"VENI PATER PAUPERUM, VENI DATUR MUNERUM"

Aún resuenan en nuestros oídos estas palabras que la Santa Madre Iglesia cantó en la solemnidad de Pentecostés, fiesta por excelencia del Espíritu Santo. A esta Divina Persona quiero dedicar este modesto artículo, como tributo de mi adoración y agradecimiento, ayudado por supuesto de las sabias palabras del Doctor Seráfico; espero que les sean de utilidad, como lo fueron para mí en su momento.

"El Espíritu del Señor ornó los cielos" . El Espíritu Santo, artífice soberano en su deseo de plasmar, como en vasos sagrados, el nombre de Cristo, delicioso como el, maná del cielo y oloroso como aroma divino, los adornó con la hermosura de formas matizadas de esplendores celestiales.

Las palabras al principio escritas describen la verdad y la gracia del día de Pentecostés, la cual la podemos considerar desde tres puntos de vista: con relación al Espíritu Santo; con relación a los apóstoles y con relación al acto o gracia que en ese día se los confirió.

En cuanto a lo primero, el Espíritu Santo, al ser verdad infalible, se contrapone a las tinieblas de la ignorancia, lo cual expresa muy bien San Juan cuando dice: "Cuando venga aquél, el Espíritu de la Verdad, os enseñará toda la verdad" .

Según esta promesa de Cristo, cuando descendió los iluminó de manera tan excelente y perfecta que, informando sus entendimientos de especies y semejanzas, de la luz inteligible y de la gracia de lo alto, los elevó, según era posible, a conocer y especular con límpida mirada el misterio de la divinidad. Pues ¿qué? ¿acaso no fue en el día de Pentecostés profundísimo el conocimiento de los apóstoles, lanzados a predicar con palabras diáfanas que Cristo es Hijo de Dios y resucitó de entre los muertos, argumentos que, bajo tegumento de palabras oscuras, parábolas y enigmas quedó predicho por los profetas? Dime, pues, por favor, ¿quién fue el que les enseñó a hablar de cosas tan arcanas con tanta sencillez y evidencia? ¿Acaso el oficio que tenían de pescadores? ¿Acaso la sangre o la carne? No por cierto. Les enseñaba, por el contrario, "el Espíritu del Padre del cielo que hablaba en ellos" .

Demos, pues, por conclusión, que debemos prestar nuestro asentimiento indubitable, no a cuentos de viejas, ni a sofismas de los filósofos ni a embustes de magos, sino a la verdad cierta del Espíritu Santo. Pues el Espíritu Santo es doctor, y doctor tan versado y comprobado por antiquísima experiencia en todo género de conocimiento, que su doctrina es inaccesible a la contradicción, porque Él no puede engañar ni puede engañarse.

Además, el Espíritu Santo por ser caridad liberalísima, se derramó en los apóstoles, como lo dice San Pablo: "Porque el amor de Dios ha sido derramado en nosotros por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado". ¡Oh, cuán larga y anchamente se difundió por todo el mundo la caridad de los apóstoles, los cuales a favor de los elegidos desearon dar su vida entregándose a la muerte! A este divino amor nos exhorta San Pablo en la Carta a los Romanos, capítulo 12: "Amándoos los unos a los otros; adelantándoos a estimaros mutuamente, en el cumplimiento del deber no seáis pereosos; sed fervorosos de espíritu sirviendo al Señor".

Finalmente, el Espíritu Santo, por ser poder insuperable comunicó a los apóstoles capacidad vigorizante y consistencia a toda prueba en contraposición a la impotencia morbosa. Por donde se dice en los Hechos: "Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, y seréis mis testigos en Jerusa­lén, en toda Judea, en Samaria y hasta los extremos de la tierra". Comentando este pasaje nos dice San Gregorio: "La virtud de los cielos se recibió del Espíritu, a fin de que no presumieran enfrentarse con las potestades de este mundo sin haber sido consolidados por la fortaleza de Es­píritu Santo ".

Comentamos con brevedad aquellas palabras del Evangelio: "El Espíritu del Señor..." Aho­ra continuaremos nuestro artículo con las siguientes palabras: "Ornó los cielos ".

Aquí consideremos la gracia del Espíritu Santo concedida a los apóstoles en aquel día. Por cielos, en efecto, si nos atenemos a la metáfora fundada en la conveniencia y semejanza de efec­tos, se entienden los apóstoles. La razón es porque los cielos tienen redundancia eficaz en cuan­to a la influencia, redundancia espectacular en cuanto a la luminosidad y redundancia formidable en cuanto a los signos y truenos. Y de esta manera análoga, hablando según metáfora, los após­toles aparecen ese día como eficazmente redundantes por razón de la doctrina divina en la predi­cación, claramente refulgente por razón de los ejemplos y costumbres en la convivencia o con-versión, y temiblemente resonantes por razón de signos y prodigios en la actuación.

Según vamos diciendo, los apóstoles tuvieron primeramente redundancia eficaz de buena doc­trina en la predicación, y esto significa perspicacia en el entendimiento. Por donde se dice el sal­mo: "La tierra se movió y los cielos destilaron a vista del Dios del Sinaí". Y es que por tierra se refiere o significa a los hombres terrenos y pecadores, quienes se movieron a penitencia. Y nótese que se movió la tierra, porque los cielos, esto es, los apóstoles destilaron el rocío de la divina Palabra. Pero se dice que lo destilaron a la vista del Dios del Sinaí, queriendo decir que no lo hicieron por virtud propia sino de Dios, de quien todo bien procede.

En segundo lugar, los apóstoles tuvieron clara refulgencia de ejemplos y costumbres en la conversación o convivencia significando la caridad y benevolencia. Por donde se dice en el Ecle­siástico, cap. 24: "Yo hice que naciese en los cielos la luz que nunca falta". Los apóstoles, a ma­nera de luz del cielo, que nunca se mezcla con las heces ni se une con lo que a terreno suene pa­ra así iluminar con mayor claridad el universo, de la misma manera la conversión de los apósto­les, venida totalmente del cielo, aparecía incontaminada y libre de todo ardor libidinoso y de to­do hedor camal. Y por esta razón, pues que "los ejemplos arrastran más que las palabras ", ellos atraían más a pecadores y entenebrecidos con facilidad al amor de Dios y a la luz de la verdad.

Por último, los apóstoles tuvieron resonancia de milagros y prodigios que se siguieron luego de recibir del Espíritu Santo tal potestad. Dichos milagros y prodigios los tenemos escritos en los Hechos de los Apóstoles y quedan a nuestra disposición con el fin de consolidar nuestra fe, aumentar nuestra esperanza e inflamar nuestra caridad. Cuyo era, es y será el fin del Espíritu Santo en nuestras almas.

Por último con relación a la gracia del día, el Espíritu Santo, en efecto, distinguió de manera clara y excelente a los apóstoles, hermoseándolos con tres ornamentos, de los cuales el primero es la gracia copiosa en orden a la indeficiencia de las ayudas; el segundo, la dignidad prelacial en orden a la presidencia sobre los súbditos; y el tercero, la deiformidad de la gloria en orden a la excelencia de los premios.

R.P. Arturo Vargas.

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