El
sacrificio eucarístico

La
Eucaristía, fuente de vida divina
En
todas las páginas que preceden he procurado demostraros cómo
Dios quiere hacernos partícipes de su vida y cómo la
gracia de Cristo, elevándonos a la categoría de hijos
de Dios, es el principio de la vida divina en nosotros. El Bautismo
nos confiere esa gracia, que es el germen de la vida sobrenatural
y como el río divino en su hontanar. Hay obstáculos
que se oponen al desarrollo de esa vida y al crecimiento de ese río;
ya os he dicho de qué modo debemos eliminarlos. Finalmente,
en las dos últimas conferencias os he expuesto cuáles
son las leyes generales que determinan la permanencia de esa vida
en nuestras almas, y los medios de que disponemos para acrecentarla;
cómo es preciso permanecer unidos a Cristo por la gracia santificante,
y hacer todas y cada una de nuestras acciones por la gloria de su
Padre, con intención recta y movidos de una ardiente caridad.
Esta ley se extiende a toda nuestra actividad, y abarca todas nuestras
obras, de cualquier naturaleza que sean.
Cuando
un alma se percata de la grandeza de esta vida sobrenatural y se convence
de que el fundamento de ella no es otro que nuestra unión con
Cristo por la fe y por la caridad, aspira a la perfección de
esa unión; anhela la plenitud de esa vida, que debe, según
el pensamiento eterno de Dios, poseer en sí misma. Esta perfección
¿no será una utopía, una quimera?, se pregunta
el alma. No, no es pura entelequia; aunque parezca una cosa sublime
e inasequible, puede y debe convertirse en realidad. «Esto es
imposible para los hombres; para Dios todas las cosas son posibles»
(Mt 19,26).
Es
cierto, en efecto, que todos los esfuerzos de la naturaleza humana
abandonada a sí misma, sin Cristo, no pueden hacernos avanzar
un paso en la realización de esa unión, ni provocar
el nacimiento y desarrollo de la vida que la unión engendra.
Dios sólo es el dispensador del germen y crecimiento; es necesario,
indispensable, como dice San Pablo (1Cor 3,6), que nosotros plantemos
y reguemos; pero los frutos de vida no se producen sino por la savia
de la gracia divina que Dios hace correr por nosotros.
Dios
Nuestro Señor pone a nuestra disposición medios incomparables
para mantener esa savia, pues si en cuanto es Bondad infinita y soberanamente
eficaz, quiere hacernos participantes de su naturaleza y felicidad,
como Sabiduría eterna, proporciona también los medios
para el fin; de una virtualidad y eficacia a las que nada iguala si
no es la dulzura con que esa sabiduría eterna obra: «Alcanza
poderoso del uno al otro extremo y todo lo gobierna suavemente»
(Sab 8,1).
Ahora
bien, si después de haber considerado cómo Dios nos
infunde en el Bautismo el germen de esta vida y las primicias de esta
unión, y la ley general que rige su desarrollo, deseamos conocer,
en concreto, los medios que Dios pone a nuestra disposición,
veremos que se reducen principalmente a la oración y a la recepción
del Sacramento de la Eucaristía.
Dios
se ha comprometido con el alma que se dirige a El: «Si pedís
alguna cosa a mi Padre en mi nombre, dice Jesús, os la concederá»;
y añade: «Pedid y recibiréis, a fin de que vuestra
alegría sea perfecta»; y esta alegría es la alegría
de Cristo -«para que posean en toda su plenitud mi gozo»
(Jn 16, 23-24)-, la alegría de su gracia, la alegría
de su vida la cual, como rio divino, nace de El y fluye hasta nosotros
para regocijarnos (Sal 45,5).
La
Eucaristía es el otro medio, mucho más poderoso aún.
En la oración, Dios comunica sus dones con ciertas condiciones;
en el sacramento de la Eucaristía, es el mismo Cristo quien
se da a nosotros, la Eucaristía es propiamente el sacramento
de la unión que alimenta y mantiene la vida divina en nosotros.
A ella se refiere particularmente lo que dijo Nuestro Señor:
«Yo he venido para dar a las almas la abundancia de la vida»
(Jn 10,10). Al recibir a Cristo en la comunión, nos unimos
a la vida misma.
Pero
antes de darse al alma en alimento, Cristo se inmola, puesto que no
se hace presente bajo las especies sacramentales sino en el sacrificio
de la Misa. Por esta razón, debo, en primer lugar, tratar de
la oblación del altar, aplazando para la próxima conferencia
el hablaros de la comunión eucarística.
Digamos,
pues, lo que es el sacrificio de la Misa y cómo hay en él
virtualidad para irnos transformando en Jesús.
Este
tema es inefable; el mismo sacerdote, para quien el sacrificio eucarístico
es como el centro y el sol de su existencia, es incapaz de dar a comprender
con su palabra las maravillas que el amor de Cristo ha acumulado en
él. Todo lo que el hombre, simple criatura, puede decir de
ese misterio, salido del corazón de un Dios, queda tan por
debajo de la realidad, que después de decir todo cuanto se
sabe de él, parece que no se ha dicho nada. Este misterio es
tan santo y elevado que no hay tema que el sacerdote ame y a la vez
tema tanto tratar.
Pidamos
a la fe que nos ilumine, pues el sacrificio eucarístico es
por excelencia un misterio de fe, mysterium fidei, y así, para
comprender algo de él, es preciso recurrir a Cristo, repitiéndole
las palabras de San Pedro, cuando Jesús anunció este
misterio a los judíos, y varios de sus discípulos le
abandonaron escandalizados: «¿A quién iremos,
Señor, únicamente tú tienes palabras de vida
eterna» (ib. 6,69), y sobre todo, creamos al amor, como dice
San Juan (ib. 4,16). Nuestro Señor quiso instituir este sacramento
en el instante en que iba a darnos, por su Pasión, el testimonio
más grande de su amor para con nosotros, y quiso que se perpetuase
entre nosotros, «en memoria de El»; es como su último
pensamiento y el testamento de su sagrado corazón: «Haced
esto en memoria mía» (1Cor 11,24).
1.
La Eucaristía considerada como sacrificio; trascendencia del
sacerdocio de Cristo
El
Concilio de Trento, como sabéis, definió que la Misa
es «un verdadero sacrificio», que recuerda y renueva la
inmolación de Cristo en el Calvario. La Misa es ofrecida como
«un verdadero sacrificio» (Sess 22, can.1). En «ese
divino sacrificio», que se realiza en la Misa, se inmola de
una manera incruenta el mismo Cristo que sobre el altar de la Cruz
se ofreció de un modo cruento. No hay, por consiguiente, más
que una sola víctima; el mismo Cristo que se ofreció
sobre la Cruz es ofrecido ahora por ministerio de los sacerdotes;
la diferencia, pues, consiste únicamente en el modo de ofrecerse
e inmolarse (ib. cap.2).
El
sacrificio del altar, según acabáis de ver por el Concilio
de Trento, renueva esencialmente el del Gólgota, y no hay más
diferencia que la del modo de oblación. Pues si queremos comprender
la grandeza del sacrificio que se ofrece en el altar, debemos considerar
un instante de dónde proviene el valor de la inmolación
de la Cruz. El valor de un sacrificio depende de la dignidad del pontífice
y de la calidad de la víctima por eso vamos a decir unas palabras
del sacerdocio y del sacrificio de Cristo.
Todo
sacrificio verdadero supone un sacerdocio, es decir, la institución
de un ministro encargado de ofrecerlo en nombre de todos.- En la ley
judía, el sacerdote era elegido por Dios de la tribu de Aarón
y consagrado al servicio del Templo por una unción especial.
Pero en Cristo el sacerdocio es trascendental; la unción que
le consagra pontífice máximo es única: consiste
en la gracia de unión que, en el momento de la Encarnación,
une a la persona del Verbo la humanidad que ha escogido. El Verbo
encarnado es «Cristo», que significa «ungido»
no con una unción externa, como la que servía para consagrar
a los reyes, profetas y sacerdotes del Antiguo Testamento, sino ungido
por la divinidad, que se extiende sobre la humanidad, según
dice el Salmista, «como aceite delicioso»; «Has
amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso te ungió el
Señor, tu Dios, anteponiéndote a tus compañeros,
con aceite de alegría» (Sal 44,8).
Jesucristo
es «ungido», consagrado y constituido sacerdote y pontífice,
es decir, mediador entre Dios y los hombres, por la gracia que le
hace Hombre-Dios, Hijo de Dios, y en el momento mismo de esa unión.
Y de esta suerte quien le constituye pontifice máximo es su
Padre. Escuchemos lo que dice San Pablo: «Cristo no se glorificó
a sí mismo para llegar a ser pontifice, sino que Aquel que
le dijo (en el día de la Encarnación): «Tú
eres mi Hijo; Te he engendrado hoy», le llamó para constituirle
sacerdote del Altísimo» (Heb 5,5; +6, y 7,1).
De
ahí, pues, que, por ser el Hijo único de Dios, Cristo
podrá ofrecer el único sacrificio digno de Dios. Y nosotros
oímos al Padre Eterno ratificar por un juramento esta condición
y dignidad de pontífice: «El Señor lo juró,
y no se arrepentirá de ello: Tú eres sacerdote por siempre,
según el orden de Melquisedec» (Sal 109,4). ¿Por
qué es Cristo sacerdote eterno? -Porque la unión de
la divinidad y de la humanidad en la Encarnación, unión
que le consagra pontífice, es indisoluble: «Cristo, dice
San Pablo, posee un sacerdocio eterno porque El permanece siempre»
(Heb 7,3).
Y
ese sacerdocio es según «el orden», es decir, la
semejanza «del de Melquisedec». San Pablo recuerda ese
personaje misterioso del Antiguo Testamento, que representa, por su
nombre y por su ofrenda de pan y vino, el sacerdocio y el sacrificio
de Cristo. Melquisedec significa «Rey de justicia», y
la Sagrada Escritura nos dice que era «Rey de Salem» (Gén
14,18; Heb 7,1), que quiere decir «Rey de paz». Jesucristo
es Rey; El afirmó, en el momento de su Pasión, ante
Pilato, su realeza: «Tú lo has dicho» (Jn 18,37).
Es rey de justicia porque cumplirá toda justicia. Es rey de
paz (Is 9,6) y vino para restablecerla en el mundo entre Dios y los
hombres, y precisamente en su sacrificio fue donde la justicia, al
fin satisfecha, y la paz, ya recobrada, pactaron, con un beso, su
alianza (Sal 84,11).
Lo
veis bien: Jesús, Hijo de Dios desde el momento de su Encarnación,
es por esta razón el pontífice máximo y eterno
y el mediador soberano entre los hombres y su Padre; Cristo es el
pontífice por excelencia. Así, pues, su sacrificio posee,
como su sacerdocio, un carácter de perfección única
y de valor infinito.
2.
Naturaleza del sacrificio; cómo los sacrificios antiguos no
eran más que figuras; la inmolación del Calvario, única
realidad; valor infinito de esta oblación
Jesucristo
comienza el ejercicio de su sacerdocio desde la Encarnación.
«Todo pontífice ha sido, en efecto, instituido para ofrecer
dones y sacrificios» (Heb 5,1); por eso convenía, o mejor
dicho, era necesario que Cristo, pontífice supremo, tuviera
también alguna cosa que ofrecer. ¿Qué es lo que
va a ofrecer? ¿Cuál es la materia de su sacrificio?
Veamos y consideremos lo que se ofrecía antes de El.
El
sacrificio pertenece a la esencia misma de la religión; es
tan antiguo como ella.
Desde
que hay criaturas, parece justo y equitativo que reconozcan la soberanía
divina, en eso consiste uno de los elementos de la virtud de religión,
que es, a su vez, una manifestación de la virtud de justicia.
Dios es el ser subsistente por sí mismo y contiene en sí
toda la razón de ser de su existencia, es el ser necesario,
independiente de todo otro ser, mientras que la esencia de la criatura
consiste en depender de Dios. Para que la criatura exista, salga de
la nada y se conserve en la existencia, para que luego pueda desplegar
su actividad, necesita el concurso de Dios. Para conformarse, pues,
con la verdad de su naturaleza, la criatura debe confesar y reconocer
esta dependencia; y esta confesión y reconocimiento es la adoración.
Adorar es reconocer con humildad la soberanía de Dios: «Venid,
adoremos al Señor y postrémonos ante El... Porque El
nos ha formado y no nosotros a nosotros mismos» (Sal 94,6, y
Sal 99,3).
A
decir verdad, en presencia de Dios, nuestra humillación debería
llegar al anonadamiento, lo cual constituiría el homenaje supremo,
aunque ni siquiera este anonadamiento seria bastante para expresar
convenientemente nuestra condición de simples criaturas y la
trascendencia infinita del Ser divino. Mas como Dios nos ha dado la
existencia, no tenemos derecho a destruirnos por la inmolación
de nosotros mismos, por el sacrificio de nuestra vida. El hombre se
hace sustituir por otras criaturas, principalmente por las que sirven
al sostenimiento de su existencia, como el pan, el vino, los frutos,
los animales (Secreta del Jueves después del Domingo de Pasión).
Por la ofrenda, la inmolación o la destrucción de esas
cosas, el hombre reconoce la infinita majestad del Ser supremo, y
eso es el sacrificio. Después del pecado, el sacrificio, a
sus otros caracteres, une el de ser expiatorio.
Los
primeros hombres ofrecían frutos, e inmolaban lo mejor que
tenían en sus rebaños, para testimonar así que
Dios era dueño soberano de todas las cosas.
Más
tarde, Dios mismo determinó las formas del sacrificio en la
ley mosaica. Existían, en primer lugar, los holocaustos, sacrificios
de adoración; la víctima era enteramente consumida;
había los sacrificios pacíficos, de acción de
gracias o de petición: una parte de la víctima era quemada,
otra reservada a los sacerdotes, y la tercera se daba a aquellos por
quienes se ofrecía el sacrificio. Se ofrecían finalmente
-y éstos eran los más importantes de todos- sacrificios
expiatorios por el pecado.
Todos
estos sacrificios, dice San Pablo, no eran más que figuras
(1Cor 10,11); «imperfectos y pobres rudimentos» (Gál
4,9); no agradaban a Dios sino en cuanto representaban el sacrificio
futuro, el único que pudo ser digno de El: el sacrificio del
Hombre-Dios sobre la Cruz. [Deus... legalium differentiam hostiarum
unius sacrificii perfectione sanxisti. Secreta del 7º Domingo
después de Pentecostés].
De
todos los símbolos, el más expresivo era el sacrificio
de expiación, ofrecido una vez al año por el gran sacerdote
en nombre de todo el pueblo de Israel, y en el cual la víctima
sustituía al pueblo (Lev 15,9 y 16). ¿Qué vemos,
en efecto? -Una víctima presentada a Dios por el sumo sacerdote.
Este, revestido de los ornamentos sacerdotales, impone primero las
manos sobre la víctima, mientras la muchedumbre del pueblo
permanece postrada en actitud de adoración. ¿Qué
significaba este rito simbólico? -Que la víctima sustituía
a los fieles; representábalos delante de Dios, cargada, por
decirlo así, con todos los pecados del pueblo. [Dios mismo,
en el Levítico, había declarado que era El el autor
de esta sustitución. Lev 17, 11]. Luego la víctima es
inmolada por el sumo sacerdote, y este golpe, esta inmolación
hiere moralmente a la multitud, que reconoce y deplora sus crimenes
delante de Dios, dueño soberano de la vida y de la muerte.
Después, la víctima puesta sobre la pira, es quemada
y sube ante el trono de Dios, in odorem suavitatis símbolo
de la ofrenda que el pueblo debía hacer de sí mismo
a Aquel que es, no sólo su primer principio, sino también
su último fin. El sumo sacerdote, habiendo rociado los ángulos
del altar con la sangre de la víctima, penetra en el santo
de los santos para derramarla también delante del arca de la
Alianza, y a continuación de este sacrificio, Dios renovaba
el pacto de amistad que había concertado con su pueblo.
Todo
esto, ya os lo he dicho, no era más que alegoría. ¿En
qué consiste la realidad? -En la inmolación sangrienta
de Cristo en el Calvario, Jesús, dice San Pablo, se ha ofrecido
El mismo a Dios por nosotros como una oblación y un sacrificio
de agradable olor (Ef 5,2). Cristo ha sido propuesto por Dios a los
hombres como la víctima propiciatoria en virtud de su sangre,
por medio de la fe (Rom 3,25).
Pero
notad bien que Cristo Jesús consumó su sacrificio en
la cruz. Lo inauguró desde su Encarnación, aceptando
el ofrecerse a sí mismo por todos los hombres.- Ya sabéis
que el más mínimo padecimiento de Cristo, considerado
en sí mismo, hubiera bastado para salvar al género humano;
siendo Dios, sus acciones tenían, a causa de la dignidad de
la persona divina, un valor infinito. Pero el Padre Eterno ha querido,
en su sabiduría incomprensible, que Cristo nos rescatase con
una muerte sangrienta en la Cruz. Ahora bien, nos dice expresamente
San Pablo que este decreto de la adorable voluntad de su Padre, Cristo
lo aceptó desde su entrada en el mundo. Jesucristo, en el momento
de la Encarnación, vio con una sola mirada todo cuanto había
de padecer por la salvación del género humano, desde
el pesebre hasta la cruz, y entonces se consagró a cumplir
enteramente el decreto eterno, e hizo la ofrenda voluntaria de su
propio cuerpo para ser inmolado. Oigamos a San Pablo: «Cristo,
entrando en el mundo, dice a su Padre: No quisiste ni víctimas
ni ofrendas, pero me adaptaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos
ni sacrificios por el pecado. Entonces dije: Heme aquí... Vengo,
oh Dios mío, a hacer tu voluntad» (Heb 10,5 y 8-9). Y
habiendo comenzado así la obra de su sacerdocio por la perfecta
aceptación de la voluntad de su Padre y la oblación
de sí mismo, Jesucristo consumó el sacrificio sobre
la Cruz con una muerte sangrienta. Inauguró su Pasión
renovando la oblación total que había hecho de sí
mismo en el momento de la Encarnación. «Padre, dijo al
ver el cáliz de dolores que se le presentaba, no lo que yo
quiero, sino lo que Tú quieres»; y su última palabra
antes de expirar será: «Todo está cumplido»
(Jn 19,30).
Considerad
por algunos instantes este sacrificio y veréis que Jesucristo
realizó el acto más sublime y rindió a Dios su
Padre el homenaje más perfecto.- El pontífice es El,
Dios-Hombre, Hijo muy amado. Es verdad que ofreció el sacrificio
de su naturaleza humana, puesto que sólo el hombre puede morir;
es verdad también que esta oblación fue limitada en
su duración histórica; pero el pontífice que
la ofrece es una persona divina, y esta dignidad confiere a la inmolación
un valor infinito.- La víctima es santa, pura, inmaculada,
pues es el mismo Jesucristo; El, cordero sin mancha, que con su propia
sangre, derramada hasta la última gota como en los holocaustos,
borra los pecados del mundo. Jesucristo ha sido inmolado en vez de
nosotros; nos ha sustituido; cargado de todas nuestras iniquidades,
se hizo víctima por nuestros pecados.·«Dios cargó
sobre El las iniquidades de todos nosotros» (Is 53,6).- Jesucristo,
en fin, ha aceptado y ofrecido este sacrificio con una libertad llena
de amor: «No se le ha quitado la vida sino porque El ha querido»
(Jn 5,18); y El lo ha querido únicamente «porque ama
a su Padre». «Obro así para que conozca el mundo
que amo al Padre» (Jn 14,31).
De
esta inmolación de un Dios, inmolación voluntaria y
amorosa, ha resultado la salvación del género humano:
la muerte de Jesús nos rescata, nos reconcilia con Dios, restablece
la alianza de donde se derivan para nosotros todos los bienes, nos
abre las puertas del cielo, nos hace herederos de la vida eterna.
Este sacrificio basta ya para todo; por eso, cuando Jesucristo muere,
el velo del templo de Israel se rasga por medio, para mostrar que
los sacrificios antiguos quedaban abolidos para siempre, y reemplazados
por el único sacrificio digno de Dios. En adelante, no habrá
salvación, no habrá santidad, sino participando del
sacrificio de la Cruz, cuyos frutos son inagotables: «Por esta
oblación única, dice San Pablo, Cristo ha procurado
para siempre la perfección a los que han de ser santificados»
(Heb 10,14).
3.
Se reproduce y renueva por el sacrificio de la Misa
No
os extrañéis que me haya extendido tratando del sacrificio
del Calvario; esta inmolación se reproduce en el altar: el
sacrificio de la Misa es el mismo que el de la Cruz. No puede haber,
en efecto, otro sacrificio, sino el del Calvario; esta oblación
es única, dice San Pablo; es suficientísima, pero Nuestro
Señor ha querido que se continúe en la tierra para que
sus méritos sean aplicados a todas las almas.
¿Cómo
ha provisto Jesús a la realización de este su deseo,
puesto que ya subió a los cielos? Es verdad que sigue siendo
eternamente el Pontífice por excelencia; pero, por el sacramento
del Orden, ha escogido a ciertos hombres, a quienes hace participantes
de su sacerdocio. Cuando el obispo extiende, en la ordenación,
las manos para consagrar a los sacerdotes, la voz de los ángeles
repite sobre cada uno: «Tú eres sacerdote para siempre;
el carácter sacerdotal que recibes, nunca te será quitado;
ese carácter lo recibes de manos de Jesucristo, y su Espíritu
es quien toma posesión de ti para convertirte en ministro de
Jesucristo». Jesús va a renovar su sacrificio por medio
de los hombres.
Veamos
lo que se verifica en el altar. ¿Qué es lo que vemos?
-Después de algunas oraciones preparatorias y algunas lecturas,
el sacerdote ofrece el pan y el vino: es la «ofrenda»
u «ofertorio»; esos elementos serán muy pronto
transformados en el cuerpo y en la sangre de Nuestro Señor.
El sacerdote invita luego a los fieles y a los espíritus celestiales
a rodear el altar, que va a convertirse en un nuevo Calvario, a acompañar
con alabanzas y homenajes la acción santa. Después de
lo cual, entra silenciosamente en comunicación más íntima
con Dios, llega el momento de la consagración: extiende las
manos sobre las ofrendas como el sumo sacerdote lo hacía en
otro tiempo sobre la víctima que iba a inmolar, recuerda todos
los gestos y todas las palabras de Jesucristo en la última
cena, en el momento de instituir este sacrificio: «En el dia
antes de padecer»; después, identificándose con
Jesucristo, pronuncia las palabras rituales: «Este es mi cuerpo»,
«Esta es mi sangre»... Estas palabras verifican el cambio
del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Jesucristo. Por
su voluntad expresa y su institución formal, Jesucristo se
hace presente, real y sustancialmente, con su divinidad y su humanidad,
bajo las especies, que permanecen y le ocultan a nuestra vista.
Pero,
como sabéis, la eficacia de esta fórmula es más
extensa: por estas palabras, se realiza el sacrificio. En virtud de
las palabras: «Este es mi cuerpo», Jesucristo, por mediación
del sacerdote, pone su carne bajo las especies del pan; por las palabras:
«Esta es mi sangre», pone su sangre bajo las especies
del vino. Separa de ese modo, místicamente, su carne y su sangre,
que, en la Cruz, fueron físicamente separadas; separación
que le produjo la muerte. Después de su resurrección,
Jesucristo no puede ya morir, «la muerte no hará presa
en El ya nunca más» (Rom 6,9); la separación del
cuerpo y de la sangre, que se verifica en el altar, es mística.
«El mismo Cristo que fue inmolado sobre la Cruz es inmolado
en, el altar, aunque de un modo diferente»; y esta inmolación,
acompañada de la ofrenda, constituye un verdadero sacrificio.
[In hoc divino sacrificio quod in Missa peragitur, idem ille Christus
continetur et immolatur, qui in ara crucis seipsum cruentum obtulit.
Conc. Trid., Sess. XXII, cap.2].
La
comunión consuma el sacrificio; es el último acto importante
de la Misa.- El rito de la manducación de la víctima
acaba de expresar la idea de sustitución, y sobre todo, de
alianza, que se encuentra en todo sacrificio. Uniéndose tan
íntimamente a la víctima que le ha sustituido, el hombre
se inmola a su vez, si así puede decirse; siendo la hostia
una cosa santa y sagrada, al comerla, uno se apropia, en cierto modo,
la virtud divina que resulta de su consagración.
En
la Misa, la víctima es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre;
por eso la comunión es por excelencia el acto de unión
a la divinidad; es la mejor y más íntima participación
en los frutos de alianza y de vida divina que nos ha procurado la
inmolación de Cristo.
Así,
pues, la Misa no es sólo una simple representación del
sacrificio de la Cruz; no tiene únicamente el valor de un simple
recuerdo, sino que es un verdadero sacrificio, el mismo del Calvario,
el cual reproduce y prolonga, y cuyos frutos aplica.
4.
Frutos inagotables del sacrificio del altar; homenaje de perfecta
adoración, sacrificio de propiciación plenaria; única
acción de gracias digna de Dios; sacrificio de poderosa impetración
Los
frutos de la Misa son inagotables, porque son los frutos mismos del
sacrificio de la Cruz. El mismo Jesucristo es quien se ofrece por
nosotros a su Padre. Es verdad que después de la Resurrección
no puede ya merecer; pero ofrece los méritos infinitos adquiridos
en la Pasión; y los méritos y las satisfacciones de
Jesucristo conservan siempre su valor, al modo como El mismo eonserva
siempre, juntamente con el earácter de pontífice supremo
y de mediador universal, la realidad divina de su sacerdocio. Ahora
bien, después de los sacramentos, en la Misa es donde, según
el Santo Concilio de Trento, tales méritos nos son particularmente
aplicados con mayor plenitud. [Oblationis cruentæ fructus per
hanc incruentam uberrime percipiuntur. Sess. XXII, cap.2]. Y por eso,
todo sacerdote ofrece cada Misa no sólo por sí mismo,
sino «por todos los que a ella asisten, por todos los fieles,
vivos y difuntos» [Suscipe, sancte Pater omnipotens... hanc
immaculatam hostiam... pro omnibus circumstantibus, sed et pro omnibus
fidelibus christianis vivis atque defunctis: ut mihi et illis proficiat
ad salutem in vitam æternam]. ¡Tan extensos e inmensos
son los frutos de este sacrificio, tan sublime es la gloria que procura
a Dios!
Así,
pues, cuando sintamos el deseo de reeonocer la infinita grandeza de
Dios y de ofrecerle, a pesar de nuestra indigencia de criaturas, un
homenaje que sea, con seguridad aceptado, ofrezcamos el santo sacrificio,
o asistamos a él, y presentemos a Dios la divina víctima
el Padre Eterno recibe de ella, como en el Calvario, un homenaje de
valor infinito, un homenaje perfectamente digno de sus inefables perfecciones.
Por
Jesucristo, Dios y Hombre, inmolado en el altar, se da al Padre todo
honor y toda gloria. [Per ipsum et cum ipso et in ipso et tibi Deo
Patri omnipotenti... omnis honor et gloria per omnia sæcula
sæculorum. Ordinario de la Misa]. No hay, en la religión,
acción que calme tanto al alma convencida de su nada, y ávida,
no obstante esto, de rendir a Dios homenajes dignos de la grandeza
divina. Todos los homenajes reunidos de la creación y del mundo
de los escogidos no dan al Padre Eterno tanta gloria como la que recibe
de la ofrenda de su Hijo. Para llegar a comprender el valor de la
Misa, es necesaria la fe, esa fe que es a modo de participación
del conocimiento que Dios tiene de sí mismo y de las cosas
divinas. A la luz de la fe, podemos considerar el altar, tal como
lo considera el Padre celestial. ¿Qué es lo que ve el
Eterno Padre sobre el altar en que se ofreee el santo sacrificio?
Ve «al Hijo de su amor» [Filius dilectionis suæ.
Sess XXII, cap.2], al Hijo de sus complacencias, presente, con toda
verdad y realidad, y renovando el sacrificio de la Cruz. El precio
y valor de las cosas lo tasa Dios en proporción de la gloria
que éstas le tributan; pues bien, en este sacrificio, como
en el Calvario, recibe una gloria infinita por mediación de
su amado Hijo; de suerte que no pueden ofrecerse a Dios homenajes
más perfectos que éste, que los contiene y excede a
todos.
El
santo sacrificio es también fuente de confianza y de perdón.
Cuando
nos abate el recuerdo de nuestras faltas y procuramos reparar nuestras
ofensas y satisfacer más ampliamente a la justicia divina,
para que nos absuelva de las penas del pecado, no hallamos medio más
eficaz ni más consolador que la Misa. Oíd lo que a este
propósito dice el Concilio de Trento: «Mediante esta
oblación de la Misa Dios, aplacado, otorga la gracia y el don
de la penitencia perdona los crímenes y los pecados, aun los
más horrendos». [Si así podemos expresarnos, la
Eucaristía como Sacramento procura (o, si se quiere, tiene
por fin primario) la gracia in recto (directa o formalmente), y la
gloria de Dios in obliquo (indirectamente), en tanto que el santo
sacrificio procura in recto la gloria de Dios, e in obliquo la gracia
de la penitencia y de la contrición por los sentimientos de
compunción que excita en el alma]. ¿Quiere esto decir
que la Misa perdona directamente los pecados? -No, ése es privilegio
reservado únicamente al sacramento de la Penitencia y a la
perfecta contrición; pero la Misa contiene abundantes y eficaces
gracias, que iluminan al pecador y le mueven a hacer actos de arrepentimiento
y de contrición, que le llevarán a la penitencia y por
ella le devolverán la amistad con Dios (Conc. Trid. XXII, c.
1). Si esto puede decirse con verdad del pecador a quien aun no ha
absuelto la mano del sacerdote, con sobrada razón podrá
decirse de las almas justificadas, que anhelan una satisfacción
tan completa como sea posible de sus faltas y que llegue a colmar
el deseo que tienen de repararlas. ¿Por qué así?
-Porque la Misa no es solamente un sacrificio laudatorio o un mero
recuerdo del de la Cruz es verdadero sacrificio de propiciación,
instituido por Jesucristo opara aplicarnos cada día la virtud
redentora de la inmolación de la Cruz» (Secreta del Domingo
IX después de Pentecostés). De ahí que veamos
al sacerdote, aun cuando ya disfruta de la gracia y amistad de Dios,
ofrecer este sacrificio «por sus pecados, sus ofensas y sus
negligencias sin número». La divina víctima aplaca
a Dios y nos le vuelve propicio. Por tanto, cuando la memoria de nuestras
faltas nos acongoja, ofrezcamos este sacrificio: en él se inmola
por nosotros Jesucristo: «Cordero de Dios que quita los pecados
del mundo» y que «renueva, cuantas veces se sacrifica,
la obra de nuestra redención» (Sal 83,10). ¡Qué
confianza, pues, no debemos tener en este sacrificio expiatorio! Por
grandes que sean nuestras ofensas y nuestra ingratitud, una sola Misa
da más gloria a Dios que deshonra le han inferido, digámoslo
así, todas nuestras injurias. «¡Oh Padre Eterno,
dignaos echar una mirada sobre este altar, sobre vuestro Hijo, que
me ama y se entregó por mí en la cima del Calvario,
y que ahora os presenta en favor mío sus satisfacciones de
valor infinito: "mirad al rostro de vuestro Hijo" (+Rom
5, 8-9), y dad al olvido las faltas que yo cometí contra vuestra
soberana bondad! Os ofrezco esta oblación, en la que encontráis
vuestras complacencias, como reparación de todas las injurias
inflingidas a vuestra divina majestad». Semejante oración
indudablemente será atendida por Dios, por cuanto se apoya
en los méritos de su Hijo, que por su Pasión todo lo
ha expiado.
Otras
veces lo que nos embarga es la memoria de las misericordias del Señor:
el beneficio de la fe cristiana que nos ha abierto el camino de la
salvación y hecho participantes de todos los misterios de Cristo,
en espera de la herencia de la eterna bienaventuranza; una infinidad
de gracias que desde el Bautismo se van escalonando en el camino de
toda nuestra vida. Al echar una mirada retrospectiva, el alma siéntese
como abrumada a la vista de las gracias innumerables de que Dios,
a manos llenas, la ha colmado; y entonces, fuera de sí por
verse objeto de la divina complacencia, exclama: «Señor,
¿qué podré daros yo, miserable criatura, a cambio
de tantos beneficios? ¿Qué os daré que no sea
indigno de Vos?» Aunque Vos «no tengáis necesidad
de mis bienes» (Sal 15,2), sin embargo, es justo que os muestre
gratitud por vuestra infinita liberalidad para conmigo; siento esta
necesidad en lo íntimo de mi ser «¿cómo,
pues, satisfacerla, Señor y Dios mío, de una manera
digna a la vez de vuestra grandeza y de vuestros beneficios?»
(ib. 115,12). «¿Con qué corresponderé al
Señor por todos los beneficios que de El he recibido?»
Tal es la exclamación del sacerdote después de la sunción
de la Hostia. Y, ¿cual es la respuesta que en sus labios pone
la Iglesia? «Tomaré el cáliz de la salud»...
La Misa es la acción de gracias por excelencia, la más
perfecta y la más grata que podemos ofrecer a Dios. Leemos
en el Evangelio que, antes de instituir este sacrificio, Nuestro Señor
«dio gracias» a su Padre: eujaristesas. San Pablo usa
de la misma expresión, y la Iglesia ha conservado este vocablo
con preferencia a cualquier otro, sin querer con esto excluir los
otros caracteres de la Misa, para significar la oblación del
altar: sacrificio eucarístico, esto es, sacrificio de acción
de gracias. Ved cómo, en todas las misas, después del
ofertorio y antes de proceder a la consagración, el sacerdote,
a ejemplo de Jesucristo, entona un cántico de acción
de gracias: «Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable,
Señor santo Dios omnipotente, el tributaros siempre y en todo
lugar acciones de gracias... Por Jesucristo Señor nuestro»
(Prefacio de la Misa). Tras esto, inmola la Víctima Sacrosanta:
Ella es quien rinde las debidas gracias por nosotros y quien agradece
en su justo valor, pues Jesús es Dios, los beneficios todos
que desde el cielo, y del seno del Padre de las luces descienden sobre
nosotros (Sant 1,17). Por mediación de Jesucristo, nos han
sido otorgados, y por El asimismo, toda la gratitud del alma se remonta
hasta el trono divino. Finalmente, la Misa es sacrificio de impetración.
Nuestra
indigencia no tiene límites: necesidad tenemos incesantemente
de luz, de fortaleza y de consuelo: pues en la Misa es donde hallaremos
todos estos auxilios.- Porque, en efecto, en este sacramento está
realmente Aquel que dijo: «Yo soy la luz del mundo; Yo soy el
camino; Yo soy la verdad, Yo soy la vida. Venid a Mí todos
los que andáis trabajados, que Yo os aliviaré. Si alguien
viniere a Mí, no lo rechazaré» (Jn 7,37). Es el
mismo Jesús, que «pasó por doquier haciendo bien»
(Hch 10,38); que perdonó a la Samaritana, a Magdalena y al
Buen Ladrón, pendiente ya en la Cruz; que libraba a los posesos,
sanaba a los enfermos, restituia la vista a los ciegos y el movimiento
a los paralíticos; el mismo Jesús que permitió
a San Juan reclinar su cabeza sobre su sagrado corazón. Con
todo, es de advertir, que en el altar se halla de modo y a título
especial, a saber, como víctima sacrosanta que se está
ofreciendo a su Padre por nosotros; inmolado y, con todo, vivo y rogando
por nosotros. «Siempre vivo para interceder por nosotros»
(Heb 7,25). Ofrenda también sus infinitas satisfacciones a
fin de obtenernos las gracias que nos son necesarias para conservar
la vida espiritual en nuestras almas; apoya nuestras peticiones y
nuestras súplicas con sus valiosos méritos; así
que nunca estaremos más ciertos que en este momento propicio
de alcanzar las gracias que necesitamos. San Pablo, al hablar precisamente
del «Pontífice soberano que penetró por nosotros
en los cielos y que está lleno de piedad para con aquellos
a quienes se digna llamar hermanos suyosn, dice refiriéndose
al altar donde Cristo se inmola que es uel trono de la gracia, al
que debemos acercarnos con plena confianza, a fin de alcanzar la gracia
y ser socorridos en la hora oportuna» (Heb 4,16).
Notad
estas palabras de San Pablo: Cum fiducia: «confianza»,
es la condición imprescindible para ser atendido. Hemos, pues,
de ofrecer el santo sacrificio, o asistir a él con fe y confianza.
No obra en nosotros este sacrificio a la manera de los sacramentos,
ex opere operato; sus frutos son inagotabies, pero, en general, son
proporcionados a nuestras disposiciones interiores. Cada Misa contiene
un infinito potencial de perfección y santidad; pero según
sea nuestra fe y nuestro amor, así serán las gracias
que en ella obtengamos. Habréis reparado en que cuando el celebrante
hace memoria, antes de la consagración, de aquellos que quiere
recomendar a Dios, termina mencionando «a todos los asistentes»,
pero con la particularidad de que indica las disposiciones propias
de cada uno. «Acordaos, Señor... de todos los fieles
aquí presentes, cuya fe y devoción os son conocidas»
[Et omnium circumstantium quorum tibi fides cognita est et nota devotio.
Canon de la Misa]. Estas palabras nos dicen que las gracias que fluyen
de la Misa nos son otorgadas en la medida de la intensidad de nuestra
fe y de la sinceridad de nuestra devoción. Tocante a la fe,
ya os he dicho lo que es; mas esa nota devotio, ¿qué
puede ser? -No es otra cosa que la entrega pronta y completa de todo
nuestro ser a Dios, a su voluntad y a su servicio; Dios, que es el
único que escudriña el fondo de nuestros corazones,
ve si nuestro deseo y nuestra voluntad de serle fieles y de ser todo
para El son sinceros. Caso de que así sea, formaremos parte
de aquellos «cuya fe y devoción os son conocidas»,
por quienes el sacerdote ora especialmente y que harán abundante
acopio en el tesoro inagotable de los méritos de Jesucristo,
que, a través de la santa Misa, se pone de nuevo a su disposición.
Si,
pues, tenemos la convicción profunda de que todo nos viene
del Padre celestial por mediación de Jesucristo; que Dios ha
depositado en El todos los tesoros de santidad a que los hombres pueden
aspirar; que este mismo Jesús está sobre el altar, con
todos estos tesoros, no sólo presente, sino también
ofreciéndose por nosotros a la gloria de su Padre, tributándole
de este modo el homenaje en que más se complace y perpetuando
la renovación del sacrificio de ]a Cruz, a fin de que así
podamos aprovecharnos de su soberana eficacia; si tenemos, repito,
esta convicción profunda, estad ciertos de que podremos solicitar
y conseguir cualquier género de gracia. Porque, en estos solemnes
momentos, es lo mismo que si nos halláramos en compañía
de la Santísima Virgen, de San Juan y de la Magdalena, al pie
de la Cruz, y junto a la fuente misma de donde mana toda salud y toda
redención. ¡Ah, si conociésemos el don de Dios!...
¡Si supiéramos de qué tesoros disponemos, tesoros
que podríamos utilizar en favor nuestro y de la Iglesia universal!...
5.
Intima participación en la oblación del altar por nuestra
unión con Cristo, Pontífice y víctima
Sin
embargo, no debemos detenernos aquí, si ansiamos investigar
cumplidamente las intenciones que tuvo Jesucristo al instituir el
santo sacrificio, las mismas que expresa la Iglesia, Esposa suya,
en las ceremonias y palabras que acompañan a la oblación.
Valiéndonos de este divino sacrificio, podemos, ya os lo he
dicho, ofrecer a Dios un acto de adoración perfecto, solicitar
la remisión completa de nuestras faltas, tributarle dignas
acciones de gracias, y obtener la luz y fortaleza que necesitamos.
Pero, con todo, estas disposiciones del alma, por excelentes que sean,
es posible que no pasen de actos y disposiciones de un mero espectador
que asiste con devoción, mas sin tomar parte activa en la acción
santa.
Hay
una participación más íntima y debemos esforzarnos
por lograrla. ¿Qué participación es ésta?
-No otra que la de identificarnos, lo más completamente que
sea posible, con Jesucristo en su doble calidad de pontífice
y de víctima a fin de transformarnos en El. ¿Es esto
hacedero? -Ya os dije que en el instante mismo de la Encarnación,
Jesucristo quedó consagrado pontífice, y que sólo
en cuanto hombre pudo ofrecerse a Dios en holocausto. Así,
pues, en su Encarnación. el Verbo asoció a sus misterios
y a su Persona, por mística unión, a la humanidad entera;
es ésta una verdad de la que os he hablado largamente y que
deseo tengáis siempre presente. Toda la humanidad está
llamada a constituir un cuerpo místico cuya cabeza es Cristo,
una sociedad de la que El es Jefe y cuyos miembros somos nosotros.
Por ley natural, los miembros no pueden separarse de la cabeza ni
ser ajenos a su acción. La acción por excelencia de
Jesucristo, que resume toda su vida y le confiere todo su valor, es
su sacrificio. Al modo que asumió en sí nuestra naturaleza
humana, excepto el pecado, de igual manera quiere hacernos participar
del misterio capital de su vida. Sin duda que no estábamos
corporalmente en el Calvario cuando El se inmoló por nosotros,
ocupando el lugar que debiéramos ocupar nosotros, mas quiso
-son palabras del Concilio de Trento- que su sacrificio se perpetuase,
con su inagotable virtud, por la acción de su Iglesia y de
sus ministros [Seipsum ab Ecclesia, per sacerdotes sub signis sensibilibus
immolandum. Sess XXII, cap.1].
Verdad
es que sólo los presbíteros que son admitidos, por el
sacramento del Orden, a participar del sacerdocio de Cristo, tienen
el derecho de ofrecer oficialmente el cuerpo y la sangre de Jesucristo.-
Sin embargo, todos los fieles pueden, claro está que a título
inferior, pero verdadero, ofrecer la sagrada hostia. Por el Bautismo,
participamos en algún modo del sacerdocio de Cristo, por lo
mismo que participamos de la vida divina de Jesucristo, con sus cualidades
y diferentes estados. El es Rey, reyes somos con El; es Sacerdote,
sacerdotes somos con El. Oíd lo que a este propósito
dice San Pedro a los recién bautizados: «Sois un pueblo
escogido, una familia regia y sacerdotal, una nación santa,
un pueblo que Dios ha adquirido» (1Pe 2,9) [+Ap 1,5-6. «A
Aquel que nos amó, que nos purificó de nuestros pecados
con su sangre y que nos hizo reyes y sacerdotes de Dios, su Padre,
a El sea la gloria y poderío»]. Así, pues, los
fieles pueden ofrecer, en unión con el sacerdote, la hostia
sacrosanta.
Las
oraciones con que la Iglesia acompaña este divino sacrificio
nos dan a conocer con evidencia que los asistentes tienen también
su parte en la oblación.- Así, ¿cuáles
son las palabras que el sacerdote profiere, terminado el ofertorio,
al volverse por última vez hacia el pueblo, antes del canto
del Prefacio? «Orad, hermanos, para que mi sacrificio, también
vuestro, sea aceptado por Dios Padre omnipotente» [Orate, fratres,
ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem].
De igual manera, en la oración que antecede a la consagración,
el celebrante pide a Dios que tenga a bien acordarse de los fieles
presentes, de «aquellos, dice, por quienes te ofrecemos este
sacrificio, o que ellos mismos te lo ofrecen por sí y por sus
allegados» [Memento, Domine, famulorum tuorum... pro quibus
tibi offerimus vel qui tibi offerunt hoc sacrificum laudis, pro se
suisque omnibus]. Y al punto, extendiendo las manos sobre la oblata,
ruega a Dios se digne aceptarla «como sacrificio de toda la
familia espiritual» congregada en torno del altar [Hanc igitur
oblationem servitutis nostræ sed et cunctæ familiæ
tuæ quæsumus, Domine, ut placatus accipias]. Bien se echa
de ver, por lo dicho, que los fieles, en unión con el sacerdote,
y, por él, con Jesucristo, ofrecen este sacrificio. Cristo
es el Pontífice supremo y principal, el sacerdote es el ministro
por El elegido, y los fieles, en su grado, participan de este divino
sacerdocio y de todos los actos de Jesucristo.
«Asistamos,
pues, con atención; sigamos al sacerdote, que actúa
en nombre nuestro y por nosotros habla, acordémonos de la antigua
costumbre de ofrecer cada uno el pan y el vino para suministrar la
materia de este celestial sacrificio. Si la ceremonia ha cambiado,
el espíritu, esto no obstante, es el mismo; todos ofrecemos
con el sacerdote; nos solidarizamos con todo lo que él hace,
con todo lo que él dice... Ofrezcamos, sí, pero ofrezcamos
con él, ofrezcamos a Jesucristo, y ofrezcámonos a nosotros
mismos con toda la Iglesia católica, diseminada por todo el
orbe» (Bossuet, Meditaciones sobre el Evangelio).
No
es el único punto de semejanza que tenemos con Jesucristo el
que acabamos de enunciar. Cristo es pontífice, pero también
es víctima, y es deseo de su divino corazón el que compartamos
con El esta cualidad. Precisamente esta disposición de víctimas
es lo que principalmente nos capacita para llegar a la santidad.
Detengamos
por un momento nuestra consideración en la materia del sacrificio,
a saber, en el pan y en el vino que han de ser transmutados en el
cuerpo y la sangre del Señor. Los Padres de la Iglesia han
insistido sobre el significado simbólico de ambos elementos.
El pan está formado por granos de trigo molidos y unidos para
formar una sola masa; el vino, por las uvas reunidas y prensadas para
fabricar un solo líquido: ved ahí la imagen de la unión
de los fieles con Cristo y de los fieles todos entre sí.
En
el rito griego, esta unión de los fieles con Jesucristo en
su sacrificio, se patentiza con toda la viveza de las figuras orientales.
Al comienzo de la Misa el celebrante, con una lanceta de oro, divide
el pan en diferentes fragmentos y asigna a cada uno de éstos,
con una oración especial, la misión de representar a
las personas o a las distintas categorías de personas en cuyo
honor, o en cuyo beneficio, se ofrecerá el sacrificio augusto.
La primera porción representa a Jesucristo; la segunda a la
Santísima Virgen como corredentora; otras a los Apóstoles,
Mártires, Vírgenes, al Santo del día y a toda
la corte de la Iglesia triunfante. Siguen los fragmentos reservados
a la Iglesia purgante y a la Iglesia militante; al Soberano Pontífice,
a los Obispos y a los fieles asistentes. Acabada esta ceremonia, el
sacerdote deposita todas las porciones sobre la patena y las ofrece
a Dios, ya que todas serán luego transformadas en el cuerpo
de Jesucristo. Esta ceremonia simboliza lo íntima que debe
ser nuestra unión con Cristo en este sacrificio. Si la liturgia
latina es más sobria en este particular, no es menos expresiva.
Así, conserva una ceremonia de origen muy antiguo, que el celebrante
no puede omitir so pena de falta grave, y que muestra a las claras
que debemos ser inseparables de Jesucristo en su inmolación.
Me refiero a lo que hace, al tiempo del ofertorio, mezclando un poco
de agua con el vino que puso en el cáliz. ¿Cuál
es el significado de esta ceremonia? La oración de que va acompañada
nos proporciona la clave para comprender su significado: «Oh
Dios, que formaste al hombre en un estado tan noble y, por la obra
de la Encarnación, lo restableciste de un modo aun más
admirable, haz, te suplicamos, que por el misterio de esta agua y
de este vino seamos participantes de la divinidad de Aquel que se
dignó formar parte de nuestra humanidad, Jesucristo, Hijo tuyo
y Señor nuestro que, siendo Dios, vive y reina contigo en unidad
con el Espíritu Santo, por todos los siglos». Al punto,
el celebrante ofrece el cáliz para que Dios lo reciba in odorem
suavitatis: «como suave aroma». Así, pues, el misterio
que simboliza esta mezcla del agua con el vino es, en primer lugar,
la unión verificada, en la persona de Cristo, de la divinidad
con la humanidad; misterio del que resulta otro que señala
también esta oración, a saber, nuestra unión
con Cristo en su sacrificio. El vino representa a Cristo, y el agua
figura al pueblo, como ya lo decía San Juan en el Apocalipsis,
y confirmó el Concilio de Trento [Aquæ populi sunt. (Ap
17,15). Hac mixtione, ipsius populi fidelis cum capite Christo unio
repræ-sentatur. Sess XXII, c. 7].
Debemos,
pues, asociarnos a Jesucristo en su inmolación y ofrecernos
con El, para que nos tome consigo, e inmolándonos, en unión
suya, nos presente a su Padre, en olor agradable; la ofrenda que,
unida con la de Jesucristo, hemos de donar, no es otra que la de nosotros
mismos. Si los fieles participan, por el Bautismo, del sacerdocio
de Cristo, es, dice San Pedro, «para ofrecer sacrificios espirituales
que sean agradables a Dios por Jesucristo» (1Pe 2,15). Tan cierto
es esto, que repetidas veces en la oración que sigue a la ofrenda
dirigida a Dios, antes del solemne momento de la consagración,
la Iglesia atestigua esta unión de nuestro sacrificio con el
de su divino Esposo. «Dígnate, Señor -son sus
palabras-, santificar estos dones, y aceptando el ofrecimiento que
te hacemos de esta hostia espiritual, haz de nosotros una oblación
eterna para gloria tuya por Jesucristo Nuestro Señor»
[Propitius, Domine, quæsumus, hæc dona sanctifica, et
hostiæ spiritualis oblatione suscepta, nosmetipsos tibi perfice
munus æternum. Misa del lunes de Pentecostés. Esta oración
(secreta) está también en la Misa de la fiesta de la
Santísima Trinidad].
Mas,
para que así seamos aceptos a los ojos de Dios, preciso es
que nuestra oblación vaya unida a la que Jesucristo hizo de
su persona sobre la Cruz y que renueva sobre el altar; porque Nuestro
Señor, al inmolarse, ocupó nuestro lugar, nos reemplazó;
y por esta razón, el mismo golpe mortal que lo hizo sucumbir,
nos dio místiea muerte a nosotros. «Si murió uno
por todos, luego todos murieron» (2Cor 5,14). Por lo que a nosotros
toea, sólo moriremos con El si nos asociamos a su sacrificio
en el altar. ¿Y cómo nos uniremos a Jesucristo en esta
condición suya de víctima? Muy sencillo: imitándolo
en ese total rendimiento al beneplácito, divino.
Dios
debe disponer con entera libertad de la víctima que se le inmola;
y por lo mismo, nuestra disposición de ánimo debe ser
la de abandonar todas las cosas en las manos de Dios, debemos realizar
aetos de renunciamiento y mortificación, y aceptar los padecimientos,
las pruebas y las cruces cotidianas por amor de El, de tal suerte
que podamos decir, como dijo Jesucristo momentos antes de su Pasión:
«Obro de este modo para que conozca el mundo que amo al Padre»
(Jn 14,31). Esto será ofrecerse verdaderamente eon Jesueristo.
Así, pues, cuando ofrecemos al Eterno Padre su divino Hijo
y realizamos al mismo tiempo la oblación de nosotros mismos
con la de la «sagrada hostia» en disposiciones semejantes
a las que animaban al deífico Corazón de Jesús
sobre el ara de la Cruz, como son: amor intenso a su Padre y a nuestros
prójimos, ardiente deseo de la salvación de las almas,
total abandono a la voluntad y decisiones del Todopoderoso, en particular
si son penosas y contrarían a nuestra naturaleza; en tal caso,
podemos estar seguros de que tributamos a Dios el homenaje más
grato que está a nuestro aleanee rendirle.
Disponemos
eon este saerificio del medio más poderoso para transformarnos
en Jesucristo, particularmente si nos unimos a El por la Comunión,
que es el modo más eficaz de participar en el sacrificio del
altar. Porque Jesucristo, al vernos incorporados a su Persona, nos
inmola consigo y nos hace agradables a los ojos de su Padre, y de
este modo, por la virtud de su gracia, nos hace cada día más
semejantes a El.
Es
lo que quiere dar a entender esta oración misteriosa que el
celebrante recita después de la consagración: «Te
suplicamos, Dios omnipotente, ordenes que estas nuestras ofrendas
sean presentadas por mano de tu santo Mensajero, sobre el altar de
la gloria, ante el acatamiento de tu divina Majestad, para que todos
cuantos participamos de este sacrificio por la recepción del
sacratísimo cuerpo y sangre de tu Hijo, seamos colmados de
toda suerte de bendiciones y de gracias».
Por
tanto, excelente manera de asistir al santo sacrificio será
la de seguir con los ojos, con la mente y con el corazón, todo
lo que se hace en el altar, asociándose a las oraciones que
en momento tan solemne pone la Santa Iglesia en boca de sus ministros.
Si así nos asociamos, por una profunda reverencia, una fe viva,
un amor vehemente y un sincero arrepentimiento de nuestras culpas,
a Jesucristo, que hace de Pontífice y de víctima en
este sacrificio, El, que mora en nosotros, hace suyas todas nuestras
aspiraciones, y ofrece en lugar y en favor nuestro a su divino Padre
una adoración perfecta y una cumplida satisfacción.
Tribútale también dignos hacimientos de gracias, y las
peticiones que formula siempre son atendidas. Todos estos actos del
Pontífice eterno, cuando sobre el ara reitera la inmolación
del Gólgota, vienen a ser propios nuestros. [Docet sancta synodus
per istud sacrificium fieri ut si cum vero corde et recta fide, cum
metu et reverentia, contriti ac pænitentes, ad Deum accedamus,
misericordiam consequamur et gratiam inveniamus in auxilio opportuno.
Conc. Trid., Sess. XXII, cap.2]
Y
en tanto que rendimos a Dios, por intervención de Jesucristo,
todo honor y toda gloria [Omnis honor et gloria, Canon de la Misa],
un copioso raudal de luz y de vida desciende a nuestra alma e inunda
a la Iglesia entera [Fructus uberrime percipiuntur. Conc. Trid., Sess.
XXII, cap.2], porque, en efecto, cada Misa contiene en sí todos
los merecimientos del sacrificio de la Cruz.
Mas
para entrar en posesión de elloj es preciso que nuestra alma
se encuentre penetrada de aquellas disposiciones que animaron a la
de Cristo al realizar su inmolación cruenta. Si compartimos
así los sentimientos del corazón de Jesús (Fil
2,5), el eterno Pontifice nos introducirá consigo hasta el
Santo de los Santos, ante el trono de la divina Majestad, al borde
mismo de la fuente de donde brota toda gracia, toda vida y toda bienaventuranza.
¡Si
conocieseis el don de Dios!...
Dom
COLUMBA MARMIÓN "Jesucristo, vida del alma"