DE LOS PECADOS QUE
SE HAN DE EVITAR, SUS RAÍCES Y CONSECUENCIAS
Como
enseña San Gregorio Magno y, después de él,
Santo Tomás, los pecados capitales de vanagloria o vanidad,
pereza, envidia, ira, gula y lujuria, no son los más graves
de todos, pues son menores que los de herejía, apostasía,
desesperación y de odio a Dios; pero son los primeros a
los que se inclina nuestro corazón y nos conducen a alejarnos
de Dios y a otras faltas aún más graves. El hombre
no llega de repente a una perversidad absoluta sino poco a poco.
Examinemos primero, en sí misma, la raíz de los
siete pecados capitales. Todos ellos se originan en el amor desordenado
de si mismo o en el egoísmo, que no nos deja amar a Dios
sobre todas las cosas y nos inclina a apartarnos de Él.
Es evidente que pecamos, es decir, que nos desviamos de Dios y
nos alejamos de Él cada vez que nos inclinamos a un bien
creado de una manera no conforme con la voluntad divina.
Esto acontece sólo como consecuencia de un amor desordenado
de nosotros mismos, que viene a ser así la fuente de todo
pecado. Por consiguiente, no sólo es necesario moderar
ese amor desordenado o egoísmo, sino que es preciso mortificarlo,
para que ocupe su lugar el amor ordenado. Mientras el
pecador en estado de pecado mortal se ama a sí mismo sobre
todas las cosas y prácticamente se antepone a Dios, el
justo ama a Dios más que a sí y debe además
amarse en Dios y por Dios. Debe amar su cuerpo de tal manera que
sirva al alma, en vez de servirle de obstáculo para la
vida superior. Ha de amar su alma conduciéndola a participar
eternamente de la vida divina. Ha de amar su inteligencia y voluntad,
de modo que cada vez participen más de la luz y del amor
de Dios. Éste es el profundo sentido de la mortificación
del egoísmo, del amor propio y de la voluntad propia, opuesta
a la voluntad de Dios. Hay que evitar que la vida descienda y
por el contrario, hay que hacer que se eleve hacia Aquél
que es fuente de todo bien y de toda beatitud.
El amor desordenado de nosotros mismos lleva a la muerte, según
dice el Señor: "El que ama (desordenadamente)
su alma, la perderá; mas el que la aborrece (o
mortifica) en este mundo, la conserva para la vida eterna"
(Juan 12, 25). De ese desordenado amor, raíz de todos los
pecados, nacen las tres concupiscencias que nombra San Juan (1
Juan 2, 16) cuando dice: "Todo lo que hay en el mundo
es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia
de la vida; lo cual no nace del Padre sino del mundo".
Observa Santo Tomas que los pecados carnales son más
vergonzosos que los del espíritu porque nos rebajan
al nivel del animal; pero que los del espíritu, los únicos
que hay en el demonio, son más graves, porque
van directamente contra Dios y nos alejan de él. La concupiscencia
de la carne es el deseo desordenado de lo que es o parece útil
a la conservación del individuo o de la especie y de este
amor sensual provienen la gula y la lujuria. La concupiscencia
de los ojos es el deseo desordenado de lo que agrada a la vista,
del lujo, las riquezas, el dinero que nos procura los bienes terrenos;
de ella nace la avaricia. La soberbia de la vida es el
desordenado amor de la propia excelencia y de todo aquello que
pueda hacerla resaltar. El que se deja llevar por la soberbia,
termina haciéndose a sí mismo su propio dios corno
Lucifer. De aquí se echa de ver la importancia déla
humildad, virtud fundamental, como el orgullo es la fuente de
todo pecado. San Gregorio y Santo Tomás enseñan
que la soberbia es más que un pecado capital: es la raíz
de la cual proceden sobre todo cuatro pecados capitales: vanidad,
pereza espiritual, envidia e ira. La vanidad es el amor desordenado
de alabanzas y de honores; la pereza espiritual se entristece
pensando en el trabajo requerido para santificarse; la ira, cuando
no es una indignación justificada sino un pecado, es un
movimiento desordenado del alma que nos inclina a rechazar violentamente
lo que nos desagrada, de donde se siguen las disputas, injurias
y vociferaciones. Estos pecados capitales, sobre todo la pereza
espiritual, la envidia y la ira, engendran pésima tristeza
que apesadumbra el alma y son todo lo contrario de la paz espiritual
y del gozo que son los frutos de la caridad. Todos estos gérmenes
de muerte debe el hombre no sólo moderar sino mortificar.
La práctica generosa de la mortificación dispone
al alma a otra más profunda purificación que Dios
mismo realiza, con el fin de destruir totalmente los gérmenes
de muerte que todavía subsisten en nuestra sensibilidad
y en nuestras facultades superiores.
Pero no basta considerar las raíces de los siete pecados
capitales; es preciso analizar sus consecuencias. Por consecuencias
del pecado se entiende generalmente las malas inclinaciones que
los pecados dejan en nuestro temperamento, aún después
de borrados por la absolución. Pero también puede
entenderse por consecuencias de los pecados capitales, los demás
pecados que tienen su origen en ellos. Los pecados capitales se
llaman así porque son como principio de otros muchos; tenemos
primero inclinación hacia ellos y, después, por
ellos, hacia otras faltas a veces más graves.
Así es como la vanagloria engendra desobediencia, jactancia,
hipocresía, disputas, discordia, afán de novedades,
pertinacia. La pereza espiritual conduce al disgusto de las cosas
espirituales y del trabajo en la santificación, en razón
del esfuerzo que exige y engendra la malicia, el rencor o amargura
hacia el prójimo, la pusilanimidad ante el deber, el desaliento,
la ceguera espiritual, el olvido de los preceptos, el buscar cosas
prohibidas. Asimismo la envidia o desagrado voluntario del bien
ajeno, como si fuese un mal para nosotros, engendra el odio, la
maledicencia, la calumnia, la alegría del mal ajeno y la
tristeza por sus triunfos.
La gula y la sensualidad engendran a su vez otros vicios y pueden
conducir a la ceguera espiritual, al endurecimiento del corazón,
al apego de la vida presente hasta perder la esperanza de la eterna,
y al amor de sí propio hasta el odio de Dios, y a la impenitencia
final.
Los pecados capitales con frecuencia son mortales. Pueden existir
de una manera muy vulgar y baja, como en muchas almas en pecado
mortal, o bien pueden existir también, como lo nota San
Juan de la Cruz, en un alma en estado de gracia como otras tantas
desviaciones de la vida espiritual. Por eso se habla a veces de
la soberbia espiritual, de la gula espiritual, de la sensualidad
y de la pereza espiritual. La soberbia espiritual inclina, por
ejemplo, a huir de aquellos que nos dirigen reproches, aun cuando
tengan autoridad para ello y nos los dirijan justamente; también
puede llevarnos a guardarles cierto rencor en nuestro corazón.
Cuanto a la gula espiritual, podría hacernos desear consuelos
sensibles en la piedad, hasta el punto de buscarnos en ella más
a nosotros que al mismo Dios. Es, con el orgullo espiritual, el
origen del falso misticismo. Felizmente, a diferencia de las virtudes,
estos vicios no son conexos, es decir, se pueden poseer los unos
sin los otros, y muchos son hasta contrarios: así, no es
posible ser avaro y pródigo al mismo tiempo.
La enumeración de todos estos tristes frutos del desbordado
amor de sí mismo debe llevarnos a hacer un serio examen
de conciencia y nos enseña, además, que el terreno
de la mortificación es muy extenso, si queremos vivir profunda
vida cristiana.
El examen de conciencia, lejos de apartarnos del pensamiento de
Dios, nos vuelve a Él. Y aún es preciso pedirle
su luz para ver un poco el alma como Dios mismo la ve, para ver
el día o la semana que han pasado, como si los viéramos
escritos en el libro de la vida, como los veremos el día
del último juicio. Por esto hemos de repasar cada noche,
con humildad y contrición, las faltas cometidas de pensamiento,
palabra, acción y omisión. En el examen se ha de
evitar la minuciosa investigación de las más pequeñas
faltas, tomadas en su materialidad, pues semejante esfuerzo podría
hacernos caer en los escrúpulos y olvidar cosas más
importantes. Se trata menos de hacer una completa enumeración
de las faltas veniales que de investigar y acusar sinceramente
el principio de donde generalmente proceden en nosotros.
El alma no debe detenerse demasiado en la consideración
de si misma, dejando de mirar a Dios. Debe, por el contrario,
preguntarse, dirigiendo su mirada a Dios: ¿cómo
juzgará Dios este día o semana que ahora termina?
¿Ha sido mío o de Dios este día? ¿Lo
he buscado a Él o me he buscado a mí? Así,
sin turbación, el alma ha de juzgarse desde un plano elevado,
a la luz de los divinos preceptos, tal como se juzgará
en el último día. Pero como dice Santa Catalina
de Siena, no separemos la consideración de nuestras faltas
del pensamiento de la infinita misericordia. Miremos nuestra fragilidad
y miseria a la luz de la infinita bondad de Dios que nos levanta.
El examen, hecho de este modo, lejos de desalentarnos, aumentará
nuestra confianza en Dios.
La vista de nuestros pecados nos hace así comprender, por
contraste, el valor de la virtud. Lo que mejor nos hace comprender
cuánto vale la justicia, es el dolor que la injusticia
nos produce. Es preciso que la vista de la injusticia que cometimos
y el pesar de haberla cometido hagan nacer en nosotros el "hambre
y sed de justicia". Es necesario que la fealdad de la
sensualidad nos revele, por contraste, la hermosura de la pureza
que el desorden de la ira y de la envidia nos haga comprender
el alto valor de la mansedumbre y de la caridad; que las aberraciones
de la soberbia nos ilustren acerca de la alta sabiduría
de la humildad.
Pidamos a Dios que nos inspire un santo aborrecimiento del pecado
que nos separa de la divina bondad, de la que tantos beneficios
hemos recibido y hemos de esperar para lo venidero. Ese santo
odio del pecado no es, en cierto modo, sino el reverso del amor
de Dios. Es imposible amar profundamente la verdad sin detestar
la mentira; amar de corazón el bien, y el soberano Bien
que es Dios, sin que a la vez detestemos lo que nos separa de
Dios.
La manera de evitar la soberbia es pensar con frecuencia en las
humillaciones del Salvador y pedir a Dios la virtud de la humildad.
Para reprimir la envida, hemos de rogar por el prójimo,
deseándole el mismo bien que para nosotros deseamos. Aprendamos
igualmente a reprimir los movimientos de ira, alejándonos
de los objetos que la provocan, y obrando y hablando con dulzura.
Esta mortificación es absolutamente indispensable. Pensemos
que tenernos que salvar nuestra alma y que en nuestro derredor
hay mucho bien que hacer, sobre todo en el orden espiritual. No
echemos en olvido que debemos trabajar por el bien eterno de los
demás y emplear, para conseguirlo, los medios que el Salvador
nos enseñó: la muerte progresiva al pecado, mediante
el progreso en las virtudes y sobre todo en el amor de Dios.
REGINALDO
GARRIGOU-LAGRANGE, O.P. (Tomado de "Las tres edades de
la vida interior")