La señal de
Jonás
“Una
raza mala y adúltera pide una señal:
no le será dada otra que la señal de Jonás.”(Mat.12,
39)
Así
les contestó Nuestro Señor a los escribas y fariseos
cuando éstos le pidieron una señal que acreditara
su autoridad para hacer las obras que hacía y lo que enseñaba.
Primero, les llama “raza mala”, poniendo al descubierto
los verdaderos pensamientos de sus corazones, las reales intenciones
de su pedido. Les llama “raza”, porque constituyen en
sí mismos una especie de hombres: los hombres que han hecho
de la religión una especie de poder sobre los demás
hombres y un privilegio especial de superioridad. Son los que usan
la religión para exigir a los hombres pesadas cargas morales
y aún materiales que ellos no moverían ni con un solo
dedo. (Mat.23, 4) Son los hombres que convierten a la religión
en una cosa puramente exterior, en un legalismo afincado en solo
la letra, vaciándola del espíritu que le da vida.
Son verdaderos “sepulcros blanqueados”, como les llamó
Cristo. Muy hermoseados y correctos por fuera pero llenos de podredumbre
y huesos de muertos por dentro. (Mat.23, 27) Son los hipócritas,
los que fingen la santidad que no tienen para ocultar la realidad
de su perversidad.
Les llama “mala” porque ese requerimiento no brota de
ellos por una sana y recta intención de conocer la verdad
y despejar sus dudas, sino que esconden una trampa: hacer caer a
Jesús en algún tropiezo ante el pueblo y desacreditarlo;
hacerlo caer en un tropiezo que les diera, a ellos mismos, definitivamente,
la ocasión de la condena que ya abrigaban en sus corazones
llenos de envidia. -“¿Qué haremos? Porque este
hombre hace muchos milagros. Si le dejamos continuar, todo el mundo
va a creer en él.”- (Jn. 11,47-48) “Debemos hacer
algo pronto o ¿qué será de nosotros?”-
Se dirían entre ellos.
Pero ¿es que ellos no esperaban al Mesías prometido?
¿No conocían ellos las Escrituras y las profecías?...
-
“Erráis, por no entender las Escrituras ni el poder
de Dios”- (Mat. 22,29) Les había dicho Cristo en una
ocasión, poniendo al descubierto su falsa sabiduría
y su real ignorancia de las cosas de Dios. Porque conocer la letra
de la Escritura no es conocer la escritura. Conocer la Escritura
es guardarla y meditarla en el corazón, entendiendo por corazón
no un mero sentimentalismo, sino el centro y lo más profundo
de nuestro ser.
Y, para ello, se necesitaba lo que Nuestro Señor llamó
la limpieza del corazón. “Bienaventurados los de corazón
puro, porque ellos verán a Dios”-(Mat.5, 8) y, también:
“Del tesoro de su corazón saca el hombre lo malo y
lo bueno” es decir, lo que atesora el hombre como lo más
valioso para su vida y lo entierra y almacena en lo más profundo
de su ser, de allí, brotarán los pensamientos y las
acciones que irán modelando su vida. “Porque allí
donde está tu tesoro, allí también estará
tu corazón.” (Mat. 6,21) Puede el hombre no ser totalmente
consciente de lo que guarda en sí como oro, como realmente
valioso para él. Porque sabemos los hombres disfrazar muy
bien las cosas, sabemos los hombres engañarnos a nosotros
mismos y guardar como valioso lo que intuimos nos quema como un
veneno. Y esa ponzoña que guardamos es la que nos enceguece
como castigo y consecuencia natural de nuestras malicias. La que
nos enceguece ante lo que sería nuestro verdadero bien, ante
el verdadero tesoro, cuando le hallamos. Es la ceguera que endureció
el corazón del faraón ante Moisés, es la ceguera
de los maestros de Israel ante el Cristo. Es la religión
corrompida. La “adúltera”, que dice la Escritura.
La prostituta. La que se acuesta con los poderes del mundo. Los
jefes religiosos de Israel estaban corrompidos también con
la ambición del poder temporal que creían les daría
el Mesías que ellos esperaban. ¿Quién es este
hombre que aparece ante ellos predicándoles un reino de Dios
ante todo interior y espiritual, y en donde lo temporal es presentado
como una mera añadidura? Seguramente ellos serían
los elegidos del Mesías para reinar con él, pues ellos
eran los maestros de Israel, los custodios e intérpretes
de la Ley. ¿Quién era este hijo de un carpintero que
ellos mismos conocían, para enseñarles algo a ellos?
¿Qué autoridad tenía? Es verdad que no dejaba
de asombrarles su manifiesta ciencia cuando comentaba las Escrituras
y los profetas en las sinagogas, pero les irritaba ver cómo
todos se embelezaban con sus dichos y como sabía dejarlos
mudos, a ellos mismos, con sus respuestas. Él les hablaba
a ellos, los sabios de Israel, como si no fuesen nada. Es más,
les echaba en cara hasta sus pecados más ocultos, humillándoles
ante el populacho. No se dirigía a ellos con el respeto que
se merecían y, además, cosa inaudita, se dirigía
al populacho ignorante con una deferencia indigna de un verdadero
rabí. Y, algo peor aún, hablaba y comía con
los publicanos y los pecadores aparentemente ciego para reconocerlos.
¿Qué clase de maestro era en realidad? Y lo más
inaudito de todo: hacerse Hijo de Dios. ¿Era un borracho?
¿Un loco? ¿Un endemoniado? Un blasfemo, eso es lo
que era. Y esas “curaciones” y milagros, por obra de
Beelzebul, príncipe de los demonios, los hacía.
Este hombre, por un lado, no dejaba de desconcertarles e intrigarles
y, por el otro, crecía en ellos la envidia y el odio contra
él viendo como le seguían todos. Por eso: “Dinos
¿con qué autoridad haces estas cosas? ¿Qué
dices de ti mismo? ¿Qué señal nos das?”
(Mat. 21,23)
-“Una
raza mala y adúltera pide una señal:
No le será dada otra que la señal de Jonás.”
La
señal de Jonás era su propia resurrección.
Sin embargo los judíos no creyeron a esa señal. Esa
señal que, como jefes de Israel, se apresuraron a negar y
a desmentir. He aquí un misterio. La única señal
que les promete dar Nuestro Señor fracasa en ellos. La tapan.
La ocultan. La niegan. No quieren verla. No.
Yo me pregunto si esa señal sigue vigente aún hoy
para los judíos después de más de veinte siglos.
Si esa señal que era, es aún hoy. Pues está
profetizado por Cristo mismo la conversión de los judíos
antes del fin de los tiempos, tal vez, después de haber aceptado
al anticristo como el Mesías esperado. -“Si otro viniere
en su propio nombre, ¡a ese lo recibiréis!”-
(Jn. 5,43) Y después de haberse apartado de éste,
rechazándolo. Al menos, una parte del pueblo judío,
tal vez, una parte notable o más o menos importante de él.
Algunos lo refieren a “un pequeño resto”, que
dice Isaías. Pequeño resto que le siguió en
su primera venida. (Rom. 11,5)
Pero
“la señal de Jonás” ¿sigue vigente
aún después de más de veinte siglos? Es decir,
la resurrección de Jesucristo ¿se hará patente,
de algún modo, otra vez, antes del fin de los tiempos, especialmente
para los judíos? ¿Podrá tener algo que ver
con esto la Sábana Santa? Decimos esto porque la Santa Síndone
fue por casi dos mil años una Santa Reliquia, pero recién
hoy es, ante todo y por primera vez de un modo asombroso, un milagro
en sí misma y el testimonio de un milagro mayor aún:
la Resurrección de Jesús el Cristo. Los estudios más
recientes y con los instrumentos que jamás el hombre poseyó
hasta hoy, no hacen más que confirmar el hecho de que la
imagen impresa en el Santo Sudario es “acheïropoïetos”,
es decir: “no hecha por manos de hombres”. Su origen
está fuera de las posibilidades humanas actuales y, con mayor
razón, de la época comprobada de su origen.
Pero,
como ocasión próxima de la conversión del pueblo
judío, cabe también el suponer alguna otra cosa o
hecho notable – que hoy ni siquiera podamos imaginar o pensar
- el que sea la ocasión para algunos, o muchos judíos,
de enfrentarse nuevamente al hecho de la resurrección de
Cristo. ¿O se dará esta conversión solamente
por una penosa travesía, a través del mar oscuro de
la fe, hasta arribar a la orilla de la luz, a la verdadera Tierra
Prometida? ¿O, el mismo anticristo, paradójicamente,
será ocasión del redescubrimiento de Aquél
que sus padres desecharon y mataron como piedra de escándalo?
Aquél de quien dijeran –“Caiga su sangre sobre
nosotros y sobre nuestros hijos” (Mat. 27,25) - cosa que,
la historia es testigo, no ha dejado de suceder.
“Por
eso os digo, ya no me volveréis a ver, hasta que digáis:
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!”
(Mat.23, 39)
“Porque así como Jonás estuvo tres días
en el vientre del pez tres días y tres noches, así
también el Hijo del hombre estará en el vientre de
la tierra tres días y tres noches. Los ninivitas se levantarán,
en el día del juicio, con esta raza y la condenarán,
porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás;
ahora bien, hay aquí más que Jonás.”(Mat.12,
40-41)
“Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿hallará
por ventura la fe sobre la tierra?” (Luc. 18, 8)
La
segunda venida de Nuestro Señor, parece, se asemejará
de alguna manera a la primera, como el tipo al antitipo, y hallará
otra vez a la sinagoga corrompida, es decir a su Iglesia, no ciertamente
aquella Iglesia pura, sin mancha y sin arruga, por la cual rezó
Cristo para que no caiga, a pesar de los zamarreos del demonio,
sino aquella otra Iglesia que se aparece ante el mundo con vestiduras
de cordero pero que se acuesta con los reyes de la tierra y se une
a ellos como otro lobo, una falsa Iglesia que usurpa el lugar santo,
es decir, el lugar que le corresponde a la verdadera esposa de Cristo,
“la abominación de la desolación en el lugar
santo”. Y, así como estaba corrompida la sinagoga a
tal punto que se hallaba ciega para reconocer al Mesías y
a las señales de los tiempos y las profecías, del
mismo modo esa nueva y falsa Iglesia que usurpa con otro “evangelio”
a la verdadera, será ciega ante lo divino, y se repetirá
esta historia. El mundo estará ciego y andarán las
muchedumbres como ovejas sin pastor, pues no habrá ya buenos
pastores, sino unos pocos que apacentarán al pequeño
rebaño fiel, otra vez, “el pequeño resto”.
“Allí donde esté el cuerpo, allí se reunirán
las águilas”. (Mat. 24,28) Allí en dónde
esté el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo,
allí se reunirán sus fieles.
“Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina
reúne a sus pollitos debajo de sus alas y no quisiste”…
(Mat. 23, 37) “Vino a lo suyo y los suyos no le recibieron”.
(Jn. 1,11) El amor no correspondido. El amor de Cristo. La pena
de Cristo.
“El
Señor se tarda en venir”… (Mat. 24, 48)
“Una
raza mala y adúltera pide una señal”…
“El
Señor se tarda en venir”…Pero…
“La
venida del Hijo del hombre será como un relámpago.”
(Mat. 24, 27)
Ariel
Marthe