LXVI. Por qué razones fué esto decretado por la Iglesia. —472. Es manifiesto que fueron muchas y de gran peso las razones, que movieron a la Iglesia, no sólo para aprobar, sino también para confirmar por la autoridad de su decreto (1) la costumbre de comulgar determinadamente bajo una sola especie.
473. Primeramente, porque debía ponerse sumo cuidado a fin de que la Sangre del Señor no se derramase en el suelo, lo cual no parecía fácil de evitar cuando hubiera que administrarla a una grande muchedumbre del pueblo.
474. Además, debiendo la sagrada Eucaristía llevarse prontamente a los enfermos, estaba muy expuesta a acedarse, si por mucho tiempo se guardaban las especies del vino.
475. Hay también muchísimos, que en manera ninguna pueden sufrir, no sólo el sabor, más ni el olor del vino. Pues para que no ofendiese a la salud del cuerpo, lo que se daba para la del alma, con gran prudencia estableció la Iglesia, que no recibiesen los fieles sino la especie de pan.
476. Júntase a estas razones, que en muchas provincias se padece gran carestía de vino, sin, que pueda llevarse a ellas, sino a costa de gastos excesivos, y por caminos muy largos y dificultosos.
477. Y sobre todo (lo que es sumamente importante para nuestro intento), se debía arrancar de raíz la herejía de aquellos que negaban, que esto viese Cristo todo bajo ambas especies, diciendo que sólo el cuerpo sin sangre estaba en la especie de pan, y la sangre sin cuerpo en la especie de vino. Pues para que la verdad de la fe católica resplandeciera más clara a los ojos de todos, fué muy sabia la determinación de mandar, que sólo en espe­cie de pan se diese la sagrada Comunión. Hay también otras muchas razones, reunidas por muchos que han tratado de este argumento, las que sí pareciese necesario, las podrán recordar los Pastores. Ahora se ha de tratar del Ministro (aun-que apenas ninguno puede ignorar esto), para que no quede cosa por decir de lo perteneciente a la doctrina de este Sacramento.

LXVII. El Sacerdote es Ministro propio de este Sacramento. —478. Debe enseñarse, pues, que a solos los Sacerdotes ha sido dada la potestad de consagrar la sagrada Eucaristía, y de distribuirla a los fieles. Y siempre se observó esta costumbre en la Iglesia (2), que percibiesen los fieles los Sacramentos de mano de los Sacerdotes, y que éstos cuando celebraban, comulgasen por sí mismos, como lo explicó el Santo Concilio de Trento, declarando que esta costumbre debía conservarse con gran veneración, como nacida de la tradición Apostólica, mayormente habiéndonos dejado Cristo Señor nuestro ejemplo ilustre de esto, consagrando su Cuerpo Santísimo y dándolo por sus manos a los Apóstoles. Y atendiendo en el modo posible a la dignidad de tan augusto Sacramento, no solamente fué dada a solos los Sacerdotes la potestad de administrarle, sino que también se prohibió por ley de la Iglesia, que ninguno sin estar consagrado, se atreviese a tratar o tocar los vasos sagrados, lien­zos, y demás utensilios necesarios para el sacrifi­cio, si no ocurría grave necesidad.

LXVIII. Puede la Eucaristía ser consagrada y administrada por malos sacerdotes. —479. Por lo que queda dicho pueden entender así los Sacerdotes como los demás fieles, con cuánta religión y santidad deben ir adornados los que se llegan a la Eucaristía, o para consagrarla, o para administrarla o para recibirla. Bien que como arriba se dijo de los demás Sacramentos, no menos administran la Eucaristía los malos ministros que los buenos, con tal que observen lo necesario para su valor. Porque de todos los Sacramentos se debe creer que no dependen del mérito de los ministros, sino que se celebran por virtud y potestad de Cristo Señor. Esto es lo que se habrá de explicar sobre la Eu­caristía, según que es Sacramento. Ahora resta declararla, según que es Sacrificio, para que sepan los Párrocos las cosas que principalmente deben enseñar sobre este misterio al pueblo, los domingos y días festivos, según el decreto del Santo Concilio de Trento.

LXIX. La Eucaristía es el sacrificio peculiar del Nuevo Testamento, y aceptísimo a Dios (3). —480. Es verdaderamente este Sacramento no sólo un tesoro de celestiales riquezas, del que si usamos bien nos granjeamos la gracia y el amor de Dios, sino que también tenemos aquí un modo y medio muy particular con que podamos agradecerle de alguna manera los inmensos beneficios que nos ha hecho. Cuán agradable y cuán acepta sea a Dios esta víctima, si se le sacrifica en el modo legítimo que se debe hacer, podemos deducirlo de que los sacrificios de la ley antigua eran tales que de ellos está escrito: "No quisiste tú, Señor, los holocaustos, ni los sacrificios". Y otra vez: "Si hubieras querido el sacrificio, a la verdad te lo hubiera ofrecido, mas no te deleitarás en los holocaustos”; si 1 éstos, pues, agradaron al Señor en tanto grado, que dice la Escritura que percibió Dios de ellos olor de suavidad, esto es, que le fueron agradables y aceptos, ¿qué no podremos esperar por medio de este Sacrificio, en el cual se inmola y ofrece aquel mismo, de quien hasta dos veces dijo la voz del cielo: "Este es mi Hijo muy amado, en quien yo tengo mis delicias?" Por tanto, explicarán con gran diligencia los Párrocos este misterio, para que los fieles aprendan a meditarlo atenta y religiosamente cuando asisten a misa.

LXX. Por qué causas instituyó el Señor la Euearistía. —482. Primeramente, pues, enseñarán que Cristo Señor nuestro instituyó la Eucaristía por dos causas. Una, para que fuese sustento celestial de nuestras almas, con el cual pudiésemos conser­var y mantener la vida espiritual. Otra, para que tuviese la Iglesia un perpetuo sacrificio, mediante el cual se perdonasen nuestros pecados, y el Eterno Pa­dre, gravemente ofendido repetidas veces por nues­tras maldades, quedase aplacado, y cambiase la ira en misericordia, y la justa severidad en clemencia. En el Cordero Pascual tenemos figura y semejanza de esto, pues solían los hijos de Israel ofrecerle y comerle, como Sacrificio y como Sacramento. Y a la verdad no pudo nuestro Salvador, estando para ofrecerse a sí mismo a Dios Padre, en el ara de la Cruz, dejarnos otra prenda más rica de su inmen­sa caridad y amor hacia nosotros, que este Sacri­ficio visible (4), por el cual se renovase aquel sacrificio sangriento, que de allí a poco había de ofrecerse una vez en la cruz, y hasta el fin del mundo se celebrase su memoria cada día con suma utilidad por la Iglesia esparcida por toda la redondez de la tierra.

Notas y comentarios:

(1) Aunque no faltan ejemplos de la Comunión en una sola especie en la primitiva Iglesia, según puede verse por los siguientes testimonios: "¿No sabrá el ma­rido lo qué gustes antes de toda comida? Y si supiere que es el pan, ¿por ventura cree que es aquel que se dice? E ignorando esto alguno sostendrá sencillamente, sin gemido, sin sospecha de si es pan o veneno?" De Origen. ad uxorem.
Y el siguiente de S. Cesáreo de Arles:
"El cuerpo que dispensa el sacerdote tanto está en una pequeña parte cuanto está en el todo. El cual cuando le recibe la Iglesia de los fieles, así como está completo en todos, así está íntegro en cada uno. Cuya explicación enseña la doctrina apostólica, diciendo:
"Quien tiene mucho, no abundará, y el que poco, no tendrá menos." (II Corint. VIII, 15.)
"Si acaso pusiéramos la comida de pan a los que tienen hambre, no llegaría del todo a cada uno, porque cada uno en particular quisiera su parte. Más cuando tomamos de este pan, no menos tiene cada uno que todos. Todo uno, todo dos, todo muchos le reciben sin disminución, porque la bendición de este sacramento sabe ser distribuido, e ignora ser consumido con la distribución."
Con todo creemos que uno de los decretos a que debe referirse el Catecismo Romano, es el siguiente del Concilio Constanciense:
"Como en algunas partes del mundo algunos presuman afirmar que el pueblo cristiano debe recibir el sacramento sagrado de la Eucaristía en ambas especies de pan y vino, y no sólo den la comunión generalmente bajo la especie de pan, sino también bajo la de vino al pueblo lego, y también después de la cena o no ayuno en otras ocasiones, y con pertinacia afirman que se debe comulgar contra la laudable costumbre de la Iglesia racional mente aprobada: de aquí es que este presente Concilio declara, determina y define, que si bien Cristo instituyó después de la cena este venerable sacramento y le distribuyó a sus discípulos bajo las dos especies de pan y vine no obstante la autoridad de los sagrados cánones y 1. loable y aprobada costumbre de la Iglesia lo observó y observa que este sacramento no debe ser administrad, después de la cena, ni ser recibido por los fieles que no estén en ayunas, a no ser en caso de enfermedad de otra necesidad concebido o admitido por el derecho o por la Iglesia. Y así como esta costumbre, para evitar algunos peligros o escándalos fué racionalmente introducida, que si bien en la primitiva Iglesia este sacramento fuese recibido por los fieles en ambas especies, no obstante después fué recibido por los que celebraban en las: dos especies, y por los legos tan solo en una especie, debiendo creer firmísimamente y de ningún modo dudar que verdaderamente se contiene todo el cuerpo de Cristo y la sangre tanto en la especie del pan como en la especie del vino. Por lo cual el afirmar que esta costumbre o ley sea ilícito o sacrilegio observarla, debe pensarse que es erróneo, y los que con pertinacia afirman lo contrario de los anteriormente dicho, deben ser apartados como herejes y gravemente castigados por los diocesanos de los lugares o sus oficiales, o por los inquisidores de la perversa herejía." Ex Sess. XIII.
Uno de los errores de Martín Lutero condenado por el Papa León X es el siguiente:
“Parece conveniente que la Iglesia establezca en un Concilio general que los legos deben comulgar en ambas especies: ni los Bohemios que comulgan en ambas especies son herejes o cismáticos.”

(2) "Firmemente creemos y confesamos que cualquiera que privado de la ordenación episcopal, crea y pre­tenda poder celebrar el sacrificio de la Eucaristía, es hereje y de la perdición de Coré y participante y compañero de sus cómplices, y que ha de ser separado de la santa Romana Iglesia." Ex profes. fidei Durando de Osca et sociis eius Valdensibus praescripta. 18 decem. 1208.

"En verdad este sacramento (la Eucaristía) nadie puede celebrarle sino el sacerdote que fuere ordenado legítimamente, según las órdenes de la Iglesia, las cuales el mismo Jesucristo concedió a los Apostóles y a sus sucesores. " Ex Conc. Leteran. IV, cap. Firmiter.

"Aquella Eucaristía se considera válida que se celebra con dependencia del Obispo, o de aquel a quien él haya concedido." Ex S. Ignat. Antioch. Epist. ad Smyr., n. 8.

"Si Cristo Jesús Señor y Dios nuestro él mismo es sumo sacerdote de Dios Padre, y como sacrificio se ofreció al Padre, y mandó que celebrásemos éste en commemoración suya, en verdad aquel sacerdote hace las veces de Cristo que imita lo que hizo Cristo, y entonces ofrece en la Iglesia a Dios Padre sacrificio verdadero y pleno, si así empiza a ofrecer según el que vió ofrecer a Cristo." Ex S. Cypriano. Epist. 63, n. 14.

"Así como Melquisedech, que era sacerdote de los gentiles, no parece que jamás hubiese sacrificado víctimas corpóreas, sino tan sólo vino y pan, como lo observó al bendecir a Abrahán, de modo semejante el primero Salvador y Señor nuestro, y después los sacer­dotes que de él tuvieron origen, ejerciendo el cargo espiritual del sacerdocio según las sanciones eclesiásticas en todos los pueblos, representan los misterios de su cuerpo y sangre con el vino y el pan, los cuales misterios tanto antes por espíritu divino había conocido y había usado de las imágenes de las cosas futuras." Ex S. Eusebio Caesarien. Demons. evangel., n. 5.

"Vimos al príncipe de los sacerdotes que venía a nosotros, vimos y oímos al que ofrecía por nosotros su sangre; le seguimos, como podemos, los sacerdotes para ofrecer el sacrificio por el pueblo; aunque flacos por nuestro mérito, con todo dignos de honor por el sacrificio; pues aunque no parezca que es ofrecido ahora Cristo, con todo el mismo es ofrecido en la tierra cuando se ofrece el cuerpo de Cristo; y lo que aun es más se manifiesta que él ofrece en nosotros, cuya palabra santifica el sacrificio que se ofrece." Ex S. Ambrosio. Ennarrat. in psalm. 38.

"Muy lejos de mí el hablar algo deshonroso de aque­llos que sucediendo al grado apostólico celebran el cuer­po con la sagrada boca, por los cuales también nosotros somos cristianos, los que teniendo las llaves del reino de los cielos en cierto modo juzgan antes del día del juicio, que guardan la esposa del Señor con sobria castidad." Ex S. Hieron. Epist. ad Heliod. e. 8.

(3) Los Santos Padres enseñan unánimemente que la santa Misa es verdadero sacrificio de la nueva ley, según nos lo demuestran los testimonios siguientes:

"Después que está perfeccionado el espiritual sacrificio, el culto incruento, sobre aquella hostia de propiciación rogamos a Dios por la común paz de las iglesias, por la recta ordenación del mundo, por lo emperadores, por los soldados y compañeros, por los enfermos, por los afligidos, y generalmente por todos los necesitados de auxilio rogamos todos nosotros y ofrecemos esta víctima." Ex S. Cyrillo Hierosol. myst. 5.

"No vaciles en orar e interceder por nosotros, cuando atrajeres al Verbo con la palabra, cuando con incruenta partición partieres el cuerpo y sangre del Señor, empleando la voz como espada." Ex S. Greg. Nazian. epist. 171.

"Cuando vieres al Señor inmolado y reclinado, y al sumo sacerdote dedicado al sacrificio y orando, y a todos enrojecidos con aquella sangre, ¿por ventura piensas que estás en la tierra con los hombres y no mejor dicho en el cielo? " Ex S. Joan. Chrisost. De sacerd.

"Reverenciad, reverenciad esta mesa de la cual todos somos participantes, a Cristo inmolado por nosotros, a este sacrificio puesto sobre esta mesa." Ex eodem.

¿Por ventura no ofrecemos cada día? Ofrecemos en verdad, más recordamos su muerte, y la misma es una, no muchas. ¿Cómo es una, no muchas? Porque una sola vez fué ofrecida, como aquella lo fué en el santa sanctorum. Esto es figura de aquélla, y la misma de ésta; siempre ofrecemos la misma, no ahora una, mañana otra oveja, sino siempre la misma. Por cuya causa el sacrificio es uno por esta razón; de otra suerte, porque se ofrece en muchos lugares ¿serán muchos los Cristos? De ningún modo, sino que Cristo es uno en todas partes, el cual aquí está del todo y en otra parte también, y es un solo cuerpo. De consiguiente, así como ofrecido en muchos lugares es un cuerpo y no muchos, así también es un sacrificio." Del mismo. In Epist. ad Hebr. n. 17.

"¿Por ventura no fué inmolado Cristo una vez en si mismo, y con todo en el sacramento, no sólo en todas las solemnidades de Pascua, sino cada día es inmolado en los pueblos? Ni en verdad miente quien preguntado responde que le inmola. Pues si los sacramentos no tuviesen la semejanza de aquellas cosas de que son sacramentos, del todo no lo serían." Ex S. August. Epist. 98.

"Desde el oriente al ocaso. ¿Qué responderéis a esto? Abrid los ojos finalmente y mirad desde oriente al occi­dente, no en un lugar, como os había sido ordenado, sino en todo lugar es ofrecido el sacrificio de los cristianos, no a cualquier Dios, sino al que lo predijo, al Dios de Israel. Ni en un lugar, como había sido mandado a vosotros en la terrena Jerusalén, sino en todo lugar, hasta en la misma Jerusalén. Ni según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedech." Ex eodem. Trac. adver. Iudaeos. n. 9.

"Cree firmemente y de ningún modo dudes, que el mismo unigénito Dios verbo hecho carne, se ofreció por nosotros en sacrificio y hostia a Dios en olor de suavidad; al cual con el Padre y Espíritu Santo le eran sacrificados animales por los patriarcas y profetas y sacerdotes en el tiempo del antiguo testamento, a quien ahora, esto es en el tiempo del nuevo testamento con el Padre y el Espíritu Santo, con los cuales tiene una divinidad, la Iglesia católica por toda la tierra no cesa de ofrecer el sacrificio del pan y del vino con fe y caridad. En aquellos sacrificios por figuras se nos significaba qué se nos había de dar; mas en este sacrificio se nos mues­tra evidentemente que se nos ha ya dado. En aquellos sacrificios se predecía que el Hijo de Dios había de ser muerto por nosotros; en éste se anuncia muerto por nosotros." Ex S. Fulgen. De fide, ad Petrum. 19.

(4) De la institución de este sacrosanto Sacrificio nos enseña la Iglesia en el Santo Concilio de Trento, lo siguiente: "Por cuanto en el antiguo testamento, como enseña el Apóstol San Pablo, no había consumación o perfecta santidad a causa de la debilidad del sacerdocio Levítico; fué conveniente, disponiéndolo así Dios padre de misericordias, que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedech, es a saber Nuestro Señor Jesucristo, que pudiese completar y perfeccionar cuantos santificados. El mismo Dios, pues, y Señor nuestro, aunque se había de ofrecer a sí mismo a Dios Padre, una vez, por medio de la muerte en el ara de la cruz, para obrar desde ella la redención eterna; con todo como su sacerdocio no había de acabarse con su muerte; para dejar en la última cena de la noche misma en que era entregado, a su amada esposa la Iglesia un sacrificio visible, según requiere la condición de los hombres, en el que se representase el sacrificio cruento que por una vez se había de hacer en la cruz, y permaneciese su memoria hasta el fin del mundo, y se aplicase su saluda­ble virtud a la remisión de los pecados que cotidianamente cometemos; al mismo tiempo que se declaró sacerdote según el orden de Melquisedech, constituido para siempre, ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y vino, y lo dió a sus Apóstoles, a quienes entonces constituyó sacerdotes del nuevo testamento, para que le recibiesen bajo los signos de aquellas mismas cosas, mandándoles, e igualmente a sus sucesores en el sacerdocio, que lo ofreciesen por es­tas palabras: Haced esto en memoria mía, como siem­pre lo ha entendido y enseñado la Iglesia católica. Por-que habiendo celebrado la antigua Pascua, que la muchedumbre de los hijos de Israel sacrificaba en memoria de su salida de Egipto, se constituyó a sí mismo nueva Pascua para ser sacrificado bajo signos visibles por la Iglesia mediante el ministerio de los sacerdotes en memoria de su tránsito de este mundo al Pa­dre, cuando derramando su sangre nos redimió, nos sa­có del poder de las tinieblas y nos transfirió a su reino. Y esta es, por cierto, aquella oblación pura, que no se puede manchar por indignos y malos que sean los que la ofrezcan; la misma que predijo Dios por Mala­quías que se había de ofrecer limpia en todo lugar a su nombre, que había de ser grande entre todas las gentes; y la misma que significa sin obscuridad el Apóstol San Pablo, cuando dice escribiendo a los de Corinto: "Que no pueden ser partícipes de la mesa del Señor, los que están manchados con la participación de la mesa de los demonios", entendiendo en una y otra parte, por la mesa el altar. Esta es finalmente aquella que se figuraba en varias semejanzas de los sacrificios en los tiempos de la ley natural y de la escrita; pues incluye todos los bienes que aquellos significaban, como consumación y perfección de todos ellos." Cap. 1, de la ses. XXII.