La
pirueta de los nabos
12
de diciembre de 1936 - Sábado - 25 años
Mi
cuaderno - San Isidro
772.
Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre.
Es la hora del trabajo, y como es sábado y hace mucho frío,
no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde
se limpian las lentejas, se pelan patatas, se trituran las berzas,
etc... Le llamamos el "laboratorio" (1).
En él hay una mesa larga, y unos bancos, una ventana y encima
un crucifijo.
El
día está triste. Unas nubes muy feas, un viento "si
es no es" fuerte, algunas gotas de agua que caen como de mala
gana y que lamen los cristales y, dominándolo todo, un frío
digno del país y de la época.
Lo cierto es que, aparte del frío, que lo noto en mis helados
pies y refrigeradas manos, todo esto se puede decir que casi me
lo imagino, pues apenas he mirado a la ventana. La tarde que hoy
padezco es turbia y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio,
y parece que unos diablillos, están empeñados en hacerme
rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos... Paciencia y esperar.
773. En mis manos han puesto una navaja y delante de mí un
cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan
ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes...
y tan fríos... ¡Qué le vamos a hacer!, no hay
más remedio que pelarlos.
El tiempo pasa lento y mi navaja también, entre la corteza
y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados.
Los diablillos me siguen dando guerra. ¡¡Qué
haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío
a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo
esto de pelar nabos con esa seriedad de magistrado de luto.
Un demonio pequeñito, y muy sutil, se me escurre muy adentro
y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos,
mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas,
patatas, berzas y nabos.
El día está triste... No miro a la ventana, pero lo
adivino. Mis manos están coloradas, coloradas como los diablillos;
mis pies ateridos... ¿Y el alma? Señor, quizá
el alma sufriendo un poquillo... Más no importa,... Refugiémonos
en el silencio.
774. Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos
y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una
luz potente penetra en mi alma... Una luz divina, cosa de un momento...
Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Que
qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa!... ¡Qué
pregunta! Pelar nabos..., ¡Pelar nabos!... ¿Para qué?
... Y el corazón dando un brinco contesta medio alocado:
pelo nabos por amor..., por amor a Jesucristo.
Ya, nada puedo decir que claramente se puede entender, pero sí
diré que allá adentro, muy adentro del alma, una paz
muy grande, vino en lugar de la turbación que antes tenía;
sólo sé decir que el sólo pensar que en el
mundo se pueden hacer de las más pequeñas acciones
de la vida, actos de amor de Dios..., que el cerrar o abrir un ojo
hecho en su nombre nos puede hacer ganar el cielo... Que el pelar
unos nabos por verdadero amor a Dios, le puede a El dar tanta gloria
y a nosotros tantos méritos, como la conquista de las Indias.
El pensar que por sólo su misericordia tengo la enorme suerte
de padecer algo por El..., es algo que llena de tal modo el alma
de alegría, que si en aquellos momentos me hubiera dejado
llevar de mis impulsos interiores, hubiera comenzado a tirar nabos
a diestro y siniestro, tratando de hacer comunicar a las pobres
raíces de la tierra, la alegría del corazón...
Hubiera hecho verdaderas filigranas malabares con los nabos, la
navaja y el mandil.
Me reía a "moco tendido" (quizá por el frío)
de los diablillos rojos, que asustados de mi cambio, se escondían
entre los sacos de garbanzos y en un cesto de repollos que allí
había.
775. ¿De qué me puedo quejar? ¿Por qué
entristecerse de lo que es sólo motivo de alegría?
¿A qué más puede aspirar un alma, que a sufrir
un poco por un Dios crucificado?
Nada somos y nada valemos; tan pronto nos ahogamos en la tentación
como volamos consolados al más pequeño toque del amor
divino.
Cuando comenzó el trabajo, nubes de tristeza cubrían
el cielo. El alma sufría de verse en la cruz; todo la pesaba:
la Regla..., el trabajo, el silencio, la falta de luz de un día
tan triste, tan gris y tan frío. El viento, soplando entre
los cristales, la lluvia y el barro..., la falta de sol. El mundo
tan lejos..., tan lejos..., y yo mientras tanto, pelando mis nabos
sin pensar en Dios.
Pero todo pasa, incluso la tentación... Ha pasado el tiempo,
ya llegó el descanso, ya se hizo la luz, ya no me importa
si el día está frío, si hay nubes, si hay viento,
si hay sol. Lo que me interesa es pelar mis nabos, tranquilo, feliz
y contento, mirando a la Virgen, bendiciendo a Dios.
776. Qué importa el pesar de un momento, el sufrir un instante...
Lo que sé decir es que no hay dolor que no tenga compensación
en ésta o en la otra vida, y que en realidad para ganar el
cielo se nos pide muy poco. Aquí en una Trapa, quizá
sea más fácil que en el mundo, pero no es por el género
de vida éste o aquél, pues en el mundo se tienen los
mismos medios de ofrecer algo a Dios. Lo que pasa es que el mundo
distrae y se desperdicia mucho. El hombre es el mismo aquí
que allí; su capacidad para sufrir y para amar es la misma;
adonde quiera que vaya llevará cruz (2).
Sepamos aprovechar el tiempo... Sepamos amar esa bendita cruz que
el Señor pone en nuestro camino, sea cual sea, fuere como
fuere.
777. Aprovechemos esas cosas pequeñas de la vida diaria,
de la vida vulgar... No hace falta para ser grandes santos grandes
cosas, basta el hacer grandes las cosas pequeñas.
En el mundo se desaprovecha mucho, pero es que el mundo distrae...
Tanto vale en el mundo el amar a Dios en el hablar, como en la Trapa
en el silencio; la cuestión es hacer algo por El..., acordarse
de El... El sitio, el lugar, la ocupación, es indiferente.
Dios me puede hacer tan santo pelando patatas que gobernando un
imperio.
778. Qué pena que el mundo esté tan distraído...,
porque he visto que los hombres no son malos..., y que todos sufren,
pero no saben sufrir...
Si por encima de la frivolidad, si por encima de esa capa de falsa
alegría con que el mundo oculta sus lágrimas, si por
encima de la ignorancia de lo que es Dios, elevaran un poco los
ojos a lo alto..., seguramente les ocurriría lo que al fraile
de los nabos..., muchas lágrimas se enjugarían, muchas
penas se endulzarían y muchas cruces se amarían para
poder ofrecerlas a Cristo.
779. Cuando terminó el trabajo, y en la oración me
puse a los pies de Jesús muerto..., allí a sus plantas
deposité un cesto de nabos peladitos y limpios... No tenía
otra cosa que ofrecerle, pero a Dios le basta cualquier cosa ofrecida
con el corazón entero, sean nabos, sean Imperios.
780. La próxima vez que vuelva a pelar raíces, sean
las que sean, aunque estén frías y heladas, le pido
a María no permita se me acerquen diablillos rojos a hacerme
rabiar. En cambio, la pido me envíe a los ángeles
del cielo, para que yo pelando y ellos, llevando en sus manos el
producto de mi trabajo, vayan poniendo a los pies de la Virgen María
rojas zanahorias; a los pies de Jesús, blancos nabos, y patatas
y cebollas, coles y lechugas...
En fin, si vivo muchos años en la Trapa voy a hacer del cielo
una especie de mercado de hortalizas, y cuando el Señor me
llame y me diga basta de pelar..., suelta la navaja y el mandil
y ven a gozar de lo que has hecho..., cuando me vea en el cielo
entre Dios y los Santos, y tanta legumbre..., Señor Jesús
mío, no podré por menos de echarme a reír.
(1)
Laboratorio: "Estará en cuanto sea posible, al lado
de la cocina; en él se preparan las legumbres para las comidas.
Habrá mucha limpieza y se observará silencio, no hablando
más que lo tocante al trabajo. Los hospederos no introducirán
seglar alguno, mientras estén los religiosos." (Libro
de USOS, cap. VIII, n.° 304).
(2) "Imitación
de Cristo", Libro II, cap. 12.