LXI. Antiguamente fué muy frecuente la Comunión en la Iglesia. —466. Y que en la primitiva Iglesia comulgaban los fieles cada día, nos lo dicen los Hechos Apostólicos. Porque entonces todos los que profesaban la fe de Jesucristo, ardían en verdadera y sincera caridad, de suerte que ocupándose de continuo en la oración y otros ejercicios de virtud, se hallaban cada día preparados para recibir la sagrada Comunión. Esta costumbre que parecía iba decayendo, se renovó en parte por Anacleto Papa y Mártir santísimo, pues mandó comulgasen los ministros que asistían al Sacrificio de la misa, afirmando que así lo habían ordenado los Apóstoles.
467. Igualmente se conservó por mucho tiempo en la Iglesia la costumbre de que el Sacerdote, terminado el sacrificio y después de haber recibido la Eucaristía, dirigiéndose al pueblo que estaba presente, convidaba a los fieles a la sagrada mesa por estas palabras: Venid, hermanos a la Comunión. Y entonces los que se hallaban dispuestos, recibían con suma devoción la sagrada Eucaristía. Mas habiéndose resfriado después el fervor de la caridad y piedad en tanto grado, que muy rara vez se llegaban los fieles a la comunión, se estableció por San Fabián Papa que recibiesen todos la Eucaristía tres veces al año, el día del Nacimiento del Señor, el de Resurrección y Pentecostés, lo cual confirmaron después muchos Concilios y en especial el primero Agatense. Últimamente habiendo llegado a tal punto que no sólo no se guardaba aquella ordenación, sino que se difería por muchos años la comunión de la sagrada Eucaristía, se decretó en el Concilio Lateranense, que todos los fieles recibiesen el sagrado Cuerpo del Señor por lo menos una vez cada año por Pascua, y que quienes no lo cumpliesen, fuesen arrojados de la Iglesia.
LXII. A los niños sin uso de razón no ha de darse la Eucaristía. —468. Pero aunque esta ley establecida por autoridad de Dios y de la Iglesia pertenezca a todos los fieles, con todo se ha de enseñar que están exceptuados los niños que no tienen todavía uso de razón. Porque éstos ni saben discernir la sagrada Eucaristía del pan profano y usual, ni la pueden llegar a recibir con reverencia y devoción. Y hacer lo contrario, parece muy ajeno de la institución de Cristo Señor nuestro, porque dijo: Tomad, y comed. Y es claro, que los niños no tienen para esto la capacidad suficiente. Cierto es que en algunas partes hubo antiguamente la costumbre de dar también a los niños la sagrada Eucaristía, con todo eso, así por las razones que se acaban de indicar, como por otras muchas muy conformes a la piedad cristiana, hace ya mucho tiempo que por decreto de la misma Iglesia, se dejó de hacer esto.
LXIII. En qué edad se dará la comunión a los niños. —469. Acerca de en qué edad pueda darse a los niños la Comunión sagrada, nadie mejor puede determinarlo que su padre y el Sacerdote con quien ellos se confiesan. Porque a éstos toca averiguar e inquirir si los niños tienen algún conocimiento y gusto de este admirable Sacramento.
LXIV. A los faltos de juicio se puede dar alguna vez. —470. Tampoco conviene en manera ninguna dar los Sacramentos a los locos, que están privados de todo afecto de devoción. Aunque si antes de perder el juicio dieron muestras de piadosa y religiosa voluntad, será lícito darles la Comunión sagrada al fin de la vida, según el decreto del Concilio Cartaginense, con tal que no se tema peligro de vómito, o de otra irreverencia o inconveniente.
LXV. A los legos no puede darse la Comunión en ambas especies. — 471. En cuanto al rito de comulgar enseñarán los Párrocos que está prohibido por ley de la Iglesia, que ninguno comulgue en ambas especies sin concesión de la misma Iglesia, excepto los Sacerdotes, cuando consagran el Cuerpo del Señor en el Sacrificio de la Misa. Porque como declaró el Santo Concilio de Trento, aunque Cristo Señor nuestro instituyó en la última cena este altísimo Sacramento, y le dió a sus Apóstoles en las especies de pan y de vino, no se sigue de ahí que su Majestad estableciese ley, de que se diera a todos en ambas especies. Y aun el mismo Señor nuestro, hablando de este Sacramento, muchas veces sólo hace mención de una especie, como cuando dice: "El que comiere de este pan, vivirá para siempre" (1). Y: "El pan que yo daré, es mi carne para la vida del mundo" (2). Además: "El que come este pan, vivirá eternamente" (3).
Notas y comentarios:
(1) "Sí quis manducaverit ex hoc pene, vivet in aeternum." Joan. VI, 52.
(2) "Panis, quem ego dabo, caro mea est pro mundi vita." Joan. VI, 52.
(3) "Qui manducat hunc panem, vivet in aeternum." Joan. VI, 59.