LI. Cómo se fortalece y crece el alma con este divino manjar. —452. Además de esto, porque así como el cuerpo no sólo se mantiene con el sustento natural, sino que también crece, y cada día per­cibe en él el gusto nueva suavidad y regalo, así el manjar de la sagrada Eucaristía no sólo sustenta el alma, sino que le añade fuerzas, y hace que el espíritu se deleite más y más con el regalo de las cosas de Dios. Y esta es la causa de decirse con toda verdad y razón que se da la gracia por este Sacramento. Y se puede comparar muy bien con el maná, en el que se percibía la suavidad de todos los sabores.

LII. Por la Eucaristía se perdonan los pecados veniales. —453. Tampoco se debe dudar que se perdonen por la sagrada Eucaristía los pecados leves que se suelen llamar veniales, de suerte que todo cuanto perdió el alma por el ardor de la concupiscencia, cuando se deslizó en alguna cosa leve, todo eso lo restituye la Eucaristía lavándola de estas manchas ligeras. Así como (por no apartarnos de la semejanza que se puso) todo lo que se disminuye y pierde cada día por la fuerza del calor natural, sentimos que se cobra y va reparando poco a poco por el natural alimento, así con mucha razón dijo San Ambrosio de este celestial Sacramento: "Este pan de cada día se toma para remedio de las enfermedades cotidianas". Pero esto debe entenderse de aquellos pecados de cuya com­placencia no se deja llevar el corazón.

LIII. Este Sacramento preserva de culpas venideras. —454. Tienen además de esto los sagrados misterios virtud de conservarnos puros y limpios de pecado, librarnos del ímpetu de las tentaciones, y de preparar el alma como con una celestial medicina (1), para que no pueda ser fácilmente dañada y corrompida con el veneno de alguna culpa mortal. Por esta causa fué costumbre antigua en la Iglesia, como San Cipriano afirma, cuando en los tiempos de las persecuciones eran llevados con frecuencia los fieles por los tiranos a los tormentos y a la muerte por la confesión del nombre de Cristo, que se les administrasen por los Obispos los Sacramentos del Cuerpo y Sangre del Señor, para que no desfallecieran en el combate espiritual, vencidos acaso por la acerbidad de los dolores. La Eucaristía contiene también y reprime la liviandad de la carne. Porque al propio tiempo que inflama las almas en el fuego de la caridad, ha de mitigar necesariamente los ardores de la concupiscencia.

LIV. Este Sacramento nos abre la entrada de la eterna gloria. —455. Últimamente para comprender en una palabra todas las utilidades y beneficios de este Sacramento, se ha de enseñar que es muy grande la virtud de la Eucaristía para alcanzarnos la gloria eterna (2), porque escrito está: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último día" (3). Esto es, que por la gracia de este Sacramento go­zan los fieles, mientras viven en esta vida, de una suma paz y serenidad de conciencia, y además de esto esforzados con su virtud, a semejanza de Elías (4), quien con la fortaleza de aquel pan subcinericio anduvo hasta el monte de Dios Horeb, en llegando el tiempo de salir de esta vida, suben a la eterna gloria y bienaventuranza. Muy por extenso explicarán los Pastores todas estas cosas, si toman por asunto el capítulo 6 de San Juan en el cual se nos muestran los muchos efectos de este Sacramento, o si discurriendo por todos los hechos maravillosos de Cristo Señor nuestro, mostraren que si en verdad tenemos por muy dichosos a los que le hospedaron en su casa (5), o recobraron la salud tocando su vestido (6) o la orla de él estando en carne mortal, mucho más dicho­sos y felices somos nosotros, pues no se desdeña de venir a nuestras almas después de vestido de gloria inmortal, para curar todas nuestras llagas, y unirnos consigo enriqueciéndonos con inestimables y preciosísimos dones.

LV. De tres modos que hay de comulgar. —456. Pero se debe también indicar quiénes son los que pueden percibir los inmensos frutos de la Eucaristía que ahora hemos mencionado, y asimismo que no es uno solo el modo de comulgar, para que el pueblo fiel aprenda a codiciar los mejores dones. Distinguieron, pues, nuestros mayores con gran ra­zón y sabiduría, según leemos en el Concilio Tridentino (7), tres modos de recibir este Sacramento Porque unos reciben tan sólo el Sacramento, como los que están en pecado mortal, que no se avergüenzan de introducir en su boca y corazón sacrílego los sagrados misterios. De éstos dice el Apóstol: "Que comen y beben indignamente el cuerpo del Señor" (8). Y de ellos escribe S. Agustín: "El que no está en Cristo, ni Cristo en él, muy cierto es que no come espiritualmente su carne, aunque material y visiblemente parta con los dientes el Sa­cramento del Cuerpo y Sangre del Señor". Y así los que reciben los sagrados misterios con afectos tan depravados, no sólo no perciben ningún fruto, mas según el mismo Apóstol, comen y beben su condenación. Otros hay que reciben la Eucaristía sólo espiritualmente. Estos son los que con el deseo y voluntad comen ese pan del cielo inflamados en viva fe que obra por la caridad. Y con esto consiguen ciertamente grandísimas utilidades, ya que no perciben todos sus provechos. Otros hay por fin que reciben la sagrada Eucaristía sacramental y espiritualmente. Estos son los que examinándose primero a sí mismos (9) conforme la doctrina del Apóstol, y llegando a esta divina mesa adornados con vestido de bodas, consiguen de la Eucaristía los frutos copiosísimos que antes dijimos. Y así es manifiesto que se privan de grandísimos bienes celestiales los que se contentan con sola la comunión espiritual, pudiendo estar dispuestos para recibir también el Sacramento del Cuerpo del Señor.

Notas y comentarios:

(1) A este propósito escribe el doctor de la Iglesia San Pedro Damiano: "Hoy nuestro Salvador convirtió el pan terreno y la especie de vino en sacramento de su cuerpo y sangre, y administró a sus discípulos el pasto del alimento. Pues aquel manjar vedado, que el primer hombre por su soberbia y gula tomó, difundióle por las entrañas de todos los vicios. Contra esta mortal ponzoña se usa por el pueblo cristiano de un antídoto por el cual se arroja la pestilencia de la espiritual enfermedad. Con la virtud de este nuevo sacramento nos libramos de aquel fermento de la antigua maldad, de suerte que pasamos de la esclavitud a la libertad de espíritu, y a una nueva regeneración " . Ex S. P. Damiano. Serm. in Coena Domini.

(2) "Vosotros todos por la gracia concordáis en una misma fe y en un Jesucristo, el cual según la carne es hombre hijo del linaje de David, para que obedezcáis al obispo y al presbítero con la mente unida, partiendo el pan único que es medicina de inmortalidad, antídoto para que no muramos, sino que vivamos siempre en Je­sucristo". Ex S. Ignat. Antoch. Epist. ad Magnesianos, n. 20.

"Yo soy pan de vida que descendí del cielo. Si alguno comiere de mi pan vivirá eternamente. Mas el pan que yo le daré es mi carne para la vida del siglo. Cuando dice que vivirá para siempre quien comiere de su pan, como os manifiesto que aquellos viven que alcanzan su cuerpo y reciben la Eucaristía por el derecho de la comunión. así por el contrario se ha de temer y orar que quien se abstiene no sea separado del Cuerpo de Cristo y lo esté también de la salud, diciendo y amenazando él mismo: "Si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros". Ex S. Cypriano. De Oratione Dominica.

(3) "Qui manducat meam Carnem, et bibit meum Sanguinem, habet vitam aeternam, et ego resuscitado eum in novissimo die". Joan, VI, 55.

(4) "Levantase Elías, comió y bebió: y confortado con aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar a Horeb , monte de Dios". III, Reg. XIX, 8.

(5) "Habiendo después Jesús ido a casa de Pedro, vió a la suegra de éste en cama, con calentura: Y tocándole la mano, se le quitó la calentura". Matth., VIII, 14, 15. Prosiguiendo Jesús su viaje, entró en cierta aldea, donde una mujer, por nombre Marta, le hospedó en su casa". laic a X, 38.

(6) "Una mujer que hacía ya doce años que padecía un flujo de sangre, vino por detrás, y tocó el ruedo de su vestido. Porque decía ella entre sí: Con que pueda solamente tocar su vestido me veré curada". Matth., IX, 20, 21.

(7) Con mucha razón y prudencia han distinguido nuestros Padres respecto del uso de este Sacramento tres modos de recibirle. Enseñaron, pues, que algunos le reci­ben sólo sacramentalmente, como son los pecadores; otros sólo espiritualmente, es a saber, aquellos que recibiendo con el deseo este celeste pan, perciben con la viveza de su fe, que obra por amor, su fruto y utilidades; los terceros son los que le reciben sacramental y espiritualmente a un mismo tiempo, y éstos son los que se preparan y disponen antes de tal modo que se presentan a esta divina mesa adornados con las vestiduras nupciales". Conc. Trident. ses. VII, cap 8.

(8) "Qui enim manducat et bibit indigne, indicium sibi manducat et bibit: non diiudicans corpus Domini". I , Corint., XI, 29.

(9) "Examínese a sí mismo el hombre: y de esta suerte coma de aquel pan, y beba de aquel cáliz". I, Corint., XI, 28.