14
de diciembre de 1936 - lunes - 25 años
Mi cuaderno - San Isidro Oculto
781. Uno de los encantos, mejor dicho, consuelos de la vida monacal,
es el estar oculto a las miradas del mundo. Esto lo comprenderá
quien guste meditar en la vida de Cristo.
Para dedicarse a un arte..., para profundizar en una ciencia, el espíritu
necesita soledad y aislamiento, necesita recogimiento y silencio.
Ahora bien, para el alma enamorada de Dios, para el alma que ya no
ve más arte ni más ciencia que la vida de Jesús,
para el alma que ha encontrado en la tierra el tesoro escondido, el
silencio no le basta, ni su recogimiento en soledad. Le es necesario
ocultarse a todos, le es necesario ocultarse con Cristo, buscar un
rincón de la tierra donde no lleguen las profanas miradas del
mundo, y allí estarse a solas con su Dios.
El secreto del Rey se mancha y pierde brillo al publicarse (1).
Ese secreto del Rey es el que hay que ocultar para que nadie lo vea.
Ese secreto que muchos creerán son comunicaciones divinas y
consuelos sobrenaturales..., ese secreto del Rey que envidiamos en
los Santos, se reduce muchas veces a una Cruz.
782. No pongamos la luz bajo el celemín, nos dice Jesús
en el Evangelio (2).
Publiquemos las grandezas de Dios. Hagamos llegar al corazón
de nuestros hermanos los tesoros de gracias que Dios derrama a manos
llenas sobre nosotros. Publiquemos a los cuatro vientos nuestra fe,
llenemos el mundo de gritos de entusiasmo por tener un Dios tan bueno.
No nos cansemos de predicar su Evangelio y decir a todo el que nos
quiera oír, que Cristo murió amando a los hombres, clavado
en un madero... Que murió por mí, por ti, por aquél...
Y si nosotros de veras le amamos, no le ocultemos..., no pongamos
la luz que puede alumbrar a otros, debajo de un celemín (3).
Mas en cambio, bendito Jesús, llevemos allá adentro
y sin que nadie se entere, ese divino secreto... Ese secreto que Tú
das a las almas que más te quieren... Esa partecica de tu Cruz,
de tu sed, de tus espinas.
Ocultemos en el último rincón de la tierra nuestras
lágrimas, nuestras penas y nuestros desconsuelos... No llenemos
el mundo de tristes gemidos, ni hagamos llegara nadie la más
pequeña parte de nuestras aflicciones.
783. Seamos egoístas para sufrir y generosos en la alegría.
Hagamos la' felicidad de los que nos rodean y no enturbiemos el ambiente
con caras tristes, cuando Dios nos mande alguna prueba.
Ocultémonos para estar con Jesús en la Cruz; no busquemos
mitigación al dolor, en el consuelo de las criaturas, pues
haremos dos cosas que no son malas, pero que no son perfectas. Primero,
al dejar a Dios por lo que no es Dios, pues no es consuelo suyo lo
que de El no viene, y si El no quiere darlo, al buscarlo fuera de
El, le perdemos a El, y también perdemos muchas veces el mérito
del sufrimiento. Segundo, hacemos en nuestro egoísmo, o por
lo menos queremos hacer participar a los demás, de lo nuestro,
para así descargarnos, y conseguimos con esto, alivio ficticio
y falso, pues si te duele una muela, te seguirá doliendo lo
digas o no.
En resumidas cuentas, casi siempre es un acto de egoísmo y
también falta de humildad, dando importancia a lo tuyo, como
si por ser tuyo fuera importante. En cambio, no buscando nada en las
criaturas y sí todo en Dios, se llega a amar la Cruz, pero
la Cruz a solas y en escondido... La Cruz oculto con Dios y lejos
de los hombres.
784. Ocultemos nuestra vida, si nuestra vida es penar. Ocultemos el
sufrir, si el sufrir nos causa pena. Ocultémonos con Cristo
para sólo a El hacerle partícipe de lo que, mirándolo
bien, sólo es tuyo: el secreto de la Cruz.
Aprendamos de una vez, meditando en su vida, en su Pasión y
en su muerte, que sólo hay un camino para llegar a El..., el
camino de la Santa Cruz (4).
(1) Cfr. Isaías
24,16. También: Cántico Espiritual de San Juan de la
Cruz, 14-15,18 y 19,5
(2) Cfr. Mat. 5,15;
Mac. 4,21; Luc. 8,16 y 11,33. Cfr. nota 446
(3) Idem.
(4)
Cfr. "Imitación de Cristo", Libro II, cap. 12.