LA CONFIANZA EN LA
PROVIDENCIA RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES
"Los
pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos; tanto como el
cielo se eleva sobre la tierra, los caminos del Señor superan
a los nuestros"
(Isaías). De ahí surgen un sinnúmero de malas
inteligencias entre la Providencia y el hombre que no sea muy rico
en fe y abnegación. Señalaremos cuatro.
La Providencia se mantiene en la sombra para dar lugar a nuestra
fe, y nosotros querríamos ver. Dios se oculta tras las causas
segundas, y cuanto más se muestran éstas más
se oculta Él. Sin Él nada podrían aquéllas;
ni aun existirían; lo sabemos, y con todo, en vez de elevarnos
hasta Él, cometemos la injusticia de pararnos en el hecho
exterior, agradable o molesto, más o menos envuelto en el
misterio. Evita manifestarnos el fin particular que persigue, los
caminos por donde nos lleva y el trayecto ya recorrido. En lugar
de tener una ciega confianza en Dios, querríamos saber, casi
osaríamos pedirle explicaciones. Por ventura, ¿no
llega el enfermo incluso a confiar su salud, su vida, la integridad
de sus miembros al médico, al cirujano? Es un hombre como
nosotros y, sin embargo, hay confianza en él a causa de su
abnegación, de su ciencia y de su habilidad. ¿No deberíamos
tener infinitamente más confianza en Dios, médico
omnipotente, Salvador incomparable? Dios quiere que nos contentemos
con la simple fe y que confiemos en Él, con corazón
tranquilo, en plena oscuridad. ¡Primera causa de la pena!
La Providencia tiene distintas miras que nosotros, ya sobre el fin
que se propone, ya sobre los medios destinados a su consecución.
En tanto no nos hayamos despojado por completo del amor desordenado
a las cosas de la tierra, querríamos encontrar el cielo aquí
abajo, o por lo menos ir a él por camino de rosas. De ahí
ese aficionarse, más de lo que está en razón,
a la estima de gentes de bien, al afecto de los suyos, a los consuelos
de la piedad, a la tranquilidad interior, etc., y que se saboree
tan poco la humillación, las contrariedades, la enfermedad,
la prueba en todas sus formas. Las consolaciones y el éxito
se nos presentan más o menos como la recompensa de la virtud,
la sequedad y la adversidad como el castigo del vicio; nos maravillarnos
de ver con frecuencia prosperar al malo, y sufrir al justo aquí
abajo.
Dios, por el contrario, no se propone darnos el paraíso en
la tierra, sino hacer que lo merezcamos tan perfecto como sea posible.
Si el pecador se obstina en perderse, es necesario que reciba en
el tiempo la recompensa de lo poquito que hace bien. En cuanto a
los elegidos, tendrán su salario en el cielo; lo esencial,
mientras aquél llega, es que se purifiquen, que se hagan
ricos en méritos. "Considera mi vida toda llena
de sufrimientos -dijo a Santa Teresa-, persuádete que aquel
es más amado de mi Padre que recibe mayores cruces; la medida
de su amor es también la medida de las cruces que envía.
¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección
que deseando para vosotros lo que deseé para mí mismo?"
Y ésta es la segunda causa de las equivocaciones.
La Providencia sacude recios golpes y la naturaleza se lamenta.
Hierven nuestras pasiones, el orgullo nos reduce, nuestra voluntad
se deja arrastrar. Profundamente heridos por el pecado, nos parecemos
a un enfermo que tiene un miembro gangrenado. Estamos persuadidos
de que no hay para nosotros remedio sino en la amputación,
mas no tenemos valor para hacerla con nuestras propias manos. Dios,
cuyo amor no conoce la debilidad, se presta a hacernos este doloroso
servicio. En consecuencia nos enviará contradicciones imprevistas,
abandonos, desprecios, humillaciones, la pérdida de nuestros
bienes, una enfermedad que nos va minando: son otros tantos instrumentos
con los que liga y aprieta el miembro gangrenado, le hiere la parte
más conveniente, corta y profundiza bien adentro hasta llegar
a lo vivo.
La naturaleza lanza gritos; mas Dios no la escucha, porque este
rudo tratamiento es la curación, es la vida. Estos males
que de fuera nos llegan, son enviados para abatir lo que se subleva
dentro, para poner límites a nuestra libertad que se extravía
y freno a nuestras pasiones que se desbocan. He aquí por
qué permite Dios se levanten por todas partes obstáculos
a nuestros designios, por qué nuestros trabajos tendrán
tantas espinas, por qué no gozaremos jamás de la tranquilidad
tan deseada y nuestros superiores harán con frecuencia todo
lo contrario de nuestros deseos. Por esto tiene la naturaleza tantas
enfermedades; los negocios, tantos sinsabores; los hombres, injusticias,
y su carácter, tantas y tan inoportunas desigualdades.
A derecha e izquierda somos acometidos de mil oposiciones diferentes,
a fin de que nuestra voluntad, que es demasiado libre, así
probada, estrechada y fatigada por todas partes, se despoje al fin
de sí misma y no busque sino la sola voluntad de Dios. Más
ella se resiste a morir, y ésta es la tercera causa de los
disgustos.
La Providencia emplea a veces medios desconcertantes. "Sus
juicios son incomprensibles"; no sabríamos penetrar
sus motivos, ni atinar con los caminos que escoge para ponerlos
en ejecución. Dios comienza por reducir a la nada a los que
encarga alguna empresa, y la muerte es la vía ordinaria por
la que conduce a la vida. Y, por otra parte, ¿cómo
su acción va a contribuir al bien de sus fieles? Nosotros
no lo vemos y frecuentemente creemos ver lo contrario. Mas adoremos
la divina Sabiduría que ha combinado perfectamente todas
las cosas estemos bien persuadidos de que los mismos obstáculos
le servirán de medios y que llegará siempre a sacar
de los males que permite el invariable bien que se propone. Si consideramos
las cosas a la luz de Dios, llegaremos a la conclusión de
que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes
no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y
éxitos que son un castigo.
Citemos algunos ejemplos entre mil. Dios se compromete a hacer de
Abraham el padre de un gran pueblo, a bendecir todas las naciones
en su raza, y he aquí que le ordena sacrificar al hijo de
las promesas. ¿Olvidó acaso la palabra dada? Ciertamente
que no: mas quiere probar la fe de su servidor y a su tiempo detendrá
el brazo. Se propone someter a José la tierra de los Faraones,
y comienza por abandonarle a la malicia de sus hermanos; el pobre
joven es arrojado a una cisterna, conducido a Egipto, vendido como
esclavo, después pasa en la cárcel años enteros,
todo parece perdido, y, sin embargo, por ahí mismo es por
donde le conduce Dios a sus gloriosos destinos. Después de
las ovaciones y de los ramos, Nuestro Señor es traicionado,
prendido, abandonado, negado, juzgado, condenado, abofeteado, azotado
y crucificado. ¿Es así como asegura Dios Padre a su
Hijo la herencia de las naciones? Triunfa el infierno y todo parece
perdido, no obstante, por ahí mismo nos viene la salvación.
Con doce pescadores ignorantes y sin prestigio se lanza a la conquista
del mundo. Los reyes y los pueblos bramarán contra el Señor
y contra su Cristo, que es, sin embargo, su verdadero apoyo, mas
llegado el momento que Él ha escogido, "el Hijo
del carpintero, el Galileo", siempre vencedor, encerrará
a sus perseguidores en un ataúd y los citará a su
tribunal.
Tratándose de la santificación individual, Dios sigue
los mismos caminos siempre austeros y a veces desconcertantes. San
Bernardo ama con pasión su soledad llena por completo de
Dios, "su bienaventurada soledad es su única beatitud".
Sólo una cosa pide al Señor: la gracia de pasar allí
el resto de sus días, pero la voluntad divina le arranca
una y otra vez de los piadosos ejercicios del claustro, lánzale
en medio de un mundo que aborrece, en el tráfago de mil asuntos
ajenos a su perfección, contrarios a sus gustos de reposo
en Dios. No puede ser todo para su Amado, para su alma, para sus
hermanos, y por eso, se inquieta. "Mi vida -dice- es monstruosa
y mí conciencia está atormentada. Soy la quimera del
siglo, ni vivo como clérigo ni como seglar. Aunque monje
por el hábito que llevo, hace ya tiempo que no vivo cómo
tal. ¡Ah, Señor! Más valdría morir, pero
entre mis hermanos”.
Dios no le escucha, por lo menos en este sentido. El santo aconseja
a los Papas, pacifica a los reyes, convierte a los pueblos, pone
fin al cisma, abate la herejía, prédica la cruzada.
Y en medio de tantos prodigios y triunfos se mantiene humilde, sabe
hacerse una soledad interior, conserva todas las virtudes de perfecto
monje y no vuelve a su claustro sino acompañado de multitud
de discípulos. Es, no la quimera, sino la maravilla de su
siglo.
¿No es así como día tras día la mano
de Dios nos hiere para salvarnos? La muerte deja claros en muestras
filas y nos arrebata las personas con las que contábamos;
relaciones inexplicables desnaturalizan nuestras intenciones y nuestros
actos; se nos quita por este medio, al menos en parte, la confianza
de nuestros superiores, abundan las penas interiores, desaparece
nuestra salud, las dificultades se multiplican por dentro y por
fuera la amenaza está siempre suspendida sobre nuestras cabezas.
Llamamos al Señor, y hacemos bien. Quizá le pedimos
que aparte la prueba; y a semejanza de un padre amante y tierno,
pero infinitamente más sabio que nosotros, no tiene la cruel
compasión de escuchar nuestras súplicas si las halla
en desacuerdo con nuestros verdaderos intereses, prefiriendo mantenernos
sobre la cruz y ayudarnos a morir más por completo a nosotros
mismos, y a tomar de ella una nueva savia de fe, de amor, de abandono;
de verdadera santidad.
En resumen, jamás pongamos en duda el amor de Dios para con
nosotros. Creamos sin titubear en la sabiduría, en el poder
de nuestro Padre que está en los cielos. Por numerosas que
sean las dificultades, por amenazadores que puedan presentarse los
acontecimientos, oremos, hagamos lo que la Providencia exige, aceptemos
de antemano la prueba si Dios la quiere, abandonémonos confiados
a nuestro buen Maestro, y con tal conducta, todo, absolutamente
todo, se convertirá en bien de nuestra alma. El obstáculo
de los obstáculos, el único que puede hacer fracasar
los amorosos designios de Dios sobre nosotros, sería nuestra
falta de confianza y de sumisión, porque El no quiere violentar
nuestra voluntad.
Si nosotros por nuestra resistencia hacemos fracasar sus planes
de misericordia, suya será en todo caso la última
palabra en el tiempo de su justicia, y finalmente hallará
su gloria. En cuanto a nosotros, habremos perdido ese acrecentamiento
de bien que Él deseaba hacernos.
Dom
VITAL LEHODEY, O.S.B. (Tomado de "El Santo Abandono ")