Carreiro de Miranda, Misa de la fundación de la orden de Trinitarios.

LXXVIII. La Misa es Sacrificio de alabanza y de propiciación. —490. Siendo esto así, se ha de enseñar sin duda alguna, lo que también explicó el Santo Concilio (1), que el sacrosanto Sacrificio de la Misa es, no sólo sacrificio de alabanza y de acción de gracias, o mera conmeroración del Sacrificio que se hizo en la Cruz, sino que también es verdaderamente sacrificio propiciatiorio, por el cual se vuelve Dios aplacado y propicio a nosotros.
491. Y por tanto si ofrecemos y sacrificamos esta santísima hostia con puro corazón, ardiente fe, y dolor íntimo de nuestros pecados, no podemos dudar que conseguiremos la misericordia y gracia con socorro oportuno. Porque con el olor de esta víctima se agrada el Señor de tal manera, que dán­donos el don de la gracia y la penitencia, nos perdona los pecados. Por esto hace la Iglesia aquella solemne oración: "Cuantas veces se celebra la conmemoración de esta hostia, otras tantas se ejerci­ta la obra de nuestra redención". Esto es, aquellos copiosísimos frutos de la hostia ofrecida en la cruz se derivan a nosotros por la hostia y Sacrificio de la Misa.

LXXIX. La Misa aprovecha a los vivos y difuntos. —492. Enseñarán, además, los Párrocos que es tal la virtud de este Sacrificio que no sólo aprovecha al que consagra y comulga, sino a todos los fieles, así vivos como difuntos (2) en el Señor, cuyos pecados no están todavía perfectamente purgados. Porque por tradición ciertísima de los Apóstoles no se ofrece por éstos con menos utilidad que por los pecados, penas, satisfacciones, y cualesquie­ra otras calamidades y angustias de los vivos.

LXXX. Ninguna, Misa, celebrada según el uso común de la Iglesia, puede llamarse privada. —493. Por aquí se ve claramente que todas las Misas se deben tener por comunes, como pertenecientes a la utilidad y bien general de todos los fieles.

LXXXI. De la utilidad de las ceremonias de la Misa. —494. Tiene también este Sacrificio muchas, muy insignes y solemnes ceremonias. Ninguna de ellas se ha de juzgar ociosa o vana; pues todas se encaminan a que resplandezca más la majestad de tan alto Sacrificio, y a que los fieles asistiendo a la Misa se muevan a la contemplación de los sa­ludables misterios que están ocultos en este Sacrificio. Pero no hay para qué detenernos en tratar este punto; ya porque pide explicación más larga de la que pertenece a nuestro intento, ya porque los Sacerdotes tienen a mano innumerables libritos y comentarios escritos sobre esta materia por varones piadosos y doctísimos. Baste, pues, haber explicado hasta aquí con el favor de Dios los principales puntos pertenecientes a la Eucaristía, así en cuanto Sacramento como en cuanto Sacrificio.

Notas y comentarios:

(1) "Y por cuanto en este divino sacrificio, que tiene su realización en la Misa, se contiene y sacrifica incruentamente aquel mismo Jesucristo, que en el ara de la Cruz se ofreció a sí mismo por modo cruento una sola vez, enseña el santo Concilio que este Sacrificio es verdaderamente propiciatorio, y que por él conseguiremos misericordia y hallaremos gracia por medio de oportunos auxilios, si recurrimos a Dios contritos y arrepentidos con sincero corazón y recta fe, con temor y reverencia. Pues aplacado el Señor con esta ofrenda, y concediendo gracia y el don de la Penitencia, perdona los delitos y pecados por enormes que sean, porque una sola y una misma es la víctima, y uno mismo el que por el minis­terio de los sacerdotes la ofrece ahora, con sola la dife­rencia del modo de ofrecerse. De cuya ofrenda, esto es de la cruenta, se perciben frutos abundantísimos por medio de esta incruenta: ¡tan lejos está que por ésta se rebaje aquélla de algún modo! Por lo cual, según tradición apostólica, se ofrece con justa razón, no sólo por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades de los fieles que viven, sino también por los que mueren en Jesucristo, sin estar enteramente purificados." Cap. II, de la ses. XXII, del Corle. Trident. Esta misma verdad la hallamos plenamente confirmada por la autoridad de los Santos Padres, según lo demuestran los siguientes testimonios:

"Por medio de un ejemplo quiero demostraras eso; pues conocí que muchos hablaban así: ¿Qué aprovecha al alma que sale con pecados o sin ellos de este mundo que se haga mención de ella en la oración? ¿Por ventura si el rey mandare a destierro a algunos por quienes había sido ofendido, y después los parientes de éstos haciendo una corona se la ofreciesen para conseguir la remisión de la pena infligida por el rey, no conseguirían la remisión de los suplicios? Del mismo modo, nosotros ofreciendo preces a Dios, por los difuntos, aunque sean pecadores, no hacernos una corona, sino que ofrecemos a Cristo sacrificado por nuestros pecados, procurando aplacar a Dios así para ellas como para nosotros." Ex S. Cyrillo Hierosol. Cataches. myst. 5.

"Llora a los infieles, llora aquellos que nada se dife­rencian de los infieles, los cuales sin iluminación sin ser confirmados murieron; éstos, en verdad, son dignos de lamentos, de lágrimas; fuera del reino están, juntamente con los que están sujetos a la pena, juntamente con los condenados. En verdad os digo, que si alguno no renaciere del agua y del Espíritu, no entrará en el reino de los cielos. Llora a los que murieron en las riquezas, no habiendo adquirido con sus riquezas ningún consuelo para sus almas, a los que teniendo poder para borrar sus pecados, no quisieron. A éstos lloremos, auxiliémosles según lo que nos sea posible, procurémosles algún socorro muy pequeño en verdad, pero que no obstante les pueda auxiliar. ¿De qué modo? ¿De qué manera? Ya rogando por ellos, ya procurando que otros rueguen también, y también dando limosnas con frecuencia a los pobres por ellos. No en vano ha sido esto establecido por los apóstoles, que en los venerados y grandes misterios se haga memoria de los que murieron. Conocían que de esto podían reportar mucha utilidad, mucha ganancia. En aquel tiempo en que todo el pueblo está con los brazos extendidos y está presente la multitud de sacerdotes y se está celebrando aquel tremendo sacrificio ¿cómo no aplacaremos a Dios rogando por esto? Mas esto en favor de los que muriendo profesaban la fe". Ex S. Joann Chrysost. In epist. ad Phylip. hom. 4.

(2) "No se debe dudar de que los difuntos sean ayudados con las oraciones de la santa Iglesia, con el saludable sacrificio y las limosnas que hacemos por sus espíritus, a fin de que el Señor obre con ellos más misericordiosamente de lo que merecieron sus pecados, Esto enseñado por los Padres lo observa la universal Iglesia, es a saber que ore por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo, cuando se hace memoria de ellos en el sacrificio, y recuerde que también se ofrece por ellos. Siendo así, pues, que se ejercen obras de misericordia para la recomendación de éstos, ¿quién dudará de que sean aliviados aquellos por quienes oramos a Dios no vanamente? No hemos de dudar que estas cosas aprovechen a los difuntos; pero a los que vivieron de tal suerte que pudiesen aprove­charles después de la muerte". Ex S. Agust. Serm. 172,

"El tiempo que media entre la muerte del hombre y su resurrección, le pasan las almas en aquel lugar que cada una mereció mientras vivía en la carne; o de descanso o de castigo. No se ha de negar que las almas de los difuntos sean aliviadas con la piedad de los suyos que viven, cuando por ellas se ofrece el sacrificio del mediador, o se hacen limosnas en la Iglesia. Pero estas cosas aprovechan a los que cuando vivos merecieron que les aprovechasen. Hay algunos modos de vivir que no son tan buenos que no requieran estos auxilios después de la muerte, ni tan malos que no les aprovechen después de la muerte; y también hay algunos tan buenos que no necesitan de esto, y algunos tan malos que no les aprovechan después de ésta vida". Ex. S. Agust. 109.

"Esta especial víctima salva el alma: de la perdición eterna, repara la muerte por el misterio del Unigénito, el cual si bien resucitando de la muerte ya no muere, y la muerte ya no le domine más, con todo viviendo en sí mismo con vida inmortal e incorruptible, se inmola por nosotros en este misterio de la sagrada oblación. En él se nos da su cuerpo, su carne se reparte para la salud del pueblo, su sangre se derrama no ya en las manos de los infieles sino en las bocas de los fieles. De ahí consideremos cuál sea para nosotros este sacrificio, el cual para nuestro perdón siempre imita la pasión del Hijo Unigénito" . Ex S. Gregorio. Dialogus. 4, n. 58.