JESUCRISTO SE ENTREGÓ POR
ENTERO A LOS DOLORES Y A LA MUERTE
Todo es perfecto en el sacrificio de Jesús: el amor que
lo inspira y la libertad con que lo ejecuta. Perfecto también
en el don ofrecido: Jesucristo se ofrece a Sí mismo.
Jesucristo se ofrece a Sí mismo y de manera total: su alma
y su cuerpo quedan abrumados, quebrantados, de tanto dolor: no
existe dolor desconocido a Nuestro Señor. Al leer el Evangelio
con atención se ve que los sufrimientos de Jesucristo de
tal modo fueron dispuestos que alcanzaron a todos los miembros
de su sagrado cuerpo, y que todas las fibras de su corazón
quedaron desgarradas por la ingratitud de las turbas, el desamparo
de los suyos y los dolores de su Santísima Madre, y que
su alma bendita sufrió cuantas afrentas y humillaciones
pueden abrumar a un hombre. Se cumplió a la letra en Jesucristo
aquel vaticinio de la profecía de Isaías: "Se
pasmaron muchos al verlo; tan demudado estaba... que no tenía
figura ni belleza para fijarnos en Él..., nos pareció un
leproso, completamente desfigurado... "
En la agonía en el Huerto de los Olivos, Jesucristo, que
no exagera, declara a sus apóstoles que su alma “está triste
hasta la muerte” . ¡Oh, qué abismo insondable!
Un Dios, Poder y Gloria infinitos, "comenzó a sentir
temor, angustias y tristeza” . El Verbo Encarnado conocía
todos los sufrimientos que sobre Él iban a descargarse en
aquellas largas horas de su Pasión; esta visión producía
en su naturaleza sensible todo el efecto que una simple criatura
pudiera sentir ante un revulsivo- su alma veía clarísimamente
en la divinidad a la que estaba unida todos los pecados de los
hombres, todos los ultrajes a la santidad y al amor infinito de
Dios.
Se había cargado con todas esas iniquidades, se había
como revestido de ellas y sentía sobre
Sí el peso de toda la cólera de la justicia divina: “Soy
gusano, que no hombre, oprobio humano y de la plebe mofa” .
De antemano veía que su sangre se derramaría en
vano para muchos hombres, y este pensamiento llevaba a su colmo
la amargura de su alma santísima. Pero, como hemos visto,
Jesucristo lo aceptó todo. Ahora se levanta, sale del
Huerto, y va al encuentro de sus enemigos.
Aquí comienza para Nuestro Señor esa serie de humillaciones
y padecimientos de los que casi no podemos intentar hacer una descripción.
Vendido por el beso de uno de sus discípulos, maniatado
por la soldadesca como un fascineroso, se lo llevan a la casa del
sumo sacerdote. Allí, entre tantas acusaciones falsas que
profieren contra Él, Jesús "callaba" .
Sólo habla para proclamar que es el Hijo de Dios: "Tú lo
has dicho, Yo soy” . Ésta es la confesión
más solemne que se hizo jamás de la divinidad de
Jesucristo: Jesucristo, Rey de los mártires, muere por
confesar su divinidad, y todos los mártires darán
su vida por la misma causa.
Pedro, cabeza de los apóstoles, había seguido de
lejos a su Divino Maestro; le había prometido que no
lo abandonaría jamás. ¡Pobre Pedro! Negó tres
veces a Jesús. Ésta fue, a no dudarlo, una de
las más hondas penas que nuestro Divino Salvador pasó en
aquella espantosa noche.
Los soldados que custodian a Jesucristo lo injurian y lo maltratan,
y al no poder resistir aquel mirar tan dulce, le vendan los ojos
por escarnio, le dan insolentes bofetadas y aun se atreven a ensuciar
de modo vil con su inmunda saliva aquel rostro adorable, espejo
en el que se miran los ángeles con fruición indecible.
Nos dice después el Evangelio cómo muy de mañana
fue conducido de nuevo Jesús ante el sumo sacerdote y llevado
de tribunal en tribunal. Y aunque es la Sabiduría eterna,
Herodes lo trata como a un loco, Pilato dio órdenes de azotarlo,
los sayones golpean sin piedad a su inocente víctima, cuyo
cuerpo se convierte rápidamente en una llaga. Y a pesar
de todo, a aquellos hombres, que no tienen nada de tales,
no les basta esta inhumana flagelación: clavan en la cabeza
de Jesús una corona de espinas y lo llenan de insultos y
befas.
El cobarde gobernador romano se figura que el odio de los judíos
quedará ya satisfecho al ver a Cristo en tan lastimoso estado;
lo presenta a las turbas y les dice: "¡He ahí al
hombre!" Contemplemos en este momento a nuestro
Divino Maestro sumido en un piélago de afrentas y dolores,
y pensemos también que el Padre nos lo presenta y nos dice: “Ved
a mi Hijo, el resplandor de mi gloria, pero al que herí por
el crimen de mi pueblo...”
Jesús oye la gritería del populacho furioso que
lo pospone a un bandolero, y en pago de tantos beneficios
como le ha hecho, pide a voces su muerte: “¡Crucficalo,
crucifícalo!”
Ya se ha pronunciado la sentencia de muerte, y Jesucristo, tomando
su pesada cruz sobre sus hombros, se dirige hacia el Calvario. ¡Cuántos
dolores lo aguardan todavía! La presencia de su Madre, a
la que profesa tan acendrado amor y cuya inmensa aflicción
conoce Él mejor que nadie, el verse despojado de sus
vestidos, el sentir taladrados sus pies y manos y la sed que lo
abrasa. Luego las burlas y sarcasmos de odio de sus mortales
enemigos: “Tú que destruyes el Templo de Dios,
sálvate a ti mismo y creeremos en ti... Salvó a otros
y a sí mismo no puede salvarse”. Finalmente, el
abandono de su Padre, cuya santa voluntad había cumplido
siempre: "¡Pa dre!, ¿por qué me
has desamparado?”
Verdaderamente bebió el cáliz hasta las heces, y
cumplió, sin faltar una tilde ni el más leve detalle,
cuanto de Él estaba vaticinado. Por eso al quedar todo cumplido,
cuando ha apurado hasta el fondo el cáliz de todos los dolores
y de todas las humillaciones, puede exhalar su “ Todo está acabado” .
Sí, en verdad, “todo se acabó", sólo falta
ya poner su alma en manos del Padre: “E inclinando la cabeza,
entregó el espíritu".
Al leernos la Iglesia en los días de Semana Santa el relato
de la Pasión, lo interrumpe en este lugar para adorar a
Dios en silencio. Siguiendo su ejemplo, prosternémonos reverentes
y adoremos al Crucificado que acaba de expirar; verdaderamente
es Hijo de Dios: Verdadero Dios de Dios verdadero. Sobre todo,
el Viernes Santo tomemos parte en la adoración solemne de
la Cruz, para reparar, conforme lo quiere la Iglesia, las ofensas
sin cuento de que fue agobiada por sus enemigos la Divina. Víctima.
Mientras se realiza esta ceremonia conmovedora, la Iglesia pone
en boca del Salvador inocente los improperios a modo de triste
lamento; directamente se aplican al pueblo deicida; nosotros podemos
escucharlos en un sentido enteramente espiritual y despertarán
en nuestras almas vivos sentimientos de compunción: “ Pueblo
mío, ¿qué te hice yo? O, ¿en qué te
he contristado? Respóndeme. ¿Qué más
debí hacer por ti, y no lo hice? Yo te planté como
mi viña más hermosa, y tú me has salido muy
amarga, pues has saciado mi sed con vinagre y has taladrado con
una lanza el costado de tu Salvador... Por ti flagelé yo
a Egipto con sus primogénitos y tú me has entregado
al azote. Yo te saqué de Egipto, hundiendo al Faraón
en el Mar Rojo, y tú me has entregado a los príncipes
de los sacerdotes. Yo abrí ante ti el mar, y tú has
abierto con una lanza mi costado... Yo fui delante de ti en la
columna de nube, y tú me has llevado al pretorio de Pilato...
Yo te alimenté con maná en el desierto, y tú me
has herido con bofetadas y azotes... Yo te di un cetro real, y
tú has dado a mi cabeza una corona de espinas. Yo te exalté con
gran poder, y tú me has suspendido en el patíbulo
de la Cruz”.
Estas quejas de un Dios padeciendo por los hombres deben mover
nuestros corazones; unámonos a esta obediencia llena
de amor que lo llevó hasta el sacrificio de la cruz: "Hecho
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Digámosle: "¡Oh,
Divino Redentor, que tanto sufriste por amor nuestro! De hoy
en más te prometemos hacer cuanto podamos para no pecar
ya; haz, por tu gracia, que, muriendo, oh Maestro adorado, a todo
lo que es pecado y apego al pecado y a la criatura, vivamos únicamente
para Ti”.
Porque, como dice San Pablo, "el amor que Cristo nos
demostró al morir por nosotros, de tal modo nos apremia
que los que viven no vivan ya para sí, sino para aquel
que por ellos murió" (II Corintios, V, 15).
Dom COLUMBA
Marmión, O.S.B. (Tomado de su
libro “Jesucristo
en sus misterios” )