PRELIMINARES

De la necesidad, autoridad y deberes de los Pastores de la Iglesia, y de las partes principales de la doctrina cristiana

1. Necesidad de la divina revelación para el conocimiento de la mayor parte de las verdades del orden sobrenatural. —1. Es de tal naturaleza la inteligencia humana, que aun habiendo descubierto y conocido por sí misma, después de haber empleado grande aplicación y estudio, muchas de las verdades que pertenecen al conocimiento de las cosas divinas, nunca pudo, con la sola luz natural, conocer o alcanzar la mayor parte de las verdades por las cuales se consigue la eterna salvación, y para cuyo último fin fué el hombre creado y hecho a imagen y semejanza de Dios. Pues, según enseña el Apóstol "las perfecciones invisibles de Dios, aun su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas" (1). Mas aquel misterio (2) escondido desde los siglos y generaciones, de tal manera sobrepuja a la inteligencia humana, que si no hubiera sido manifestado a los santos, a quienes Dios quiso hacer notorias por el don de la fe, las riquezas de la gloria de este gran sacramento en las gentes, que es Cristo, ningún hombre podría aspirar a tan alta sabiduría (3).

II. Por qué medio se alcanza el don maravilloso de la fe. —2. Mas como la fe proviene del oír (4), es manifiesto cuán necesaria ha sido siempre para conseguir la eterna salud, la solicitud y ministerio fiel del maestro legítimo. Porque escrito está: "¿Cómo oirán, si no se les predica? ¿ni cómo predicarán, si no son enviados?" (5). Por eso el clementísimo y benignísimo Dios nunca, desde el principio del mundo, desamparó a los suyos, antes bien, muchas veces y de varios modos habló a los Padres por los Profetas (6), y según la condición de los tiempos les mostró el camino seguro y recto para la eterna felicidad.

III. Cristo enseñó la fe, que después propagaron los Apóstoles y sus sucesores. —3. Pero como tenía prometido que había de enviar al Doctor de la Justicia para luz de las gentes (7), y para que fuese su salud hasta los fines de la tierra, últimamente nos habló por medio de su Hijo (8), mandando por voz venida del cielo desde el trono de su gloria que todos lo oyesen y obedeciesen a sus mandamientos. Luego Jesucristo a unos constituyó Apóstoles (9), a otros Profetas, a otros Pastores y Doctores que anunciasen la palabra de vida, para que no seamos como niños vacilantes, ni nos dejemos llevar de todo viento de doctrina, sino que, apo­yados sobre el cimiento firme de la fe (10), fuésemos juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu Santo.

IV. Cómo deben recibirse las palabras de los Pastores de la Iglesia. —4. Y para que nadie reciba de los ministros de la Iglesia la palabra revelada por Dios, como si fuese palabra de hombres, sino como palabra de Cristo, supuesto que lo es en verdad, estableció nuestro mismo Salvador que se diese tanta autoridad a su magisterio, que dijo: "El que os oye, me oye, y el que os desprecia, me desprecia" (11). Y esto sin duda quiso se entendiese, no sólo de aquellos con quienes hablaba entonces, sino también de todos los que después por sucesión legítima habían de ejercer el ministerio de la enseñanza, a todos los cuales prometió que estaría siempre con ellos hasta el fin del mundo (12).

V. Es necesaria la predicación de la palabra divina. —5. Aunque nunca debe dejarse en la Iglesia la predicación de la palabra divina, en estos tiempos se debe ciertamente trabajar con el mayor desvelo y piedad para que los fieles sean sustentados y fortalecidos con la doctrina sana e incorrupta como alimento de vida (13). Pues han aparecido en el mundo aquellos falsos profetas, de quienes dijo el Señor: "Yo no los enviaba, pero ellos corrían. No les hablaba, mas ellos predicaban" (14), para pervertir los ánimos de los cristianos con enseñanzas falsas y peregrinas. Y en esto su malicia auxi­liada con todas las artes de Satanás ha hecho tales progresos, que parece no reconoce límite ni término alguno, de suerte que si no estuviéramos asegurados con aquella promesa del Salvador, quien afirmó que había puesto en su Iglesia un fundamento (15) tan firme que jamás las puertas del infierno podrían prevalecer contra ella, bien pudiéramos temer por su existencia estando cercada ahora por todas partes de tantos enemigos, tentada y combatida de tantas maneras.

VI. Las herejías se han propagado por muchí­simas provincias. —6. Pues dejando aparte provincias nobilísimas que en tiempos antiguos retenían piadosa y santamente la verdadera y católica religión que heredaron de sus mayores, y que ahora, apartados del recto camino, de tal modo les ha se­ducido el error que se glorían de profesar la verdadera piedad por el mismo hecho de haberse apar­tado muy lejos de la doctrina de sus padres, no puede hallarse región tan remota, o lugar tan seguro, ni parte alguna de la república cristiana en la cual esta maldad no haya intentado introducirse ocultamente.

VII. De qué manera se han propagado los errores. —7. Aquellos que se propusieron seducir las almas de los fieles, conociendo que en manera alguna podían hablar en público con todos, ni comunicar a sus almas las perversas doctrinas, emplearon otro medio por el cual propagaron los errores de la impiedad mucho más fácil y extensamente, Pues, además de publicar grandes volúmenes con los que procuraron la ruina de la fe católica, pero de los cuales fué fácil precaverse por contener herejías manifiestas, escribieron también innumerables librillos, al parecer piadosos, con los cuales, es increíble la facilidad con que sedujeron los ánimos incautos de los sencillos.

VIII. Por qué mandó el Concilio Tridentino que se publicase este Catecismo (16). —8. Por esta razón, deseando en gran manera los Padres del santo Ecuménico Concilio de Trento aplicar a este tan grande y pernicioso mal algún saludable remedio, no se contentaron con la definición de las más importantes verdades opuestas a las herejías de nuestros tiempos, sino que además de esto juzgaron indispensable proponer una norma y método de instruir al pueblo cristiano en los rudimentos de la fe, por el cual se guiasen todos los que han de ejercer el cargo de legítimo pastor y maestro en toda la Iglesia.

IX. Autoridad y fin ele este Catecismo. —9. Aun que es cierto que muchos, animados de gran piedad y con gran copia de doctrina se dedicaron a este género de escritos, creyeron los Padres sería muy conveniente que por autoridad del Santo Concilio se publicara un libro con el cual los Párrocos, y todos los demás que tienen el cargo de enseñar, pudiesen presentar ciertos y determinados preceptos para la instrucción y edificación de los fieles, a fin de que, como es uno el Señor, y una la fe (17), así también sea uno para todos el método y regla de instruir al pueblo cristiano en los rudimentos de la fe, y en todas las prácticas de la piedad.

X. De lo que trata este Catecismo. —10. Siendo, pues, muchas las cosas pertenecientes a este objeto, no se ha de creer que el Santo Concilio se haya propuesto explicar con sutileza en solo este libro todos los dogmas de la fe cristiana, lo cual suelen hacer aquellos que se dedican al magisterio y en­señanza de toda la religión, porque esto, es evi­dente que sería obra de inmenso trabajo, y nada conducente a su intento, sino que proponiéndose el Santo Concilio instruir a los Párrocos, y demás sacerdotes que tienen cura de almas en el conocimiento de aquello que es más propio de su minis­terio y más acomodado a la capacidad de los fieles, sólo quiso se propusieran las que pudiesen ayudar en esto al piadoso estudio de aquellos pastores que están menos versados en las controversias dificultosas de las verdades reveladas.

XI. A qué debe atenderse en la instrucción del pueblo cristiano. —11. Esto supuesto, antes que co­mencemos a tratar en particular de lo que se con-tiene en este Catecismo, exige el debido orden la declaración de algunas cosas que ante todo deben considerar y tener muy presentes los Pastores de las almas para que sepan a dónde deben dirigir todos sus designios, trabajos y desvelos, y de qué manera podrán más fácilmente conseguir y obtener lo que se proponen.
12. Lo primero que debe tenerse presente es, que toda la ciencia del cristiano se halla comprendida en estas palabras de nuestro divino Salvador: "Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti solo verdadero Dios, y a Jesucristo a quien enviaste" (18). Por lo mismo, el principal cuidado del Doctor de la Iglesia debe consistir en que los fieles deseen de veras a Jesucristo, y a éste crucificado (19), estando del todo persuadido y creyendo con afecto muy de corazón y piadoso, que no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en el que podamos ser salvos (20), ya que este Señor es el que satisfizo por nuestros pecados.
13. Y porque en tanto sabemos que le hemos conocido, en cuanto guardamos sus mandamientos (21), síguese de esto, y es muy conforme con lo anteriormente dicho, les declare al mismo tiempo que no hemos de vivir ociosa y descuidadamen­te, "sino que debemos andar como anduvo el Señor" (22) y seguir con todo cuidado las obras de piedad, justicia, fe, caridad y mansedumbre; pues "se dió asimismo por nosotros, para redimirnos de todo pecado, purificarnos y hacer de nosotros un pueblo particularmente consagrado a su servicio y fervoroso en el bien obrar" (23). Esto es lo que ordena el Apóstol que exhorten y enseñen los Pas­tores de almas. Mas habiendo nuestro Señor y Salvador, no sólo dicho, sino también demostrado con su ejemplo que la ley y los profetas dependen de la caridad (24), y enseñando el Apóstol que la caridad es el fin del precepto, y cumplimiento de la ley (25), nadie puede dudar que el principal cuidado, debe consistir en que el pueblo fiel se resuelva a amar la inmensa bondad de Dios para con nosotros, y como abrasado con este celestial ardor, se consagre del todo al amor de este sumo y perfectísimo bien; pues en unirse con él, está la verdadera y sólida felicidad, como claramente lo cono­cerá el que pueda decir con el Profeta: "¿Qué tengo yo en el cielo? ¿O fuera de ti, Señor, qué quise sobre la tierra? (26) Este es aquel camino más excelente (27) que señaló el mismo Apóstol, dirigiendo toda la suma de su doctrina e instrucción a la caridad que nunca fenece (28). Pues ya se proponga lo que se ha de creer, esperar, o lo que se deba practicar, de tal manera debe siempre encomendar-se el amor de Dios, que entendamos que todas las obras de la perfecta virtud cristiana, ni nacen de otro principio (29) que de la caridad, ni deben orde­narse a otro fin que la misma caridad.
14. Si en toda clase de disciplina importa en gran manera el método según el que deben ser tra­tadas, ciertamente esto debe observarse de un modo muy especial cuando se trata de la instrucción del pueblo cristiano. Pues, para que quien ejercita el cargo de maestro, se haga todo para todos a fin de ganarlos a todos (30) para Cristo, y se muestre fiel ministro y dispensador, y como siervo bueno y fiel que se ha hecho digno de ser constituido por el Señor sobre muchos bienes (31), debe tener muy en cuenta la edad, ingenio, costumbres y condición de los oyentes.
15. No crea que tiene a su cargo una sola clase de personas, de suerte que con un mismo modo y forma de enseñar pueda instruir igualmente a todos en la piedad cristiana, ya que siendo los fieles, unos infantes (32), otros que ya empiezan a crecer en Cristo, y algunos ya robustos en la virtud, es menester mirar con discreción quienes necesiten de leche (33), quienes de manjar más sólido, y dar a cada uno aquellos alimentos de doctrina que más fortalezcan su espíritu, "hasta que todos, como va-rones perfectos a la medida de la grandeza de Cristo, le salgamos al encuentro en unidad de fe, y conocimiento del Hijo de Dios" (34). Esto enseñó el Apóstol a todos con su ejemplo, diciendo que era deudor (35) a griegos y bárbaros, a sabios e ignorantes, para que con eso entendiesen los que son llamados a ese cargo, que de tal modo se deben acomodar a la capacidad de los oyentes al explicar los misterios de la fe y mandamientos de la ley, que no se contenten con proveer de alimento espi­ritual a los ya adelantados en virtud, dejando pe­recer de hambre a los párvulos, los cuales pidiendo pan no haya quien se lo parta (36).
Ni debe nadie mostrar menos solicitud y desvelo en la enseñanza, porque algunas veces sea necesa­rio instruir al oyente en aquello que parece hu­milde y sencillo, cuya explicación suele molestar especialmente a los que se dedican a contemplar cosas más sublimes. Porque si la misma Sabiduría del eterno Padre descendió a la tierra para que en la humildad de nuestra carne nos enseñase los mandamientos de la vida celestial, ¿a quién no obli­gará la caridad de Cristo (37) a hacerse pequeño entre sus hermanos (38), y a desear cual tierna madre para con sus hijos, la salvación de sus prójimos, con tal afecto que a imitación del Apóstol, no solamente quiera enseñarles el Evangelio, sino aun dar por ellos su vida? (39).

XXII. En donde está contenida la doctrina que ha de enseñarse al pueblo cristiano. —16. Toda la doc­trina que debe proponerse a los fieles está contenida en la palabra de Dios, la cual se divide en Escritura y Tradiciones. Por lo mismo los Pastores de almas emplearán días y noches en la meditación de estas enseñanzas, teniendo presente aquel aviso del Apóstol, el cual aunque le escribió a Timoteo, todos los que tienen cuidado de almas le mirarán como dirigido a ellos mismos. Dice, pues, de este modo: "Atiende a la lección, a la exhorta­ción y a la doctrina" (40). "Porque toda escritura inspirada por Dios es propia para enseñar, para convencer, para corregir a los pecadores, para dirigir a los buenos en la justicia o virtud; en fin para que el hombre de Dios sea perfecto, y esté apercibido para toda obra buena" (41)

XXIII. Partes de que consta este Catecismo. —17. Pero siendo muchas las cosas que Dios ha reve­lado, y tan varias que ni es fácil aprenderlas, ni después de aprendidas recordarlas de tal suerte que presentándose la ocasión de enseñarlas, esté pre­venida y pronta su explicación, por esto con mucha sabiduría nuestros mayores distribuyeron toda la doctrina cristiana en cuatro partes, a saber: el Símbolo de los Apóstoles, los Sacramentos, el De­cólogo y la Oración Dominical.
Primera parte. Ahora bien, todas las verdades que deben saberse relativas a la fe cristiana, ya pertenezcan al conocimiento de Dios, ya a la creación y gobierno del mundo, ya a la redención del linaje humano, así como los premios de los buenos y penas de los malos, todas están contenidas en la doctrina del Credo.
Segunda parte. Las que son señales y como instrumentos para conseguir la divina gracia, las ha liamos en la doctrina de los siete Sacramentos.
Tercera parte. Las que se refieren a las leyes, cuyo fin es la caridad, se contienen en el Decálogo
Cuarta parte. Últimamente, todo cuanto los hombres pueden desear, esperar, y pedir provechosa mente, se halla en el Padrenuestro. De ahí se sigue que declarados estos cuatro puntos, como lugares comunes de la sagrada Escritura, casi nada reste para la inteligencia de lo que debe saber el cris­tiano.

XIV. Cómo ha de distribuirse la doctrina del catecismo para cada una de las Dominicas. —18. Así, pues, ha parecido conveniente advertir a los Párro­cos que cuantas veces se ofrezca la ocasión de explicar el Evangelio, o cualquier otro lugar de la divina Escritura, sepan que la sentencia de este lugar, sea el que fuere, pertenece a alguna de aquellas cuatro partes que dijimos, a donde acudirán como a fuente de la doctrina que se deba explicar Si se ha de explicar, por ejemplo, el Evangelio del domingo primero de Adviento: "Erunt signa in sole et luna" etc. lo que conviene a este asunto está declarado en aquel artículo del Credo: He de venir a juzgar a los vimos y a los muertos, y tomándolo de allí, a un tiempo y con un mismo trabajo, enseñará el pastor al pueblo fiel, el Credo y el Evan­gelio. Por esta razón, tendrá de costumbre en todas sus doctrinas y sermones dirigir sus discursos a aquellos cuatro puntos principales, en donde dijimos que estaba contenida toda la virtud y doctrina de la sagrada Escritura. Pero acerca del orden de enseñar, observará aquel que pareciere más aco­modado así al auditorio como al tiempo.

XV. Por qué empieza el Catecismo por la explicación del Símbolo. —19. Nosotros ahora siguiendo la autoridad de los Padres, los cuales al dedicar los hombres a Cristo, y al instruirlos en su ley, empezaron por la doctrina de la fe, juzgamos necesario explicar primeramente lo que a ella pertenece.

XVI. Qué se entiende por la palabra fe. —20. Más porque en las divinas escrituras se toma de varios modos el significado de esta palabra, aquí hablamos de ella según que designa una virtud con la cual asentimos firmemente a las cosas que Dios ha revelado (42). Y nadie puede con razón dudar que esta fe sea necesaria para conseguir la salvación, mayormente estando escrito: "Sin fe es imposible agradar a Dios" (43). Porque siendo el fin propuesto al hombre para su bienaventuranza superior a cuanto puede alcanzar la luz de la humana inteligencia, le era necesario recibir de Dios este conocimiento. Este conocimiento no es otro que la fe, cuya virtud nos hace creer por firme e infali­ble todo aquello que la autoridad de la santísima madre Iglesia asegura ser revelado por Dios. Pues los fieles no pueden tener ninguna duda en todo cuanto Dios manifiesta, siendo la misma verdad. Por aquí conocemos cuán grande es la diferencia que hay entre la fe que damos a Dios, y la que damos a los escritores de la historia humana. Y si bien son muchas las acepciones en que se toma la Fe, y varias sus diferencias, tanto en la grandeza como en la dignidad y excelencia, porque en las sagradas letras se dice así: "Hombre de poca fe ¿por qué dudaste?" (44). Y: "Grande es tu fe" (45). Y: "Auméntanos la fe" (46). También: "La fe sin obras está muerta" (47). Y: "La fe que obra por caridad" (48), esto no obstante, ella siempre es de un género, y una misma definición comprende sus varios y diferentes grados. Más de cuanto fruto sea esta fe, y cuanto provecho nos venga de ella, se dirá en la explicación de los artículos. Las cosas, pues, que los cristianos deben saber y creer, son aquellas que los santos Apóstoles, caudillos y maes­tros de la fe, instruidos por el Espíritu Santo, distribuyeron en los doce artículos del Credo.

XVII. Causas que hicieron necesaria la institución del Símbolo. —21. Pues habiéndoles ordenador el Señor que como Legados (49) suyos fueran por todo el mundo y predicasen el Evangelio a toda, criatura (50), juzgaron necesario instituir una fórmula de fe cristiana, para que todos creyeran y profesaran unas mismas verdades, y no hubiera) cisma ni división alguna entre los que llamaban a la unidad de la fe, sino que todos fuesen perfectos en un mismo sentir y en una misma creencia (51). A esta profesión de fe y esperanza cristiana, que compusieron los Apóstoles la llamaron Símbolo, o porque consta de varias sentencias proferidas por cada uno de ellos, o porque se valían de ella como de una señal o distintivo con el que pudieran conocer fácilmente a los desertores, a los intrusos (52) y falsos cristianos que adulteraban el Evangelio (53), de aquellos que verdaderamente querían militar bajo las banderas de Cristo.

Notas:

(1) "Invisibilia enim ipsius, a creatura mundi, per ea quae facta sunt, intellecta, conspiciuntur: sempiterna quoque eius virtus et divinitas." Dom., I, 20.

(2) "Mysterium quod absconditum fuit a saeculis, et generationibus, nunc autem manifestum est sanctis eius, quibus voluit Deus notas facere divitias sacramenti huius in gentibus, quod est Cristus." Colss., I, 26, 27.

(3) Cuanto nos enseña el Catecismo en este primer párrafo fué confirmado por el Concilio Vaticano con estas palabras: "La misma Santa Madre Iglesia tiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser ciertamente conocido con la luz natural de la razón humana por las cosas creadas, pues las cosas de El invisibles, se ven después de la creación del mundo, con­siderándolas por las obras creadas, pero esto no obstante, plugo a su sabiduría y bondad revelar al género humano por otra vía, y esa sobrenatural, a sí mismo y los decretos eternos de su voluntad, pues, dice el Apóstol: " Habiendo hablado Dios muchas veces y en muchas maneras a los padres en otro tiempo por los profetas, últimamente en estos días nos ha hablado por el Hijo. A esta divina revelación se debe ciertamente el que aquellas cosas del orden divino, no inaccesibles por sí a la razón humana, puedan ser conocidas por todos, aun en el estado actual del género humano, fácilmente, con certeza y sin mezcla de error alguno. Mas no por esta causa se ha de tener por absolutamente necesaria la revelación, sino porque Dios, en su bondad infinita, ordenó al hombre a un fin sobrenatural, es decir, a participar de bienes divinos que exceden a toda inteligencia de mente humana." De la Sesión III, capítulo 2.°, del Concilio Vaticano, celebra-da el día 24 de abril de 1870.

(4) "Fides ex auditu". Rom., X, 17.

(5) “Quomodo audient sine praedicante? Quomodo vero praedicabunt nisi mittantur?” Rosa., X, 14, 15.

(6) "Multifariam, multisque modis olim Deus loquens patribus in prophetis." Hebr., I, 1.

(7) "Ecce dedi te in lucem gentium, ut sis salus mea usque ad extremum terne." Isaí., XLIX, 6.

(8) Accipiens a Deo Patre honorem et ploriam, voce delapsa ad eum huiuscemodi a magnifica gloria. Hic est Filius meus dilectus, in quo mihi complacui, ipsum audite." Petr., I, 17.

(9) "Et ipse dedit quosdam quidem apostolos, quosdam autem prophetas, alios autem pastores et doctores, ut iam non simus parvuli fluctuantes, et circunferamur omni vento doctrina. " Eph., IV, 11.

(10) "In quo et vos coaedificamini habitaculum Dei in Spiritu." Eph., II, 22.

(11) "Qui vos audit, me audit: et qui vos spernit, me spernit." Luc., X, 16.

(12) "Ecce ego vobiscum sum omnibus diebus, usque ad consummationem saeculi." Matth., XXVIII, 20.

(13) "Doctrinis variis et peregrinis nolite abduci." Hebr., XIII, 9.

(14) "Non mittebam prophetas, et ipsi currebant: non loquebar ad eos, et ipsi prophetabant." Hier., XXIII, 21.

(15) "Super hanc petram aedificabo ecclesiam meam, et porte inferi non praevalebunt adversus eam." Matth., XVI, 18.

(16) El día 13 de abril de 1546 se propuso a los Padres de Concilio Tridentino un p royecto de decreto sobre la publicación de un Catecismo en latín y en lengua vulgar, ex ipsa sacra Scriptura a patribus orthodoxis es ceptum, para la instrucción de los niños y de los ignorantes, que necesitan leche de doctrina antes de poder digerir el alimento sólido. Aprobada esta moción por la mayoría de los Padres, decretóse a 16 del dicho mes: Que se hiciese, y que sólo se pusieran en él las cosas que mi­ran a los fundamentos de la fe. Nombróse una comisión para redactarlo; pero no tuvo tiempo de hacerlo antes de la clausura del Concilio. Con todo, antes de separarse, el Concilio encargó al Papa el cuidado de la terminación y publicación del Catecismo. Sess. XXV.)

(17) "Unus Dominus, una fides." Eph., IV, 5.

(18) "Haec est vita aeterna, ut cognoscant te solum verum Deum, et quem misisti Jesumcristum. " Joan, XVII, 3.

(19) "Non enim judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesumcristum, et hunc crucifixum." I, Cor., II, 2.

(20) "Nec enim aliad nomen est sub culo datum homini­bus, in quo oporteat nos salvos fieri." Act., IV, 12.

(21) "In hoc scimus quoniam cognovimus eum, si man­data eius observemos. " I. Joan., II, 3.

(22) "Qui dicit se in ipso manere, debet, sicut ille ambulavit, et ipse ambulare." I. Joan, II, 6.

(23) "Qui dedit semetipsum pro nobis, ut nos redimeret ab omni iniquitate, et mundaret sibi populum acceptabilem, sectatorem bonorum operum. " Tit., II, 14, 15.

(24) "In his duobus mandatis universa lex pendet, et prophetn. Matth., XXII, 40.

(25) "Finis autem praecepti est charitas de conde puro, et conscientia bona, et fide non ficta." L Tim., I, 5.

(26) "Quid enim mihi est in cado, et a te quid volui super terram?" Psal., LXXII, 25.

(27) "Et adhuc excellentiorem viam vobis demonstro." 1. Corin., XII, 31.

(28) "Caritas nunquam excidit." L. Corint., XIII, 8.

(29) "Omnia vestra incaritate fiant." 1. Corin., XVI, 14.

(30) "Cum liben essem ex omnibus, omnium me servum feci, ut plures lucrifacerem." I. Corint., IX, 19.

(31) "Euge serve bone, et fidelis quia super panca fuis­ti fidelis, super multa te constituam." Matth., XXV, 23.

(32) "Sicut modo geniti infantes." I. Petr., II, 2.

(33) "Lac vobis potum dedi, non escam." I. Co­rint., III, 2.

(34) Donec ocurramus omnes in unitatem fidei, et agni­tionis Filii Dei, in virum perfectum, in mensuram aetatis plenitudinis Christi." I. Ephes., IV, 13.

(35) "Graecis ac Barbaris, sapientibus et insipientibus debitor sum." Rom. , I, 14.

(36) "Parvuli petierunt panem, et non erat qui frangeret eis." Thren., IV, 4.

(37) "Caritas enim Christi urget nos." II. Corint., V, 14.

(38) "Facti sumus parvuli in medio vestrum, tanquam si nutrix foveat filios snos." I. Thess., II, 7.

(39) "Ita desiderantes vos, cupide volebamus tradere vobis, non solum evangelium Dei, sedetiam animas nostras." 1. Thess., II, 8.

(40) "Atiende lectioni, exhortationi, et doctriae." I. Tim., IV, 13.

(41) "Omnis scriptura divinitus inspirata, utilis est ad docendum, ad arguendum, ad corripiendum, ad erudien­dum in justitia: ut perfectus sit homo Dei, ad omne bonum instructus." II. Tim., III, 16, 12.

(42) He aquí cómo definió la fe el Concilio Vaticano: "Esta fe, principio de la humana salvación, profe­sa la Iglesia católica, que es una virtud sobrenatural, con la cual, mediante la inspiración y el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo revelado por El es verdadero, y esto no porque alcancemos con luz natural de razón la intrínseca verdad de las cosas reveladas, sino por motivo de la autoridad del mismo Dios revelador, que no puede engañarse ni engañar. " Con. Vat., Cap. III de la Fe.

(43) "Sine fide impossibile est placére Deo. " Hebr., XI, 6.

(44) "Modicae fidei, quare dubitasti?" Matth., XIV, 31

(45) "Magna est fides tua." Matth., XV, 28.

(46) "Adauge nobis fidem." Luc., XVII, 5.

(47) "Fides sine operibus mortua est." Tac., II, 17.

(48) "Fides quae per caritatem operatur." Cal., V, 6.

(49) "Pro Cristo legatione fungimur." II. Corin., V, 20.

(50) "Euntes in mundum universum praedicate Evangelium omni creaturae." Marc., XVI, 15.

(51) "Idipsum dicatis munes, et non sint in vobis schismata: sitis autem perfecti in eodem sensu, et in eadem sentencia. " I. Corin., I, 10.

(52) "Sed propter subintroductos falsos fratres, qui subintroierunt explorare libertatem nostram." Galat., II, 4.

(53) "Non sumus sicut plurimi, adulterantes verbum Dei, sed ex sinceritate, sed sicut ex Deo, in Cristo loquimur. " II. Corint., II, 17.