Es
una imagen de Nuestro Señor bastante común. En muchas
iglesias, antes del Concilio Vaticano II, solían verse estos
Cristos. Es una imagen sin pretensión alguna artística.
Probablemente fabricada a partir de un molde. Es una imagen “realista”,
entendiendo por éste término una preocupación
por mostrar las cosas como son en su apariencia a los sentidos,
es decir, el cuerpo de Cristo no presenta ninguna estilización
ni deformación por acentuar cosa alguna en él, es
un cuerpo anatómicamente correcto. No presenta tampoco un
dramatismo exagerado para tratar de mover a sentimientos de compasión
o de horror, como algunas figuras de la imaginería española.
Comparado con éstas, podríamos afirmar que es una
imagen sobria. Por otra parte la cruz de la cual pende es una cruz
de maderos extremadamente anchos en donde la figura del Cristo aparece
empequeñecida y blanquísima ante la luces que acentúan
estos contrastes, lo oscuro de los maderos y la blancura inmaculada
del cuerpo que cuelga en forma de “Y” griega. Aunque
más que “colgar” parece estar pegado a ella,
o como suspendido sobre ella.
Es un Cristo “realista”, sí, pero ¿Hasta
dónde? ¿Se vería así Nuestro Señor
“en aquel tiempo”, en aquel día, sobre la cruz?
Éste Cristo presenta un cuerpo no solo blanco sino también,
limpio. Apenas un pequeño hilo de sangre se adivina en su
costado. Su cabeza inclinada apenas si deja adivinar algún
que otro hilo de sangre descendiendo desde su corona de espinas.
Está bien que sea así. Está bien que este Cristo
sobre el altar no sea una imagen sangrienta, ¿Está
bien en realidad? Me he puesto a pensar en esto y en otras cosas
contemplando a este Cristo que pende de la cruz como una blanca
hostia. Esa cruz, por su tamaño y forma, no pudo haber sido
cargada por Cristo ni por ningún hombre. Es desmesuradamente
grande con respecto a Él. Es que la cruz está acentuando
su propia forma sobre la de Cristo, está como remarcando
su forma sobre la de Él. La cruz, de algún modo, está
como absorbiendo a Cristo.
Entonces esta cruz y este Cristo no son tan “realistas”
como me parecieron en un principio. Porque Nuestro Señor
en la cruz debe haberse visto de un modo inmensamente más
horroroso. Al punto de que, como dice, Isaías profeta, del
Mesías sufriente, “su aspecto ya no es de hombre, tan
desfigurado está”. (Is. 52, 14)
Entonces en este Cristo que estoy contemplando no están figurados
todos sus sufrimientos, todos sus padecimientos. Y no me refiero
solamente a sus padecimientos físicos sino también
a sus padecimientos morales y espirituales, aumentados inmensurablemente
por su sensibilidad, mayor a la de cualquier hombre en el estado
de naturaleza caída. Todo esto está púdicamente
velado en este Cristo crucificado que estoy contemplando. No sé
si fue ésta la intención del autor o de los autores
de esta imagen pero eso en realidad no tiene ninguna importancia,
definitivamente.
Cristo
está en la cruz. Aquí no está Él en
el monte de los olivos aterrorizándose por lo que deberá
padecer. No están sus apóstoles durmiendo absolutamente
ajenos a lo que su maestro deberá padecer. Él está
solo allí. Absolutamente solo. Como están solos los
héroes o los grandes hombres en el cumplimiento de su destino.
Pero el destino de Cristo no tiene parangón con destino humano
alguno. Está infinitamente por sobre todo lo humano en su
humanidad y su divinidad. Y absolutamente solo de cualquier consuelo.
Sus apóstoles ni siquiera le acompañan en la oración.
Ellos están cansados…y duermen. Solo Él no puede
descansar, solo a Él le está prohibido hasta el descanso.
No están representados en este crucifijo su sudor de sangre
y su dolor por la ingratitud, la incomprensión y la incredulidad
de los hombres ante la generosidad sobrehumana de su amor. El amor
herido… y no cualquier amor.
No
está allí el beso de Judas. No están allí
sus discípulos huyendo. No están los empujones, ni
los insultos, ni las burlas de los soldados y de la turba. No están
las idas y venidas a pie en esa noche fría y oscura como
probablemente no hubo otra noche en el mundo. No están las
acusaciones y los interrogatorios entre aquellos hombres perversos
y llenos de odio y envidia contra Él. No están las
calumnias y las mentiras. No está allí la negación
de aquél que había elegido para apacentar su grey.
No están las burlas de Herodes, ante el cual ni siquiera
quiso abrir su boca.
No están allí las idas y venidas de aquel Pilatos
afincado en las cosas del mundo y temeroso de perderlas. El Pilatos
que despreció la Verdad. Que preguntó por ella con
el desencanto de un agnóstico y la trivialidad de quien se
mueve solo sobre la superficie de las cosas sin preguntarse jamás
si puede haber algo detrás de ellas.
No
están allí los fariseos hipócritas, los jefes
religiosos del pueblo, los sabios y los doctores del pueblo judío,
sus más empecinados enemigos, los que se juramentaron para
matarle, los que pidieron por la libertad de Barrabás antes
que la de Jesús; los que pidieron y azuzaron al pueblo para
pedir su crucifixión y su muerte; los que pidieron por su
sangre que cayera sobre ellos y sus hijos. Nada de eso está
figurado en este Cristo. No hay en Él marcas de golpes ni
de azotes.
Ni
de azotes... ¿Por qué quiso ser azotado Cristo? Porque
Él sufrió lo que quiso sufrir. “Él lo
planeó todo,” podría decir alguien brutamente.
Y no estaría lejos de la verdad. Porque estoy seguro de que
Él se eligió hasta los verdugos, y los peores verdugos.
Pero también estoy seguro que Él lo hizo por algo,
con algún propósito, y, esto es, para decirnos algo.
¿Por qué quiso ser azotado? ¿A quién
se azota sino a los que merecen castigo? ¿Merecía
Él castigo? “¿Quién puede acusarme a
Mí de pecado?” les dijo una vez a sus enemigos y éstos,
callaron. Y, cuando querían matarlo, no hallaban de qué
acusarle. “Yo no encuentro culpa alguna en este hombre”,
les había dicho Pilatos cuando le llevaron ante él.
Entonces ¿Por qué quiso Nuestro Señor ser azotado,
y tan terriblemente azotado, como se colige de la Sábana
Santa?
Dice
San Pablo que “Él cargó sobre Sí nuestros
pecados y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.
Y “así como por la desobediencia de uno entró
la muerte en el mundo, así también por la obediencia
de uno entró la resurrección y la vida”. Y también,
“como por un árbol fuimos vencidos, por otro árbol,
el de la cruz, fuimos rescatados”.
Entonces, Cristo está pagando por nosotros, por nuestros
pecados. Los azotes que recibió Cristo estaban reservados
a nosotros. Y tal castigo nos habla proporcionalmente de la enormidad
del delito, de nuestros delitos. Cristo nos habla con ello de la
enormidad del pecado, enormidad y malicia que jamás llegamos
verdaderamente a entender. Tenemos que hacer un acto de fe para
creer en la enormidad del pecado, en la enormidad de nuestra ofensa
al Padre. La pasión del Hijo nos habla de ello: de la enormidad
del pecado y de la enormidad de su amor. La cruz de Cristo: “escándalo
para los judíos y locura para los gentiles”. La cruz
de Cristo que confunde la sabiduría de los sabios de este
mundo. Porque Cristo vino a confundir a los sabios, a los que creen
poder llegar a Dios sin Él. “Porque escrito está-dice
San Pablo- destruiré la sabiduría de los sabios, y
anularé la prudencia de los prudentes.” ¿Dónde
está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde
el disputador de este siglo? ¿No ha trocado Dios en necedad
la sabiduría del mundo?” (Is. 19,11-14) Pues en vista
de que según la sabiduría de Dios el mundo por su
sabiduría no conoció a Dios, plugo a Dios salvar a
los que creyesen mediante la necedad de la predicación. Así,
pues, los judíos piden señales y los griegos buscan
sabiduría; en tanto que nosotros predicamos un Cristo crucificado:
para los judíos, escándalo; para los gentiles, insensatez;
mas para los que son llamados, sean judíos o griegos, un
Cristo que es poder de Dios y sabiduría de Dios. Porque la
“insensatez” de Dios es más sabia que los hombres,
y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.”(I
Cor., 1,19-29)
A los que creen poder llegar a Dios por sus propias fuerzas y sus
conocimientos “metafísicos”, realizando, por
sí mismos y sus maestros, una vía que caducó
con la venida de la Luz al mundo. “Hay camino que al hombre
parece derecho, empero su fin es la muerte”.
La
cruz de Cristo, al ser plantada en el Gólgota, divide al
mundo en dos, divide la historia en dos. Su eje vertical se hunde
hasta vencer los infiernos y se eleva como recto sendero a los Cielos,
como una nueva escala de Jacob. Sus brazos horizontales envuelven
el mundo y la historia en la “plenitud de los tiempos”.
El velo rasgado del templo no solo caduca la Antigua Ley sino todas
aquellas otras que existieran o habrían de aparecer en lo
futuro, pues Satanás no descansará hasta su juicio
final. “Imposible es que no haya escándalos”.
La cruz de Cristo, según una antigua tradición, fue
clavada sobre la sepultura de Adán y, la sangre del “Cordero
de Dios que quita los pecados del mundo”, se derramó
sobre su cráneo en cumplimiento de La promesa, como figura
del nuevo bautismo.
Aún existen algunos crucifijos que llevan incrustado un cráneo
en su base, aunque pocos recuerden ya el porqué.
San
Pablo dice a los romanos: “Me propuse no saber entre vosotros
otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado” (Rom.
2,2). ¿Por qué no “resucitado”? Porque
Cristo en la cruz no solo nos significa la Redención, y la
manifestación y revelación del amor suyo y del Padre
hacia nosotros, sino también, el camino de la resurrección
y la vida. Por la muerte en la cruz nos señala el camino
de la vida. “Si el grano de trigo no muere no produce fruto”.
Es una invitación a la cruz. Nos dice que si tomamos la cruz
y morimos, de ese modo, realmente hallaremos la vida, y la vida
superabundante. Que si amamos nuestra vida, entonces realmente moriremos,
pero si perdemos nuestra vida realmente viviremos. ¿Qué
es esta cosa que rompe con toda lógica y sentido común?
¿Qué es esta cosa que nos dice que descoyunta nuestros
huesos y desarma toda sabiduría humana, toda prudencia humana?
-“Dura
es esta doctrina: ¿Quién puede escucharla?”
-“¿Queréis iros también vosotros?”
-“Señor ¿a quién iríamos? Tú
tienes palabras de vida eterna. (Jn. 6, 60 y 67-68)
Pero
aquí hablaba Nuestro Señor de dar a comer su cuerpo
y beber su sangre, no de la cruz- dirá alguno. Pero, sin
embargo, esta palabra está ligada a la cruz en donde Cristo
hizo su sacrificio cruento por única vez. Esta palabra sella
la consagración de la última Cena y une el sacrificio
cruento de la cruz con el incruento que inaugura su estadía
permanente entre nosotros en el Santísimo Sacramento, como
nuestro sostén y alimento. Su: “Y mirad que Yo con
vosotros estoy todos los días hasta la consumación
del siglo.” (Mat. 28,30)
Más abajo de este Cristo crucificado está el altar
y el sagrario.
En el sagrario está Cristo sacramentado.
Ariel
Marthe*
*Exclusivo
de STAT VERITAS