
la autoridad magisterial, que se transfiere desde la autoridad del Magisterio
universal a la autoridad de los teólogos. Esta dislocación
fue pronto advertida, porque en los años próximos al Concilio
tuvo lugar una viva reacción. Pero en estos seis últimos
lustros la gran mayoría de los teólogos han conseguido
la reivindicación que entonces se propusieron obtener: ser reconocidos
como partícipes en el oficio didáctico de la Iglesia.
Dispongo en mi archivo de muchos recortes y pruebas de que esto se sentía
como un peligro.
Es preciso decir que sobre este punto el Concilio afirmó la doctrina
perenne de la Iglesia, pero dicho peligro se formuló inmediatamente
después. No debe olvidarse el gran principio metódico
de los innovadores, obispos y peritos conciliares, quienes introdujeron
subrepticiamente en los textos propuestos al Vaticano II expresiones
anfibológicas, cuya interpretación en sentido innovador
se reservaban para cuando fuesen publicados los textos. Es la estrategia
perpetrada explícitamente por los modernistas. A este propósito
existe una importantísima declaración del dominico holandés
Edward Schillebeeckx, quien dice expresamente: "las manifestamos
[las ideas que nos impulsan] de una forma diplomática, pero después
del Concilio extraeremos las conclusiones implícitas" (De
Bazuin, nº 16, 1965; trad. francesa en Itinéraires, nº
155, 1971, pág. 40). Es como decir: utilizamos un estilo diplomático
(como dice el vocablo, doble), en el cual las palabras se conforman
con vistas a la hermenéutica, iluminando u oscureciendo, respectivamente,
las ideas que nos impulsan o las que no nos convienen. Se produjeron
así documentos conciliares que, en previsión de una posterior
hermenéutica laxista y enervante, tenían por objeto apoyar
las opiniones innovadoras. El escándalo principal y radical debe
atribuirse a Juan XXIII, quien consintió que los observadores
protestantes en el Concilio no solamente asistiesen a los trabajos de
las comisiones, sino que cooperasen en ellas, de modo tal que algunos
textos del Concilio no sólo son una elaboración de teólogos,
en vez de obispos, sino de teólogos protestantes.
Fe y razón
La transferencia de autoridad de la cual queremos hablar es uno de los
movimientos de inspiración racionalista, humanista y naturalista
más imponentes y arraigados. Su gran principio es que las verdades
de fe proceden de las elucubraciones del intelecto humano.
En la doctrina tradicional, la fe es una superación de la razón:
según la doctrina de la Iglesia Católica, para creer es
preciso salir fuera de la razón, ir más allá de
la razón, al ser extrínseco a ella lo que está
por encima de la razón. Que esté fuera de ella no quiere
decir que le sea opuesto: al contrario, quiere decir que la completa
y la apoya, y precisamente por eso está fuera de ella. Sin embargo,
según la doctrina moderna la fe es una forma de la razón,
es decir, algo intrínseco a ella. Lo cual significa que para
creer no es preciso salir de la razón.
La función del Magisterio de la Iglesia consiste en inculcar
en el espíritu de los fieles las persuasiones sobrenaturales:
enseñarlas, arraigarlas, provocar su adhesión a las mismas.
La palabra enseñar quiere decir "obrar de modo tal que uno
pase a saber lo que no sabía". La función del Magisterio
es también apologética, porque el maestro debe defender
lo que enseña. Y lo debe defender alegando tanto motivos ofrecidos
por la autoridad bíblica (motivos, por consiguiente, de orden
sobrenatural) como motivos de razón natural. Finalmente, enseñar
una cosa quiere decir también conseguir que la retengan las mentes
a las cuales ha sido enseñada, porque el maestro debe velar para
que no se pierdan ni se vean modificadas sus enseñanzas.
El Magisterio del Papa
Como testimonio de la consciencia con que, en tiempos del Concilio,
la virtud didáctica que acabamos de recordar se estaba diluyendo
en el vacío, puede recordarse aquella autorizada declaración
del Card. Heenan, Primado de la Iglesia de Inglaterra, que en una de
las primeras sesiones del Concilio se expresaba así: "hoy
en la Iglesia ya no existe la enseñanza de los obispos: ya no
son un punto de referencia en la Iglesia. El único punto en el
cual todavía actúa la función magisterial de la
Iglesia es el Sumo Pontífice" (Osservatore Romano, ed. it.,
28-4-68). Es decir, donde ya nadie enseña, todos enseñan;
y donde ya no hay una verdad que enseñar, se enseñan multitud
de opiniones. Pero a treinta años de distancia esa declaración
del Primado de Inglaterra suena optimista, porque hoy ni siquiera el
Pontificado ejercita ya la función magisterial. Si, como hemos
visto, el Magisterio es la manifestación de la Palabra divina
de la cual es depositaria la Iglesia y que la Iglesia tiene de oficio
el deber de enseñar y predicar, entonces esa manifestación
de la Palabra divina está ausente, o cuando menos en decadencia,
en el actual Pontificado: yo no habría escrito mi libro Stat
Veritas, con sus cincuenta y cinco glosas al documento Tertio Millenio
Adveniente, si el Santo Padre hubiese enseñado y manifestado
siempre la Palabra divina (que es, ésta sí, el verdadero
Magisterio viviente en la Iglesia), en vez de sus propias opiniones,
expresándose en una forma que no refleja directa y netamente
la verdad. Al contrario, si las he escrito es precisamente porque tampoco
el Santo Padre, en el ejercicio de su magisterio, presta el auxilio
que los fieles esperan del Sumo Magisterio: él habla, pero no
manifiesta lo que le correspondería manifestar. Porque es necesario
decir que, incluso en los documentos más vinculantes, no todas
las palabras del Papa constituyen Magisterio, sino que con frecuencia
son sólo expresión de las opiniones, pensamientos, y consideraciones
difundidas hoy en la Iglesia. Incluso el Papa refleja en sus alocuciones
todo un sistema de pensamiento, el sistema de pensamiento en el cual
se complace hoy el hombre.
Una doctrina privada es elaboración propia de un individuo, pero
aquí no se trata de eso: se trata de doctrinas que se han difundido
y se han convertido en dominantes en buena parte de la teología.
Por ejemplo, en Tertio Millenio Adveniente: "Cristo es el cumplimiento
del anhelo de todas las religiones del mundo y, por ello mismo, es su
única y definitiva culminación" (n. 6); y aún
más: "no se habría de descuidar (...) el encuentro
del cristianismo con aquellas antiquísimas formas de religiosidad,
significativamente caracterizadas por una orientación monoteista"
(n. 38); e incluso: "en este diálogo deberán tener
un puesto preeminente los hebreos y los musulmanes" (n. 53). Y
en Ut unum sint se afirma que la infalibilidad del Papa es una verdad
irrenunciable de la Iglesia, pero que deberá encontrarse un modo
nuevo de interpretarla (n. 95).
Por consiguiente, también las manifestaciones didácticas
del Papa han asumido una característica impropia de la suprema
función magisterial. Cuando el Papa no manifiesta la Palabra
divina que le ha sido confiada y que tiene la obligación de manifestar,
expresa sus opiniones personales en el sentido que hemos clarificado
antes.
La decadencia del Magisterio
Nos encontramos pues ante la manifestación de la decadencia del
Magisterio ordinario de la Iglesia. El Papa tiene la obligación
de custodiar y exponer el depósito de la Fe (la Revelación
divina), pero sólo la cumple pálidamente.
Cuando el Papa desiste de cumplir este su primer deber, se abre una
gravísima crisis en la Iglesia, porque es el núcleo central
de la Iglesia quien la sufre. No existe ningún órgano
de corrección superior al Pontífice: de hecho, el Primado
del Pontífice romano es uno de los dogmas "fundamentales",
si se puede hablar así, de la Iglesia.
En 1969, algunos grupos alemanes sostuvieron, incluso ante el Card.
Testa, legado pontificio, que debía ser el Colegio episcopal
quien, en los momentos de grave crisis de la Sede Apostólica,
asumiese la facultad de corregir al Pontífice o, en último
extremo, de deponerlo. Pero esta doctrina incluía un grave error,
como es la negación del Primado y por consiguiente de la infalibilidad.
El Pontífice es infalible cuando habla ex cathedra, es decir,
cuando habla con la autoridad vicaria de maestro infalible.
En los últimos treinta años, centenares de obispos, de
superiores religiosos de las más diversas órdenes, de
prelados de la Curia, y por último, el Sumo Pontífice,
han debilitado progresivamente este fundamento doctrinal, que disuelve
la fe y su raíz sobrenatural en una miriada de opiniones privadas
y personales. La razón estriba en que, al ser el Pontificado
romano el verdadero principio de la Iglesia, si desfallece el Papa desfallece
la Iglesia, y si se derrumba el Papa, se derrumba la Iglesia. El principio
de autoridad en la Iglesia es único: el Sumo Pontífice,
Vicario de Cristo, que ha recibido de Cristo el mandato de confirmar
en la fe a todos los hermanos; "confirmar" quiere decir "reforzar",
"hacer firme".
Una "nueva forma" de ejercicio
del Primado
En la crisis del Concilio tiene un papel relevante la tentativa de repartir
entre el Papa y los Obispos el Magisterio infalible. En conjunto, y
a pesar de la Nota praevia a la Constitución Conciliar Lumen
Gentium, el movimiento antipapal ha triunfado, porque hoy se encuentra
muy difundido ese espíritu antipapal, antirromano y enemigo de
la autoridad. Hasta los cristianos están convencidos de que debe
interpretarse la infalibilidad de un modo nuevo. Por otra parte, el
mismo Juan Pablo II hace declaraciones antipapales, como hemos visto,
en el sentido de acoger "la petición que se me dirige de
encontrar una forma de ejercicio del Primado que, sin renunciar de ningún
modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación
nueva" (Ut unum sint, n. 95). Lo cual viene a ser como decir: es
irrenunciable, pero no es irrenunciable; es un principio absoluto, pero
no es un principio absoluto. La infalibilidad del Papa es una roca inamovible,
pero... Y cuando se dice pero ya ha tenido lugar la concesión:
el nuevo modo supondrá en realidad una alteración de la
verdad definida como inconmovible. De hecho circulan ya propuestas de
teólogos luteranos, apoyadas por teólogos católicos,
de que los protestantes podrían admitir la infalibilidad concediendo
que permanezca como una costumbre y creencia peculiar exclusiva de la
Iglesia romana. Y el Santo Padre, con las palabras citadas, parece acceder
a esa idea, en virtud de la cual estaría dispuesto a limitar
la infalibilidad de forma tal que, no siendo ya universal, ni siquiera
constituiría un dogma de fe. Pero ello quebraría la naturaleza
de la Iglesia, porque si unas diócesis creen y otras no, es su
naturaleza la que resulta comprometida. La Iglesia y la Fe son una sola
cosa, mientras que de ese modo la fe y la Iglesia serían una
cosa en Roma y otra en Berlín.
"Nueva evangelización"
humanitaria
En los últimos años esta supremacía pontificia
ha recibido embates todavía más sórdidos que durante
el Concilio. Esta grave herida en lo más excelso del Santuario
divino sólo se vé enmascarada por el crecimiento de la
autoridad moral del Pontífice en el mundo. Pero dicho crecimiento
no tiene ningún significado religioso, y carece de toda forma
sobrenatural: se venera al Papa como exponente de la idea humanitaria
que debe constituir el fundamento del mundo futuro, esa idea humanitaria
condenada con tanta fuerza en el Syllabus de Pío IX (1864): "la
Iglesia ha de separarse del Estado, y el Estado de la Iglesia"
(LV); "en nuestra edad no conviene ya que la religión católica
sea tenida como la única religión del Estado, con exclusión
de cualesquiera otros títulos" (LXXVII); "el Romano
Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso,
con el liberalismo, y con la civilización moderna" (LXXX).
Sin embargo el Santo Padre parece secundar esta idea, porque habla siempre
de un mundo nuevo, gobernado por la justicia, en el cual los pueblos
se aman y se respetan en sus distintas y buenas tradiciones, un mundo
fraterno y pacífico donde reinan la paz y el bienestar sobre
todos los pueblos. Pero ante los jefes de las naciones el Santo Padre
no habla jamás de la autoridad de Cristo en su representante
sobre la tierra, no habla jamás de Cristo Rey, jamás.
El discurso pronunciado en la ONU es un discurso totalmente humanitario;
solamente en algún momento se cita de pasada a Cristo, pero por
decirlo así, son alusiones formales, de cumplido: el discurso
está embebido, e invita a embeberse, de humanitarismo, porque
su fin es humanitario.
El Santo Padre habla también de nueva evangelización,
pero o bien esta nueva evangelización consiste en repetir la
Buena Nueva, o bien consiste en anunciar alguna novedad. La novedad
son las proclamas humanitarias, que prescinden de la idea religiosa
católica, a la cual sin embargo se refiere la autoridad de San
Pablo: "un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo"
(Ef. 4, 5). Por el contrario, la novedad aprueba la religiosidad humana
en virtud de la cual todas las religiones merecen respeto, y todas ellas
cooperan para bien de la humanidad. Pero si nuestra religión
se diluye en el sentimiento religioso universal, es una religión
que no existe; nuestra religión, si no es un primum, no es nada,
y si no es la luz, se identifica con las tinieblas.
Dogma y moral en las palabras del
Papa
El único conflicto con el mundo versa sobre puntos de moral,
como la indisolubilidad del matrimonio o el aborto: sobre las Tablas
de la Ley en general. Sobre estos puntos el Santo Padre perservera en
las posiciones a las que está obligado. Pero como hemos visto
anteriormente, en todos los demás, es decir, en las posiciones
dogmáticas, va creciendo la disolución de la doctrina
en sus propias opiniones.
Los éxitos del Santo Padre a lo largo y ancho del mundo son realmente
grandiosos: se movilizan miles de periodistas, tienen lugar encuentros
con los grandes de la tierra; el Papa, además, participa como
uno más en las reuniones ecuménicas. Y todo esto es importante,
porque obrando así Juan Pablo II ha conquistado el mundo: el
mundo está hoy embebido de sus ideas sobre ecumenismo, sobre
la bondad indistinta, intrínseca e igual de todas las religiones
(que todas ex sese conducirían a Cristo), sobre la necesidad
de que los pueblos se hermanen conservando sus cualidades tradicionales
y sus propias convicciones culturales, etc. Se recibe al Santo Padre
con entusiasmo, pero no por ser el Pontífice Romano, sino porque
se le contempla como el sumo exponente de esta generalizada mentalidad
buena de nuestro mundo.
El Papa sólo manifiesta su especificidad y su peculiaridad como
soberano sobre los puntos espinosos de la moral que el mundo niega.
Pero los niega sin darse cuenta de ello, y sin que nadie le recuerde
que la negación de los puntos morales incluye la negación
de los puntos dogmáticos, porque la ley moral es la manifestación
del Verbo, es decir, de la Razón divina, Razón divina
que se ha encarnado y se llama Cristo. La ley moral remite directamente
al Verbo. Por consiguiente la negación de la ley moral es una
negación implícita, pero no por ello menos real, del Verbo.
El principio de la Iglesia y el principio de todas las cosas se llama
Cristo, que es el Verbo encarnado, que es la Razón divina, que
expresa la moral natural. La ley moral es una ley racional y es la expresión
de la Razón divina: la ley moral es sumamente razonable.
El principio de autoridad del Sumo Pontífice existe en cuanto
que su palabra es vicaria de la Palabra divina y expresa la ley moral
secundando la Encarnación del Verbo.
Exclusividad de la Revelación
Las verdades que se tambalean en los discursos y las encíclicas
de Juan Pablo II son verdades centrales, y por encima de todas ellas
se encuentra la verdad basal del Cristianismo: que Dios se ha revelado
hic et nunc, aquí [hic] y no allí, ahora [nunc] y no antes.
Esta verdad primigenia se pone hoy en duda, como hemos leído
en la carta Tertio Milennio Adveniente, en cuyos párrafos se
desarrolla la doctrina según la cual "Cristo es el cumplimiento
del anhelo de todas las religiones del mundo" (n. 6). Pero el cristianismo
no es una respuesta a estas religiones ("dioses -decía la
reina Ester- que nada son", Es. 4, 17k), porque el Cristianismo
es la Palabra divina revelada solamente al pueblo elegido en un tiempo
concreto y en un lugar concreto, como reza el Salmo 147, 20: "no
hizo tal a ninguna nación".
De potencia absoluta, Dios puede salvar sin bautismo a cualquier hombre;
pero de potencia ordenada no, porque la salvación sin bautismo
no es el sistema, no se inscribe en la economía pensada y querida
por Dios. La salvación sin el bautismo es excepcional, extraña
al sistema, porque no pertenece al sistema, que se articula sobre Cristo
y sobre la Trinidad misma de Dios. Cuando se dice que el hombre puede
salvarse sin la gracia, sin el bautismo, en virtud de sus obras de hombre
religioso, bueno, pío y justo, se entra en el sistema pelagiano.
El sistema pelagiano merecería mucha atención de los teólogos
modernos, porque el mundo entero se está pelagianizando.
Ruptura de la unidad de la Fe
Sintetizando mucho, la decadencia en autoridad que va desde la autoridad
del Magisterio episcopal a la autoridad de los teólogos gira
sobre una realidad concreta: el desarrollo por parte del Papa de sus
propias opiniones privadas, en detrimento de la doctrina universal,
de la Tradición. Pero además de esta realidad, que afecta
a la cumbre, existe una segunda realidad, más universal e impalpable,
que puede descubrirse en la desistencia del Magisterio episcopal, encogido
en todo el mundo ante la prepotencia de las opiniones teológicas
más dispares, diversas, y ricas.
Opiniones dispares, porque se llaman "dispares" las cosas
que difieren en algo esencial. Opiniones diversas, porque se llaman
"diversas" las cosas que difieren en algo accidental. Dos
cosas dispares son dos cosas de distinto género; dos cosas diversas
son dos cosas que pueden pertenecer al mismo género. Así
ocurre también en las opiniones teológicas que pululan
en estos últimos treinta años en el mundo católico
postconciliar: divergen de la Doctrina una y santa, porque cuando pertenecen
a su mismo género se distancian en los accidentes, y porque la
mayoría de las veces no son ni siquiera del mismo género
que la doctrina, es decir, no tienen esa misma raíz sobrenatural
que hace de la Doctrina católica un unicum. Finalmente, opiniones
ricas, en el sentido en que los teólogos mismos hablan de riqueza
del pensamiento teológico, cuando a él concurren muchas
mentalidades, no sólo la mentalidad de nuestra fe, sino también
la mentalidad de las "fes" extrañas a ella (protestante,
hebrea, budista, islámica, animista, etc.).
Si converge la mirada sobre este trípode de opiniones dispares,
diversas, y ricas, en un cierto sentido se puede decir que hoy la Doctrina
de la Fe ya no es una: la unidad de la Iglesia debería ser esencialmente
una unidad teórica y doctrinal, porque trata de cosas del intelecto,
trata de la actividad teorética: no es en modo alguno una unidad
simbólica o aparente. Por lo demás, el Santo Padre sostiene
que existe una unidad moral entre las diversas religiones, todas ellas
ordenadas a la salvación, y en virtud de la cual todas las religiones
y las culturas constituyen "idealmente" una unidad sin que
exista una unidad doctrinal; es decir, confesando que son doctrinalmente
dispares, diferenciándose en los detalles teóricos.
Unidad de fe: a priori, todos nosotros debemos tener la certeza de que
lo que piensan los demás cristianos del mundo, y lo que han pensado
a lo largo de los siglos, se identifica con nuestras propias creencias.
A priori debo tener la seguridad de creer en todo lo que cree cualquier
otro cristiano, sin tener que verificar lo que profesa ese otro cristiano.
En mi libro Iota Unum, hablando de la infalibilidad, he dicho también
que todo cristiano, cuando enuncia una verdad de fe, es infalible. Por
ejemplo: Pío IX afirmó infaliblemente que la Virgen María
estuvo exenta del pecado original; pues bien, cuando yo digo que la
Santísima Virgen estuvo exenta del pecado original, es decir,
cuando repito lo establecido por el Sumo Pontífice, soy infalible,
no puedo dudar si me equivoco o no.
Esta doctrina pone en evidencia la univocidad de la dotrina de la fe;
univocidad, porque muchas voces, millones de voces de miriadas de hombres,
profesan y han profesado siempre la única doctrina, que es el
Verbo engendrado por la Mente del Padre: "a Dios nadie le ha visto
jamás: el Unigénito Hijo, el que está en el regazo
del Padre mirándole cara a cara, Él es quien le dio a
conocer" (Jn. 1, 18). Por su propia naturaleza la fe es una y unívoca;
hoy, sin embargo, existe la fe de los carismáticos, que no es
la de los neocatecumenales, que no es la del Card. Ratzinger, que no
es la del Card. Martini, que no es la del Papa. Cada cual acude a la
radio o a la televisión, escribe en revistas y libros y da testimonio
de su fe "particular". Todos estos testimonios, todas estas
manifestaciones de fe, tienen en común entre sí el hecho
de tener una cierta relación con la fe católica: son opiniones
en el ámbito de la fe católica, pero que a la vez disienten
de la fe católica. ¿Podemos seguir sosteniendo que estos
teólogos son católicos? Santo Tomás nos conduciría
a concluir, con grandísima y lógica preocupación,
que "el opinar erróneo [sobre "lo que principalmente
se nos ha transmitido divinamente"] cae en la herejía, de
modo especial si se añade a eso la pertinacia" (I, q. 32,
a.4).
Algunos ejemplos
Con treinta años de distancia es posible comprobar hasta qué
punto este movimiento ha triunfado a la perfección, puesto que
hoy día el pueblo cristiano cree los artículos de fe según
la forma divulgada por estos teólogos.
Como se señala también en mi último Zibaldone [miscelánea
de pensamientos], he reflexionado sobre una serie de dogmas de fe que
ya no cree hoy el pueblo cristiano, precisamente porque los rechaza
la teología moderna, en virtud de la cual los dogmas de Fe ya
no son creídos hoy según el Credo del Concilio de Nicea.
¿Qué cree hoy el pueblo cristiano sobre el infierno? Cree
lo que debaten los teólogos en Avvenire, periódico del
Episcopado italiano, o sostienen las imponentes transmisiones radiofónicas
de Radio María: a saber, que el infierno no existe; que, si existe,
es una forma de castigo que se va atenuando; que tal vez ni siquiera
Judas se condenó, porque quizás se arrepintió su
alma en el último momento; y que por consiguiente debe creerse
que el infierno probablemente está vacío. Sin embargo,
por ejemplo, en una homilía San Gregorio Magno daba por certísima
la presencia en el infierno de Herodes Agripa: "luego al punto
le hirió un ángel del Señor, por cuanto no había
dado gloria a Dios, y, roído de los gusanos, expiró"
(Hech. 12, 23).
¿Qué creen hoy los cristianos sobre el Génesis?
Creen que se trata de un relato simbólico; todos los cristianos
están hoy de acuerdo sobre este punto, despreciando una sentencia
de la Pontificia Comisión Bíblica de 1906, que confirmaba
con autoridad el carácter histórico de la sagrada narración
del Pentateuco.
¿Qué piensan hoy los cristianos de la Eucaristía?
Que la Eucaristía consiste en la presencia real del pueblo cristiano,
porque el silogismo innovador se construye sobre las siguientes premisas:
la Eucaristía es el sacramento en el cual está presente
el Señor; pero el Señor que está presente es místicamente
el mismo pueblo cristiano; luego el pueblo cristiano está presente
en la Eucaristía. La opinión común admite hoy,
sí, la Eucaristía como sacramento en el que está
presente el Señor: pero el Señor que está presente
es el mismo pueblo cristiano.
¿Qué creen hoy los cristianos sobre la predestinación?
Es preciso señalar en este punto la deformación completa
del concepto de predestinación, porque los teólogos modernos
que todavía hablan de él lo entienden como una previsión
de las cosas en el hombre, no como la determinación de las cosas
en el hombre por parte de Dios. Ahora bien, se trata de una falsificación
importante, porque la predestinación, al constituir la parte
que corresponde a Dios en el designio de salvación eterna de
los hombres, desde el bautismo a la gloria, concierne a nuestro fin
último, y nuestro fin último es la cosa más importante
que atañe al hombre. Si falsificamos el fin del hombre, ¿qué
queda del hombre?
Así pues, se confirma que se ha impuesto la praxis puesta en
marcha después del Concilio, invirtiendo las opiniones generales
en la cristiandad. Después de treinta años, no puede sino
reconocerse que esta tendencia ha triunfado.
La fe católica se ha desmenuzado en miles de opiniones sobre
los Novísimos, sobre la virginidad de María, sobre la
presencia real en la Eucaristía, sobre los sacramentos, sobre
la Iglesia, sobre el Primado de Pedro, e incluso sobre la Trinidad.
No hay artículo del Credo, del Símbolo de la fe que todos
los domingos se profesa en la Misa, que no sea alcanzado por opiniones,
y opiniones proferidas a pesar de la firmeza absoluta de sus artículos,
y contra dicha firmeza. Por consiguiente el cristiano pierde la fe,
porque pierde la unidad: una fe que no sea una, no existe. Esta dispersión
en las opiniones significa la disolución de la fe.
El olvido del principio de contradicción
En la Summa, la dispersión de lo uno en lo múltiple, en
cuanto a la verdad, está bien concretada y reconocida: "el
objeto de la infidelidad es la Verdad primera, en cuanto que se aparta
de ella; su objeto formal, en cambio, al que ella tiende, es la opinión
falsa que sigue, y esto da lugar a su diversidad de especies. De ahí
que, como es una sola la caridad que nos une al sumo bien, y son, por
el contrario, diversos los vicios opuestos que nos apartan de él,
dirigiéndonos a distintos bienes temporales, y esto, a su vez,
según las relaciones diversas de oposición a Dios, así
también la fe es una sola virtud por su relación a sola
la verdad primera; son, en cambio, muchas las especies de infidelidad,
ya que los infieles siguen opiniones falsas diferentes" (II-II,
q.10, a.5, ad.1).
La única diferencia es que quienes niegan hoy los artículos
de fe profesados el domingo por la mañana en Misa, ya no lo confiesan,
ya no lo dicen: ayer eran los arrianos, los donatistas, los sabelianos;
luego, los luteranos, los calvinistas, los valdenses. Hoy los herejes
siguen siendo tan católicos como los católicos, porque
ya no existe el pavor a la contradicción, el pudor en la distinción
entre las cosas católicas y las cosas no católicas.
La contradicción es algo profundo, más bien es uno de
los primeros principios, y es la cosa más profunda del ser porque
se encuentra en la más estrecha relación con el ser. Si
el ser es profundo, es decir, si es un primer principio, su contradicción,
su negación, es igualmente profunda, es igualmente primaria.
Cuando nos hallamos en este orden de reflexión, estamos en lo
más profundo: no se puede ir más allá. Por tanto,
convendría tener reparos, temor, pavor a la contradicción.
Hoy, por el contrario, la contradicción no causa terror: vamos
a su encuentro, la acogemos, la abrazamos; todo puede encontrarse en
todo, y los no católicos también son católicos.
Credere Deo, credere Deum, credere
in Deum
San Agustín distingue en el acto de fe tres conceptos: credere
Deo [creer por Dios], credere Deum [creer a Dios], credere in Deum [creer
en Dios]. En cuanto a estos tres aspectos del acto de fe cristiano,
¿en qué posición se encuentran hoy los teólogos
que opinan sobre el tema? Me parece que el concepto que se desvanece
es el concepto de Dios como cosa creída: credere Deum; es decir,
desaparece Dios como materia de fe. Por el contrario, "credere
in Dio" ¿¿?? ¿"credere in Deum"?
¿creer a Dios?, es decir, confiarse con un movimiento del espíritu
a la voluntad de Dios, es cosa que también sostienen los teólogos
modernos; sobrevive aquí el concepto fiduciario de la fe, el
más afín al concepto de fe de los luteranos, para el cual
"se procede hacia ¿llega hasta? Dios creyendo", como
dice Santo Tomás en la Summa (II-II, q.2, a.2), y "de la
fe se encarga ¿¿?? la caridad". Pero si no creo en
Dios, menos aún creo a Dios. De hecho, si no creo en la existencia
de Dios tal como se anuncia en el Símbolo niceno-constantinopolitano,
¿cómo podré creer en la fuerza de su Autoridad?
El fruto de la transferencia de la autoridad didáctica de la
Iglesia, desde la Jerarquía del Magisterio al conjunto de los
teólogos, es la decadencia de la Autoridad Primera a la cual
éstos deberían creer: es la disolución de la Autoridad,
creyendo a la cual se especifica la fe, porque la causa de la fe es
"creer lo que ha dicho Dios". En efecto, si se duda de la
existencia providente de la Autoridad, no se podrá creer con
certeza que las Escrituras tengan su origen en ella, y de hecho hoy
las Escrituras se leen como un género literario análogo
al de las tradiciones islámica, hinduista, o judía: como
una tradición humana. Dios no es su causa sino su fruto, su consecuencia.
Pero todos los teólogos creen lo que creen solamente en virtud
de lo que sus razonamientos y sus opiniones les autorizan a creer: toda
la autoridad está ahí. No es la Autoridad sobrenatural
quien se desvela y conduce a creer más allá de la razón,
sino una autoridad razonable, reflexiva, científicamente demostrable.
La herejía consiste en la "elección"
en materia de Fe
En una cuestión de la Summa (II-II, q.5, a.3) Sto. Tomás
se pregunta "si el hereje que rechaza un artículo de fe
puede tener fe informe de los otros artículos". La respuesta
es negativa, porque los artículos de fe se creen en cuanto revelados
por Dios, y el hombre no puede discernir artículo por artículo,
y rechazar un artículo aceptando sin embargo los demás,
porque obrando así ha renegado ya del principio de la fe, en
virtud del cual todos los artículos de fe se creen "porque
han sido revelados". Si se excluye uno, es porque se entiende que
ése no ha sido revelado, ofendiendo al principio general de la
fe, que no está en el hombre, sino fuera de él. Santo
Tomás enseña muchas veces que la causa formal de la fe
es precisamente la veracidad de Dios.
Hoy el hombre sólo quiere creer lo que alcanza a comprender;
de ese modo la fe hunde sus raíces en el hombre y las arranca
de donde deben permanecer: en Dios, en Cristo Jesús, en el Verbo
que se revela, como recuerda el Apóstol: "no eres tú
quien sostiene la raíz, sino la raíz a tí"
(Rom. 11, 18).
Generalmente se pasa por alto el significado del acto de fe. Se piensa
que "creer" constituye una conducta psicológica arbitraria.
Muy al contrario, "creer" supone la inmolación del
principio supremo del hombre; no podemos realizar un sacrificio más
elevado, porque si bien sacrificar los sentidos tiene ciertamente valor,
sacrificar el intelecto, que es la parte suprema del hombre, es una
acción casi increíble: sólo puede cumplirla la
fuerza de la Gracia. La prepotencia de la razón particular se
revela en la pretensión de escoger: "esto no lo creo, porque
no me parece razonable ni posible; sin embargo esto lo creo, porque
lo encuentro razonable o posible". La naturaleza de lo herético
puede explicarse, como toda palabra, mediante la etimología.
Herejía es un vocablo de origen griego que proviene del verbo
airùmai, que quiere decir "tomo, escojo": la herejía
es una "elección" de las cosas que se creen. Esta elección
se hace en función de un criterio individual, mientras que todos
los artículos de fe deben creerse simplemente porque son revelados.
La función de la teología es clarificar y articular bien
lo que creemos. Si creemos, por ejemplo, en la Inmaculada Concepción,
la teología debe aclarar el concepto de "inmaculada"
y el concepto de "concepción", es decir, debe proporcionar
múltiples aclaraciones sobre todos los elementos del dogma, para
que el dogma sea desvelado en su completitud y profundidad. En el lado
opuesto, los teólogos innovadores, los de la nueva evangelización,
se basan sobre el principio de que aquello que creemos debe ser inteligible
y racional, y para buscar ese elemento de inteligibilidad niegan la
sustancia de la fe. Si por ejemplo alguien cree entender el dogma de
la Inmaculada Concepción, es un hereje, porque desea entender
algo que, siendo por naturaleza suprainteligible, no puede ser comprendido.
Si alguien pretende entenderlo y resolverlo en su propia racionalidad,
se convierte en herético, porque niega el orden sobrenatural,
niega el orden de la fe.
Las causas
¿Existen causas para toda esta disolución de la doctrina
en opiniones, para esta transferencia de la enseñanza desde la
autoridad episcopal a las luces privadas? Existen las causas generales
morales de todo acto: unos lo hacen por soberbia, otros por envidia,
otros por cualquier otro motivo irracional; las causas de esta nueva
teología son las causas de cualquier aberración del espíritu.
Por tanto, sería preciso indicar la causa de cada una de estas
causas: ¿por qué uno se hace envidioso? ¿por qué
uno se vanagloria y desea destacar? Sería precisa una referencia
al diablo. San Gregorio Magno concluía así: "las
extravagancias de los innovadores nacen de la vanagloria"; y Santo
Tomás recuerda dos veces esta sentencia de San Gregorio precisamente
en las cuestiones concernientes a la incredulidad (II-II, q. 10, a.
1).
Sin embargo, en nuestro caso las causas generales no son causas que
se puedan concretar, donde se pueda señalar con el dedo aquí
y decir "son éstas", o señalar con el dedo allá
y decir "son aquéllas". Es el espíritu del mundo,
el espíritu del mundo que ha asaltado y penetrado la Iglesia.
No se puede indicar un hecho como causa, porque todos los hechos particulares
que pudiéramos señalar son ya expresión de ese
hecho genérico que, en cuanto genérico, ni siquiera puede
denominarse hecho. La sustancia del mundo no se identifica todavía
con la sustancia de la Iglesia, pero la ha corrompido y continúa
corrompiéndola. ¿Cuál será la conclusión
de este proceso? Eso es un secreto escondido en el corazón de
Dios.
Las causas genéricas o difusas son la manifestación y
la difusión de las causas individuales. Esta atmósfera
de error no tiene otra causa que el individuo que yerra, y el error
de los individuos es debido a alguna de esas causas comunes propias
de la vida moral.
La primacía del Verbum, de
la Verdad, del intelecto
Una noche, hace poco tiempo, tuve un sueño. Me encontraba ante
el umbral, y el Santo Padre Roncalli (Juan XXIII) lo ocupaba. Había
otras personas, que sin embargo yo no podía distinguir. Oí
que al volverse a él le llamaban Santidad. En un cierto momento,
yo hablé claramente y en voz muy alta, para decir estas palabras:
"Santidad, hay algo de lo que el mundo tiene tanta necesidad...
tanta, tanta, tanta, tanta [lo dije cuatro veces]: el intelecto, el
intelecto, el intelecto, el intelecto [también esto lo dije cuatro
veces]. Sin embargo hoy sólo nos predican el amor, ignorando
que el Espíritu Santo procede del Verbo, es decir, el Amor procede
de la Razón. De esta Razón, Santidad, nuestra religión,
o nuestro sacerdocio, ya no hacen mención alguna". Cuando
concluí, el Santo Padre, que tenía un libro en la mano,
entró dejándolo sobre una mesa.
El primum es el intelecto. He dicho el intelecto, pero podría
también decir la razón. Este sueño encubre una
doctrina, una doctrina que desprecian hoy los hombres de Iglesia: la
doctrina según la cual el primum no es el amor, sino el intelecto;
no la voluntad, ni el movimiento, ni los impulsos, ni la piedad, sino
la razón, el conocimiento, la verdad, la contemplación,
el pensamiento, la idea, el Verbum.
Hoy los teólogos innovadores ya no sostienen como primum el Verbo,
sino el Amor. Pero obrando así no puden sostener el Amor en su
verdad, y el amor que sostienen es un amor falsificado: si el Amor pierde
su relación esencial con la Razón, que es una relación
de procedencia, el Amor mismo se desnaturaliza. El amor sin reglas confunde
el amor de sí mismo con el amor a los demás y con el amor
a cualquier cosa. Porque es precisamente el Verbo quien lo determina,
es el Verbo quien establece el límite, el fundamento, el horizonte;
el amor, por el contrario, es por sí mismo incapaz de cualquier
determinación. Por consiguiente el Amor debe tener siempre una
referencia a una cosa anterior al Amor: como un río, debe discurrir
por su cauce, sin desbordarse, porque si no las mismas aguas saludables
se convertirán en mortales. El Amor procede del Verbo, y su medida
es el Verbo.
Romano Amerio
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