EL CASTIGO COMO MEDICINA DIVINA

Se cuenta de una joven, hija de un famoso médico, que cayó enferma. Su padre evaluó la enfermedad de su hija. Se vio obligado a aplicar las famosas sangrías ahí donde la enfermedad se encontraba, con el consecuente dolor que dicha práctica médica le producía.

Interrogada por sus amigas acerca de los métodos utilizados por su padre para sanarla, ella contestó con estas palabras confiadas y ejemplares: "Mi padre es médico, él sabe lo que hace; yo me abandono con toda confianza a él porque estoy segura de que busca mi salud y quiere lo mejor para mí, mi felicidad está en complacerlo y agradecerle con una sonrisa" .

¿Esta es nuestra disposición cuando nuestro Padre celestial, como excelente Médico de nuestras almas, nos aplica las sangrías dolorosas de los sufrimientos cotidianos?

En la actualidad, comprobamos con tristeza lo contrario y son contados con los dedos de la mano quienes ven con espíritu sobrenatural las peñas y aflicciones como una cura para nuestras almas. El las manda con ese fin: el de castigarnos para corregirnos, pero siempre bajo el amparo de su misericordia amorosa.

En las Sagradas Escrituras lo dice repetidas veces, he aquí una cita que refleja o afirma con claridad lo hasta ahora dicho: "Acaso quiero Yo la muerte del impío, dice el Señor Dios, y no, antes bien, que se convierta de su mal proceder y que viva" .

Y San Pablo explaya este pensamiento hermosamente en la Epístola a los Hebreos: "Porque el Señor al que ama lo castiga y a cualquiera que recibe como hijo suyo, lo azota. Aguantad, pues, firmes la corrección. Dios se porta con vosotros como con hijos. Porque, ¿cuál es el hijo a quien su padre no corrige? Pero si estáis fuera de la corrección de que todos han sido participantes, bien se ve que sois bastardos y no hijos. Por otra parte, si tuvimos a nuestros padres carnales que nos corrigieron, y a quienes respetábamos, ¿no es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los espíritus, para alcanzar la vida? Y a la verdad, aquellos por pocos días nos castigaban a su arbitrio; pero Éste nos amaestra en lo que sirve para hacernos santos. Es indudable que toda corrección, por de pronto, parece que no trae gozo, sino pena; mas después producirá en los que son labrados por ella, fruto apacibilísimo de justicia. Por tanto, volved a levantar vuestras manos caídas, y fortificad vuestras rodillas debilitadas, marchad por recto camino, a fin de que nadie por andar claudicando se descamine, sino antes bien sea sanado" .

También tos profetas y los sabios del Antiguo Testamento enseñaban que Dios aborrece al pecado pero no al pecador y que su amor paternal, está siempre encaminado a corregirlo; al menos, así lo dice en el Libro de la Sabiduría: "A los que andan perdidos, Tú los castigas, poco a poco; y los amonestas y les hablas de las faltas que cometen, para que, dejada la malicia, crean en Ti" (Sabiduría, 12, 2).

He aquí todo un sistema de pedagogía divina; castiga, amonesta, habla con ternura y suavidad para que el pecador no se pierda.

San Juan Crisóstomo compara a nuestro bien Padre Dios con un médico: "El médico merece alabanza, no sólo cuando receta al enfermo la permanencia en deliciosos jardines, tibios baños, frescas aguas y exquisitos manjares, sino también cuando le hace pasar hambre y sed, lo reclu­ye en su aposento, lo tiene sujeto a la cana y aún le priva de la luz del sol, manda cerrar puer­tas y ventanas, y cuando corta, raja o cauteriza y lo obliga a tomar pócimas amargas. Haga lo que quiera, nunca deja de ser el médico que cura. ¿No es, pues, injusto murmurar contra el Se-ñor cuando nos trata en idéntica forma?"

No sin asombro vemos la misma conducta de nuestro Buen Padre en el libro póstumo de las Sagradas Escrituras, el Apocalipsis. Ahí se nos dice que Dios reprende y castiga a los que ama. Pero, ¡cuidado! No es buen signo de amor cuando Dios no nos castiga. Bien sabernos que en los casos de rebeldía suele retirarse y decir como en el Salmo 80, ante la dura cerviz e su pueblo: "Pero mi pueblo no ha escuchado la voz mía; no me obedeció Israel; así lo abandoné a los de­seos de su corazón, que sigan sus devaneos" y San Agustín habla sobre esta cita: "¡No haber castigo! ¿ Qué mayor castigo? Si vives mal y Dios te lo tolera, señal es de su grande enojo".

Por donde vemos que no hay peor castigo que el dejarnos seguir esa triste libertad para el mal, que los hombres tanto solemos defender. Abandonarnos a los perversos deseos de nuestro cora­zón, ¿hay castigo peor que éste? ¿Acaso no enseña Dios a los padres de familia, que la vara del castigo es la que libera a sus hijos de la muerte?

Ya para terminar daré algunos ejemplos de penas medicinales sacadas de las Sagradas Escri­turas. Recordemos la muerte del hijo de David (II Reyes, 12, 13) en el vemos cómo Dios aplicó el pasaje del Éxodo 20, 5; esto es, no hizo sufrir al hijo la culpa del padre, sino llevándose al ni­ño para castigo del padre culpable.

Y para que conozcamos hasta dónde llega la bondad de Dios en esta clase de correcciones, San Pedro nos reveló que la misma muerte corporal de los hombres del diluvio, les fue aplicada como sanción de sus pecados, a fin de salvarlos eternamente mediante la predicación del Evan­gelio que el mismo Cristo hizo a los "muertos".

Pero si las Sagradas Escrituras nos traen ejemplos de penas medicinales, también nos recuer­dan ejemplos de medicina preventiva, puesto que con frecuencia nosotros solemos olvidar que Dios ve nuestros pasos futuros y que, así como nos ama anticipadamente "tales cuales llegare­mos a ser por don suyo, y no cuales somos por nuestros méritos" así también nos previene amo­rosamente cuando ve que tal o cual cosa, que nos parece un bien, va a ser ocasión de nuestra mi­na. "Un camino hay que al hombre le parece recto, pero su paradero es la muerte", ella misma nos suministra ejemplos de medicina preventiva, como lo es el caso que viene en el libro del Deu­teronomio cuando Dios se prepara para introducir a Israel en la tierra prometida recordándoles los beneficios que con ellos obró durante aquella larga travesía por el desierto y los previene de los peligros que padecerán cuando se establezcan en dicha tierra. Por falta de espacio no cito es-te caso, pero los detalles los encontrarán en el capítulo 8, versículos 11 a 17.

R.P. Arturo Vargas.

 

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